Lunes, 1 de septiembre de 2014

En el momento de anunciar su renuncia a la comandancia del Ejército, el general Mario Montoya agradeció al presidente Uribe y no mencionó al ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, ni al comandante de las Fuerzas Armadas, general Fredy Padilla

| 2008/11/08 00:00

La historia del relevo

Crónica de por qué se fue el general Montoya y de cómo al general Óscar González le toca asumir las riendas del Ejército en medio de una histórica encrucijada para ganar la guerra.

Cuando apenas despuntaba el sol detrás de los cerros de Bogotá, el martes pasado el general Mario Montoya llamó al presidente Álvaro Uribe. No era una llamada inusual para dos grandes madrugadores. Pero, esta vez, a diferencia de los últimos seis años, no le tenía una noticia sobre el fragor de la guerra. Le tenía una sobre su destino: su carta de renuncia como comandante general del Ejército.

Uribe, según cuenta él mismo, le dijo: "General, no renuncie". Y, a manera de simbólica palmadita en la espalda, le complementó: "Usted ha hecho una labor operativa muy buena, excelente. Miremos a ver cómo vamos superando estas dificultades".

Pero esa carta no tenía marcha atrás. Lo de Montoya estaba decidido prácticamente desde el miércoles anterior. El mismo día en que el Presidente retiró a 27 militares, entre ellos tres generales, por la falta de controles en varios batallones donde soldados están comprometidos con asesinatos de civiles para hacerlos pasar por guerrilleros. Y no le consultó esa trascendental decisión a Montoya, quien era el jefe de los involucrados.

Para el general era evidente que había un doble lenguaje. Las palabras generosas de esa mañana contrastaban con ese mensaje de desautorización.

Paradójicamente Montoya, que se había convertido apenas cuatro meses atrás en un héroe de guerra por ser protagonista del rescate de Íngrid Betancourt y los otros 14 secuestrados, en una de las operaciones militares más espectaculares de la historia militar, quedaba ahora sin oxígeno para maniobrar.

No sólo era el Presidente. Ya las diferencias con el ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, y con el comandante de las Fuerzas Militares, Freddy Padilla de León, parecían irreconciliables. En la carta de renuncia, Montoya no mencionó ni a Santos ni a Padilla, lo cual en otras circunstancias sería obvio, pues con ellos hizo una llave ganadora para combatir a las Farc. Fue un olvido muy elocuente.

Y para completar, columnas y editoriales del puente festivo coincidieron en que Montoya tenía que responder por el escándalo de los 'falsos positivos'. Se trataba de uno de los capítulos más vergonzosos de las Fuerzas Militares -11 muchachos desaparecidos de Soacha que luego aparecieron como guerrilleros muertos en combate en Ocaña-.

La salida de Montoya no resultó, pues, extraña. Por algo bastante menor -denuncias de maltratos en entrenamiento de soldados- había tenido que colgar el uniforme su antecesor, Reinaldo Castellanos. Lo que sí sorprendió fue el nombre de su reemplazo: el mayor general Óscar González Peña. En algunos sectores militares y de defensa de derechos humanos, cayó como un baldado de agua fría.

Por dos razones. La primera, había otros generales que, por su antigüedad, estaban antes en la fila. Como Gilberto Rocha, que tiene todas las credenciales para asumir el cargo: no sólo ha sido comandante de la Fuerza de Tarea Omega, la máquina de guerra contra la retaguardia de las Farc, sino que es reconocido como buen estratega. Y más allá de las virtudes que pudiera tener, lo cierto es que para un Ejército que ha crecido tanto como el colombiano, y que ha declarado tener déficit de comandantes, no parece muy buena idea poner a un lado -en el servicio exterior- a líderes de tropa como el general Rocha.

La segunda razón es un poco más sensible. Y la resumió un alto funcionario del gobierno de Estados Unidos, la noche de ese mismo martes, en una charla social durante la fiesta que la embajada de ese país organizó para seguir las elecciones presidenciales que darían como ganador al demócrata Barack Obama. "Estamos contentos con la salida de Montoya, pero nos sorprendió mucho que nombraran para reemplazarlo a otro general de su misma cuerda", comentó.

Lo decía por las reservas que tienen sobre Montoya, en materia de derechos humanos, en el Departamento de Estado y en el Congreso de Estados Unidos. No solo periódicos como The Washington Post y Los Angeles Times han denunciado que habría trabajado con paramilitares en la retoma de la Comuna 13 de Medellín en abril de 2002, sino que el senador Patrick Leahy, presidente del Comité de Apropiaciones del Congreso, ha pedido investigar esos nexos.

Por supuesto que los presuntos pecados de Montoya no pueden ser heredados por el nuevo comandante del Ejército, y puede ser injusto con él condenarlo antes de darle la oportunidad de demostrar sus capacidades en el cargo. En los pasillos del Ejército existe una convicción de que el general Montoya tenía unos generales protegidos o, mejor, con los cuales tenía una gran sintonía. El primero de ellos era González, y el otro, Rafael Pico, uno de los tres generales que cayeron en el remezón.

Hay una curiosidad en la carrera de Montoya y González que mortifica a especialistas de derechos humanos: la brigada o división que el primero iba dejando la asumía el segundo (y luego, el mismo camino seguía el general Rafael Pico). Así sucedió a partir del 15 de diciembre de 2003, cuando Montoya salió de la IV Brigada con sede en Medellín y lo reemplazó González. Luego fue la División del Ejército que cubría a Antioquia (González asumió su comandancia en 2005) y luego el Comando Conjunto del Caribe, cargo que dejó Montoya en marzo de 2006 para convertirse en comandante del Ejército. Los mortifica porque consideran que en Antioquia se ha dado un buen porcentaje de los más de 1.000 casos de ejecuciones extrajudiciales que son investigados por la Fiscalía y la Procuraduría. De hecho, la primera advertencia que hizo la oficina de la Alta Comisionada de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, se refirió a casos de 2004 que comprometían a la IV Brigada cuando era comandada por González.

Y llama la atención también el hecho de que en 2005, según los datos de la Fundación Seguridad y Democracia, las bajas en combate en Antioquia se salían del estándar del resto del país de manera exagerada: mientras en Antioquia se reportaban 668 muertes en combate, en Meta, que ocupaba el segundo lugar, se daban 233; en Caquetá, 181, y en Nariño, 47. Un contraste significativo si se tiene en cuenta que en estos otros tres departamentos existen estructuras armadas más grandes de las Farc. González da sus respuestas a estos interrogantes (ver entrevista "No soy un clon, tengo mi sello personal") y explica que no sólo estaban combatiendo contra el ELN que tenía 800 hombres en la zona, sino que en el departamento actuaban muchas otras brigadas.

¿Por qué escogió el presidente Uribe a González por encima de los candidatos del ministro Santos y del general Padilla?

El martes en el que Montoya le entregó al Presidente su renuncia, llevaba un as bajo la manga. Le sugirió al primer mandatario que pusiera como comandante del Ejército a Óscar González Peña.

El Presidente no estaba dispuesto a entregarles a sus críticos la cabeza de un general que fue punta de lanza de la seguridad democrática y que, de paso, iba a acabar con su reputación. Si algo se le tiene que reconocer a Uribe son algunos actos de lealtad en los que va más allá de la prudencia política, como fue en el caso de Rito Alejo del Río, cuando se prestó para ser orador de un acto de desagravio a sabiendas de que Estados Unidos había pedido su retiro por líos de derechos humanos. En el caso de Montoya, Uribe no sólo pronunció palabras muy amables en su defensa cuando le aceptó la renuncia, sino que en 48 horas el gobierno anunció que será nombrado en una embajada.

Lo que hay, en el fondo, es una profunda división de criterios sobre la manera de entender la guerra que, si bien está lejos de ser un rompimiento institucional, sí va en contra de la armonía de criterios que deben inspirar a las Fuerzas Armadas.

Para algunos, el esquema del 'body count' para medir los éxitos de la guerra no sólo no es el indicado, sino que ya, cuando la guerrilla está tan reducida en número, puede estimular comportamientos criminales como el de los falsos positivos en las tropas.

Los avances en derechos humanos tampoco han sido del agrado de sectores militares que aún no entienden por qué la nueva directora de justicia penal militar -por primera vez una civil- se ha atrevido a mandar voluntariamente 133 casos de falsos positivos para que los investigue la Fiscalía.

Precisamente 2008, que pasará a la historia como el año más exitoso en el casi medio siglo de guerra contra las Farc, es también un año en el que ha quedado en evidencia que es necesario hacer un replanteamiento de la ofensiva militar que, sin aflojar en la fuerza, debe entender mejor los derechos humanos, la población civil y la legitimidad de la institución militar. Y ese es el gran desafío del general González.

Un hombre que puede pasar a la historia como un efímero 'general de la transición' o como el recordado general del gran 'timonazo' hacia la legitimidad.
 

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