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| 5/1/2011 12:00:00 AM

La holandesa que quemó las naves

En un nuevo libro del periodista Jorge Enrique Botero, la guerrillera Tanja Neimeijer habla por primera vez de su vida en el grupo terrorista de las Farc. Cuenta sus combates, sus años con Jojoy y reconoce que puso bombas en Bogotá.

En agosto del año pasado, un mes antes de que el Mono Jojoy muriera en su campamento, el periodista Jorge Enrique Botero estuvo allí. Iba tras las huellas de Tanja Neimeijer, la joven pero veterana guerrillera cuya historia le ha dado la vuelta al mundo. Botero quería hacer un documental en el cual ella contara cómo llegó y se quedó en las Farc. También logró tener los últimos testimonios y entrevistas con el Mono Jojoy y sus hombres más cercanos. Botero es quizá el único periodista que en la última década ha podido ingresar a los campamentos de la guerrilla, y registrar cómo se han vivido allí estos años de ofensiva militar.

El libro La vida no es fácil, papi, publicado por Ediciones B, es el resultado de ese trabajo, y reúne los testimonios de la holandesa, a quien ahora llaman 'Alexandra', sus conversaciones con Jojoy y las impresiones sobre las Farc de la actualidad. Tanja habla de su participación en terrorismo urbano, de los combates de los que ha salido milagrosamente ilesa, de su adaptación a la guerra y de su amor por el sobrino de Jojoy. La holandesa estuvo al lado del comandante del Bloque Oriental en los últimos años y, según Botero, sobrevivió al bombardeo donde sus compañeros encontraron la muerte. El libro, que sale a las librerías el 4 de mayo, y del que SEMANA presenta en exclusiva fragmentos, promete levantar tanta controversia como los trabajos anteriores de Botero, cuyas publicaciones han sido consideradas por muchos como poco críticas con la guerrilla. No obstante, el valor periodístico de su trabajo reside, entre otras cosas, en ser el único reportero que ha podido convivir en el último tiempo con los subversivos, y mostrar, de manera muy personal, lo que ocurre en sus entrañas.

La revolución toca a la puerta

"Mi llegada a Colombia fue pura coincidencia. Yo he leído en algunos medios de comunicación que fue fruto del trabajo de las Farc en Europa, que me reclutaron en Holanda y eso no es cierto. Yo llego a Colombia porque me toca hacer una práctica y leo en el periódico de la universidad que están buscando un profesor de inglés en un colegio de Pereira..

(.…) En ese colegio había un profesor de matemáticas y ese profesor se me fue acercando y nos hicimos amigos, y yo le hacía las mismas preguntas: y la guerrilla qué. Por qué es tan grande. Y el conflicto qué. Y ese profesor sí sabía darme unas respuestas que a mí me satisfacían.

(…) Me acuerdo que un día me llevó a Bogotá. En la mañana entramos en Ciudad Bolívar y yo miré una fila inmensa de personas pobres, pobres, pobres, pidiéndoles comida a unas monjas españolas, y las casitas eran miserables y las calles obviamente sin pavimentar, eso me impresionó mucho (...) Por la noche llegamos a su casa y yo le pregunté: ¿a ustedes los colombianos no les da pena vivir así dentro de una ciudad donde los del norte lo tienen todo y la gente del sur no tiene nada, es que no les da pena? Y él dijo ¿y a ustedes los holandeses, los europeos, no les da pena vivir bien en sus países sabiendo que hay gente que vive en otros países en la miseria? (…) Cuando yo llego otra vez a Holanda, ya tenía la fiebre de la Revolución. Yo decía este mundo no puede ser así, algo tiene que cambiar".

Miliciana en Bogotá

"Desde hacía varios días, Simón y la holandesa escogieron como blanco la bodega principal de una famosa marca de ropa deportiva cuyos dueños no solo se habían resistido a "colaborar", sino que además contestaron las llamadas telefónicas con hijueputazos y palabras desafiantes contra las Farc y -lo más grave- contra Marulanda. "Díganle a Tirofijo que si quiere plata que trabaje como lo hemos hecho nosotros durante más de veinte años", vociferó el gerente de la empresa antes de tirarles el teléfono.

-¡Imagínese! Ante esa reacción tocaba escarmentar a esos manes, ya no solamente por la plata. Así que decidimos golpearlos y Simón me citó una noche, la noche fatal, a las doce en punto en un Sandwich Shop 24 Horas que quedaba en la calle 19 con carrera sexta. De ahí salimos a llevar el regalito en un taxi que la Ruan se había robado hacía un par de semanas. Simón me ordenó que me hiciera en el asiento de atrás, como cualquier pasajera. Apenas entré, vi en el piso la bolsa y pensé que ese era el "mensajito" que íbamos a dejar.

(…) Cuando les faltaban dos cuadras para llegar, le ordenó a Tanja que cogiera la bolsa con cuidado y la tuviera lista para dejarla en la caneca apenas estuvieran frente a la empresa. Le hizo poner una gorra negra en su cabeza, por si había cámaras, y cuando llegaron frenó en seco y le dijo a la holandesa que tenía cuarenta segundos para dejar el artefacto y regresar al carro. Ella se bajó con calma, caminó hacia el recipiente y depositó en él suavemente su carga. Dio media vuelta y regresó al carro acelerando la marcha pero sin correr, tal y como le había indicado su jefe. Cuando la holandesa se volvió a subir al taxi, Simón arrancó a velocidad normal, anduvo un par de cuadras y se detuvo frente a un parque, desde donde hizo un primer intento por activar la carga, oprimiendo las teclas de un celular que había sido adecuado por explosivistas enviados por el camarada Carlos Antonio. Esperaron unos segundos y no escucharon nada; realizaron un nuevo intento que también resultó fallido.

(…) Hay que activarla de forma manual, con el reloj que le pusieron los camaradas -advirtió Simón en medio del asombro de Tanja- (...) Ella saltó del taxi y salió como una ráfaga con rumbo a la caneca, depositó la bomba sin la misma delicadeza de la primera vez y regresó en un santiamén. Simón arrancó y un par de cuadras más adelante los dos escucharon, sin decir palabra, un estruendo colosal que se extendió copiosamente por la zona industrial de Bogotá".

En la selva
 
 "Iba a completar un mes en el campamento de Carlos Antonio cuando una tarde se apareció por nuestras tierras una escuadra que enviaba el Mono Jojoy con la tarea de llevarme selva adentro. En la escuadra venía un muchacho que me llamó la atención cuando conocí a Jojoy. Yo había averiguado y sabía que se llamaba Julián y que era hermano de Adriana, o sea también sobrino del Mono. Aunque era bastante apuesto, lo que me atrajo de él desde un comienzo fue su forma de ser. Al contrario de casi todos los guerrilleros, a quienes les gustaba alardear con su musculatura, Julián era el retrato de la calma y la sencillez.

(…) Julián me llevó después hasta la zona del campamento donde estaba mi caleta y por el camino, laberíntico y sembrado de trincheras hondísimas de paredes rojizas, me fue mostrando el increíble mundo en el que transcurrirían mis días: la rancha quedaba muy cerca del caño y el caño tenía habilitada una especie de piscina donde podrían bañarse hasta 30 guerrilleros al mismo tiempo, según calculé a vuelo de pájaro. También calculé la cantidad de comida que se podía cocinar en aquella rancha y concluí que ahí se alimentaban al menos doscientas personas. A medida que avanzábamos por las callejuelas de Jardines, así se llamaba el campamento, Julián me iba señalando: esta es la enfermería, la de allí es la odontología, aquí trabajan unos camaradas topógrafos, este es el gimnasio del Mono, y me señaló un local adecuado con herramientas de carpintería, en el cual -después lo vería muchas veces- Jojoy se gastaba al menos una hora diaria, sudando en calzoncillos y con botas de caucho, garlopa en mano, cepillando y puliendo maderas para mantener a raya la diabetes.

(…) Cuando Julián me llevó a conocer la sede de Resistencia TV, en el local estaban solamente Yira, una bellísima muchacha del Guaviare, y Sergio, un pelao urbano que había dejado su carrera de cine en la Universidad Nacional para venirse a las Farc. Ambos editaban un video sobre los prisioneros de guerra. Tomamos dos sillas y nos sentamos detrás de los editores,. Recuerdo ese momento como si fuera hoy y no me da pena confesarle que en aquel instante supe que me iba a pegar mi primera enamorada de un guerrillero. La única, porque después de Julián no he vuelto a sentir un amor igual en estas montañas".

Siete vidas

"Para mí el Plan Patriota comenzó con un asalto que hicieron al campamento del Mono Jojoy. Yo había salido del curso básico y me encontraba en ese campamento. Aquel día, nosotros sabíamos que habría un asalto. El Ejército fue descubierto y el Mono sacó a toda la gente en carros, sacó los medicamentos, los alimentos, todo. Yo me quedé en el aula esperando que me sacaran también. Cargaba una Uzi pequeñita y nada que me sacaban, así que me quedé con el grupo de retención. En un momento yo me fui a la pasera a recoger mi almuerzo y empezó a sonar plomo, tiros. Entonces el comandante que estaba ahí ordenó que nos atrincheráramos y yo me atrincheré con mi metrica al lado de la rancha.

Los chulos estaban al otro lado del caño y empezaron a dispararle a la rancha, a botar bombas. Yo tenía ya alguna práctica militar, mas sin embargo no disparé ese día. Estaba asustada porque era muy nueva (...) "¿Usted dónde estaba, se nos perdió", me gritó el comandante mientras nos íbamos retirando, con nuestros equipos, con cuarenta libras de economía. Caminamos como dos o tres horas hasta que llegamos a un sitio donde estaba el Mono sentado en la carretera. Dijo "mijita, ¿echó plomo?", y a mí me dio pena y le dije "no camarada, salí corriendo". Y él dijo "eso está bien pa que vaya sintiendo la práctica de la guerra, pa que vaya sintiendo los tiros".

"(…) Una vez hubo una pelea entre nueve compañías y en esa pelea sí me tocó participar. Estábamos en un filo alto y el Ejército también iba subiendo y ahí hicimos la pelea. Nos retiramos por un potrero y el Ejército nos cogió a plomo. Esa noche, después de la pelea nos agarraron a puros morteros 120, eso fue toda la noche y nosotros no teníamos trincheras en esa época. Lo único que nos decían era que cuando cayera la bomba, tocaba levantar el cuerpo y abrir la boca. Eso no es cualquier cosa, y las bombas de los aviones tampoco".

El diario

(...) El día que cogen mi diario yo estaba con otros dos camaradas en una exploración para buscar al Ejército. Cuando nosotros nos fuimos, el Ejército entró al campamento. Escuchamos el plomo, pero como estábamos en una huecada grande se escuchaba lejos y no nos imaginamos que era en el campamento. Por la tarde, cuando vamos llegando (…) miramos pal campamento y ahí estaba el Ejército. No sé cómo salimos".

(…) Ese día en la retirada, voy pensando en el diario. Primero pensé en los camaradas: ¿será que los mataron a todos? Pero también en el diario.

(…) En ese diario jamás escribí que quería irme de la organización. Yo escribo: "Quiero irme de aquí". Y después sigue el párrafo: "Quiero ir a orden público, quiero pelear, no quiero estar más aquí en este campamento". Yo estaba aburrida de estar en el campamento, yo quería ir a pelear. Pero los medios titularon 'Quiero irme de aquí' y a uno le da una leve impresión de que ahí hay una manipulación.

(…) Yo escribí muchas cosas que obviamente no eran para el público. Escribí sobre un comandante que me caía mal. Yo siempre he sido una persona de ánimos muy fuertes. Un día amanezco de mal genio, otro contenta, como todo el mundo, y ese diario era un reflejo de eso. Era la mirada de una muchacha europea con pensamientos todavía muy socialdemócratas en ese momento, pero los medios sacaron lo peorcito del diario y lo publicaron fuera de contexto".

El régimen

"Yo sabía que no tenía permiso de llamar, los demás sí, porque eran familias en Colombia. Pero una llamada internacional llama mucho la atención del Ejército y de la inteligencia militar. Yo sabía eso, me lo habían explicado, pero ese día, mirando a los guerrilleros que llamaban me dio por ir a la casa y ver si podía llamar. Había un comandante que no estaba enterado que yo no podía llamar y él dijo: cuál es el número de su casa, se lo di, él marcó y yo hablé 20 minutos con mi mamá, con mi papá, con mi hermano. Salí muy contenta.

(…) Y me pusieron la sanción: diez ranchadas, o sea cocinar para los otros camaradas día de por medio; 30 metros de chontos (letrinas), cinco huecos de basura, diez páginas sobre la falta cometida, diez páginas en donde usted explica qué ha hecho y por qué, a la luz de los documentos usted no debería de haber hecho lo que hizo. Eso es para ponerlo a una a reflexionar sobre el error que cometió. Esa sanción la pagué y ya.

(…) Me gusta boliar pala, marchar, incluso llegar mojada a hacer caletas. Me gusta porque una sabe que se va a ir a baño, que va a estar calientico y se puede ir a acostar. Le dan tintico y eso es rico. Uno siente que ha trabajado, se acuesta con un cansancio terrible, pero con la recompensa de que se ha visto el rendimiento del trabajo. Me parece muy rica la vida guerrillera".
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