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| 4/3/1995 12:00:00 AM

LA HORA CERO

Con el regaño de E.U. y la detención de Jorge Rodríguez Orejuela, se abre una etapa de definiciones en la lucha contra el cartel de Cali.

JORGE RODRIGUEZ ES UN HOMBRE DE agueros. Regularmente visitaba a Marleny Martínez para que le anticipara el futuro. Ese jueves en la noche manejaba su automóvil Swift último modelo, de placas JWD 064, en un estado de euforia originado, según la Fiscalía, por alguna sustancia química. A las 8:25 de la noche llegó a la casa de Marleny en el barrio Junín, en pleno centro de Cali. Bajó del vehículo y lentamente empezó a caminar hacia la puerta. Súbitamente, vio enfrente de él a los hombres del Bloque de Búsqueda. Tan pronto los identificó se devolvió hacia el auto. En ese momento fue abordado por los uniformados quienes le pidieron los documentos de identidad. Entregó una cédula y un pase falsos, con el nombre de Libardo Vásquez Perdomo. Los agentes del Bloque los examinaron minuciosamente, pero no creyeron en su autenticidad. "Yo creo que puede ser él, llevémoslo", dijo uno de los oficiales que participó en la operacián. "Me ganaron. Yo soy el que ustedes buscan. No me hagan daño", fue lo único que dijo, resignadamente. Con esa frase el menor de los Rodríguez se dejó esposar dócilmente y luego fue llevado al cuartel general del Bloque. Poco tiempo más tarde fue trasladado en un avión de la Policía a Bogotá.
Casi nadie sabía de la existencia de Jorge. Pero los apellidos eran inconfundibles: Rodríguez Orejuela. Y con su captura, el gobierno logró apuntarse un golpe de opinión en el momento más oportuno. A pesar del éxito del operativo -que consistió en un seguimiento a 10 sitios durante dos semanas- el bombo que se le hizo a la detención fue un poco exagerado. Se dijo que estaba rodeado de guardaespaldas, cuando en realidad lo acompañaban cuatro personas desarmadas que quedaron libres horas más tarde. También se afirmó que Jorge era uno de los pesos pesados de la organización y un hombre clave en el engranaje del cartel. Aunque tiene más procesos en su contra que sus hermanos Miguel y Gilberto, expertos antinarcóticos lo consideran más un pez mediano que un pez gordo. (ver siguiente artículo).
Pero aún así, el gobierno tenía todo el derecho a celebrar. La captura de Jorge Eliécer acababa con el tabú de que a los Rodríguez nadie los buscaba. Para todos los efectos prácticos, particularmente para la opinión pública internacional, la detención del menor de la familia enviaba el mismo mensaje que hubiera significado la captura de cualquiera de sus hermanos: la voluntad política de desmantelar el cartel de Cali.
Esa voluntad política, tan lógica hoy, no era evidente hace un año en Colombia. No porque no la quisiera el gobierno sino porque no la quería el país. La guerra contra Pablo Escobar había dividido a los carteles entre narcotraficantes malos, los que ponían bombas y volaban aviones, y narcotraficantes buenos, que no solo se limitaban a sus negocios sino que combatían a los malos.
Muchos dicen que a Pablo Escobar lo dio de baja una alianza entre el Estado colombiano y el cartel de Cali. Y que esa colaboración fue tolerada en su momento dada la violencia irracional a la que había llegado el narcoterrorismo.
Muerto Escobar quedó una gran cercanía entre los aliados de la víspera y todo el mundo empezó a pensar que el problema del cartel de Cali se podía arreglar por las buenas, con una simple entrega.
Para eso estaba la política de sometimiento a la justicia y no era sino darle una interpretación laxa, con unas penas cortas y los Rodríguez estaban dispuestos a entregarse para solucionar sus problemas personales.
El entonces fiscal Gustavo de Greiff era un auténtico convencido de esta fórmula. Tenía conocimiento de la colaboración que los Rodríguez habían prestado para acabar con el jefe del cartel de Medellín y tenía además la firme convicción de que lo que más le convenía al país era tenerlos tras las rejas.
Ellos por su parte le habían ofrecido que utilizarían todo su peso ante los otros carteles para llegar a un acuerdo de reducción de las exportaciones de cocaína. De Greiff consideraba que el país no tenía nada qué perder jugándole a esa carta. Si efectivamente se reducía el flujo de cocaína, maravilloso. Si no, estarían por lo menos encerrados, lo que tenía que significar más control que tenerlos sueltos.
Sobre estas premisas se redactó un acuerdo de entrega y los hermanos Rodriguez Orejuela prácticamente llegaron a tener las maletas empacadas. En ese momento se presentó la oposición de César Gaviria. El ex presidente creía que la fórmula de De Greiff más que un sometimiento era una capitulación. Sus vehementes enfrentamientos con el Fiscal fueron una de las razones por las cuales Estados Unidos lo apoyaron integralmente en su aspiración de ser secretario de la Organización de Estados Americanos -OEA-.
Por todo esto la entrega de los Rodríguez Orejuela quedaba aplazada hasta la elección del próximo gobierno. El pensamiento de Samper estaba más cerca de la posición de De Greiff que de la de Gaviria. Tenía la auténtica convizción de que había que evitarle al país una segunda narcoguerra y creía que el mejor camino para esto era establecer unas condiciones para que los Rodríguez decidieran entregarse.
Pero la aparición de los narcocasetes dio al traste con todo. Desde el momento en que el Presidente de la República fue acusado públicamente de recibir contribuciones económicas del cartel de Cali, el sometimiento en las condiciones en que se venía negociando con De Greiff se volvió imposible. No porque la opinión pública no lo aceptara sino porque EE.UU. interpretarían cualquier acuerdo como un acto de reciprocidad por el apoyo electoral.
Por las anteriores circunstancias Ernesto Samper perdió la capacidad de maniobra que cualquier gobernante debe tener para manejar una situación tan delicada. Se llegó a la paradoja de que mientras las encuestas demostraban que todo el país quería un arreglo a las buenas con el cartel de Cali, el único colombiano que no podía firmar ese acuerdo era el Presidente de la República. Y como si esto fuera poco llegó a la Fiscalía Alfonso Valdivieso, montado en los hombros de la memoria de su primo Luis Carlos Galán. Tan pronto se posesionó, el ex ministro santandereano se presentó ante el país como el anti De Greiff.

LAS POSIBILIDADES DEL CARTEL
Pero sin duda alguna el hecho más determinante en este episodio fue la certificación. Para comenzar, pocos colombianos sabían que existía hasta que el embajador estadounidense, Myles Frechette, soltó la bomba de que podía ser negada. Tal vez lo que más sorprendió no fue descubrir la existencia de ese certificado de buena conducta, sino darse cuenta por primera vez que la decisión de cómo manejar la situación de los hermanos Rodríguez Orejuela no era solamente un problema de política interna.
Nunca antes se había sentido la presión de Estados Unidos como la que soportó el país en el último mes. Los colombianos, que siempre se habían jactado de su soberanía frente al Tío Sam, quedaTon en la dimensión de niños de colegio regañados por un poder que se les había olvidado que existía. El senador Jesse Helms intimidó al país no solo cargando el garrote sino hablando muy duro.
En todo caso la amenaza de sanciones económicas hizo temblar a Colombia más que el terremoto de Pereira. Privilegios arancelarios y mercados que se daban por hechos, quedaron de la noche a la mañana en la cuerda floja. Se llevó incluso a hablar de un bloqueo a la compra de exportaciones de café, lo cual era impensable hasta el momento.
La conclusión de todo este episodio es que los Rodríguez quedaron contra la pared. Su renutación de narcotraficantes 'decentes' quedó atrás y pasaron a ser la razón por la cual los Estados Unidos pueden quitarle la ayuda económica a Colombia. Su persecución o captura se volvió el único camino para desvirtuar todas las versiones que antes circulaban solamente en EE.UU, pero que comenzaron, por cuenta de la certificación, a circular también en Colombia. Se desató una guerra de rumores en donde cada día se hablaba de un casete nuevo, en el que el gobierno aparecía chantajeado por el cartel de Cali. Ninguno de estos casetes ha salido a flote y por tanto no han sido prueba de nada. Sin embargo, se multiplicaban más que los panes de Jesucristo y el solo chisme de su existencia ponía en tela de juicio para EE.UU. la voluntad política del gobierno para combatir al cartel de Cali.
La única forma de enterrar de una vez por todas esta bola de nieve era mostrar resultados con la cúpula del cartel de Cali. Y eso fue lo que lograron Ernesto Samper y Fernando Botero el jueves de la semana pasada. Con la captura de Jorge Eliécer Rodríguez Orejuela es muy posible que haya quedado asegurada la certificación por seguridad nacional que el presidente Bill Clinton había recomendado. Aunque se trataba de una fórmula transaccional algo humillante, hubiera sido mucho más humillante que el Senado de Estados Unidos rechazara la posición del gobierno y optara por descertificar al país. Con un Rodríguez Orejuela en la cárcel, este escenario pesimista parece hoy estar superado.
No solo eso. El entusiasmo de la captura ha generado una dinámica propia en la persecución de los otros miembros de la cúpula del cartel y no es imposible que en poco tiempo se produzcan desenlaces inesperados. En todo caso, parece que el proceso no tiene reversa. Pues con el menor de la familia tras las rejas el gobierno tiene que seguir tras los otros dos, que son los que tienen la sartén por el mango. A partir de ahora solo pueden suceder tres cosas: o el gobierno captura al resto de la cúpula, o estos se entregan y se someten a la justicia o se desata otra narcoguerra. Esta última alternativa es la que Ernesto Samper y todos los colombianos han tratado de evitar desde el principio. Una narcoguerra significa que ante la persecución del Estado los narcotraficantes decidan responder violentamente. Eso fue lo que hizo Escobar y durante algún tiempo la estrategia le dio resultados lo cual le permitió hacer negociaciones favorables a su causa.
Se podría especular que el cartel de Cali estaría interesado en seguir un camino parecido. Las autoridades tienen información completa de que están muy bien armados y según el Ministerio de Defensa y el DAS, han estado almacenando explosivos. "Los Rodríguez no son violentos, pero si lo fueran serían más efectivos que Escobar", sostuvo una fuente del Bloque de Búsqueda. No obstante esta misma persona reconoce que es poco probable que se llegue a una situacion extrema.

¿ENTREGA A CORTO PLAZO?
Gilberto Rodríguez y su hermano Miguel son ante todo personas racionales. La experiencia de Escobar demostró que el que pone una bomba tarde o temprano termina en un tejado. Y las concesiones que se podrían derivar de la violencia son imposibles políticamente en la actualidad. En los días del cartel de Medellín cada vez que no les gustaba el inciso de un decreto no había sino que secuestrar a alguien. Tarde o temprano el inciso se modificaba. Ahora por la presión externa esto sería un absoluto imposible. Colombia sería bloqueada económicamente en el momento que la comunidad internacional crea que se está comenzando a repetir el proceso que la última vez desembocó en La Catedral y los jacazzis. Además, el mayor activo que tienen los hermanos Rodríguez Orejuela para cualquier negociación de sus penas es su hoja de vida como narcotraficantes pacíficos.
Esto hace pensar que una entrega a corto plazo no es imposible. Porque el gobierno está buscando a la cúpula del cartel de Cali en serio y todo el mundo sabe que el que busca encuentra. La gran diferencia entre la entrega y la captura es la posibilidad de negociar las penas. Y es previsible que los Rodríguez, que llevan cinco años tratando de negociar las suyas no sacrifiquen esta última oportunidad.
Porque el mayor contraste entre la situación actual y la que había en el gobierno de Gaviria es que antes se negociaba y luego venía la entrega. Ahora tiene que ser al revés: es posible negociar pero es necesario entregarse primero.


TRES MIL NARCOS DESCONOCIDOS
Colombia puede estar a las puertas de la sotución de uno de sus grandes problemas el del cartel de Cali. De esto depende no solo la reputación internacional del país sino la credibilidad interna del gobierno. Pero es conveniente para facilitar este proceso que todos los estamentos sean realistas al respecto. El cartel de Cali es uno de los cientos de grupos que han aflorado en el país. Tiene ascendiente sobre los otros carteles pero no los controla. Por tanto, si la cúpula del cartel está tras las rejas no hay ninguna garantía de que el tráfico de cocaína vaya a disminuir. Se ha creado una obsesión alrededor de los hermanos Rodríguez Orejuela, pero dentro del contexto global el valor de ellos es simbólico. Nada más en el suroccidente del país hay cerca de 3.000 pequeños narcotraficantes sobre los cuales el Estado no tiene ni idea.
No obstante, aunque no se ven soluciones estructurales al problema del narcotráfico, hay que ir buscando soluciones coyunturales. La actitud asumida por el gobierno la semana pasada representa un gran paso en la dirección correcta. Solo se necesita que todas las partes interesadas pongan su grano de arena para que se llegue al acuerdo pacífico que todo el mundo ha buscado durante cinco años y que no se ha podido lograr.


UN ENEMIGO DIFICIL
5 FORTALEZAS DEL CARTEL DE CALI

1.-JERARQUIAS
Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela y los demás capos del cartel son estrategas muy inteligentes y pagan muy bien la mejor asesoría en todos los campos


2.-PERSONAL
EN NOMINA AFILIADOS
Cúpula 7 Vendedores ambulantes 1500
Ejecutivos 11 Taxistas 1700
Intermedio 35 Celadores de Vigilancia 3000
Base 500




3.-COMUNICACIONES

Sistemas de comunicaciones propios e impenetrables. Hablan a través de frecuencias de radio que se cambian automáticamente cada décima de segundo, lo cual hace muy difícil rastrearlas.

Tienen infiltrados en la Empresa de Teléfonos de Cali.

Controlan una empresa de beeper.

Cualquier llamada que reciben los Rodríguez pasa por 10 teléfonos diferentes antes de llegar a uno de ellos.

Se les ha incautado poderosos computadores que detectan todas las llamadas a Cali y que interceptan y archivan las conversaciones de 180 líneas.


4.-SEGURIDAD

Están permanentemente rodeados de cinco anillos concéntricos, en donde sólo los comandantes se conocen entre sí.

La cúpula y sus escoltas viajan en taxis y escoltados entre la 1 y las 5 de la mañana.

Cada desplazamiento tiene cinco rutas alternativas y cada una de ellas es cubierta con un grupo de avanzada de motociclistas.


5.-INTELIGENCIA
Tienen 96 oficiales retirados del Ejército y la Policía, cuya función es enganchar a los que están en servicio activo.
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