Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2006/06/11 00:00

La hora de juan Manuel

El nuevo Ministro de Defensa pasó en un año del asfalto político a la fila india presidencial. ¿Cómo lo hizo?

La hora de juan Manuel

Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos son dos hombres audaces. Jugadores que no le temen al riesgo ni a las apuestas duras, de esos que se restean y van en busca del todo por el todo. El nombramiento de Santos como ministro de Defensa no es una movida más en el tablero del nuevo gabinete. Es el resultado del encuentro de dos políticos natos en los momentos más decisivos de sus carreras. Uribe se prepara para un segundo período que definirá, más que el primero y con mayores dificultades, el significado histórico de su gestión. Santos cree que está en su envión final para la Presidencia.

¿Será el Ministerio de Defensa la plataforma para ese último salto? Aunque ninguno de los civiles que han ocupado esa cartera desde 1991 ha llegado al Palacio de Nariño, varios han quedado en la fila india. Rafael Pardo, el primero después de cuatro décadas de ministros militares, ya fue precandidato y está en la cúpula del Partido Liberal. Fernando Botero asumió el Ministerio con la convicción de que era un camino directo hacia el Palacio de Nariño, y lo habría sido si no se hubiera atravesado el proceso 8.000. Martha Lucía Ramírez, la primera mujer que llegó a ese cargo para machos, va disparada y llegó al Senado con una sorprendente votación que la candidatiza para más altos destinos.

Juan Manuel Santos ha sido aspirante a la presidencia desde hace años. Incluso desde antes de ingresar a la política, a donde llegó tarde -en sus cuarentas- después de una larga trayectoria en la Federación de Cafeteros y en El Tiempo. Pero su vocación, su linaje y su temperamento lo identificaron siempre, entre sus conocidos, como una reserva para la política. Incluso cuando ingresó a la vida pública, nombrado por César Gaviria en el Ministerio de Comercio Exterior en 1991, parecía que tomaba un camino corto, un gran atajo, hacia la Presidencia. Su jefe, Gaviria, había llegado al poder sin recorrer los pasos tradicionales, después del asesinato de Luis Carlos Galán. Rompió la tradición según la cual para llegar arriba había que trepar peldaño por peldaño. Santos, en una demostración de manejo político que sorprendió a amigos y rivales, logró que el Congreso lo escogiera como 'Designado', la figura de la Constitución de 1886 que fue reemplazada por la Vicepresidencia. Y que, según la tradición, era una especie de antesala para la Presidencia.

Pero las cosas nunca son tan fáciles. En el gobierno de Ernesto Samper estuvo en el asfalto de la alta burocracia. Después de algunos coqueteos iniciales -fue candidato a la Embajada en Washington, pero Samper no quiso nombrarlo-, escribió una dura columna en El Tiempo en la que rompió relaciones con el Presidente. "La lealtad que importa -escribió- es con los principios, y no con un partido". Su lejanía del gobierno no pasó inadvertida. A punta de audacia y ambición logró mantener su visibilidad. Creó la Fundación Buen Gobierno -el lema que Bill Clinton puso de moda en la campaña de 1992-, trajo a Colombia la metodología de buscar consensos mediante la elaboración de escenarios futuros, e hizo contactos con todos los grupos armados para aclimatar un proceso de negociación. "La paz está de un cacho", alcanzó a decir cuando salieron a la luz pública sus gestiones, que indignaron en su momento al presidente Samper.

Terminado el cuatrienio del elefante, Santos se acercó a Pastrana. Sonó para Ministro de Defensa -cargo que tiene en la mente desde entonces- en el primer gabinete, pero tuvo que esperar dos años y conformarse con una papa caliente: el Ministerio de Hacienda. La misión obligaba a tomar decisiones políticamente costosas después de la recesión de 1999. Reformar, por ejemplo, el régimen de transferencias de los ingresos de la Nación a los municipios y departamentos. En una palabra, poner orden. Lo hizo sin debilitar los lazos que siempre ha mantenido bien atados con el Congreso y la clase política. En un célebre debate, incluso, Gustavo Petro y Antonio Navarro lo acusaron de haber resucitado, por la puerta de atrás, los auxilios parlamentarios que había prohibido la Constitución de 1991.

Pero la carrera de un verdadero jugador nunca es plana ni monótona. Y la de Santos ha sido una montaña rusa. Cuando estaba dejando el Ministerio de Hacienda se encontró con la sorpresiva noticia de que su primo Francisco Santos era el candidato a la Vicepresidencia de Álvaro Uribe. 'Pacho', que llegó a la política en un salto con garrocha, le dio una patada al ajedrez que Juan Manuel había armado minuciosamente durante años. En el nuevo gobierno no tenía cabida y en la opinión calificada hizo carrera la creencia de que en el gabinete no pueden convivir dos Santos.

Otra vez, se le cerró el telón rojo. Regresó a su columna en El Tiempo, e inauguró la sección 'Me da mucha pena', una puerta abierta para coletillas punzantes que abrieron heridas y generaron ampollas. Criticó la reelección de Uribe, defendió al Partido Liberal y la idea de que su desaparición, y la del Conservador, equivalían a acabar la democracia. Se convirtió en el principal crítico del presidente de Venezuela, Hugo Chávez. Y, también, le coqueteó a la Alcaldía de Bogotá: fue precandidato por el Partido Liberal, pero fue derrotado por Jaime Castro. La debacle fue amarga, porque, a estas alturas, Santos sentía que su carrera iba en ascenso y la de Castro estaba en su ocaso.

Una vez más, Juan Manuel sorprendió a la opinión pública con una audacia con tufillo de oportunismo. Esta vez fue un triple salto mortal: engavetó su discurso sobre el fortalecimiento del Partido Liberal que había defendido como un mosquetero desde sus columnas de opinión, para montarse en el tren del uribismo creando una nueva fuerza: el Partido de La U. Una apuesta riesgosa y de pocas posibilidades de éxito. Dejaba una coherencia ideológica que lo estaba enterrando políticamente (el Partido Liberal) por un pragmatismo político que les podía dar oxígeno a sus aspiraciones de poder. Ser el capitán de un nuevo partido que nadie conocía, con evidentes fines electorales y mucho cacique político, no era precisamente un camino de rosas. Pero, como buen poquerista, Juan Manuel se 'restió' y le salió el as.

La lista de La U, con una campaña juvenil, atractiva y moderna -aunque su núcleo estaba conformado por una federación de la vieja política-, obtuvo la votación más alta y la mayor bancada. Santos quedó catapultado como la cabeza visible de una fuerza parlamentaria directamente asociada con Álvaro Uribe. Vale decir, con la locomotora de la cual todo el mundo quiso colgarse en esta elección. Juan Manuel quedó de maquinista de ese tren.

¿El último empujón?

Con el Ministerio de Defensa, Juan Manuel se está jugando su última mano. Por su edad, 55 años, y en una época en que no es normal repetir gabinete en distintos gobiernos (lleva tres), se puede decir que está en su sprint final. Cuando salga del cargo estará en la baraja presidencial, o alejado de ella para siempre.

Tiene el cargo que necesita para proyectar su imagen, porque concentrará en los próximos años los reflectores de los medios. Que es exactamente lo que necesita un hombre preparado y capaz, pero que no ha logrado en sus 15 años de vida pública sintonizarse con las masas. Juan Manuel Santos nunca se ha sometido a una elección, y se volvió un chiste repetido decir que en las encuestas siempre pierde frente al margen de error. Santos es un político sin votos. Aclamado en los foros, consentido del establecimiento y rey del Power Point. Pero sin people power. ¿Se hará conocer por la opinión pública ahora que estará en la televisión a toda hora?

Como buen jugador, su nueva apuesta no está exenta de riesgos. El Ministerio de Defensa puede ser un buen trampolín para proyectar a Juan Manuel, pero no ha sido tan bueno para el partido que ayudó a crear. En La U hay un ambiente de molestia generalizada. Creen que todos trabajaron para que el jefe se llevara el premio mayor. Además, en el Ministerio de Defensa no hay espacio para una dosis de repartición burocrática. En el camino quedaron rezagados otros que le metieron el hombro a la causa uribista de 2002, como Óscar Iván Zuluaga, el pionero que se había llegado a mencionar como seguro ministro de la segunda administración. Y se quedó sin curul y sin ministerio. Las dudas van más allá: ¿quién coordinará la bancada de La U en el Congreso?

El propio Germán Vargas, rival de Santos en el uribismo y aspirante presidencial, ha quedado maltrecho. El senador que más ha estudiado los temas de seguridad y defensa, y aspirante a suceder al Presidente que convirtió ese tema en la gran prioridad nacional, ve que Santos -un rival natural en la sucesión para 2010- se queda con esa cartera y, de paso, le arrebata el libreto. Vargas considera que su proyecto político es distinto. Que con su imagen, bien ganada, de mano dura, le conviene trabajar por causas sociales y terminar de llevar su partido, Cambio Radical, a otras regiones. Su gran amigo Juan Lozano, quien ocupará el Ministerio de Vivienda y Medio Ambiente, será un gran aliado en esa causa. No obstante, el nombramiento de Santos en la cartera más cercana al corazón del Presidente tiene un inocultable sentido de guiño. Por lo menos, es una valiosa oportunidad para aspirar a recibir la preciada antorcha de relevo.

¿La aprovechará? De Juan Manuel Santos se ha dicho que es como el coyote, personaje de la tradicional tira cómica de televisión de El Correcaminos, que siempre planea cuidadosas estrategias para atrapar su presa y que, al final, por motivos que son mezcla del azar y de sus errores, nunca se concretan. Falta ver si esa comparación, que divierte más a sus más conspicuos enemigos que a sus seguidores, vuelve a repetirse.

Es muy probable que Santos sea un buen ministro. Lo ha sido en las dos carteras anteriores. Y tiene las virtudes que justifican la idea de un ministro civil y no militar: preparación académica, manejo político y acceso a los medios. Además, su capacidad de gestión puede ser muy útil para continuar el trabajo de aumentar el control civil sobre el manejo de temas administrativos y presupuestales de las Fuerzas Armadas.

Pero tendrá que superar los riesgos, que no son pocos. El primero, como en la caricatura del coyote, es que ser el Ministro de la guerra cuando se tienen aspiraciones políticas es jugar con dinamita. Sobre todo cuando la seguridad democrática de Uribe necesita un viraje debido a los continuos reveses militares y los sucesivos escándalos en el interior del Ejército. Las Fuerzas Militares no pasan por un buen momento, situación que ya está empezando a comprometer la ayuda de Estados Unidos a Colombia.

El otro problema es que Santos va a tener que cogobernar con un jefe omnipresente. El presidente Uribe, al designarlo, cambió el criterio con el que nombró a sus principales colaboradores en los últimos cuatro años. En su gabinete no había figuras fuertes, ni jefes políticos con agenda propia y perfil alto. Más bien, tenían dotes de 'viceministros' que le dejaban todo el juego a su hiperactivo jefe. A los pesos pesados que ingresaron al gabinete en 2002, con anuncios de que durarían cuatro años, no les fue bien: Roberto Junguito, Fernando Londoño y Martha Lucía Ramírez tuvieron roces con el estilo del Presidente. Este tipo de relación fue todavía más evidente en el Ministerio de Defensa. Jorge Alberto Uribe y Camilo Ospina fueron funcionarios invisibles. Para nadie es un secreto que el mariscal de campo es Uribe -llama, regaña, pide renuncias- y los ministros de Defensa se han convertido en gerentes administrativos de la guerra.

Santos es otra cosa. Ambicioso, agalludo y con vuelo propio. Lo cual sólo deja dos posibles caminos en el mediano plazo. En primer lugar, un corto circuito producido por un choque con el Presidente, debido a su tendencia a controlarlo todo en el terreno de la seguridad. Uribe y Santos pueden resultar dos orangutanes en una caja. El estilo de Uribe, líder, microgerente, y con mucho carácter, tiende a tener yes men y ministros invisibles. A Juan Manuel eso no le gusta, y su estilo es el de protagonista de primer orden. No pasó inadvertido en sus anteriores turnos al bate: en el Ministerio de Comercio Exterior, tuvo el atractivo de ser el primero en una cartera y de ahí conquistó la Designatura. En el de Hacienda era el ministro de más alto perfil en la opaca administración Pastrana. Ahora, cuando aspira a batear el gran home run de su vida, no va a ser el más recatado ni prudente.

El otro escenario es el de un segundo cuatrienio uribista con un estilo gerencial totalmente diferente. En este último caso, Uribe trataría de cambiar la imagen de mandatario obsesionado con ganar la guerra, le confiaría su conducción a Santos y se concentraría en las áreas social y económica. De otra parte, con la ley de bancadas (ver artículo ), el jefe del Ejecutivo necesita más cercanía con el Congreso. No es casualidad que en las designaciones anunciadas haya dos jefes políticos que lideran bancadas: Santos, en La U, y Carlos Holguín, en el Partido Conservador. El propio Uribe ha dicho que con las nuevas disposiciones el sistema político adquiere visos de sistema parlamentario.

Venezuela será otro desafío. El presidente Uribe, en inédito gesto, le informó el nombramiento de Santos a Chávez, con el fin de controlar el daño que podría causar la exaltación del enemigo público más visible del chavismo en Colombia. El gesto, aparentemente, sirvió. Los medios gobiernistas en el vecino país no han dicho una sola palabra. El gobierno tampoco.

Además, no faltan los que opinan que no es malo enviarle una señal de dureza a Chávez. Ante su falta de colaboración en el tema de seguridad, y en evitar que las Farc utilicen la frontera como burladero para la acción de las Fuerzas Armadas, la presencia de Santos es un recorderis de que el gobierno Uribe va muy en serio en esta materia. En realidad, el acierto o el error que significa esta designación frente a las relaciones con Venezuela se conocerá cuando se presente uno de los recurrentes incidentes de frontera, por presencia de guerrilleros, paramilitares o delincuentes comunes. ¿Se apoyará Santos en la siempre prudente Carolina Barco? ¿Caerá en la funesta 'diplomacia del micrófono'? ¿Le tocará a Colombia pasar de agache, para recuperar la confianza de Chávez, en asuntos como el armamentismo de Venezuela?

La otra línea delgada que tendrá que cuidar el próximo Ministro de Defensa es la que divide el manejo militar de la actividad política. Los generales no van tener buenos ojos para las previsibles filas de parlamentarios ante el despacho, en el comando general. Ni para que se tomen decisiones que tienen la sospecha de buscar el beneficio político o mediático del jefe. Los militares quisieran, más bien, un aliado para decisiones difíciles. Alguien capaz de conseguir más recursos, presupuesto y apoyo político para una guerra en la que a veces se han sentido solos. Las suspicacias en el sentido de que a Santos lo mueven objetivos personales por encima de los institucionales puede ser su gran enemigo.

Al final, el nombramiento de Santos es una jugada tan audaz, que tendrá efectos diversos en distintos campos. Para Juan Manuel, es excelente: la oportunidad que le hacía falta. Para el gobierno, es bueno: un funcionario capaz en un cargo estratégico. Para el vicepresidente Santos, es regular: un pariente demasiado cercano, en una posición muy visible. Y para El Tiempo, es malo: otro accionista, y ex directivo, en un cargo público de gran importancia.

Queda, por lo pronto, una cosa clara: sin pueblo, Juan Manuel llegó a su techo.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.