Martes, 24 de enero de 2017

| 2008/07/12 00:00

La increíble historia de los Cordón Herrera

Cada caso de secuestro es una historia desgarradora. Pero el de esta familia de Huila, que ha padecido seis secuestros en cinco años, es escalofriante. Otro motivo para salir a la marcha.

A pesar de que no cuenta con ningún apoyo, la familia Cordón Herrera ha convocado a varias marchas en Neiva para llamar la atención sobre su tragedia. Ninguna autoridad les ha dado una respuesta y la situación se ha agravado cada vez que buscan una respuesta de las propias Farc

La vida de Marina Cordón Herrera es un desconsuelo sin fin. Desde hace cinco años esta mujer de 56 trata de tener noticia de sus secuestrados: dos hermanos, un cuñado y tres empleados que trabajaban para la familia distribuyendo granos y abarrotes desde Neiva hacia el sur del país. Marina sobrelleva la tragedia y aunque nunca ha recibido una sola noticia de sus familiares, todos los días ora por su pronto regreso y les envía emotivos mensajes por diversos programas de radio. “Hermanitos de mi alma, ánimo y fortaleza, los queremos mucho y los esperamos a todos en casa”, les dijo en un mensaje este fin de semana.

La tragedia de Marina empezó el 20 de enero de 2003. Ese día, su cuñado José Arbelay Losada viajó a La Macarena, Meta, con tres de sus empleados, en tres camionetas cargadas de arroz. Se trataba de cumplir con un pedido más del próspero negocio familiar. Algo rutinario que habían hecho cientos de veces en los últimos años, a pesar de la grave situación de orden público y los constantes combates que había en la zona. Sin embargo, en algún lugar de la vía todos desaparecieron. Ni siquiera se encontró rastro de los vehículos. Que era una región controlada por las Farc y que había que esperar a ver qué pedían fue la única respuesta que obtuvo la familia cuando empezó a indagar por lo ocurrido.

Dos días después, Reinaldo Cordón, hermano de Marina, fue secuestrado por las Farc. Este hombre de 49 años, también comerciante, salió de Neiva hacia Caquetá, donde tenía que entregar un cargamento de fríjoles, arroz, lentejas y otros granos. Iba en su camioneta con uno de sus empleados cuando fue detenido en un retén guerrillero cerca a San Vicente del Caguán. “Somos de las Farc: usted se va con nosotros y usted (el empleado) se devuelve por donde vino”, ordenaron los guerrilleros que, sin más, internaron a Reinaldo en lo profundo de la selva.

Para ese momento la situación de la familia Cordón era más que dramática. Marina, la mayor de ocho hermanos –cinco mujeres y tres hombres–, se pasaba los días entre consultorios médicos y salas de emergencia a donde eran remitidos regularmente su papá, quien estaba grave por una diabetes aguda, y su hijo Sergio, de 24 años, al que le diagnosticaron un tumor cerebral avanzado.

Justamente en el pasillo de una clínica en Neiva fue donde Marina se enteró del secuestro de su hermano Reinaldo. La noticia llegó en el peor momento y afectó considerablemente el ánimo de los enfermos, ninguno de los que finalmente logró sobrevivir. El primero en morir fue el hijo de Marina, cuyas exequias se realizaron el 27 de febrero. Lo que ella nunca imaginó es que en el funeral vería por última vez a su hermano Guillermo, quien estaba haciendo gestiones para saber sobre la suerte de sus familiares. “Estaba muy animado porque por fin lo iba a recibir un comandante de las Farc para ver cómo se podían arreglar las cosas”, dice recordando las palabras que le escuchó a su hermano. Pero la historia se repitió. Guillermo viajó a San Vicente del Caguán y entró en contacto con miembros de las Farc. “Nadie lo necesita por acá, mejor váyase”, fue la primera respuesta que obtuvo. Sin embargo, decidió seguir indagando y buscar a toda costa un encuentro con algún jefe guerrillero. Jamás se volvió a saber de él.
Desde entonces, el padre de los Cordón, ya de por sí enfermo, cayó en un silencio abrumador. La angustia, el desespero y la impotencia agravaron su salud. Trató durante dos meses de sobrellevar la crisis, hasta que no pudo más. Cayó en una grave depresión y a los 76 años, abatido por la pena, murió.

Marina no ha renunciado a la búsqueda de sus familiares a pesar de los años de lucha infructuosa. En varias ocasiones les ha entregado dinero a personas inescrupulosas que afirman haber visto a sus hermanos y que le prometen traérselos de vuelta. Pero siempre han sido timadores que una vez reciben el supuesto rescate, jamás vuelven a aparecer.

En el fondo teme lo peor: que sus hermanos ni siquiera estén secuestrados, sino que hayan sido asesinados y sus cuerpos desaparecidos en algún lugar de la manigua. Pero cada vez que la acecha ese pensamiento, toma aire, intenta recuperar la compostura y con palabras resueltas dice que no puede darse por vencida hasta saber qué fue lo que pasó. Marina suplica por conocer la verdad, cualquiera que sea. “Después de tanto sufrimiento, lo único que pido saber es qué pasó, dónde y cómo están mis familiares”. Dice que mientras las autoridades no le den una explicación, seguirá enviándoles mensajes de aliento, lo único que puede hacer, confiando en que ellos en algún lugar la escuchan. “La idea es que ellos no se sientan tan solos como estoy yo”.

Vea el testimonio de una madre herida en semana.com

 


Vea apartes del documental de País Libre '¿Y de los secuestros del ELN, qué?'


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