15 agosto 2009

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La indeleble huella de Galán

TESTIMONIOLa herencia que dejó Luis Carlos Galán a las instituciones políticas colombianas es mayor de lo que se cree. Por César Gaviria

La indeleble huella de Galán. Después del asesinato de Galán, César Gaviria recogió sus banderas políticas y lllegó con ellas a la Presidencia en 1990. Aquí, en una convención liberal a finales de los 80

Después del asesinato de Galán, César Gaviria recogió sus banderas políticas y lllegó con ellas a la Presidencia en 1990. Aquí, en una convención liberal a finales de los 80

Me ha pedido SEMANA que haga un esbozo de las ideas y del pensamiento político de Luis Carlos Galán. Será necesario entonces mirarlas en el contexto en el que ellas se desarrollaron y con el alcance que han tenido para influir en nuestros tiempos. Sin duda, las dos décadas que ha
n pasado desde su muerte son suficientes para decantar lo que él significó en la vida colombiana y el derrotero que nos trazó a sus conciudadanos.

Muchos lo ven sólo desde el ángulo de lo que significó como protesta, como expresión de disentimiento y de rebeldía con el estado de la Nación, pero olvidan que Galán alcanzó a dejar huellas indelebles en nuestras instituciones. 

Para empezar, tenemos que recordar su visión ética de nuestra sociedad. Galán nunca aceptó la política del poder o del pragmatismo. Denunció cómo se fue volviendo de cómodo ese arreglo de compartir el poder y tomar las instituciones públicas como un botín que se repartían quienes guiaban los destinos del país y que eran siempre los mismos. Sólo entendía la política guiada por los más elevados principios en relación con el comportamiento social.

Él defendió sus ideas con tanto tesón y vigor, que ellas han desbordado por completo su tiempo y han quedado grabadas de manera perenne en el alma de los colombianos, aunque no todos compartieran su proyecto político. Galán no sólo tuvo poderosos principios, sino que tuvo carácter para defenderlos, coraje para expresarlos e irreverencia para no ceder en su expresión, así tocara intereses o se granjeara enemigos y contradictores que a la postre se interpusieron para que no pudiera desarrollar su proyecto político.

Luis Carlos Galán entendió a cabalidad que la primera función de un líder es ayudar a que sus seguidores comprendan la realidad y preparó a un gran grupo de colombianos para las nuevas realidades urbanas. También le dio a la política una gran dignidad al afirmar su sitial destacado entre las profesiones humanas: predicó que la política enaltece y no envilece. Y al enaltecer la política como un poderoso instrumento para transformar la realidad, atrajo a miles de ciudadanos a esta actividad. Con ello, le devolvió al voto un sentido de independencia que ha ayudado a renovar la dirigencia política colombiana desde el Nuevo Liberalismo y la expedición de la Constitución del 91.

Los colombianos comenzamos a conocerlo por sus juveniles escritos en El Tiempo. Se formó como hombre de Estado en el ejercicio del periodismo a muy temprana edad. En el Ministerio de Educación mostró su primera faceta de hombre público en uno de los períodos de mayor disentimiento que haya vivido Colombia, en particular entre los jóvenes. Sirvió mucho entonces su pedagogía política que aleccionó sobre los elementos esenciales del Estado, su rol trascendental en la vida moderna, sus responsabilidades contemporáneas. En un período de particular confusión en el pensamiento occidental, por la fuerza y el atractivo que ejercían el marxismo, el existencialismo y el nadaísmo en nuestra juventud, Galán pudo poner en blanco y negro sus ideas, lo que empezó a darle experiencia política y una gran claridad.

Las suyas eran ideas liberales, pero nos quedaríamos cortos si redujéramos la definición de su pensamiento a esa expresión. Tuve la ocasión de apreciar cómo fue escogiendo propuestas, y cómo esperaba estar al frente del proyecto político que transformaría las instituciones de Colombia. Siempre fue partidario de una profunda reforma política y eso lo pude percibir de primera mano en las discusiones con él y Hernando Durán, entonces presidente de la dirección liberal, para acordar el primer texto de reforma constitucional que llevamos al Congreso en la administración Barco. Porque Galán fue uno de los inspiradores de la Constitución de 1991: al protestar contra su muerte, un grupo de jóvenes lideró la séptima papeleta para pedir la convocatoria de una Constituyente, idea que se esparció entre los ciudadanos con una fuerza insospechada. 

Creyó con gran devoción en la primera carta de derechos para nuestra Constitución que consignamos en el proyecto de reforma constitucional del 88, así como en el instrumento de la tutela para defenderlos. Estaba comprometido con la creación de la Fiscalía y le daba al fortalecimiento de la justicia un papel preponderante en las nuevas instituciones que buscaba. Era un descentralista convencido y estuvo estrechamente ligado a la elección popular de alcaldes y a la expedición de la llamada Ley 12 para fortalecer las finanzas regionales. Estuvo de acuerdo con la elección popular de gobernadores y con un nuevo traslado de competencias y recursos a las regiones.

A Galán le preocupaban los vicios que impedían que nuestro sistema electoral nos llevara a elecciones verdaderamente libres y transparentes. Le inquietaban muchísimo la independencia del Congreso y las canonjías y el clientelismo con las cuales se cercenaba su independencia. Como ningún otro colombiano denunció la corrupción y nos enseñó el profundo daño que a nuestro sistema político le hace el hecho de que nuestros organismos de control no cumplan su función constitucional. Defendió con todo vigor el derecho a la información y la libertad de prensa.

Luis Carlos Galán tuvo una especial preocupación por el equilibrio de los poderes públicos y la independencia de la justicia. Trabajó intensamente en el fortalecimiento de los partidos políticos, a los que  concebía como articuladores de las fuerzas disímiles que conforman nuestra sociedad. Y creyó de manera firme en la financiación estatal de las campañas para preservar la independencia de los elegidos. Nadie como él trabajó por la depuración de las costumbres políticas. Su más valiosa enseñanza fue recuperar el valor de la crítica, de la fiscalización y de la oposición. 

Galán hizo un enorme esfuerzo por entender lo que ocurría en el mundo. Fue la primera persona a quien oí hablar de globalización en sus sentidos económico y político. Se preparó para ella. Asimilaba a diario nuevos conocimientos, nuevos enunciados, nuevas reflexiones y las iba extendiendo a la totalidad de su análisis. Buscaba así respuestas apropiadas a los retos y desafíos que enfrentábamos entonces. 

Nunca buscaba explicaciones simplistas, tan comunes en política, y que tanto atraen hoy a quien nos gobierna. No creía en milagros, fórmulas simples ni sencillas. Entendía que nuestros problemas eran complejos y nuestras soluciones también. Era un político moderno en tiempos en los cuales el ejercicio de la política era un poco feudal, demasiado individualista y limitado por las realidades electorales.

A Galán siempre le preocupó que el Estado pudiera cumplir sus funciones básicas. Creía en la centralidad del Estado como principal referente de la política. Dedicó mucho tiempo a examinar la situación social de Colombia, a poner en contexto los problemas de marginalidad social, de exclusión y falta de oportunidades. Trabajó sin descanso para reformar la educación pública, mejorar la salud y para crear una red social que protegiera a los más vulnerables.

En síntesis, no era posible ejercer la política como la concebía Galán sin tener una visión especial, sin aceptar someterse a ese bombardeo de mensajes, ideas, conocimientos y sin tener una formación que permitiera asimilar todo ese flujo y derivar de él una interpretación que pudiera ser base para una vigorosa oleada de transformación de nuestras instituciones.

Quisiera terminar citando una expresión juvenil que bien se ajusta a la forma como Luis Carlos Galán concebía su vida, según la cual la política más que el arte de gobernar, es la ciencia que se dedica a estudiar el destino de los seres humanos.
 
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