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| 12/8/2006 12:00:00 AM

‘La justicia estuvo por encima de todo’

Julián Mejía Calderón, acusado de haber violado a su compañera norteamericana de un colegio de estrato 6 de Bogotá, fue exonerado por la justicia y se va lanza en ristre contra las presiones de la embajada de Estados Unidos.

Luego de año y medio de controversia pública sobre la supuesta violación de una joven estudiante del colegio Nueva Granada de Bogotá, Julián Mejía Calderón ha vuelto a respirar tranquilo. El tribunal de Bogotá concluyó que no existían pruebas que demostraran que Julián Mejía hubiera violado a Katie, compañera de su colegio. Según el dictamen de la justicia, las evidencias y los testimonios recopilados demuestran que se trató de un encuentro consentido por ambos y que no hubo viola ción. Por considerarlo de interés, SEMANA reproduce el testimonio del joven.

"Yo cursaba grado 12 en el Colegio Nueva Granada. En la noche del 15 de junio de 2005, días después de mi grado de bachiller, tuve una relación con Catherine, 'Katie', una niña de mi colegio que iba un curso atrás pero era compañera de la ruta de bus y vecina mía. Ella es hija de una alta funcionaria de la embajada de Estados Unidos.

Al otro día, el 16 de junio, me llamaron unos médicos para decirme que Katie estaba intoxicada y que la mamá quería hablar conmigo. Fui a la clínica y en vez de médicos me encontré con unos policías que había enviado la embajada de Estados Unidos. En ese momento comenzó la peor pesadilla de mi vida.

Se me informó que tenía una denuncia por violación que había puesto la mamá de Katie y comenzaron todos los problemas. Para empezar, mi mamá se desbarató y no paraba de llorar. Mi hermano también comenzó a derrumbarse. Mi papá no pudo darse ese lujo y desde ese día se dedicó de tiempo completo al caso, junto con la oficina de Alfonso Gómez Méndez y Pablo Elías González.

Yo no quería volver a salir a la calle ni ver ni saber de nadie. Los amigos me invitaban a que siguiera mi vida normal. Pero cuando les hice caso y volví a salir, descubrí que tenía muchas dificultades para relacionarme con las niñas de una manera desprevenida porque me imaginaba que cualquier cosa podría pasar.

Pero eso era lo de menos. La verdadera tragedia comenzó cuando el caso se volvió noticia de primera plana y de apertura de noticieros. El primer paso lo dio un noticiero del fin de semana cuando contaron la versión de Katie y su mamá y sacaron durante más de cinco minutos una foto mía del anuario del colegio con un letrero abajo que decía 'violador'. A los pocos días, D'Artagnan escribió en su columna que si no se hacía justicia en Colombia a favor de Katie, yo debería ser extraditado y juzgado en Estados Unidos. También me atacaron sin piedad otros columnistas como Salud Hernández, con un infame artículo; Ramiro Bejarano, y Ana Milena Muñoz de Gaviria. A raíz de este despliegue empezaron a amenazarme de muerte y castración en los comentarios de los lectores de El Tiempo.com.

Una noche, cuando salía de un bar acompañado por un amigo, una gente me empezó a gritar: "¡Ese es el violador!". Se lanzaron contra mí, me agredieron físicamente, causándome múltiples fracturas. Medicina Legal me dio un mes de incapacidad.

Mientras tanto, en la emisora de radioLa W, se aseguró que yo había golpeado a Katie con una varilla y un martillo. Una total mentira, pues un día después de la supuesta violación, varias personas vieron a Katie en perfecto estado de salud en el bar On The Rocks, a donde había ido a recoger las pertenencias que había dejado la noche en que nos vimos. La siguiente noche Katie asistió, como si nada, a una fiesta de miembros de la embajada de Estados Unidos.

Una semana después de la supuesta violación, recibí una carta de la embajada de Estados Unidos donde me anunciaban que me quitaban la visa de manera permanente y que, si por algún motivo llegare a pisar suelo estadounidense, debería atenerme a las consecuencias. Desde muy niño pasaba vacaciones en Estados Unidos en el apartamento de mi abuela, unos tres meses al año, y lo sentía como mi segunda patria. La noticia de no poder volver me afectó mucho. De hecho, yo estudié en el Nueva Granada porque en ese colegio uno obtiene un diploma estadounidense que me permitiría cumplir mi sueño, que era estudiar paisajismo en ese país, un sueño que jamás podré hacer realidad.

Después de todo el bombardeo de los medios y la agresión física que recibí, entré en una etapa de depresión total que me llevó a pensar que mi vida estaba acabada y que mi única salida era el suicidio. Pero gracias al apoyo incondicional que siempre recibí de mi familia, de mis amigos y conocidos, y del siquiatra que me ayudó a superar la crisis, y sobre todo gracias al convencimiento de mi inocencia, pude sobrellevar estos terribles meses.

Cuando comenzaron los interrogatorios, que se llevaron a cabo entre agosto y diciembre del año pasado, varios amigos de Katie, norteamericanos e hijos de funcionarios de la embajada de Estados Unidos, me contaron que el FBI los había interrogado y al ver que sus testimonios no beneficiaban a la señora de la embajada, les dijeron que no tenían que declarar. Cuando la Fiscalía llamó al papá de uno de estos amigos, él les dijo que ya no vivía en Colombia y que no iba a regresar nunca. Sin embargo, el amigo de Katie se comunicó con mi padre y aceptó contar la verdad en la Fiscalía. Allí manifestó cómo Katie asistía regularmente a los bares de la Zona Rosa mientras le decía a su mamá que estaba estudiando y se quedaba a dormir en la casa de otra de sus amigas norteamericanas, situación que le acolitaban los padres de la amiga, que también trabajan en la embajada de Estados Unidos. Testimonios que corroboran que Katie y yo tuvimos relaciones sexuales consentidas.

Este no ha sido un problema de Estados Unidos y de su embajada contra mí, sino un problema personal de la alta funcionaria de la embajada y del embajador William Woods, los cuales han tratado de inculparme a toda costa a punta de presiones e incluso con un artículo que escribió el embajador diciendo que yo era culpable y amenazando a la justicia colombiana al decir que continuaba confiando en ella. Una manera muy directa de decir que si fallaba a mi favor, dejaban de confiar en ella, lo que es una amenaza.

Me parece inconcebible que el embajador de la primera potencia del mundo pretenda meter 12 años a la cárcel a una persona como yo sólo porque a una niña norteamericana le da miedo confesarle a su mamá que tuvo unas relaciones sexuales consentidas.

Katie y la mamá se fueron a Roma en julio de este año y el embajador está a punto de irse, todos llevándose con ellos mi honra, mi buen nombre, el de mi familia y el del Colegio Nueva Granada.

Es que también me duele ver cómo la imagen de mi colegio se ha ido al piso por culpa de toda esta situación manejada por el abogado Jaime Granados y el embajador Woods. El resultado ha sido terrible. Hoy la opinión ve al Nueva Granada como un colegio de niños ricos sin principios y donde se alcahuetea toda clase de atropellos. Qué triste. El propio embajador de Estados Unidos y su agregada cultural enlodando a una institución que siempre les ha abierto las puertas a los norteamericanos que llegan a Bogotá.

Algo que esta experiencia me ha enseñado y ha cambiado de manera radical mi manera de vivir y de pensar, es lo importante que es la familia. Me ha ayudado a distinguir quién vale la pena y quién no. También me ha servido para descubrir que el trago no lleva a ninguna parte y quiero dejar este mensaje porque no quiero que ninguna persona en el mundo pase por lo que me tocó pasar a mí. Me siento muy aliviado de que este proceso haya terminado definitivamente y de que los magistrados hayan dicho que se trató de unas relaciones consentidas entre unos muchachos que se atraían mutuamente.

Aunque esta haya sido una experiencia muy dura para mí y para quienes me rodean, me gratifica saber cómo muchas señoras y funcionarias de la Fiscalía, que recibieron toda suerte de presiones para que me inculparan, nunca se arrodillaron ante estos intereses tan poderosos porque para ellas la justicia siempre estuvo por encima de todo. También agradezco a todos los magistrados y funcionarios de la Procuraduría que mostraron su rectitud moral. Ellos demostraron -no sé si al embajador Woods, pero al menos a mí sí- que en la justicia colombiana sí se puede confiar".
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