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| 6/6/2009 12:00:00 AM

La lección del caso Galán

Los nuevos testimonios sobre el magnicidio, que involucran a políticos y agentes del Estado, demuestran que la macabra alianza que mató a Galán es la misma que 15 años después hizo metástasis y se tomó buena parte del Congreso.

Cuando Luis Carlos Galán iba a salir de su oficina para encontrarse con la muerte pidió que le bajaran de su casa sus dos chalecos antibalas. Nunca antes los había utilizado, pero esta vez los presagios lo obligaban. Su apartamento, por razones de seguridad, quedaba en el mismo edificio de su oficina. Su hijo Carlos Fernando, hoy concejal de Bogotá y quien en ese entonces tenía 12 años, se ofreció a llevárselos. Galán se probó uno de los chalecos y dejó el otro a un lado. Su jefe de escoltas, el agente del DAS Jacobo Torregrosa, lo tomó y trató de medírselo. Carlos Fernando recuerda que su padre hizo un gesto, con una mezcla de desconcierto y desconfianza, y le dijo: "No, déjemelo a mí". "Él tenía la obsesión de tener algo a la mano para protegerse la cabeza", explica hoy el concejal.

Esa imagen, del 18 de agosto de 1989, da una idea del grado de zozobra en el que se encontraba Luis Carlos Galán. Pero sobre todo, pone la luz sobre una figura, Jacobo Terragrosa, que es clave para esclarecer el nuevo capítulo que se acaba de abrir en la investigación por el magnicidio del líder Luis Carlos Galán: el de la participación de los agentes del Estado.

Puede resultar difícil de creer, pero la verdad es que hoy, cuando sólo faltan dos meses para que se cumplan 20 años de uno de los crímenes más impactantes en la historia de Colombia, no se ha investigado el papel que jugó el DAS, y en particular el jefe de escoltas asignado a Galán, a pesar de todas las evidencias que se han recogido en su contra y a pesar de todas las denuncias que ha hecho la familia Galán.

En lo que va corrido de estas dos décadas se han esclarecido algunos de los autores intelectuales del crimen (los capos del narcotráfico Pablo Escobar y Gonzalo Rodríguez Gacha), algunos de los autores materiales (comandos paramilitares que para esa época estaban floreciendo en el Magdalena Medio) y aún hay un grueso interrogante sobre la vinculación de políticos (la condena impuesta al ex ministro Santofimio Botero en 2005, y revocada en 2008, está siendo revisada desde esta semana en casación por la Corte Suprema). Pero lo más significativo es que en todo este tiempo no se ha abierto una sola investigación sobre los vasos comunicantes de esa conspiración criminal con agentes del Estado que, según testimonios y pruebas de gran credibilidad, sirvieron para facilitar las ráfagas de metralla que esa noche se escucharon en Soacha y dejaron aturdido a todo el país.

Ese nuevo hilo conductor de la investigación deja al descubierto verdades aterradoras de lo que se encuentra en varios callejones de la institucionalidad. El magnicidio de Luis Carlos Galán no fue un hecho aislado que tiñó de luto en un momento dado al país. Fue la expresión más rabiosa y violenta de un fenómeno que para ese entonces estaba tomando cuerpo, la macabra alianza de narcotraficantes, paramilitares, políticos y agentes del Estado, para imponer un particular proyecto político y mafioso. El mismo proyecto que hizo metástasis 15 años después, y que hoy el país está padeciendo con la para-política, cuyas tenazas ilegales abarcaron un gran porcentaje del Congreso y de poderes locales.

¿Otra vez el DAS?

La alarma que encendió esta semana el procurador general, Alejandro Ordóñez, no es de poca monta. Ya sólo le quedaban a la Fiscalía 45 días hábiles para desentrañar cuáles fueron las cuerdas que se movieron para el asesinato de Luis Carlos Galán. Gracias a la advertencia de Ordóñez, el fiscal general, Mario Iguarán, se ingenió una salida para evitar que la acción penal en este magnicidio prescriba el próximo 18 de agosto, como lo ordenan los códigos después de 20 años: catalogó el crimen como de lesa humanidad con el argumento de que lo que se dio fue un exterminio del grupo político Nuevo Liberalismo. "No es necesario aniquilar la totalidad del grupo. Es suficiente con que se ultime o se asesine al líder", dijo Iguarán para explicar su decisión.

Aunque sólo esta semana el país se enteró del nuevo rumbo que tomó el caso Galán, en realidad este nuevo capítulo se abrió hace dos años, cuando el jefe paramilitar 'Ernesto Báez' dijo que "sin la estrecha participación del DAS y del B-2 (inteligencia del Ejército) no se habría ejecutado el crimen". Un fiscal de la justicia ordinaria decidió llamarlo para que ampliara su testimonio en el expediente Galán, y 'Báez' no sólo ratificó lo dicho, sino que añadió que desde cuando se planeó el crimen en la 'Isla de la Fantasía', en Puerto Boyacá, los asesinos estaban conectados con los agentes del Estado que les facilitarían sus movimientos y que cuando el sicario en jefe del crimen, Jaime Rueda Rocha, se fugó de la cárcel La Picota, dos agentes del DAS lo escoltaron para que llegara sano y salvo hasta Puerto Boyacá.

Tras la declaración de 'Báez', según pudo establecer SEMANA, vinieron como en cascada unos 20 testimonios más, entre ellos de funcionarios del DAS de la época y de personas cercanas a Luis Carlos Galán que han mostrado las sospechosas fallas del jefe de escoltas y los cambios que hizo en el equipo semanas antes del crimen. Esos testimonios coinciden con la carta que, a manera de testamento, escribió uno de los sicarios a su mamá un mes antes de ser asesinado en la cárcel Modelo. Refiriéndose a la operación que montaron para matar a Galán, escribió: "Estuvimos de buenas porque le cambiaron (a Galán) algunos escoltas y metieron a otros que trabajaban con Helí Muñoz (otro de los sicarios) aquí en Bogotá. Entonces todo fue mucho más fácil".

Los investigadores también tienen en su poder el video de la noche del asesinato en el que se ve cómo el jefe de escoltas, Jacobo Terragrosa, se mantiene a una distancia de su protegido mucho mayor de la que indican los cánones del buen guardaespaldas, y el libro del periodista Alonso Salazar que muestra cómo Terragrosa no tenía las credenciales para ocupar ese cargo.

En esa misma declaración, 'Báez' hizo un detallado relato de la creación de 'Morena', el partido que se creó a la sombra de los paramilitares, y dio nombres de las figuras políticas que se involucraron con esa aventura. Y el 'negro Vladimir', alumno aventajado de los mercenarios, que pagó 16 años de cárcel por la masacre de La Rochela y les ha contado a los fiscales, por ejemplo, cómo Henry Pérez, el jefe de los paramilitares del Magdalena Medio para la época de la muerte de Galán, los reunía y les decía: "Tenemos que hacerles favores a los políticos".

Los tres momentos

¿Por qué es importante el destape de la semana pasada? Porque hasta ahora, en 20 años, la investigación Galán ha tenido hitos importantes que al final del día resultan ser piezas sueltas del rompecabezas, mientras que este nuevo capítulo del proceso las haría encajar.

El primer hito en la investigación del caso Galán resultó ser uno de los más monumentales 'falsos positivos' de la historia de Colombia. Como si se tratara de una lotería, la Policía recogió en las calles de Bogotá y Soacha a 17 personas, entre ellos el barranquillero Alberto Jubiz Hazbum, y cinco días después del crimen las presentó al mundo como los asesinos de Galán. El entonces director de la Dijín, coronel Óscar Peláez Carmona, dijo que más de 40 testigos los habían identificado, y el entonces director del DAS, general Miguel Maza Márquez, explicó en detalle el papel que desempeñó cada uno en el operativo. Hay quienes se atrevieron a testificar a favor de ellos, como un ex ministro de Estado que abogó por Jubiz diciendo que había estado con él la tarde del crimen y sufrió todo tipo de acoso para que cambiara su declaración; según su testimonio, lo llamaron agentes del DAS y de la Dijín, y luego se salvó de un atentado. Tres años y medio después todos demostraron su inocencia.

La gran paradoja es que mientras se aplicaba todo el rigor de la ley a gente inocente, se trataba con altas dosis de elasticidad a los verdaderos autores materiales. El segundo hito de la investigación del caso Galán se dio más por azar que por mérito de los investigadores. Un esmeraldero, al ver las fotografías del momento del crimen, publicadas en exclusiva por la revista Cromos, identificó a uno de los asesinos como José Orlando Chávez Fajardo. Chávez sostenía la pancarta que estaba en la tarima donde cayó Galán, impávido y sin moverse, mientras tronaban las ráfagas de metralla. Con los datos del esmeraldero capturaron a Chávez en Bogotá, y en sus primeras declaraciones dejó al descubierto a otros compañeros del operativo, entre los que se encuentran sus primos Víctor Manuel y Enrique, y sobre todo Jaime Rueda Rocha, y sus hermanos José Everth y Bayardo Rueda Silva.

El más importante de todos ellos resultó ser Jaime Rueda Rocha, un gatillero graduado con honores en las clases que dio el mercenario israelí Yair Klein a los paramilitares en el Magdalena Medio. La tesis que se maneja en la investigación es que Pablo Escobar, que era uno de los más interesados en matar a Galán, y tras el atentado fallido contra el líder político en Medellín, se dio cuenta de que no tenía el equipo necesario para un atentado tan sofisticado, los suyos eran sicarios de barrio y se necesitaban mercenarios. Por eso dejó el operativo en manos de sus socios, ya fogueados con los asesinatos de líderes de la UP, y en particular de Rueda Rocha, que se había encargado ese mismo año de asesinar a Teófilo Forero, dirigente del partido político de izquierda, con un modus operandi similar al de Galán.

La importancia del sicario Rueda Rocha era tal y lo que podría confesar tan peligroso para los intereses de muchos, que duró apenas un año en la cárcel. Se fugó fácilmente de ella, con un simple disfraz, y se fue de vuelta a su región del Magdalena Medio. Un año y medio después, en abril de 1992, murió en un intercambio de disparos con agentes del Grupo Antiextorsión y Secuestro en un bar a dos kilómetros de Honda. Ninguno de los seis sicarios detenidos sobrevivió más allá de ese año. A José Orlando y Enrique, el juez les dio libertad condicional y el 5 de agosto de 1990, en una calle del barrio Estrada de Bogotá, los acribillaron desde una moto, hombres vestidos con uniformes de la Policía.

Y en junio de 1992, un ex sargento que se entregó como paramilitar mató en la cárcel Modelo a José Everth, el que dejó la ya mencionada carta en la que no sólo reveló la ayuda del DAS, sino también dejó claro el papel protagónico que jugó el teniente del Ejército Carlos Humberto Flórez Franco, quien para entonces era jefe de inteligencia de la Decimotercera Brigada, que tiene su sede en Bogotá. No sólo era, con Rueda Rocha, el coordinador de la operación, sino que les facilitaba los carnés del B-2 para que tuvieran acceso a la tarima de Galán y prestaba su casa en el barrio Metrópolis para hacer los ajustes necesarios al plan ya diseñado. "Nuestro enlace principal, ordenado por el 'Mexicano' y Henry Pérez, era el teniente del Ejército. Por eso tuvimos éxito en la muerte del doctor Galán, del doctor Teófilo Forero y de Antequera, la bomba de 'El Espectador' y la muerte del hijo de Víctor Carranza". La justicia abrió investigación contra el teniente Flórez Franco, como reo ausente, pero fue absuelto.

Unos años después, en 1995, apareció en el radar de la justicia otro autor material, José Édgar Téllez, alias 'Pantera'. Un juez lo condenó y el tribunal de Cundinamarca lo dejó en libertad en 1999 porque si bien 'Pantera' admitió estar en la plaza de Soacha la fatídica noche del asesinato de Galán, el Tribunal no pudo sufragar los costos de una prueba técnica que se le debía hacer a una fotografía y por eso lo dejó libre.

Y el tercer y último gran capítulo de la investigación es el del ex ministro Alberto Santofimio Botero, quien fue condenado por un juez a 24 años de prisión en 2007 y dejado en libertad el año pasado por el mismo Tribunal de Cundinamarca porque no pudo probar su culpa.

Así las cosas, todavía hay mucha tela por cortar sobre este crimen que hace 15 años el fiscal general del momento, Gustavo de Greiff, ya había dado por esclarecido.

Un crimen de cuatro caras

Los nuevos testimonios que han aparecido en la investigación del magnicidio de Luis Carlos Galán muestran que los males que asesinaron al líder liberal siguen tan vivos ahora como entonces. El Congreso que tenemos hoy, donde uno de cada tres senadores está investigado o condenado por sus vínculos con paramilitares, es el resultado de esa alianza que se comenzó a gestar a finales de los 80 con la muerte de Luis Carlos Galán. ¿Fueron los narcos y los paramilitares los que corrompieron a los políticos, o fueron los políticos los que corrompieron a paramilitares?

Para la época de la muerte de Galán estaban llegando a su clímax de violencia el narcotráfico y los paramilitares, cada uno en su versión más pura: ni los narcos disfrazaban su negocio criminal de lucha antisubversiva, ni los paramilitares habían dejado a un lado su guerra contra las Farc por las millonarias ganancias de la coca. El narcotráfico había declarado la guerra contra la extradición y por esos días a nadie le negaban una bomba. En esa misma semana habían asesinado al comandante de la Policía de Medellín, el coronel Valdemar Franklin Quintero, y al magistrado Carlos Valencia García lo mataron minutos después de firmar un fallo contra Pablo Escobar. Y en el Magdalena Medio se entrenaban y armaban ejércitos completos para combatir la guerrilla, de paso acabar con la UP, su brazo político, y en el entretanto le daban forma a 'Morena', su expresión política.

La misma semana en que asesinaron a Luis Carlos Galán, paradójicamente, esta revista publicaba un informe especial con el título de 'Morena se destapa', una foto del entonces Iván Roberto Duque, que luego sería el alias 'Ernesto Báez', una frase destacada que decía "la extrema derecha pide pista electoral" y datos según los cuales sus simpatizantes controlaban 16 alcaldías de la región en ese entonces.

Y en ese final azaroso de los años 80 también tenía gran protagonismo en el país Luis Carlos Galán, quien después de liderar por años un movimiento rebelde dentro del liberalismo y de ser el símbolo de la batalla contra los dineros del narcotráfico en la política, estaba de regreso en el Partido Liberal, y con el 60 por ciento de favorabilidad en las encuestas se vislumbraba como el ganador de la consulta roja. Su partido, el Nuevo Liberalismo, se había convertido en un gran escollo para Pablo Escobar.

Sin duda había mucho en juego. Era la lucha de dos países. Esa alianza de narcotraficantes y paramilitares, alentada por políticos sin escrúpulos, tenía que acabar con la amenaza ideológica de la UP y la amenaza ética del Nuevo Liberalismo. Como dijo 'Ernesto Baez' esta semana a La FM de RCN: "El Nuevo Liberalismo antes de la muerte del doctor Galán estaba herido de muerte, porque la consigna era esa, acabar con el galanismo en el país".

Son cuatro fichas de un mismo rompecabezas. Los capos del narcotráfico, los cuales tenían motivos probados para eliminar a Galán del mapa y sobre los cuales hay grabaciones y testimonios que los inculpan. 'Popeye', sicario de Escobar, es el único condenado que está pagando cárcel por el magnicidio. La segunda ficha son los paramilitares del Magdalena Medio, para quienes el Nuevo Liberalismo era una amenaza en la región. Los asesinatos de concejales de ese partido así lo demuestran. Nada muy distinto de lo que ocurrió a finales de la década de los 90 en muchas regiones del país, y en particular en la Costa Atlántica, donde se borraba con balas el adversario político que no estuviera en la alianza paramilitar.

La tercera ficha, los agentes del Estado, y en particular el DAS, es ahora el desafío de la justicia. No tiene que ser necesariamente el general Miguel Maza Márquez el que termine implicado en el caso. En ese entonces, como está ocurriendo ahora con el caso de las chuzadas, también habrá que examinar las poderosas mafias de mandos medios enquistadas en las institución.

Y la cuarta ficha es la de los políticos. Este capítulo también sigue abierto en dos: el caso de Santofimio, que la Corte Suprema entrará a resolver, y el de los políticos del radio de acción de 'Morena', que hacen parte de la nueva investigación. ¿Qué tan parecido puede ser a la para-política de ahora? ¿Qué tanto los políticos incidieron en la muerte o tal vez fueron parte del proyecto político o de la empresa criminal?

Sería un error pensar que el magnicidio de Luis Carlos Galán fue producto de una conspiración fríamente calculada por cada uno de los cuatro sectores involucrados. Lo que se dio fue una confluencia de intereses para evitar que un líder como Galán, con su inquebrantable fuerza moral, rompiera el statu quo reinante y perjudicara a los narcos, a los paras y a ciertos sectores políticos.

También tiene una poderosa carga simbólica el hecho de que este nuevo capítulo sobre el magnicidio de Galán se haya dado por una declaración de un jefe paramilitar como es 'Ernesto Báez' en el marco de la Ley de Justicia y Paz. Él, como pocos otros, ha sido testigo excepcional de cómo nació y creció ese monstruo del narcoparamilitarismo. Y una ley que se hizo para develar la tragedia que le ocurrió al país en la década de los 90 es la que permite ir a esclarecer hechos como el de Galán, que ocurrieron más atrás pero que son la semilla de nuestra tragedia.

La familia, con una constancia admirable, ha tratado de utilizar el impacto de su nombre para empujar cada aniversario el paquidérmico aparato de la justicia. Y a pesar de los intentos por desviar la investigación, del asesinato de los autores materiales y de los largos silencios que por años ha tenido la investigación, todas las sospechas que la familia Galán ha expresado desde un comienzo se han ido confirmando.
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