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| 9/4/1995 12:00:00 AM

LA MALA HORA

En apenas ocho días, Fernando Botero pasó de héroe continental de la lucha antidrogas, a primer sacrificado del gabinete por el escándalo de financiación de la campaña.

FUE UN MOMENTO DE GLOria. El vicepresidente de Estados Unidos Al Gore, figura central de la cumbre de ministros de Defensa del continente en Williamsburg, se refería a "la tremenda valentía personal del presidente Samper y de su ministro Botero" en su lucha contra el cartel de Cali, cuya cúpula había sido desvertebrada en escasos tres meses. Ni Botero, ni ninguno de sus acompañantes a la curabre podían imaginar que ocho días después de que el Mindefensa colombiano tocara el cielo con las manos, viviría un verdadero infierno.
Pero eso fue exactamente lo que pasó. El lunes 31, en horas del mediodía, Botero; y su colega del Interior, Horacio Serpa, protagonizaron una dramática rueda de prensa en el patio central del Palacio Echeverri. La idea de esta comparecencia era que Serpa criticara las filtraciones de los expedientes que maneja la Fiscalía General en cuanto a los narcodineros en la pasada campaña electoral, que Botero reiterara su posición en el sentido de que nunca supo de la presencia de esos dineros cuando actuaba como director de la campaña presidencial de Ernesto Samper, y que ambos asumieran íntegramente la responsabilidad del manejo de dicha campaña y liberaran así al primer mandatario de cualquier culpa.
Se trataba con ello de rechazar las versiones que se habían filtrado a los medios de comunicación sobre el contenido de la indagatoria rendida el viernes ante la Fiscalía por el ex tesorero de la campaña samperista Santiago Medina, quien acusó tanto a Samper como a Botero de haber estado al tanto del ingreso de los narcodineros.
Pero todo salió al revés. Serpa se desbordó en un tono veintejuliero poco propicio para una rueda de prensa, y atacó duramente a la Fiscalía. Y Botero se dedicó a leer párrafos enteros de la indagatoria, y a mencionar con su nombre a gran cantidad de personajes de la vida nacional que Medina había citado en su declaración, consumando así el Ministro una violación de la reserva del sumario mucho peor que aquella que él y Serpa estaban criticando.
El momento más dramático vino cuando el periodista Jorge Enrique Botero del noticiero de televisión BDC, le hizo ver a Botero que resultaba curioso que mientras se conocía que una copia de la indagatoria de Medina había sido robada el sábado de la Fiscalía, él estuviera en posesión de un documento con apartes enteros de la diligencia. El Mindefensa, visiblemente perturbado por la pregunta, sólo atinó a cederle la palabra a Serpa, quien acabó de embarrarla argumentando que el gobierno había conocido esos apartes de la indagatoria de Medina en un documento "anónimo".
La situación de Botero no resistió 48 horas. Al desastre del lunes se sumaron los informes en el sentido de que era inminente su llamado a rendir declaración ante la Fiscalía, pues sin duda es el funcionario que resulta más comprometido por la declaración dada por Medina a la Fiscalía.
Botero, quien había sido el Ministro más consentido por los medios de comunicación, se convirtió de la noche a la mañana en el más duramente criticado. Induso el columnista de El Tiempo, Roberto Posada, D'Artagnan, reconocido samperista, enfiló su pluma contra Botero y pidió de frente su renuncia, tras una agresiva alusión a las "ratas que salen corriendo cuando temen que el barco se puede hundir".
El miércoles al mediodía, recuperado el control que había perdido el lunes, el saliente Ministro protagonizó una emotiva despedida en el lobby del edificio del ministerio, en la que hubo abrazos con los generales y lágrimas de la familia. Con bastante dignidad, Botero leyió su carta de renuncia y un mensaje de agradecimiento a sus colaboradores. A pesar del crítico momento -que Botero calificó como el más difícil de su vida- el Ministro logró dejar en su despedida un sabor menos amargo que el de la rueda de prensa del lunes. Por un momento, volvió a ser el mago de las cámaras y alcanzó a conmover a los mismos televidentes que el lunes lo habían crucificado. Pero ahora Botero se prepara para una batalla jurídica que tiene como propósito evitar que la Fiscalía, ante la cual debe declarar en los próximos días, decida dictarle orden de captura.
Esta historia, más allá de los debates jurídicos y políticos, oculta un profundo drama humano. Fernando Botero era, hasta hace pocos meses, una de las figuras más promisorias y con mayor futuro en la política colombiana. Su refrescante look, su hermosa familia, sus importantes padres -Gloria Zea y el pintor Fernando Botero- y su habilidad en el manejo de su imagen, combinados con una excepcional capacidad de trabajo y una gran facilidad para hablar y convencer, parecian garantizar que Botero se colocaría pronto en un lugar de privilegio entre los presidenciables colombianos. Una condición que hoy parece irrecuperable.
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