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| 4/11/2015 10:00:00 PM

La mano que le dio Uribe a Vargas Lleras

Aunque la fórmula de Benedetti para sacar al vicepresidente no es viable, el poder que hoy tiene Vargas Lleras genera un desequilibrio a su favor.

Nadie hubiera pensado que el expresidente Álvaro Uribe movería un dedo por la candidatura de Germán Vargas Lleras en 2018. La pelea entre los dos antiguos aliados ha sido tan pugnaz, que el nombramiento de Vargas como ministro del Interior de Juan Manuel Santos en 2010 fue el origen de la enemistad entre Santos y Uribe. Este último dijo que si Vargas Lleras llegaba al Ministerio de Defensa, como se rumoró, se exiliaría, porque no tendría garantías para vivir aquí.

Pero el miércoles pasado Uribe ayudó a Vargas Lleras en la reforma de un ‘articulito’ que lo habría dejado por fuera de la próxima competencia presidencial. En un debate sobre la ley de equilibrio de poderes en la comisión primera del Senado se había formado una curiosa alianza temporal entre Alexander López, del Polo Democrático, Armando Benedetti, de La U, y los representantes del Centro Democrático, para establecer que un vicepresidente en ejercicio tendría que renunciar a su cargo cuatro años antes de una elección presidencial para no inhabilitarse.

Si se aprobaba la norma, Germán Vargas Lleras no podría ser candidato en 2018. Pero, para sorpresa de todo el mundo, Uribe bajó al recinto en el momento de la votación, tomó la palabra y se opuso a la idea. Su actitud obligó a cambiar el voto de los miembros de su partido, lo acercó a la Unidad Nacional que se oponía a la iniciativa y favoreció a sus peores enemigos del momento, Germán Vargas Lleras y Juan Manuel Santos. La contundente derrota del proyecto fue por 15 votos contra tres.

La jugada ha dado pie a múltiples especulaciones. Algunos consideran que el expresidente está abriendo puentes con quien se perfila como candidato para el 2018 y con quien ha compartido posiciones sobre el proceso de paz. El nivel de enemistad, sin embargo, no fortalece esta hipótesis. Una posibilidad sería que Uribe quisiera atravesársele a Armando Benedetti por ser uno de los senadores más cercanos al gobierno. Otros aseguran que Cambio Radical y el Centro Democrático van a coincidir con intereses comunes en varias elecciones regionales contra competidores de la Unidad Nacional, y que Uribe buscará alianzas selectivas con Vargas Lleras.

Aunque la movida de Uribe no tiene explicación clara, fue muy bien recibida. Detrás de todo está el papel que juega el vicepresidente Vargas Lleras en el gobierno. Una fórmula alejada del espíritu de la Constitución, en la que su función natural es solamente reemplazar a su superior en caso de ausencia. Juan Manuel Santos, agradecido con el papel que desempeñó Vargas Lleras en su reelección, cuando se abstuvo de lanzarse a pesar de que tenía mejor registro en las encuestas, le entregó el manejo de dos ministerios con alta rentabilidad política: Transporte y Vivienda. Quienes ocupan esos cargos, justa o injustamente, son percibidos como viceministros de él.

El beneficio para Vargas es evidente. Los millonarios presupuestos de las dos carteras y los temas que maneja –vivienda, agua, carreteras–, sumados a su conocida capacidad de ejecución, le han permitido presentarse como el gran transformador en asuntos esenciales para los ciudadanos. Es la locomotora que marcha más rápido. Y con la ventaja, para el chofer, de que no asume responsabilidades legales en la contratación, porque los que firman son los ministros.

Ya que la Constitución consagra que el vicepresidente puede tener otro cargo, lo lógico es que asuma formalmente solo uno y con las responsabilidades del mismo. Esos fueron los casos de Humberto de la Calle, en el gobierno de Ernesto Samper, que fue embajador en España, y de Gustavo Bell, quien como vice de Andrés Pastrana fue ministro de Defensa.

No es absurdo que en la discusión de un proyecto sobre equilibrio de poderes haya surgido el debate sobre la ventaja que hoy tiene Vargas Lleras frente a sus posibles rivales. Otra cosa es que la idea de Benedetti resulte viable. Lo más probable es que al final se apruebe, para el vicepresidente, la misma inhabilidad que tienen los ministros: la renuncia un año antes de la elección, y que Vargas Lleras siga en el cargo hasta mayo de 2017, para lanzar su aspiración el año siguiente.
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