Viernes, 20 de enero de 2017

| 2008/02/02 00:00

La marcha de la rabia

Más allá de la catarsis colectiva, la marcha contra las Farc promete pasar a la historia no sólo por su convocatoria, sino también por el impacto que puede tener en el conflicto.

La marcha de la rabia

Óscar Morales, un ingeniero barranquillero de 33 años y sin ningún antecedente militar, podría pasar a la historia como el gran estratega de la batalla más demoledora contra las Farc. Y él parece darse cuenta de ello. Hace 10 días, cuando estuvo en Bogotá, le dio miedo salir solo a la calle. Prefería esperar el carro con chofer que le prestó un empresario no identificado. Morales es la cabeza visible de la marcha convocada para este lunes en Colombia y en 115 ciudades del mundo que promete convertirse en la más apoteósica condena contra el grupo guerrillero en sus 50 años de historia.

Morales ha tenido dos grandes aciertos. El primero es que se sintonizó con un país que está despreciando como nunca a las Farc. Desde 2000, cuando el Gallup-Poll comenzó a medir el pulso de la opinión, la guerrilla nunca había tenido una imagen desfavorable tan alta como el 96 por ciento registrado la semana pasada por cuenta de episodios como el del asesinato de los 11 diputados, las pruebas de supervivencia de Íngrid Betancourt, las fotos de los secuestrados encadenados y el caso del pequeño Emmanuel, que bien podrían ser capítulos obligados de una antología de la crueldad.

Su segundo acierto fue el medio que utilizó para su causa. Como adicto a Facebook -la más exitosa red social de Internet-, el 4 de enero decidió crear el grupo 'Un millón de voces contra las Farc'. Uno grupo más de los cientos que, con un solo clic, nacen cada día en esta meca de la tertulia en Internet. Esa misma noche ya se le habían sumado 920, a los dos días Carlos Andrés Santiago, de 22 años y desde Bucaramanga propuso hacer la marcha, y hoy ya son más de 230.000 los que han confirmado su asistencia. "Si no tuviéramos a Facebook, no habríamos salido ni a la esquina", asegura él.

¿Todos ellos cumplirán la cita? ¿Cuántos más se sumarán? ¿Batirá el récord de personas en Colombia? ¿Sacará a las calles más de los 10 millones de personas que en 1997 marcharon por la paz? ¿Para qué servirá? ¿Tendrá algún efecto concreto contra las Farc?

El solo hecho de que la marcha se lleve a cabo ya es un triunfo. El país siempre se ha dado golpes de pecho por la falta de protestas masivas contra la barbarie de los últimos 20 años. Y más cuando se compara con marchas como la de España contra ETA por casos mucho menos dramáticos que las tragedias colombianas. Se ha notado tanto el vacío de una protesta de este tipo, que desde la selva los secuestrados mandan gritos de desamparo en sus cartas (ver frases) y en diciembre pasado, hasta el vicepresidente Francisco Santos imploró a los colombianos que salieran a las calles. Así pues, en el menos ambicioso de los escenarios, así no lleve a nada concreto, la marcha le puede ayudar a la salud mental del país: se hace catarsis de la rabia y al odio y se alivia el cargo de conciencia de no quedarse callados ante tanta crueldad.

Pero es en el terreno de lo estratégico y lo militar donde la marcha puede llegar a tener una gran importancia. Que todo el país se vuelque a las calles a marchar en contra de las Farc no es un simple canto a la bandera, como lo creen algunos escépticos. Como tampoco es nuevo, es cierto, que el país odie a la guerrilla.

Lo que sí hará diferencia es que nunca había sido tan claro -como se espera ocurra- el respaldo de la sociedad al Estado en su lucha antiterrorista. No es un aval al gobierno de Uribe, sino un respaldo a los valores democráticos, el Estado de derecho y a las instituciones que son pilares fundamentales para que un país sea libre y plural.

Lo más importante es que haya un solo mensaje y ese ha sido, desde sus inicios, un rechazo categórico a la violencia de las Farc. Porque ni siquiera en la marcha de julio pasado, cuando el país estaba igualmente indignado con las Farc por el asesinato de los 11 diputados en cautiverio, se logró una voz unánime. La protesta terminó diluida en dos bandos: los que pedían libertad de los secuestrados sin despeje, posición con la que simpatizaba el gobierno, y los que abogaban por el acuerdo humanitario. ¿Ocurrirá lo mismo esta vez? ¿Logrará el Polo Democrático matizar el mensaje con la contramarcha a la que ha convocado que partirá de la Plaza de Bolívar cuando la otra esté llegando? ¿Qué tanto la decisión de los familiares de apartarse de la marcha y concentrarse en iglesias puede afectar el resultado final?

En el caso de España contra ETA, por ejemplo, si bien las marchas no sirvieron para evitar la muerte de un concejal, sí le dieron un aval al Estado español para hacer más fuerte su política antiterrorista. Si la marcha del lunes logra consolidar un solo mensaje de rechazo a las Farc, se puede convertir en fuerte golpe a la lucha política de las Farc, a su imagen internacional y a su ya inexistente base social. Quedaría claro ante el mundo que su única fuente de poder son las armas y la violencia.

De tal manera que si en una primera fase del gobierno de Uribe se recuperó gran parte del territorio con el regreso de la Fuerza Pública a cabeceras de pueblos, y en una segunda etapa les han propinado golpes a puntos neurálgicos de las Farc (las muertes de 'JJ', el 'Negro Acacio' y 'Martín Caballero'), no sería descabellado pensar que la marcha de este lunes sea el comienzo de otra etapa del conflicto en la que los símbolos y la propaganda son clave. En la fase de consolidación de la política de seguridad democrática del presidente Uribe justamente es la legitimidad uno de los más importantes propósitos: bajar a cero cualquier tipo de apoyo o simpatía por las Farc.

Román Ortiz, analista de la Fundación Ideas para la Paz, escribió que esos golpes -los guerrilleros abatidos y las victorias morales- ayudan a resquebrajar el mito de que las Farc son invencibles y si se mete esa idea en las cabezas de los colombianos, podría ser crucial pues, según el mismo Ortiz, "el punto de inflexión de muchos conflictos está asociado al momento en que uno de los lados llega a la convicción de que su adversario puede ser derrotado".

Vale recordar que cuando las marchas en Colombia han tenido un objetivo nítido, como en este caso "contra las Farc" o "contra el terrorismo", han tenido luego desenlaces prácticos e importantes o por lo menos, en algunos casos, canalizan procesos ya iniciados en la sociedad. La 'Marcha del Silencio' por el magnicidio de Luis Carlos Galán en 1989, por ejemplo, desembocó en el movimiento de la séptima papeleta que se conjugó con otras circunstancias políticas del momento y logró reformar una Carta Política de más de 100 años. La marcha del 'Mandato por la Paz' en 1997 que recogió luego 10 millones de votos en las urnas no sólo le puso la tarea al presidente Andrés Pastrana de que se la jugara con un proceso de paz con la guerrilla, sino que le dio la legitimidad necesaria para hacerlo. La del 'No más', en 1999, cuando arreciaron los plagios en todo el país, condujo a una legislación más fuerte contra el secuestro.

Pero nada de eso resuelve la pregunta del millón: ¿la marcha del 4 de febrero va a lograr que las Farc liberen a los colombianos que tienen secuestrados? El vicepresidente Santos está convencido de que sí: "Aquí lo que necesitamos es una revolución ciudadana que presione a estos señores -dijo Santos en diciembre-; que haga mover a los partidos que han sido tibios; que estimule a la comunidad internacional para que esto sea un movimiento de tales dimensiones, que las Farc no puedan tener absolutamente ningún margen de maniobra distinto al de entregar unilateralmente a los secuestrados". Pero muchos analistas no le dan crédito. Carlos Lozano, director del semanario Voz, no cree que haya una respuesta de ese tipo. "A ellos (las Farc), desgraciadamente, eso no los conmueve. Ni les va ni les viene. Lo ven con mucha distancia desde allá". Otro analista que ha estudiado a fondo las Farc lo refuerza diciendo que "las organizaciones terroristas alcanzan un grado de autismo sorprendente".

Ya lo demostró el caso de Andrés Felipe, el niño de 12 años que mientras un cáncer le consumía la vida les pedía de todas las formas posibles a las Farc que liberaran a su papá secuestrado para darle un último abrazo de despedida. No hubo poder humano que lograra encontrarle el corazón a 'Manuel Marulanda'. Por el contrario, cinco meses después de la muerte de Andrés Felipe, la guerrilla mató a su padre, el cabo José Norberto Pérez. Sería pues una ingenuidad pensar que el Secretariado diga "vamos a liberar a los secuestrados porque nos hemos dado cuenta de que el pueblo no nos apoya". Los comandantes guerrilleros, fogueados en la propaganda, ven la marcha como un artilugio del establecimiento que manipula a las masas, o por lo menos así la quieren presentar. Ya en Anncol, la agencia de noticias que divulga información de esta guerrilla, publicaron un artículo que se va lanza en ristre contra la marcha y contra Facebook, comunidad virtual a la que califica como "un arma militar de espionaje y desestabilización, creada por los sectores más extremistas de derecha para captar información de los usuarios y manipularlos con fines geopolíticos y estratégicos".

Sin duda la suerte que pueden correr los secuestrados es el punto más polémico de la marcha. Y por eso los familiares han decidido hacer toldo aparte. Una especie de retiro espiritual en las iglesias mientras los demás recorren las calles. "Marchar contra las Farc es polarizar más el país. Sería mejor una marcha que pida la libertad de los secuestrados", explicó la esposa de uno de ellos a SEMANA. Así como un coro de cientos de miles de voces gritando que las Farc son terroristas puede ser útil en términos de estrategia de guerra, también puede resultar contraproducente para el acuerdo humanitario, pues les reduce interlocución política a las Farc con el gobierno para un pacto de este tipo, y le da legitimidad al presidente Uribe para mantenerse en su idea de no al despeje.

Nada está escrito aún sobre lo que ocurrirá este lunes. Ya son 115 ciudades del mundo las que se han unido a la marcha (ver recuadro). En las calles de Bogotá, las camisetas con el eslogan contra las Farc se están vendiendo en semáforos y universidades. En sectores de opinión hay cierto temor por el tipo de reacciones que pueda tener la multitud con los cruces que se puedan llegar a dar con quienes marchan del Polo. Y hay quienes temen por los efectos de una polarización.

Lo cierto es que Colombia hará una marcha que quedará inscrita en la historia. Y es toda una paradoja. Hace 60 años, en febrero de 1948, Jorge Eliécer Gaitán lideró la 'Marcha del Silencio' en la que tras la matanza de las bananeras gritaba con su peculiar voz de caudillo: "Ponga fin señor Presidente a la violencia". Cincuenta años después, en octubre de 1997, más de 10 millones de colombianos se fundieron en una mancha blanca que le dio al presidente Andrés Pastrana el mandato de jugársela toda por un proceso de paz con la guerrilla. Y ahora, el país se apresta a volcarse de nuevo a las calles con un eslogan completamente distinto: el del desprecio por las Farc. En 1948 vino el asesinato de Gaitán, el 'bogotazo', y la violencia que aún hoy no termina. En 1997, Pastrana terminó dándose la mano con 'Manuel Marulanda'. ¿Está vez qué pasará?

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