27 abril 2013

Enviar a un amigo

Email destino:

Nombre remitente:

Email remitente:

La metida de pata de Juan Manuel

POLÍTICACon la propuesta de ampliar el periodo presidencial y eliminar la reelección, Santos creyó que lo aplaudirían pero no.

La metida de pata de Juan Manuel. Santos pensó que con su propuesta  quedaaría como el antiUribe. Pero la gente no lo entendió y el tropezón dio pie para todo tipo de interpretaciones.

Santos pensó que con su propuesta quedaaría como el antiUribe. Pero la gente no lo entendió y el tropezón dio pie para todo tipo de interpretaciones.

Foto: León Darío Peláez / Semana

Juan Manuel Santos ha tenido fama de todo en la vida menos de ingenuo. Se le ha descrito como audaz, analítico, estratega, realista, calculador, pero nunca como iluso. Su salida en falso de la semana pasada con la propuesta de reelegirse solo por dos años parece haber demostrado que la excepción con
firma la regla.

El presidente creyó que la propuesta de que su reelección tuviera solo una duración de dos años sería objeto de un reconocimiento nacional. El lunar negro en la carrera política de Uribe había sido tratar de perpetuarse en el poder a través de dos reformas constitucionales, una exitosa y una fracasada. Santos pensó que él estaba haciendo lo contrario: renunciar magnánimamente a dos años de Presidencia, después de haber ganado la reelección en las urnas, para demostrar que no estaba aferrado al poder. 

En otras palabras, que él era la antítesis de Uribe. Y a este desprendimiento le sumaba el ofrecimiento de presentar un proyecto de reforma constitucional que eliminaría la reelección, una innovación uribista que para muchos acabó con el sistema de pesos y contrapesos que debe tener cualquier democracia. La reelección sería reemplazada por un periodo presidencial único de seis años, pero para que no dijeran que era ventajoso que él tuviera ocho y sus sucesores seis, renunciaría voluntariamente a los dos últimos. 

La oferta era auténticamente generosa, pero como se dice coloquialmente, una cosa es Dinamarca y otra Cundinamarca. Aquí la gente entendió todo menos eso. Las interpretaciones equivocadas fueron de todo orden. Algunos pensaron que quería ampliar su periodo sin reelección. 

Otros que lo que quería era asegurar la sucesión de Vargas Lleras. Otros que necesitaba mínimo dos años más para negociar el proceso de paz. Y no faltaron quienes dijeron que estaba cansado de gobernar o que como tenía miedo de perder la reelección, pensaba que asustaba menos al electorado con dos años más de él que con cuatro. 

A estos malentendidos se sumaban problemas políticos y jurídicos reales. El principal giraba alrededor de la carnada que acompañaba la propuesta para garantizar su aprobación: seis años de periodo también para gobernadores, alcaldes y congresistas. 

Esa reforma tendría un alcance con muchas más implicaciones que la del cambio del periodo presidencial. Representaría una reconfiguración del poder local en Colombia con enormes riesgos. Los niveles de desarrollo económico y político son diferentes según las regiones. 

El voto de opinión independiente todavía es escaso en el país y en algunos departamentos y muchos municipios imperan todavía cacicazgos tradicionales, clanes familiares y hasta grupos ilegales. A todos estos les interesa prolongar su estadía en el poder, pero eso no es necesariamente lo que conviene. Lo mismo se podría decir de varios congresistas que no son propiamente padres de la patria. 

Por otra parte, con Roy Barreras a la cabeza, algunos consideraron que era mejor tramitar en el Congreso que en las urnas la ampliación de todos los periodos a seis años. Esto indignó a muchos, comenzando por el propio presidente de la República, quien nunca contempló esa posibilidad. Del lado jurídico también había obstáculos. Ampliar los periodos de todos los funcionarios elegidos por voto popular era una reforma estructural del Estado colombiano que tendría implicaciones colaterales. 

Por ejemplo, habría que determinar cuáles deberían ser los periodos de los organismos de control y de la Junta del Banco de la República frente a esta situación. Además, para que la reforma quedara aprobada durante este gobierno se requería que fuera presentada esta misma semana. No tenía ni pies ni cabeza que una reforma de este calibre pudiera tramitarse a esa velocidad. Y como si fuera poco estaba el argumento de que se estaban cambiando las reglas de juego en la mitad del partido en medio de un proceso electoral. 

Con todos estos elementos las reacciones de todo orden eran inevitables. Paradójicamente, los amigos de Santos, quienes deberían tener interés en que su jefe se mantuviera en el poder, salieron a apoyar el proyecto. Y sus enemigos, quienes deberían preferir que se fuera pronto, inmediatamente lo criticaron. Después de 24 horas de incertidumbre y de reacciones contradictorias quedó claro que la propuesta santista, a pesar de sus nobles intenciones, había sido una metida de pata monumental. 

El primero en reconocerlo fue el propio presidente de la República, quien tuvo la audacia de matar el problema en un dos por tres. En carta dirigida a Roy Barreras aclaró cuál había sido el espíritu de su iniciativa y con letras mayúsculas puntualizó que “JAMÁS, JAMÁS, JAMÁS, me prestaría a sugerir una reforma constitucional en beneficio propio”. 

Agregó que la propuesta de periodos de seis años para presidente, gobernadores y alcaldes nada tenía que ver con el proceso de paz, el cual tenía que definirse en meses y no años. Como dato curioso, en ese mensaje no fueron incluidos los congresistas en la lista de quienes quedarían cobijados por la ampliación del periodo. Gran parte del entusiasmo inicial en el Capitolio y del siguiente revuelo se debió a la presunción de que estarían. 

El reversazo presidencial solucionó el problema inmediato, pero le hizo daño a la imagen de Santos. Sus críticos lo acusan de dar bandazos, ceder bajo presión y “patrasearse”, citan los ejemplos del paro cafetero, la reforma de la Justicia, entre otros. 

Esos casos tenían implicaciones trascendentales y la recogida de velas tenía alguna justificación. El globo de ensayo de la semana pasada fue un episodio intrascendente en su contenido, pero dejó la sensación de improvisación, rasgo que es ajeno a la personalidad del presidente. 

De lo que no hay duda es que la propuesta de la semana pasada salió mal. Dos cosas quedan claras después del corto y fallido episodio. La primera, es que Juan Manuel Santos Calderón va a buscar la reelección, porque de lo contrario no hubiera mencionado el tema de la ampliación del periodo. La segunda es que durante el próximo cuatrienio se va a presentar un proyecto de reforma constitucional que elimina la reelección. Con la abolición de esta figura pasa lo mismo que con el matrimonio de los gays: que llega, llega.
Publicidad
Horóscopo
Semana en Facebook
Publicidad