15 diciembre 2012

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La montaña rusa de Santos

POLÍTICAEn 2012 la imagen presidencial sufrió el vaivén de cumbres internacionales, crisis políticas, el optimismo de la paz y la decepción del fallo de La Haya. Con un legado aún en construcción, la ejecución de sus programas sigue en deuda.

La montaña rusa de Santos.

“La prueba de fuego será 2012”. Así describió SEMANA en su resumen de 2011 el desafío que enfrentaba el presidente Juan Manuel Santos en este año que termina. Tras 16 meses de éxitos militares, alta popularidad, una aplaudida política exterior, unas mayorías parlamentarias sólidas y la aprobación de audaces reformas, llegaba la hora de la ejecución de esta agenda ambiciosa.

Todo estaba planteado para superar esa prueba. Las Fuerzas Militares venían con el impulso de la muerte de Alfonso Cano mientras que la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras ya contaba con su institucionalidad y herramientas. La Casa de Nariño había desplegado un revolcón administrativo del Ejecutivo con nuevas agencias y la Cumbre de las Américas del mes de abril con todos los líderes del hemisferio sería el broche de oro de la estrategia santista de liderazgo regional. Aunque la eficiencia legislativa de la coalición de Unidad Nacional perdió fuerza al final del año pasado, el Congreso seguía obedeciendo las instrucciones del mandatario.

A pesar de tan positivos augurios 2012 fue para el presidente Santos todo menos un camino de rosas. Prácticamente en cada uno de estos frentes destacados sufrió frenos y retrocesos, algunos merecidos y otros injustos. La Casa de Nariño ha pasado de definir la agenda pública del país a reaccionar ante ella. Aún en el proceso de paz con las Farc, su iniciativa más arriesgada, el gobierno lucha por transmitir sus mensajes. En el año de su “prueba de fuego”, el primer mandatario no terminó carbonizado pero sí muy chamuscado. ¿Qué pasó en estos 12 meses para que unas proyecciones tan halagüeñas se conviertan en una ‘montaña rusa’ de favorabilidad?

Cuestión de imagen

Este año demostró que tanto el optimismo nacional como la imagen de Juan Manuel Santos eran más volátiles de lo que se creía. De acuerdo a la encuesta Colombia Opina el año arrancó con una favorabilidad presidencial cercana a 60 por ciento y la mitad de los colombianos pensaba que el país marchaba por un buen camino. Paradójicamente el primer tropezón se dio en medio de lo que el gobierno pensó que sería un momento de consagración internacional: la Cumbre de las Américas en Cartagena. Con todos los reflectores puestos en el punto más alto de la política exterior de Santos, los indicadores de gestión y respaldo popular caían más de diez puntos.

Muchas explicaciones surgieron para entender ese desfase. El año había comenzado con una intensa ofensiva guerrillera en varias zonas del país y con las obras de reconstrucción producto del invierno a un ritmo lento. Por otra parte, las altas expectativas generadas por las reformas sociales prometidas por el gobierno no se tradujeron en resultados tangibles. La ejecución de los programas se convertía en el talón de Aquiles de la Casa de Nariño y para contrarrestarlo el jefe de la política, Germán Vargas, se trasladó al ministerio de Vivienda para construir casas para los más pobres.

Esa caída inicial de los índices de favorabilidad continuaría hasta aguar las celebraciones de los dos años de gobierno. Lo que parecía un tropezón inexplicable ganaba apariencia de tendencia y ya empezaba a crear preocupación en las altas esferas del Ejecutivo. El ambiente de pesimismo colectivo encontró en la debacle de la reforma a la Justicia en junio un combustible de alto octanaje. La fallida iniciativa no solo dejó mal paradas a las tres ramas del poder en Colombia sino también abrió brechas profundas en el mapa político. El escepticismo popular se evidenció en un ‘castigo’ de la opinión pública a todas las instituciones y en todos los indicadores. Mientras los logros de Santos en materia de reducción de la pobreza y blindaje de la economía no estaban siendo bien transmitidos a los colombianos, la figura del expresidente Álvaro Uribe crecía como voz cantante de la oposición (ver siguiente artículo).

El quiebre de tendencia llegaría dos meses después con la revelación de las conversaciones de paz con las Farc. Como una marea que levanta los botes, el anuncio de una oportunidad de terminar el conflicto con la guerrilla transformó la desazón colectiva en esperanza. Los mismos indicadores de gestión y popularidad, golpeados por la crisis de la reforma a la Justicia, reaccionaron positivamente ante las alocuciones presidenciales de los diálogos. Tanto la evaluación del jefe de Estado como el optimismo colectivo se dispararon.

La imagen del presidente Santos sufriría un último desplome antes de terminar 2012. El fallo de la Corte Internacional de La Haya sobre el mar de San Andrés voltearía nuevamente el ánimo nacional contra el primer mandatario. Todas las instituciones medidas en la fotografía instantánea de Colombia Opina de noviembre pasado salen mal parados. Menos de la tercera parte de los colombianos piensa que el país marcha por buen camino y Santos cayó a su más bajo nivel registrado: el 45 por ciento de favorabilidad. De hecho, un nivel de pesimismo de esa magnitud no se vivía en Colombia desde hace una década.

En el seguimiento a la imagen presidencial durante el año se reflejan, como en ninguna otra medición, los vaivenes y tumbos que el gobierno dio. 2012, que comenzó con un plan claro de entrega de resultados, terminó con varios frentes abiertos como la paz y San Andrés, el Congreso en rebeldía y con el sello de la prosperidad cada vez más difuso.

Cuestión de mensaje

Una de las razones de la caída de la popularidad del presidente Santos está relacionada con la brecha existente entre su ambiciosa agenda reformista y la complicada ejecución. Si bien el gobierno cuenta en su haber con avances en políticas sociales, urbanas, distribución de regalías, acuerdos comerciales y hasta empleo, su círculo más cercano ha sido incapaz de traducirlos en un mensaje coherente. Conceptos como la “prosperidad democrática” aún no son entendidos a plenitud por el electorado mientras que la poca ejecución ha frenado los motores de algunas de las ‘locomotoras’.

Durante 2012 el legado presidencial experimentó transformaciones. En el primer año y medio Santos construyó un paquete de talante liberal anclado en tres pilares: el social con la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras; el económico con las ‘locomotoras’; y el político con la Unidad Nacional. SEMANA identificó este año como el período en el que el primer mandatario comenzaría a mostrar resultados sobre esas tres agendas. En este año la combinación entre el anuncio de los diálogos de paz de La Habana y el lento arranque de la institucionalidad de víctimas ha hecho perder impulso al primer pilar. En el segundo, específicamente lo que concierne a infraestructura y obras de inversión local, las reformas no cuajaron con la velocidad necesaria y ese vacío se notó.

En el tercero, la coalición mayoritaria no solo dejó de ser el aliado incondicional de la Casa de Nariño sino que protagonizó uno de los escándalos más indignantes del año: la fallida reforma a la Justicia. Así, el Congreso perdió su papel de coequipero de las reformas santistas y, en el segundo semestre del año, trabajó a media máquina e incluso obstaculizó propuestas del Ejecutivo. Ya en su propio gabinete, el presidente Santos hizo varios cambios en el año que debilitaron el manejo de la política, llenaron de consejeros la Casa de Nariño y dejaron pocos liderazgos ministeriales.

La reconfiguración del mensaje presidencial pasa por un tema espinoso: las conversaciones de paz con las Farc. Bien recibidas en principio pero perdiendo apoyo popular en las últimas mediciones, la mesa de negociaciones de La Habana puede constituirse en 2013 en la llave para mejorar la gobernabilidad o para aumentar los índices de pesimismo ciudadano. Lo cierto es que la administración Santos concluye el año a la baja en la aprobación de su gestión en los temas prioritarios de los colombianos. Si bien parte de esa caída es un coletazo del fallo de La Haya, las mediciones durante 2012 ratifican que hay una porción importante de la sociedad insatisfecha con la Casa de Nariño, con las prioridades gubernamentales y con el propio presidente Santos.

Cuestión de cambio

En conclusión 2012 fue un difícil año de transición para el gobierno donde lo que venía de atrás (víctimas, tierras, infraestructura) no despegó y lo nuevo (paz) no arrancó tan bien. Un indicador de lo anterior es que las mismas recomendaciones hechas por SEMANA a finales de 2011 se apliquen hoy para las proyecciones del año entrante: “Ahora las ‘locomotoras’ –y las nuevas instituciones– deben empezar a trabajar a todo vapor”. Para la Casa de Nariño es tan grave lo que no cambió como lo que sí lo hizo. Hace un año SEMANA escribió: “Todo parece indicar que después de 16 meses de gobierno, los colombianos siguen contentos con el presidente Juan Manuel Santos”. Hoy, a meses de que el primer mandatario decida si quiere la reelección, el 49 por ciento de los encuestados de Colombia Opina ya no está feliz.
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