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| 7/2/2011 12:00:00 AM

'La mujer que alguna vez todos los hombres han amado'

Feliz después de recibir la Cruz de Boyacá de manos de uno de sus viejos amigos, el presidente Santos, Yvonne Nicholls habla de su vida, de sus romances y de su relación con la política y el poder.

MARÍA JIMENA DUZÁN: Tremendo homenaje el que le hizo Juan Manuel Santos, al condecorarla con la Cruz de Boyacá, máximo honor que otorga el gobierno colombiano…

YVONNE NICHOLLS: ¡Es que a mí nunca me habían hecho semejante homenaje!

M.J.D.: Pero si mal no recuerdo, Uribe la condecoró antes de irse de la Presidencia con la Orden al Mérito Cultural.

Y.N.: Sí, es cierto, y le tengo gratitud por eso, pero es que yo nunca fui uribista. En cambio, a Santos lo amo y casi me desmayo cuando me estaba condecorando. Además, sus palabras fueron muy generosas. Siempre creí que él iba a ser presidente. Yo estuve incluso el día del lanzamiento de su primera candidatura presidencial, en el año 93, en La Dorada. Fui amiga de él desde que estaba muy jovencito.

M.J.D.:Y yo que pensé que su amigo era el hermano de él Enrique Santos Calderón.

Y.N.: Sí, claro, por los años era más cercano, aun siendo menor. Yo me volé con él para Manizales y le dejamos un papelito a su madre debajo de la puerta. A Clemencia casi le da un yeyo.

M.J.D.: Me dijeron que duró horas ensayando su discurso para que no fuera a embarrarla el día que la condecoraron. Increíble que usted, que está por encima del bien y del mal, se ponga nerviosa por echar un discurso...

Y.N.: No crea…en el fondo, soy una mujer tímida. Además, estaba muy emocionada por todos los mensajes de felicitaciones. Ahora recuerdo una tarjeta que me llegó con un hermoso ramo de flores, que decía así: "Para la mujer que todos los hombres alguna vez han amado".

M.J.D.: Evidentemente, usted ha sido una gran seductora. En una época en que a las mujeres no se les permitía sino casarse y tener hijos, usted tenía amantes y era una mujer independiente que nunca quiso casarse ni tener hijos.

Y.N.:
Lo que mi mamá soñaba es que yo me hubiera casado y le hubiera dado unos nietos. Pero yo nunca quise. Y la única persona con la que quise casarme, obviamente no quiso casarse conmigo.

M.J.D.: ¿Obviamente?

Y.N.: Pues sí... estaba muy casado.

M.J.D.: ¿Esa forma de concebir la vida no le produjo inquina entre las esposas de sus amigos con los que usted salía sin ton ni son?

Y.N.: Pues claro que sí… De mí se decían las cosas más horribles. Pero a mí eso nunca me importó. Pero además, yo siempre he quedado íntima de mis viejos novios. Son mis grandes amigos.

M.J.D.: ¿Y de dónde vino ese desparpajo y esa sed de independencia, cuando sus padres eran más bien conservadores?

Y.N.: Pues mi papá era liberal de Rionegro, que es lo mismo que ser fascista. Mi mamá no tenía derecho a opinar. Probablemente algo tuvo que ver el hecho de que mi infancia la pasé entre Londres y Madrid en un internado de monjas que odié, cuando mi padre era cónsul en Barcelona. Luego, lo trasladaron a Suecia y me cargaron con ellos porque me había hecho expulsar del internado. Allá decidieron no meterme al colegio, porque mi papá pensaba que me iban a violar. Eso significó que tuve que quedarme ese año con una institutriz francesa. Para colmo, yo tenía una amiga algo mayor que yo que vivía con su novio, y cuando le conté a mi papá, casi me mata. A la edad de 14 años volvimos a Medellín y me metieron de nuevo a un internado, en el que me hacían bañarme con 'chingue'. En resumidas cuentas, mi educación fue bastante precaria y a veces me sorprendo de ver cómo con tan poca instrucción llegué a abrirme campo en la vida como lo hice. ¡Yo tengo que ser muy inteligente!

M.J.D.: ¿Y por qué lo duda? Siempre he creído que usted se subestima. No creo que Santos la haya condecorado solo por su cara de muñeca ni por sus inmensos ojos verdes.

Y.N.:
Pero nunca he sido una intelectual, como usted. Yo conozco muchas cosas de la vida, pero no he leído a Proust. A los16 años yo tenía un novio que me regaló el Ulises. ¡ No pude ni con la primera página! Cuando veo al expresidente Belisario Betancur, que se lo sabe de memoria, yo me digo a mí misma que debo de ser brutísima.

M.J.D.: Puede que no haya leído a Proust, pero a usted siempre le han gustado los hombres inteligentes, vengan de donde vengan.

Y.N.:
Sí, siempre me gustaron inteligentes, con humor y que no fueran tacaños. El que es tacaño en cosas es tacaño en afecto. Yo digo que he tenido éxito con los hombres porque soy buena para oír. A los hombres les encanta que los oigan, que los adulen, que los consientan. Yo soy una geisha, si es necesario.

M.J.D.: ¿Y qué amores la enloquecieron?

Y.N.: Muchos, pero no los puedo nombrar. A esos amores hay que dejarlos en el pasado, tranquilitos. Hubo un amor que sí acabó conmigo y que puedo contar: el de Alberto Umaña, un hombre divertido, inteligente y generosísimo, pero el peor novio que he tenido. Me hizo sufrir mucho porque, además, me dejó.

M.J.D.: Cuando yo era universitaria, oía que los mayores hablaban de sus almuerzos pantagruélicos como si fueran orgías. Sin embargo, cuando ya tuve edad para que me invitaran, me encontré con unas tertulias bastante intensas, pero inofensivas.

Y.N.:
Sí, es que la idea de esos almuerzos era juntar gente de diferentes tendencias. De ahí salieron muchas complicidades y componendas. Se nombraban ministros, cargos diplomáticos, etcétera.

M.J.D.: ¿Había alguien parecido a usted en su época?

Y.N.: En mi época no había nadie como yo en Colombia. Eso se lo aseguro. Lo que yo quería era ser como Ingrid Bergman cuando se fue a la isla Stromboli con el director de cine italiano Roberto Rosellini.

M.J.D.: ¿Perdón?

Y.N.: Sí, es que Ingrid Bergman causó tremendo escándalo cuando dejó a su esposo sueco y se fue con ese director de cine italiano. Esas pasiones las quería levantar yo. Esos escándalos los hubiera querido producir yo.

M.J.D.: ¿Y acaso no los produjo?

Y.N.:
No, no como yo quería. Pero no me quejo. No fui una devoradora de hombres, como muchos piensan. Lo que sí he tenido es infinidad de relaciones. Creo que era muy divertida, además de linda. Pero sobre todo, anduve con gente muy informada. Mantuve una estrecha relación hasta su muerte con el presidente Alfonso López Michelsen, a quien llamaba todos los días, y sigo teniéndola con el expresidente Belisario Betancur.

M.J.D.: ¿Esa forma tan franca, independiente y desparpajada les gustaba a los hombres?

Y.N.: Yo diría que no. Ellos me tenían un poco de sustico. Cuando llegué a Medellín de Suecia me pasó una cosa que aún recuerdo: el solo hecho de haber llegado de ese país les producía a muchos hombres la impresión de que yo me los iba a comer. ¡Qué tal!

M.J.D.: ¿Romances memorables que se puedan contar?

Y.N.: Uno que tuve con Alejandro Obregón cuando él estaba pintando el mural en el Banco Central Hipotecario en la calle 12 y mi papá andaba rondando la cuadra con una gabardina inglesa que a Obregón le daba pánico. Él era una gallina. Con el que me inventaron un romance que nunca tuve fue con Álvaro Cepeda, que fue mi mentor. Él tenía un romancete con Marta Traba, y ella se moría de los celos de mí porque yo le había quitado un novio venezolano. "Che, ¿vas a almorzar con la analfabeta?", le decía a Cepeda. Y él, de malo, me llevaba a la Librería Contemporánea, de propiedad de Marta Traba, y enfrente de ella me regalaba un libro de Borges, de Cortázar… y el de la vida sexual de Errol Flynn. Obviamente, terminé leyéndome también el libro de Borges, solo para sacarme el clavo.

M.J.D.: ¿Las tertulias que ustedes armaban en su casa con los políticos se podrían armar ahora? ¿Sí habría ideas para poner sobre la mesa?

Y.N.: Mi experiencia con los políticos fue muy interesante, porque eran muy cultos. Ahora no hay mucho de dónde escoger y ya no estamos en edad de merecer. Ya cerré esa etapa de mi vida. No obstante, admito que me gusta conversar con varios de ellos. Soy fan de Jaime Castro, de Germán Vargas Lleras, de Rafael Pardo, aunque siempre le he dicho que a él le hacen falta tres whiskies, de Rodrigo Pardo. Ojalá también fuera presidente porque no solo es un hombre inteligente, sino dueño de una gran dulzura. A Antonio Caballero también le declaro mi amor. Ese sí que es un seductor número uno, junto con Enriquito Santos Calderón y Felipe López. En una época, a ese grupo de seductores perteneció el actual presidente, otro gran seductor. Entre esos cuatro se pelearon muchas novias. Aunque debo decir que los seductores mayores no fueron ellos, sino el doctor Alfonso López Michelsen y Álvaro Castaño.

M.J.D.: ¿Quién le hace falta?

Y.N.: Sin duda, el doctor López Michelsen y Rita de Agudelo, que era como yo. Lo que pasa es que ella estaba casada y le costaba más trabajo ser así. Feliza fue otra mujer extraordinaria... Fanny Mikey. Aprendí de ellas muchas cosas y me hacen falta.

M.J.D.: ¿A usted le gusta el poder?

Y.N.: Síííí, claro, ¿a quién no? La gente cree que yo tengo poder. Lo que tengo es cercanía con el poder, que es muy distinto. Y el poder que se me atribuye jamás lo he utilizado en beneficio propio.

M.J.D.: ¿Qué hombre se le escapó de sus manos?

Y.N.: Varios, pero ahora me acuerdo de uno: Miguel Urrutia. Siempre me ha parecido un tipo fascinante, pero cuando lo conocí, ya estaba casado. Ni intenté ni él me miró.

M.J.D.: ¿Es cierto que se va a retirar a sus cuarteles de invierno?

Y.N.: Todavía no me voy de Seguros Bolívar. Pienso quedarme unos años más. Pero el día que lo haga, creo que me voy a morir. Ese día la invito a que nos emparrandemos.

M.J.D.: Si usted dice que no es intelectual, que estudió poco y que prefiere leerse la vida sexual de Errol Flyn a un ensayo de Borges, ¿quién es Ivonne Nicholls?

Y.N.: Una mujer independiente, con ideas.
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