Sábado, 25 de octubre de 2014

| 2013/05/10 00:00

La mujer que hizo quedar bien a Dios

Esta mujer desafió el sentido común, remó en contra de la corriente cultural de desprecio del indio y de inferiorización de la mujer.

. Foto: Cortesía Misioneras de la Madre Laura - Revista Vida Nueva

En el principio de su vida misionera, Laura Montoya, la maestra de escuela, quiso ganar el alma de los indios con telas de colores. Seguía el consejo de su confesor, el padre Dueñas, quien solía decir: “Indio vestido, indio conquistado”.  Era la versión de la táctica de los primeros conquistadores españoles que, con cuentas de colores, espejos y pañuelos de seda, pretendieron ganar la voluntad de los primitivos habitantes de este continente.

Como a los conquistadores, la  experiencia del trato con los indígenas le enseñaría a Laura que llegar hasta el alma del indio suponía entregarles mucho más que telas.

El primer contacto

Cuando llegó a Dabeiba, vio los primeros indios. Iba  acompañada por Claudina Gómez,  su exalumna, que sólo quería pasear, y por Rosa González, que buscaba orquídeas y flores raras para su jardín. Las tres compartieron esa primera impresión: los indios hablaban duro y como si estuvieran en plan de pelea, siempre a la defensiva. Les pasaban por delante  como si ellas  fueran invisibles, desdeñosos y altivos. A poco descubrirían que los dominaba el miedo. Sus contactos con el blanco habían sido dolorosos. El blanco los capturaba para hacerlos esclavos, o les robaba sus productos y sus tierras, o se los llevaba para los cuarteles. A sus ojos, ellas no podían ser sino agentes del poder malo de los blancos. Así como ellos, al ver el venado en el monte, iniciaban su cacería, el blanco  armaba trampas para cazar al indio.

Las tres mujeres, desalentadas ante el inesperado espectáculo, debieron recordar a cuantos habían querido disuadirlas diciéndoles que ese viaje era una locura: “Laura está loca”, le dijo a su madre Dolores, su hermano mayor; “Juan de la Cruz, el padre, nunca lo hubiera consentido”, agregó. Más adelante las acciones de Laura en la selva desafiarían el sentido común y provocarían la misma reacción. “Esto es inexplicable. Cómo estas señoritas acomodadas y delicadas lo han dejado todo para venirse a esto. Esto es una locura”,  decía el médico de Frontino al ver a Laura y sus compañeras embarradas como peones cuando construían su casa en Dabeiba.

El primo Juan de Dios Muñoz tuvo la misma reacción: “Vine a ver si ustedes están locas. Yo sé quiénes son estas señoritas y lo que dejan en Medellín, y sólo unas locas de remate pueden haber venido a buscar estos negros asquerosos”. Un tal José María Gaviria firmó una carta al gobernador para celebrar que se cerraran las misiones de las lauritas porque así “economizaría el Gobierno los dineros que se gastan en esta locura”. 

Laura sabía que iba contra la corriente y así lo comprobó el día que las autoridades de Dabeiba construyeron una primorosa casa para las misioneras. Olía a nuevo y a pintura fresca cuando los concejales  se la entregaron a Laura y sus hermanas con una sola condición: que no entren en ella los indios.

–¿Cómo? Con que caben las madres y no los hijos? –dijo Laura–. Agradeció y rechazó la casa.

La de ellas sería una casa abierta para los indios, y así la construyeron, en contra de la voluntad de las autoridades: “Ese rancho dará mal aspecto”, le dijeron. Después llegó la amenaza: “La quemaremos cuando la terminen”. Nadie en el pueblo quiso aceptar trabajar para ellas, y de repente en Dabeiba no hubo ni arquitectos, ni trabajadores de construcción. Las hermanas y un indio voluntario acometieron el trabajo. Hicieron de todo, desde aserrrar la madera en el monte, hasta los terminados de la modesta casa techada con paja.

Iban contra una corriente cultural de rechazo al indio y de menosprecio a la mujer. “Creer que mujeres catequizan indios, creer que logran lo que no han logrado los hombres, es una perfecta ilusión”, dijo el doctor Carlos Villegas en el Concejo Municipal cuando llegó comisionado por el Gobierno para repartir las tierras de los indios a los blancos con sangre india hasta la quinta generación. En esa sesión, Laura estuvo presente y se mantuvo prudentemente callada hasta cuando Villegas dijo que los indios eran “seres inútiles” y que lo más indicado era alejarlos de las poblaciones y “recluirlos en los montes”. 

Pues si ese era el sentido de la corriente, irían contra ella. Laura no se contuvo más y entre sollozos de indignación emprendió una elocuente defensa del indio que dejó a la audiencia en un silencio de pasmo y de respeto. Ese día el funcionario, llegado de Medellín, aceptó que las tierras de Nutibara y Dabeiba no serían objeto del reparto que el Gobierno había decidido hacer.

Era comprensible la oposición  de la población y del Gobierno, dóciles a la presión de una cultura de rechazo y desprecio del indio. Pero para Laura y sus hermanas era extraño, hasta niveles de escándalo, el pensamiento de religiosos y sacerdotes sobre su apostolado misionero con los indios.

Refiriéndose a los sacerdotes de la región, escribió Laura: “Parecía que les hubieran recomendado para juzgarnos y condenarnos”. 

“Eso no parará en nada. La madre gasta los dineros del departamento pagando indios para que le digan ‘madrecita’”. Esta era una acusación corriente. “Empresa de histéricas que no vale la pena”, afirmaba despectivamente otro. Aparentemente compasivo, agregó un nuevo crítico: “¿Qué pueden hacer unas pobres mujeres, metidas en el monte, sin el respeto de ningún varón, ni asistencia espiritual ninguna?”.

Un grupo de sacerdotes suscribió un memorial para monseñor Crespo en el que solicitaba la disolución del grupo de mujeres y que se les ordenara ocupar el lugar que les correspondía.

Laura y sus hermanas se convirtieron así en víctimas del prejuicio cultural, mantenido en el mundo clerical, contra los indios y contra las mujeres.

El documento que fray José Joaquín de la Virgen del Carmen Arteaga, prefecto apostólico de Urabá, llamó Advertencias y Normas para la madre Laura mostró el vigor de ese prejuicio: “Deben tener en cuenta que  el ‘predicad el Evangelio a toda criatura’ no encomendó a las mujeres sino a los varones eclesiásticos, la propagación del Evangelio”, escribió el prefecto. Agregó: “La mujer ha sido llamada a preparar los caminos de la misión, no a indicarlos. El éxito de las misiones está encomendado a la labor del misionero”.

“Donde haya misionero (las mujeres), le pedirán el debido permiso. No bautizarán niños sino en casos de verdadera necesidad”. 

Molestaba a los religiosos y al clero local ver los nombres de Laura y de sus hermanas en la prensa regional: “No es conforme al espíritu religioso comunicar a la prensa los trabajos femeninos, sobreponiéndolos a los trabajos de los padres misioneros”.

Puesta en la mitad del ventisquero que formaban los prejuicios machistas del clero, los celos mezquinos que provocaba su figuración en la prensa, la incomprensión de los gobernantes que despreciaban al indio y a la mujer, y las  dificultades propias de su apostolado, Laura se convirtió en la Madre Laura, y sus  hermanas, en las religiosas de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena, merced a la fuerza que ellas encontraron en su relación con Dios y en su amor al indio.

El amor a Dios

A Laura le pareció una expresión terrible, pero es de una candidez reveladora, que ella “quería hacer quedar bien a Dios” entre los indios.

Sentía que Dios se había puesto entre sus manos para llegar hasta los indios  que, como ella decía, “sentían cierta inquina con Dios”. Ni siquiera lo mencionaban, como sí nombraban al diablo, llamado ‘Antomiá’. En cambio Dios era “ese”. 

Para cambiar esa actitud, ella y sus hermanas debían “probar con hechos que Él los amaba infinitamente”. La impotencia de Dios dependía del poder del   amor de estas mujeres por los indios. No era cuestión de sermones, ni de actos religiosos, era un asunto de amor efectivo, visible, convincente. Y en eso consistió la acción misionera de Laura.

“Quería probarles que Dios los amaba… me parece que debo reivindicar a Dios”, escribía. Reivindicarlo significaba corregir la plana  escrita por todos los que habían tratado al indio como basura, los que lo habían explotado, o lo habían menospreciado, o le habían negado todos sus derechos. La fuerza de Laura y de sus monjas fue, y sigue siendo, la fuerza del amor de Dios que se manifiesta a través de su acción.

Las habilidades aprendidas por la antigua maestra están en el origen de la pedagogía de Laura para abrir la inteligencia y la voluntad del indio, y donde el blanco había producido crueldad, dominación, exclusión e injusticia, ellas abundan en misericordia, generosidad, entrega y amor inteligente. Le escribía a monseñor Crespo: “No tengo por compañeras mujeres, sino leonas”. Esto fue en los comienzos, después se consolidaría ese grupo admirable  que sacó de la nada la primera casa en Dabeiba y que hoy motiva la admiración del mundo.

Fue un ejemplo claro de  la acción de Dios, representado en ellas, lo que vio un blanco de los que mangoneaban la región: Salía de la selva con los hábitos y los zapatos embarrados una monja que con una mano llevaba a los indiecitos de 8 o 10 años que acompañaban a su madre, casi agonizante y desgonzada en la silla del caballo que la religiosa guiaba con la otra mano. El insólito espectáculo de amor por los indios se hizo tan frecuente, que sobre ellas cayó el desprecio que los blancos profesaban por los indios. Otros, sin embargo, impactados por el ejemplo, decían lo que aquel blanco: “Si yo hubiera conocido así a Dios desde niño, mi vida sería otra cosa”.

Laura y sus hermanas habían entendido que Dios no necesita catedrales ni argumentos para probar su existencia. Son ellas las que se encargan de hacerlo presente con su amor, alimentado por su rutina diaria de oración, lectura y meditación de las escrituras, austeridad y servicio a todas horas.

El servicio al indio

Los indios fueron su objetivo. La curiosidad y la excitación que movieron a la maestra Laura y a sus dos amigas Claudina Gómez y Rosa González cuando se fueron de vacaciones a Compá, “a conocer indios”, llegó a convertirse en amor y en la causa de su vida hasta el punto de que el padre Armando, carmelita, se quejaba porque la congregación únicamente trabajaba con indios, “siendo así que hay muchos más libres, mezclados o cerca de los indios”. Ellas debían ser para los indios “maestras, médicas, enfermeras y hasta alcaldes, al modo de los indios”, escribió Laura en un informe sobre su naciente comunidad en el que le señalaba a las autoridades que para ella y sus hermanas la guía sería “la caridad en sus más ligeros detalles”. Es notable, en efecto, la severa carta que dirigió a una de sus hermanas que se había referido a los indios en forma despectiva.

Agregó el informe que con los indígenas su comunidad “practica los métodos racionales cuidadosamente adaptados”. Contrariando las prácticas y el pensamiento comunes, fue su convicción que la fuerza, con los indios, no  obtenía resultado alguno: “El amor puede más que los procedimientos de fuerza”. Sin embargo, con un fino sentido de las realidades, no descartaba la reprensión y hasta el castigo. “Frecuentemente ocupó el cepo de la alcaldía para los delincuentes”, anota  el historiador.

En el mismo informe a las autoridades habló de otra necesidad de primera importancia: “que la posesión de las tierras de los indios se haga real y, sobre todo, que se les haga justicia en la propiedad”. 

Convertida en asesora del nuncio para la presentación de un proyecto de leyes para salvajes, Laura tuvo la oportunidad de formular su pensamiento sobre una política oficial para los indios.

“Civilizarlos y no darles leyes protectoras es empujarlos a la ruina”, decía al oído de monseñor Vicentini, el nuncio. “La ley debe proteger a los indios y amparar a los misioneros y su trabajo”, agregaba. Prevenía en contra de los personeros de los indios: “sujetos de mala casta, explotadores, pervertidores de los indios”.

Ese amor por el indio creó alrededor de ella un aura de persona fuera de lo común. Realidad o mito, le atribuían hechos milagrosos como los que contaba el indio Juan de Jesús del día en que a pedido de Laura desaparecieron las langostas que habían asolado durante largo tiempo Dabeiba y condenado a los indios a crueles hambrunas; ella misma cuenta el pacto hecho con Dios para que a sus misioneras no les hicieran daño las fieras de la selva. También recordaría el viaje marcado por las peticiones de los indios a favor de un enfermo. “Madrecita, cúrela” le decían todos a lo largo del camino. “Le puse la mano en el estómago a la enferma y sentí que  el contacto de la mano la había curado. Es la única vez que he sentido  la influencia de Dios de un modo claro en esta clase de favores”. Pero estos hechos palidecen ante el milagro del amor por los indios que ella les dejó en herencia a sus religiosas, unas mujeres capaces de hacer quedar bien a Dios en la mitad de las selvas.

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