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| 5/31/2011 12:00:00 AM

"La munición se agotó y no quedó otra salida que rendirnos"

Eso fue lo que le contó a SEMANA Luis Alberto Herrera Chany, soldado que sobrevivió al ataque de las Farc a la base de Las Delicias el 30 de agosto de 1996. Semana.com recuerda ese y otros testimonios.

Ocurrió en el año 1996. El 30 de agosto de ese año 26 soldados murieron, 18 fueron heridos y 60 más secuestrados. SEMANA publicó los testimonios de algunos soldados que vivieron ese momento, el ataque de las Farc a la base de Las Delicias. 
 
Hoy, quince años después, y cuando se conoce la decisión del Consejo de Estado de condenar la Nación a pagar 1.700 millones de pesos a familiares de cuatro militares heridos en dicha toma, Semana.com recuerda los testimonios de algunos de los uniformados que sobrevivieron.
 
Luis Alberto Herrera Chany (19 años)

Cuando se inició el ataque estábamos en plena formación. De repente escuchamos tres disparos y al momento cayó una granada al lado izquierdo del pelotón. Eramos unos 30 soldados. Mi hermano estaba en la primera fila y yo estaba en la tercera. La granada no nos hizo nada, pero a uno de mis compañeros lo mató instantáneamente y otro quedó tendido en el suelo, pero no sé si murió. Corrimos hacia las trincheras en donde se suponía que debíamos repeler el ataque.
 
Cuando llegamos, en el lugar ya había seis soldados. Nos organizamos y comenzamos a disparar mientras esperábamos las órdenes de los superiores. En medio de la balacera tratamos de tranquilizarnos pensando que sólo era un hostigamiento.Yo estaba al pie de mi hermano y de pronto cayó una granada en medio de los dos, adentro de la trinchera. Él saltó hacia un lado y yo hacia el otro, y la granada explotó.
 
A él se le enterraron unas esquirlas en las piernas, en los brazos, en la cabeza, casi lo matan. A mí también me dieron algunas en la pierna, el pecho y el ojo. Empecé a arrastrarme por la zanja hasta que llegué donde mi capitán Mazo y ahí perdí el sentido. No sé cuánto tiempo después empecé a volver en mí. Estaba tirado, bañado en sangre y no tenía armamento. El capitán Mazo me había quitado el fusil para dárselo a otro soldado. Cuando iba pasando me vio y me dijo: "¡Uy!, soldado, usted no estaba muerto".
 
Yo le dije, "no mi capitán, solamente estoy herido". Me preguntó si podía seguir combatiendo y le dije que sí. Le quitó el fusil a un soldado que estaba muerto, ahí cerca, me lo dio, y me dijo dónde hacerme. Entonces empezamos a disparar para que no se nos fueran a meter a la base, y a esperar a que llegara un apoyo.Como a la una de la mañana sentimos un avión. Todos empezamos a gritar que eran los refuerzos y el alma nos estaba volviendo al cuerpo. Pero sólo pasó, hizo unas ráfagas y se fue. Parece que los guerrilleros casi lo tumban. Cuando lo vi alejándose me dio mucho susto y tristeza, pero pensé que se le había acabado la gasolina y que más tarde volvería a apoyarnos. Pero no fue así. Combatimos hasta las 11 de la mañana y nunca llegó más apoyo. 
 
La munición se agotó y no quedó otra salida que rendirnos.Cuando la guerrilla se tomó la base y nos cogió, me volví a encontrar con mi hermano. Lloramos juntos y nos abrazamos. Los guerrilleros nos dijeron que les ayudáramos a sacar a los heridos. Había unos que ya no podían caminar y estaban todos tiroteados. Después de llevarnos a los menos graves, y dejar tirados a los otros, los guerrilleros comenzaron a apartarnos en grupos de a 12. Después nos llevaron para la selva, hacia una parte muy espesa.Cuando quedamos libres y llegamos a la base de Larandia nos mostraron las fotos de cómo habían quedado los muertos de las Delicias y ahí reconocí a varios amigos. No me acuerdo quién nos mostró las fotos pero lo único que nos dijeron era que miráramos cómo había dejado la guerrilla a nuestros compañeros. Hoy mi hermano y yo no hablamos de eso y no queremos saber nada del Ejército. Lo único que tenemos es que agradecerle al presidente Samper por la liberación.
 
Carlos Alberto Lugo Córdoba (19 años)
 
Cuando los guerrilleros entraron a la base nos empezaron a presionar. El capitán Mazo intentó escapar con otros compañeros y le dieron muerte. Había guerrilleros por todos lados y nos decían que nos entregáramos si no queríamos morir. Ya no teníamos nada qué hacer y empezamos a salir con las manos en alto. Y así, con las manos en alto, nos llevaron hacia la selva. Nos sacaron rápido de la base porque decían que de pronto llegaba la aviación.El mío era el primer grupo de 12 soldados y con nosotros iban unos 15 guerrilleros. Lo único que nos decían era "córranle".
 
Pensé que nos iban a matar o que más adelante nos iban a hacer algo. Entramos a la selva y agarramos por unos caños, y en uno de esos nos embarcamos. El día siguiente caminamos mucho. Ellos sólo paraban para descansar unos 10 minutos y después seguíamos. En esos momentos estábamos todos muy asustados. Prácticamente desde que salimos de la base perdimos la noción de dónde estábamos. Al primer campamento llegamos después de caminar durante 15 días. Allí nos encontramos todos y estuvimos como un mes. Al principio nos cuidaban unos 200 guerrilleros, porque estábamos reunidos los 60.
 
Después nos abrieron. Los primeros días oímos las noticias del ataque en un radio que nos ponía un comandante guerrillero. Cuando en las emisoras hablaban del asalto y entrevistaban a alguna madre yo sentía una tristeza muy grande.En los campamentos los guerrilleros hacían camarotes en los que, al principio, dormíamos de a seis. Pero como quedábamos muy estrechos, al final nos dejaban dormir de a cuatro. Nos daban baño todos los días por la tarde y para uno hacer las necesidades tenía que estar acompañado siempre por un guardia.El comandante guerrillero de nuestro grupo nos llevó un ajedrez y un naipe.
 
Aparte de eso, los compañeros hacían dominós con las cajas vacías de cominos. Otros pedían prestadas navajas y hacían parqués de madera. Una vez el comandante nos llevó lápiz y papel para que escribiéramos cartas. También llevó una cámara de esas instantáneas y nos tomó fotos. Nos dijo que esas cosas las iban a hacer llegar a nuestras madres.Uno se levantaba por ahí a las seis, desayunaba, oía las noticias y después quedaba aburrido.
 
Siempre sabíamos qué día era. Nunca perdimos la noción del tiempo. Todos los días para mí eran tristes. Yo trataba de desaburrirme y jugaba para no sentirme tan mal.Nunca esperé que el Ejército intentara algún rescate. Al contrario, sentía miedo de que lo hiciera porque a nosotros era a los primeros que nos mataban. Cuando hubo el primer acuerdo para liberarnos nos pusimos muy contentos. Pero cuando llegó la fecha y no pasó nada empezamos a perder la esperanza de salir. Los últimos días, cuando hicieron el acuerdo, se convirtieron en siglos. No hallábamos la hora de que nos soltaran. El primer día de libertad fue algo muy bonito, porque uno ya se puede mover con libertad, sin tenerle que pedir permiso absolutamente nadie para moverse a algún lugar.

Gonzalo Plaza Saldaña (20 años)
 
Cuando estábamos en la selva nos tocó cargar en una hamaca a un compañero que no podía caminar porque tenía una esquirla en el pie. Lo alzamos por turnos durante todo un mes. Pero él se zarandeaba mucho y se picaba con los palos y las espinas de por ahí. Al final pidió que lo dejaran ir caminando.Iba muy aburrido y aporreado en esa hamaca. Pero no lo dejaron caminar porque estaba muy enfermo.
 
Esos esfuerzos me empeoraron la hernia y por eso ahora me tengo que operar.En los últimos días antes de la entrega estuvimos cinco meses en un solo campamento. El resto del tiempo estuvimos cambiando cada 15 días de campamento. Pero en medio de todo los guerrilleros se portaron bien. Los días que estuvimos en prisión eran todos iguales. Nos levantábamos a las seis, nos lavábamos los dientes y nos íbamos a desayunar. Nos daban pescado sudado con arroz y arepa. Después nos sentábamos por ahí a fumar.
 
Los domingos nos traían un paquete de cigarrillos Imperial para todos. En el grupo en que yo estaba éramos 12 y teníamos una especie de gimnasio que nosostros mismos construimos con palos. Hacíamos ejercicio todos los días, desde la una hasta las dos, que era cuando nos tocaba la hora de bañarnos en un caño que había cerca. Una vez nos cambiaron el camuflado por ropa de civil. Ahí los 12 compañeros pensamos que nos iban a entregar, porque si nos vestían de civil era para algo.
 
Pero no hubo ninguna entrega y a los pocos días nos dieron otros uniformes. Nos dieron a cada uno dos pantalones y dos camisas.Sin embargo, y a pesar del buen trato, todos los días que estuve con la guerrilla me acordé y eso es algo que jamás se me va a olvidar de lo que tuve que vivir la noche de la toma.
 
El momento más berraco fue cuando todo se terminó y vi a mis amigos muertos. Todavía me acuerdo de cómo quedaron muchos de mis amigos por ahí volteados, unos con las piernas mochas por una granada explosiva, otros que pedían agua y uno no podía darles porque se morían más rápido. Cuando me acuerdo de todo eso me da mucha rabia. Eso es algo que todavía me tiene muy aburrido. Yo peleé hasta que se acabó el parque. Si hubiese tenido más habría podido durar hasta las dos o las tres de la tarde del otro día esperando los refuerzos. Si hubieran llegado refuerzos no habríamos sufrido todo lo que sufrimos.Antes de que todo esto pasara yo no conocía la guerrilla, y eso que soy caqueteño. Ahora lo único que sé es que nos trataron bien. Y que en esta Colombia hay dos ejércitos y sólo tiene que haber uno. Cuando eso pase Colombia va a estar en paz. Lo malo es que no sé cómo se hace para que eso pase. Tal vez a punta de diálogo.Lo que resulta irónico es que mi mamá quería que me llevaran al Ejército para ver si dejaba de beber. Ahora ella no quiere que ninguno de misma hermanos entre a prestar el servicio militar. Y ya no me regaña cuando estoy bebiendo."El momento más berraco fue cuando todo se terminó y vi a mis amigos muertos".
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