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| 10/3/1994 12:00:00 AM

LA NOCHE DE LOS BOLILLOS

Guerra de rumores y el fantasma de los narcocasetes, detrás de los sorpresivos cambios en la cúpula de la Policía Nacional.

EL JUEVES EN LA NOCHE, el rumor comenzó a crecer. Los reporteros judiciales y de orden público se alborotaron ante las insistentes informaciones sobre un inminente cambio en la cúpula de la Policía. Los datos fragmentarios que se conocían le ponían a la historia una dosis de bastante picante. Todo indicaba que los relevos se debían a un crudo enfrentamiento entre el general Octavio Vargas Silva, comandante de la Policía, y el número dos de la institución, el general Fabio Campos Silva.

Mientras esto sucedía, el ministro de Defensa Fernando Botero se esforzaba por evitar que esta información saliera a la luz pública. Tenía sus razones: con su tradicional manejo de los medios, había previsto para la semana siguiente una divulgación coherente y ordenada de todos los cambios, en el marco del proceso de reestructuración que había comenzado a estudiar desde el 7 de agosto. Pero el secreto dejó de serlo el viernes temprano. A media mañana los periodistas ya tenían claro que el general Campos Silva, subdirector de la Policía, y el jefe de la Dijín, el general Jairo Rodríguez, serían retirados del servicio activo y que ello desataría decenas de reacomodos.

Según la versión de la confrontación entre los generales Vargas y Campos, estos dos oficiales -huilenses ambos- nunca se entendieron bien, pero habían logrado convivir sin mayores roces hasta hace poco más de un mes, cuando Vargas fue informado por algunos de sus subalternos de que sus teléfonos habían sido intervenidos. Según la versión conocida por SEMANA tras consultar a altos oficiales de la cúpula policial, Vargas se había enterado de que Campos podía ser, con la ayuda de la Dijín, el autor de la intercepción de sus teléfonos.

Por aquellos días, el comandante de la Policía acababa de sobrevivir al lío de los narcocasetes, en uno de los cuales algunos creyeron entender que los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez habían tratado de regalarle una importante suma de dinero por intermedio del periodista Alberto Giraldo. "Debido a ello, el rumor en el sentido de que los generales Campos y Rodríguez pudieran ser los autores de la intercepción de sus teléfonos lo sacó de casillas", explicó un alto oficial. Vargas quiso entonces confirmar el asunto y ordenó que un coronel de su entera confianza, especializado en inteligencia y quien se encontraba en un curso en el exterior, regresara al país y se hiciera cargo de averiguar quién le estaba pinchando sus teléfonos.

"Pero para cuando el coronel llegó, los autores de la intervención telefónica, enterados de que Vargas había ordenado una investigación, desmontaron la cosa", explicó otra fuente de la alta oficialidad. Sin embargo, el hecho de que nada hubiera sido comprobado no mató el asunto. El comandante de la Policía recibió por esos días otras informaciones sobre las actividades del general Campos. Una de ellas sostenía que el subdirector de la Policía había entrado en contacto con agentes de la DEA de manera directa y secreta, y que desde hacía varios meses mantenía estas relaciones sin informar de ello a su comandante. Otro informe sobre Campos señalaba que tanto él como el jefe de la Dijín, el general Rodríguez, parecían haber patrocinado las labores de inteligencia que se desarrollaron durante varios meses y que determinaron el seguimiento a Alberto Giraldo, y la grabación de centenares de horas de conversaciones telefónicas entre el periodista y los hermanos Rodríguez Orejuela, los famosos narcocasetes.

"Esto llevó al general Vargas a la convicción de que Campos y Rodríguez le estaban corriendo la butaca" informó una de las fuentes. Esta actitud no es nueva en la historia de las instituciones armadas. "Todo el mundo empuja cuando llega tan arriba, y Fabio (Campos) no fue la excepción", aseguró un general.

Pero la desconfianza era recíproca. Meses atrás, el subdirector de la Policía había sido encargado de coordinar -con el Ejército- las labores del Comando Especial Conjunto (Bloque de Búsqueda) en el Valle del Cauca. Y desde hacía varias semanas, había dejado de reportarle al general Vargas sobre los resultados de los operativos. "Lo cierto -dijo un allegado al general Campos- es que desde cuando salieron a la luz pública los narcocasetes en que al parecer se hablaba del general Vargas, el general Campos no se sentía tranquilo al contarle al comandante detalles de la persecución al cartel ".

El hecho es que la situación se había vuelto insostenible y todo indica que el gobierno -que había anunciado días antes de la posesión del presidente Ernesto Samper que no habría campos en la cúpula- prefirió cortar por lo sano. El ministro Botero había tomado contacto con Vargas en tiempos del empalme y quedó tan impresionado con su profesionalismo, que nunca creyó en las interpretaciones de los narcocasetes que lo vinculaban con las gentes del cartel. Eso explica que cuando estalló el enfrentamiento entre Vargas y Campos, Botero no haya dudado en respaldar al primero. Lo demás vino por sí solo.

Mucha sorpresa, como la salida de Campos y Rodríguez, causó el que entre los cambios que se dieron se haya decidido enviar como agregado de Policía a Washington al general Rosso José Serrano, quien se venía desempeñando como subdirector operativo de la institución. Serrano es sin duda hoy el más prestigioso de los oficiales de la Policía. Su paso hace algunos años por la dirección antinarcóticos permitió que, por primera vez, hubiera un intercambio eficiente de información con las autoridades norteamericanas. "No existe desde entonces en toda la Policía un oficial en quien Estados Unidos confíe más que en Rosso José", le aseguró a SEMANA un coronel retirado. Ese prestigio llevó el año pasado al entonces ministro Rafael Pardo a encargarlo de gerenciar el proceso de reestructuración institucional de la Policía, tarea que cumplió con eficiencia y sin protagonismos. Aunque formalmente su viaje no implica una salida de la institución, la tradición es que cuando un oficial ha llegado tan arriba y es enviado al exterior por un año, este paso se convierte a la larga en la antesala de su retiro.

El viaje de Serrano y la salida de Campos y Rodríguez, han llevado a algunos conocedores de las interioridades de la Policía a especular que si se aparta del camino al mejor de los oficiales y se envía a retiro a dos generales que habían estado investigando -de modo irregular, si se quiere- a quienes ellos creían que podían tener nexos con los carteles del Valle, la conclusión es que se puede estar buscando enviar a los narcotraficantes un mensaje tranquilizador. Algunos -hilando demasiado delgado -han querido conectar ese análisis con la frase pronunciada el jueves de la semana pasada por el ministro Botero durante su visita a Cali, en el sentido de que "no habrá una nueva narcoguerra".

Todo esto puede ser fruto de un exceso de imaginación y de la desconfianza que se creó desde los narcocasetes. La verdad es que si el gobierno decidió confiar en Vargas Silva, lo lógico es que removiera a quienes se le estaban enfrentando, en especial si lo estaban haciendo por medios irregulares. Pero en todo caso, si la reformada cúpula policial y el gobierno quieren despejar hasta la más ínfima duda, lo que tienen que mostrar a la mayor brevedad, en el frente de Cali, son resultados.-
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