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| 5/26/2002 12:00:00 AM

La nueva política

Por primera vez en la historia del país los partidos tradicionales no eligieron Presidente.

Algo de fondo cambio desde el domingo pasado en la política colombiana. Por primera vez un candidato que hizo su campaña sin el respaldo de uno de los partidos tradicionales, ni Liberal, ni Conservador, ganó las elecciones. Es más, Alvaro Uribe Vélez hizo gran parte de su campaña sin políticos. Ni se les subió a sus hombros ni ellos le dieron la llave de entrada al electorado.

“Cuando subió a casi 60 por ciento en las encuestas prácticamente ningún político se le había sumado”, dijo un directivo de la campaña de Uribe que lo ha acompañado desde el principio.

Su estrategia fue trabajar en talleres —hizo 30— y conversatorios con ciudadanos convocados por dirigentes sociales, políticos o cívicos de la base. Ellos, a su vez, presionaron a sus concejales o congresistas para que respaldaran a Uribe. A la postre, cuando le llegaron los políticos de mayor peso, ya el candidato liberal disidente no los necesitaba.

Paradójicamente, el día de la elección Uribe ya contaba con gran parte de muchos congresistas liberales y la adhesión en bloque del Partido Conservador. Y como los partidos en Colombia son precisamente eso, máquinas electorales unipersonales, se puede afirmar sin incurrir en una generalización exagerada que Uribe, el candidato independiente, es hoy, irónicamente, el jefe natural de los liberales y los conservadores. Así, aunque suene contradictorio, Uribe se nutre del extremo descontento con la política colombiana tradicional. Sólo que no hay que olvidar que él, muy a la colombiana, surge de la política democrática misma; no es un aventurero.

Y esta elección rompió con otros patrones políticos de los últimos años. Desde que se estrenó la segunda vuelta, después de la Constituyente, siempre había sido necesario usarla para elegir presidente. Esta vez no fue así. Además, nunca antes un vicepresidente había salido de un terreno tan ajeno a la política. Francisco Santos ha demostrado una trayectoria cívica importante, pero no de funcionario oficial o de político.

Ahora, hay algo más de fondo en la ruptura que marcaron estos comicios. Los colombianos, por lo general, centristas y desconfiados de los discursos demasiado intensos en un sentido o en otro del espectro ideológico, rompieron sus propios moldes y más de la mitad se decidió por un candidato claramente identificado por la derecha —a la que tradicionalmente siempre le habían puesto un techo del 15 por ciento como máximo—. De otra parte, un porcentaje considerable optó por un aspirante de izquierda, también sobrepasando muchas de las votaciones de esta línea en comicios presidenciales anteriores (exceptuando los antecedidos por procesos de reinserción de la guerrilla). El derrotado fue el centro de Horacio Serpa y Noemí Sanín.

Sin duda ha sido la situación crítica de inseguridad y violencia lo que hizo que las personas dejaran de apostarle a soluciones intermedias, de cambio moderado y que una mayoría clara se lanzara por caminos más radicales como los que ha prometido Uribe Vélez.

Precisamente porque el eje principal de la campaña fue la lucha contra los actores violentos, ellos mismos tomaron partido. Y este es otro quiebre de fondo con lo que había sucedido en la política colombiana: que las autodefensas hayan salido a defender a sangre y fuego a Uribe Vélez —a pesar de las reiteradas declaraciones del hoy Presidente electo de que rechazaba tajantemente este apoyo— y que las Farc hayan querido evitar a bala que la gente votara por él. Nunca antes se había hecho proselitismo armado tan abierto a favor o en contra de un candidato.

El riesgo gigante que tendrá que evitar Uribe Vélez a toda costa es que cualquiera de los violentos se sientan que tienen gobierno. Si prosperara este adefesio ahí sí lo que cambiaría en la política colombiana es que pasaría de una democracia averiada, pero legítima, a una moribunda e ilegítima.
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