Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2006/06/11 00:00

La oposición está de moda

Por primera vez en muchos años, los perdedores en las elecciones asumen un papel independiente y rechazan cualquier pacto burocrático con el gobierno.

La oposición en los próximos meses tendrá como protagonistas a dos 'Gavirias': Carlos, ex candidato del Polo, y César, director del liberalismo. Es probable que la primera sea más radical, pero se podrían presentar coincidencias en algunos temas

El país se había acostumbrado a que después de elecciones los derrotados felicitaran al ganador y luego se sentaran a esperar del Presidente premios de consolación en la burocracia. Al final, la indistinguible dupla de ganadores y vencidos anunciaba cuatro años de "concertación" y "pluralismo".

Pero esta vez, el Polo Democrático Alternativo salió en punta a romper esa vieja tradición. "Vamos a mantenernos en nuestras líneas, nadie del Polo se va a dejar 'cooptar' (sic). Nadie va a cambiar el honroso sitio que le corresponda en la oposición por un ministerio, una embajada o un consulado", puntualizó Carlos Gaviria. El Partido Liberal también tomó distancia del gobierno y pidió que no le "sonsacaran" más a sus abonados. "Vamos a realizar una oposición constructiva, sin ninguna clase de estridencias, buscando el bien del país", dijo el ex presidente Gaviria.

Ambas declaraciones les abren un nuevo juego a los derrotados. Aunque Uribe ya invitó a todos a trabajar juntos por el bien de la patria, los dos partidos -Polo y Liberal- parecen blindados contra las tentaciones de nuevos Serpas en la OEA, Pastranas en Washington y Noemís en Madrid. ¿Acercará esto al Partido Liberal y al Polo? Aunque nadie por ahora se atreve a hablar de temas concretos, "bienvenidas las coaliciones con los liberales donde haya coincidencias. Serían casi coaliciones naturales", reconoció a SEMANA Carlos Gaviria.

El Polo ha sido claro y ha ido incluso más lejos. No quiere puestos en el gabinete; quiere su propio gabinete. Dándole vida a la idea de que la oposición es un gobierno en receso, esta semana el Polo anunciará la creación de un 'Consejo de Ministros' de oposición, al estilo del "gabinete en la sombra" (shadow cabinet) británico. Los 'ministros' de la oposición fiscalizarán, les darán debate a los ministros del gobierno y les anticiparán a los electores el nombre de sus ministros en caso de llegar al poder. También el Polo está considerando contar con un medio de comunicación (probablemente radial) para hacer resonar sus ideas.

Ese nuevo escenario revive un viejo anhelo incumplido de nuestro sistema político. El último en intentarlo fue el liberal Virgilio Barco, en 1986, quien en vez de rifar ministerios entre los conservadores propuso un esquema 'gobierno-oposición'. Pero el invento no funcionó, porque la decisión de Barco era artificial: nunca hubo 'gobierno de partido ni partido de gobierno' y tampoco hubo partido de oposición. ¿Ha cambiado el panorama?

Hay al menos dos ingredientes nuevos. La reforma política de 2003 y la ley de bancadas. Además, esta vez no son los ganadores sino los perdedores los que están tratando de organizar la oposición, y eso le da una vitalidad que en 1986 no tenía. Pero si entonces había esquema pero no había partidos, hoy podría haber partidos, pero no hay esquema.

No existe un estatuto que aclare las reglas de juego para el ejercicio de la oposición. El último proyecto se hundió en diciembre de 2004, después de aprobada la reelección. Establecía, por ejemplo, que el candidato que siga en votos al elegido tendría derecho propio a una curul en el Senado (igual para asambleas y concejos) y sería líder de la oposición. También que esa oposición organizada sería cabeza en Procuradurías y Contralorías, entre otras.

¿Por qué la cultura política colombiana no valora la oposición? La violencia de los 50, en la que opositores se desollaban a machete, y el Frente Nacional generaron la idea de que la competencia es nociva. Hoy las condiciones parecen propicias para darle un nuevo significado al término. Al menos, por primera vez las elecciones no terminan con un llamado a un pacto entre vencedores y vencidos. Ni con declaraciones, entre estos últimos, para abandonar sus banderas y programas en aras de un consenso. Que no era otra cosa que una puerta disfrazada hacia la repartición de la burocracia.

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