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| 8/2/2009 12:00:00 AM

La otra cara del escándalo

Andrés Piedrahíta rompió su silencio sobre el caso de la pirámide de Madoff. Propuso arreglo financiero con los damnificados.

Tal vez uno de los personajes que han generado más comentarios en los últimos seis meses en los círculos de negocios es Andrés Piedrahíta. Desde cuando colapsó la pirámide de Bernard Madoff, el 11 de diciembre del año pasado, las repercusiones de ese escándalo han producido temblores en todo el planeta. El símbolo latinoamericano de ese episodio ha sido el financista colombiano.

Desde cuando comenzó esa telenovela, Piedrahíta se había mantenido en silencio. Mucha agua sucia le cayó en los cocteles de los altos círculos sociales de varios países, así como en los medios de comunicación, en ese lapso. Tuvo el dudoso honor de ser el primer colombiano objeto de un perfil agridulce en la primera página del prestigioso diario Wall Street Journal. Pero la semana pasada, finalmente dio su primera entrevista a la emisora La W y, si se tiene en cuenta lo difícil que es enfrentarse a Julio Sánchez y su equipo de inquisidores, no le fue mal. Aunque el origen de la entrevista era aclarar una controversia alrededor de un lujoso yate propiedad de Piedrahíta, esta sirvió para tratar temas mucho más de fondo sobre este sonado caso.

La mayoría de las cosas que se dijeron eran conocidas para quienes han seguido de cerca el caso. Madoff fue condenado a 150 años de cárcel por haber llevado a cabo el mayor fraude financiero de la historia a través de una pirámide que duró 30 años, en la cual se desaparecieron 65.000 millones de dólares. De ese monto, la entidad que más recursos perdió para sus inversionistas fue el grupo de Fondos Fairfield Greenwich, por un valor de un poco más de 7.000 millones de dólares. Piedrahíta es yerno de Walter Noel, fundador de este grupo, pero en los últimos años se había convertido en la cabeza de la organización y en el mayor accionista, con el 22 por ciento de las acciones. Ante la descomunal cantidad de las pérdidas se han instaurado varias demandas por miles de millones de dólares contra los fondos de Fairfield y contra sus socios, no sólo por parte de los damnificados, sino también del liquidador del caso Madoff. La acusación en su contra versa alrededor de la responsabilidad que tendrían como administradores de fondos que captan recursos del público.

La gran revelación que tuvo lugar durante la entrevista fue que los socios del grupo Fairfield estaban participando en una negociación con el liquidador para devolver todas las comisiones que habían recibido por canalizar la plata hacia Madoff. Aunque el banquero no quiso dar cifras en la radio, alegando confidencialidad por recomendación de sus abogados, el diario The New York Times calcula esa cifra en alrededor de 500 millones de dólares, que fueron pagados sobre transacciones inexistentes. Piedrahíta presenta la oferta como la correcta moralmente, pues él no se considera nada responsable por la desaparición de la plata, sino una víctima más de la estafa. Agregó que varias de las entidades financieras y de las familias más respetadas del mundo también cayeron.

Sin embargo los demandantes quieren de vuelta toda la plata que invirtieron, y las comisiones sólo representan un poco más del 7 por ciento de ese monto. Alegan que los bancos que sirvieron de vehículo para Madoff están buscando fórmulas para devolverles a los ahorradores no sólo las comisiones, sino todo o parte del capital invertido. Agregan que fue por recomendación de Fairfield que se metieron ahí y que la justificación del pago de las comisiones era garantizar la idoneidad de los lugares donde se invierte, a través de auditorías efectivas.

En realidad, las dos partes tienen razón. El argumento de los abogados defensores del grupo es que se trató de un fraude del cual ellos no podían saber. La contraparte afirma que cuando los inversionistas pagan comisiones del 20 por ciento sobre las utilidades es precisamente para que los intermediarios detecten y eviten a los estafadores. Sobre este punto hay un aspecto que ha generado bastante chismografía. Que era imposible que Fairfield no tuviera conocimiento o no sospechara de algo raro ante unos resultados consistentemente espectaculares durante tantos años. En otras palabras, que podía haber un nivel de complicidad pasiva por parte de los intermediarios, dada la comodidad de recibir esos beneficios económicos.
 
Al respecto, Piedrahíta hizo una aclaración sobre un asunto que ha sido objeto de malos entendidos desde el inicio de este escándalo. Que los rendimientos de Madoff no eran nada espectaculares. Por el contrario, uno de los principales atractivos que tenían sus fondos era que producían rendimientos moderados, pero estables, que daban la impresión de un manejo conservador. Aunque los bonos del tesoro de Estados Unidos se acercaban al 0 por ciento en ese momento, la mayoría de los fondos de inversión, con anterioridad a la quiebra del Lehman Brothers, produjeron durante muchos años rendimientos superiores al 10 por ciento.
 
Los de Madoff efectivamente estaban por debajo del promedio. Si a esto se suma que periódicamente notificaba que no aceptaba más inversionistas, ingresar a su mundo se convertía en una meta que muchos buscaban. Estas características le habían granjeado a Madoff una reputación de gurú de las finanzas cuya fórmula del éxito era tan secreta como la de la Coca-Cola. Esto se traducía en que no se desconfiaba de sus informes financieros y las veces que lo investigaron entidades como la Security Exchange Comission salió limpio. Piedrahíta reconoce que con el beneficio de la retroactividad es fácil decir que se podría tener más cuidado y hacer las cosas de manera distinta. Pero en la situación de entonces nadie tenía una bola de cristal.

Piedrahíta también reveló que él y sus socios perdieron más de 100 millones de dólares de sus propios recursos con Madoff, y de estos, 20 fueron depositados en el último mes. Estas pérdidas han sido consideradas pruebas contundentes de que el grupo Fairfield no podía tener conocimiento de ningún acto irregular. Por eso todas las demandas que se han instaurado en su contra son por incumplimiento de las obligaciones fiduciarias, pero no por delitos. Dentro de la negociación de la devolución de las comisiones Fairfield quiere que se deduzca el monto que ellos perdieron, lo cual no es automático para la contraparte, que considera esto mezclar peras con manzanas. También entrará en discusión el concepto de comisiones “netas”, pues el dinero que entra no constituye en sí mismo utilidades, ya que existen gastos de operaciones y otros intermediarios. Alrededor de todos estos puntos habrá un tire y afloje entre el grupo Fairfield y el liquidador, Irving Picard, en los próximos meses.

A pesar de que los demandantes quieren que les devuelvan la totalidad de su inversión, la fórmula propuesta por Fairfield suena justa y parece la única posible. El argumento de que los bancos están buscando estrategias para devolver no sólo las comisiones sino la inversión no significa que un intermediario pueda hacerlo. Después de todo, un banco tiene acceso a capitales que no tiene un fondo.

Es poco probable que las explicaciones de Piedrahíta convenzan a los damnificados. Muchos ancianos y viudas perdieron la totalidad de sus ahorros y un gran número de fundaciones tuvieron que ser cerradas por cuenta de la pirámide de Madoff. Cuando la gente pierde su plata se pone furiosa y no hay razón ni explicación que valga. Pero la entrevista sirvió para ilustrar el drama humano que han sufrido algunos de los protagonistas de este descalabro.
 
La familia Noel, la del suegro de Piedrahita, había sido objeto de adulación en los medios de comunicación en su época dorada. Eran una especie de los Kennedy de las finanzas. Un banquero respetable con una esposa brasileña, cinco hijas espectaculares y una vida de lujo envidiable basada en el éxito profesional. Acabaron convirtiéndose en el símbolo de las fallas de la modalidad del sistema capitalista que había producido la era Reagan. Piedrahíta cree que habiendo 60 vehículos de inversión que trabajaban con Madoff, la razón por la cual sólo se habla de su familia es porque es gente de carne y hueso, mientras que los otros son instituciones impersonales.

La pregunta más dura durante la entrevista la hizo María Isabel Rueda cuando, sin agüero, quiso saber qué se sentía pasar de la gloria al infierno en tan poco tiempo. A Andrés se le quebró la voz y después de una breve pausa, en tono enérgico y contundente dejó claro que lo más importante en su vida serían siempre su esposa, sus hijas y los amigos que lo habían apoyado. Agregó que lo único que le interesaba era reivindicar su nombre y que estaba seguro de que se recuperaría de esta mala hora y volvería a salir adelante.
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