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| 11/29/2008 12:00:00 AM

La oveja negra

¿Cómo terminó Daniel Ángel, hijo de dos de las famlias más distinguidas del país, metido hasta el cuello en el escándalo de DMG?

De vez en cuando, en los más exclusivos clubes de Bogotá se siente un tremendo sacudón porque alguno de sus más queridos socios termina enredado en un escándalo de gran impacto en el país. Sucedió con Fernando Botero con el proceso 8.000, con Roberto Soto Prieto por el robo de los 13,5 millones de dólares del Estado y con los famosos 'picas' que montaron una especie de negocio de pirámides para el estrato 6.

Ahora el turno es para Daniel Ángel Rueda. Un muchacho que creció codeándose con la crema y nata bogotana en el Country Club y en el Gimnasio Moderno, y ahora, a sus 33 años, está en la cárcel La Picota señalado como una de las piezas clave para desentrañar el escandaloso negocio de DMG que tiene en zozobra al país.

En marzo del año pasado, Ángel creía estar tocando el cielo con las manos. Era el día de su matrimonio. Todo era como de cuento de hadas. El lugar: la tradicional hacienda El Vergel, en las afueras de Ibagué. Su esposa: una joven profesional de las más respetadas familias de esa ciudad. Los invitados: más de 300, que coparían varias páginas de las revistas de farándula. Carlos Vives, tal vez su mejor amigo, cantó en honor a los novios. Tomás y Jerónimo Uribe, los hijos del Presidente, que lo conocieron cuando el primero estudiaba en Australia, también acudieron a la cita. El representante a la Cámara David Luna, uno de sus amigos de infancia del Country Club, estaba allí, así como el cantante Fonseca, el ex vicefiscal Armando Otálora y una pléyade de modelos y personajes de la farándula. ¿Qué más le podía pedir a la vida?

Lo que no sabía Ángel es que unos meses después, sus teléfonos y sus movimientos comenzarían a ser seguidos por las autoridades por ser uno de los tres nombres visibles de la cúpula del negocio de David Murcia Guzmán. Y aunque se ha dicho que la tarea de Ángel con DMG era la de ser su relacionista público, hay registros en los que aparece como el hombre que ayudaba a traer millones de dólares de Estados Unidos para convertirlos en pesos en Colombia, en algunos casos vía México. Es decir, las autoridades investigan si él se encargaba del trabajo sucio del lavado de activos.

Las imágenes del allanamiento a su apartamento, en la circunvalar con la 71, también cayeron como un balde de agua fría para sus amigos. La Policía encontró 500 millones en efectivo en cajas de cartón. No cabía duda de que Daniel se había metido en un mundo oscuro en el que se pagaban salarios astronómicos en fajos de billetes, pues tenían cerradas las puertas del sistema financiero.

La mayoría de los amigos de Ángel no se atreve a hablar de él. En buena parte porque la primera frase que tienen para definirlo es que "es un tipo adorado y su familia es sensacional". Y de verdad, es que además de su carisma y de ser un hombre "buena gente", su papá, Luis Fernando Ángel, tiene un respeto ganado de muchos años por su ejemplar trabajo como vicepresidente en una reconocida aseguradora.

Quienes lo conocen recuerdan que no parecía tener una ambición particular. "No era codicioso. Andaba en bicicleta por Bogotá, y después en motico de esas chiquitas. Nunca se avergonzó de nada, ni se vanagloriaba de nada", define un amigo. "Era un tipo muy 'play'. Vago. Muy pendiente de las vainas de moda", dice otro que lo conoció.

Ángel nunca mostró un especial interés por ir a la universidad. A él le gustaba la televisión. Gracias a la segunda esposa de su papá, Mabel García, que fue presidenta de Caracol, se pudo acercar más a ese medio. Se colaba en las grabaciones de la telenovela Escalona. Desde entonces se hizo muy amigo de Vives.

Cuando terminó el colegio se fue a Vancouver (Canadá) y luego viajó a Sydney (Australia). En alguno de sus aterrizajes en Colombia trabajó en el programa No me lo Cambie, uno de esos programas de televisión en los que con cámara escondida involucran a gente del común en situaciones de humor. En un programa similar, trabajó hace años David Murcia Guzmán. Es posible que en ese mundo de los extras de televisión, en el que Daniel y David trataban que convertirse en estrellas de la pantalla chica, se hayan encontrado por primera vez.

DMG se creó en 2005 y un año después Daniel Ángel se convirtió en el hombre detrás de Body Channel, el canal de televisión del conglomerado que fue lanzado con bombos y platillos en octubre de 2006, con la presencia de la ex miss universo venezolana Alicia Machado y con la promesa de emitir en 14 países. Y como si fuera poco su incursión en el mundo del glamour, apenas dos meses después, en diciembre, Ángel apareció en la revista Poder como el 'vendedor de yates'.

A algunos de sus amigos les empezó a parecer raro y dicen que se lo advirtieron. Trataban de hacerlo caer en la cuenta de que ningún negocio da rendimientos del 150 por ciento como DMG, le preguntaban qué era ese canal que no se veía en Colombia y le hacían muecas de desaprobación cuando lo veían vendiendo yates. Y él los sorprendía con extravagancias como llegar en camioneta Toyota blindada rodeado de una docena de escoltas, o hacer planes de ir al consulado de Afganistán en Nueva York porque pensaba viajar a ese país en guerra y lleno de cultivos ilícitos.

Tal vez por eso en algún momento le comenzó a remorder la conciencia. O tal vez comenzó a asustarse. Según los seguimientos que le hizo la Policía, Ángel empezó a preocuparse por ser testaferro. Y parece que dejó todo tipo de huellas. Hablaba de sociedades a su nombre con propiedades en Estados Unidos. En una ocasión, en mayo de este año, habló en un concurrido café de la calle 73 con carrera novena de Bogotá de 'bajar' siete millones de dólares de Estados Unidos, y en otra coordinó con un primo suyo de México el manejo de más de cuatro millones de dólares en billetes de 10 y de 20.

¿Cómo terminó Daniel Ángel metido en un negocio como este? A pesar de su 'bacanería', su carisma y su talento para hacer amigos, Ángel no demostró tener criterio, ni madurez ni inteligencia para asimilar y anticipar las consecuencias de sus actos. Justo el hombre que David Murcia necesitaba para que, sin hacer muchas preguntas, le sirviera de llave maestra para abrir las intrincadas puertas del poder social de la alta alcurnia bogotana o del poder cautivador de la farándula nacional o del poder político que intentó penetrar, infructuosamente, en la Casa de Nariño a través de los hijos del Presidente.

Tampoco le ayudó mucho a Ángel ver cómo sus compañeros de colegio y de club se convertían en brillantes ejecutivos de la empresa privada o en reconocidos personajes públicos, mientras él, más allá del magnetismo de su simpatía, tenía poco éxito que mostrar. Y por supuesto, como tantos casos que ha vivido Colombia en la trágica ruleta del dinero fácil, al joven Ángel lo desbordó la búsqueda desenfrenada de reconocimiento y una ambición desbordada que le obnubiló el criterio ético. Cuando empezó a reflexionar, estaba metido hasta el cuello.
 
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