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| 10/26/2013 3:00:00 AM

La parábola de Raúl Cuero

La controversia alrededor del científico, más que quitarle méritos a su aporte al país, abre serias reflexiones sobre la relación entre ciencia y sociedad en Colombia.

Raúl Cuero nació en Buenaventura en 1948. Se crió en la pobreza, en una zona del país donde las oportunidades escasean y la violencia abunda. Su abuela, que era analfabeta, lo sacó adelante y lo estimuló para que se formara. Aprendió a leer y escribir, según sus propias palabras, bajo los postes de la luz. 

Mientras muchos niños morían por la malnutrición o las enfermedades y otro tanto se hundía en la miseria, él tuvo suerte y talento, y supo salir adelante. Con el paso de los años, estudió en Reino Unido y Estados Unidos. Fue investigador de una universidad de este último país y hoy dirige el Parque de la Creatividad, un importante centro de investigación e innovación.

Esta es una historia admirable, pues es la vida de un hombre que supo luchar contra las adversidades, que se formó a pesar de la exclusión y el racismo y que ha capitalizado su éxito en favor de una sociedad mejor. En un país en el que el dinero fácil, la codicia y la corrupción son pan de cada día, no hay muchas personas como él. Y es por eso que este Raúl Cuero merece quedar en la memoria y ser un modelo por seguir para todos los colombianos.

Sin embargo, una controversia ha surgido en torno a la gloria académica que ha rodeado al profesor Cuero en los últimos años, quien para muchos colombianos ha acariciado el curubito de la elite científica mundial. Un artículo del diario El Espectador titulado ‘El dudoso ídolo de Cuero’ plantea dudas sobre su palmarés científico, la manera como ha presentado su producción académica y algunos episodios de su hoja de vida. 

El autor es Rodrigo Bernal, un ingeniero agrónomo y exprofesor de la Universidad Nacional, que sorprendido por la figura de Cuero (“lleno de orgullo nacional corrí a buscar en Google para conocer más sobre ese compatriota genial”) revisó su trayectoria y halló varias incoherencias y exageraciones. La conclusión: los méritos académicos y científicos de Cuero no son tan importantes como los medios de comunicación y él mismo los han presentado.

La noticia encendió el debate, pero la primera lección no puede ser, como lo pretenden algunos, señalar a Cuero como un impostor. Además, como advirtió la periodista María Isabel Rueda el viernes en radio, no es justo que en Colombia haya personas con ganas de caerle a quien levanta la cabeza y con sed de ‘canibalizar’ a quien ha hecho importantes aportes. 

Aunque es reprochable que haya exagerado sus méritos, pulido demasiado su imagen y descontextualizado algunos resultados de su producción investigativa, Cuero es un hombre de mucho mérito. Quienes han trabajado con él sienten aprecio y admiración. Diana Gaviria, que dirige Connect Bogotá Region, un reconocido instituto que apoya el talento y la innovación, dice: “Cuero, cuya labor es noble, ha querido devolverle al país lo que ha aprendido”.

Su caso, más bien, refleja otros problemas donde la responsabilidad está repartida entre la comunidad académica, los medios de comunicación y, por supuesto, el mismo Cuero. Una mezcla entre ambición individual, deslumbramiento periodístico y falta de conocimiento frente al mundo científico lo tienen a él en el ojo del huracán. 

Poco después de la denuncia, el mismo Cuero se encargó de hacer aclaraciones en un comunicado que colgó en internet. “No trabajo en la Nasa”, escribió y luego enumeró sus logros reales: dos patentes aprobadas, otras más en proceso de aprobación y un reconocimiento de la Nasa. Además, ha sido profesor de la Universidad Prairie View A&M.

El problema es que la opinión pública creía que la historia era más espectacular. Durante varios años, el rostro del profesor de gafas salió en diarios, revistas, libros y programas de televisión. Algo así como un Steve Jobs criollo y de origen humilde. Se creía que trabajaba en la Nasa, que tenía más de una docena de patentes, que sus “grandes inventos” iban a ser clave para la exploración de Marte y que había recibido la medalla del Gran Caballero de la Cámara de Representantes. 

Los medios, incluida esta revista, y varias instituciones le hicieron menciones de honor y subrayaron su increíble historia. Al final, ninguna de estas credenciales resultó verdadera y esto dirigió el debate hacia la relación entre científicos y periodistas.

“Necesitamos formar periodistas científicos, pero también enseñarles a los científicos a comunicar y relacionarse con los medios”, le dijo a SEMANA Lisbeth Fog, una reconocida periodista científica colombiana. Esta posición abre un debate sobre la relación entre los medios y la ciencia. Por un lado está la pregunta de por qué Cuero nunca corrigió a los periodistas cuando lo asociaban con logros que no tenía. 

Cuando El Espectador le hizo esa pregunta, Cuero respondió: “Es una cuestión de lingüística”. Pero por otro lado, hay una reflexión para la prensa. En Colombia suele hablarse de científicos y no de ciencia. En otras palabras, lo importante para el periodista es resaltar una historia de vida, un ejemplo, muchas veces con el ánimo de rescatar símbolos y tener referentes que exalten los valores que la sociedad necesita: el sacrificio, la disciplina, la lucha, la ética, etcétera. Y eso es periodismo, contar procesos a través de los rostros de la gente. 

Pero el periodismo poco habla de lo que hace la ciencia colombiana. Muchos colombianos saben quiénes son Manuel Elkin Patarroyo, Rodolfo Llinás y Raúl Cuero, pero pocos saben realmente qué aportes hacen ellos o los miles de científicos talentosos y dedicados que hay en el país. Hace falta un cubrimiento más comprehensivo, creativo y pedagógico de lo que hace la ciencia más allá de sus figuras más emblemáticas. 

Más allá de los medios, la historia también tiene una moraleja para la comunidad científica. Colombia es un país lleno de talento (y una de las virtudes de Cuero es que se ha encargado de fomentarlo), pero muchas veces las vanidades opacan el mérito silencioso de la producción científica nacional. El divorcio entre la gente y lo que sucede en las aulas y los laboratorios de investigación parece abrirse cada vez más. “Aquí hay una grave desconexión entre la sociedad y la ciencia”, dice Bernal. 

“Estamos ávidos de modelos positivos. Entonces nos aferramos al primero que encontramos y a veces sobredimensionamos”, dice Diana Gaviria, de Connect. Pero la fractura no está solo entre los periodistas y los científicos, sino también entre estos últimos y la política. Faltan voluntad y presupuesto para impulsar la creatividad, y la ciencia no parece estar realmente en la agenda política.

Raúl Cuero se ha convertido en el modelo de rol perfecto para una sociedad golpeada por la violencia y una juventud llena de ganas, pero ávida de oportunidades, sobre todo en las regiones más apartadas del país. Su caso es un golpe para quienes quieren construir un mejor país a través de la ciencia, pero lanza un importante mensaje. Colombia ha avanzado mucho, en parte gracias a líderes como Cuero, pero no debe olvidar la importancia de la humildad, la ética y el rigor. Trabajar por ello, como queda claro con este caso, es responsabilidad de todos.
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