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| 8/28/1995 12:00:00 AM

LA PAZ DESCANSA EN PAZ

Las salidas del alto comisionado para la Paz, Carlos Holmes Trujillo, le dio un entierro de tercera a un proceso de negociaciones con la guerrilla que nunca dio muestras claras de haber arrancado.

EL PROCESO DE PAZ DEScansa en paz. O por lo menos está en cuidados intensivos. La salida del alto comisionado para la Paz, Carlos Holmes Trujillo, quien dejó su cargo para representar al samperismo en la Dirección Liberal Nacional, fue la herida de muerte a una propuesta de salida negociada al conflicto entre el Estado y la guerrilla que duró todo el primer año de gobierno de Ernesto Samper y nunca tomó forma.
Las reacciones a la partida del ex comisionado no se han hecho esperar.
Hay quienes la consideran lógica, ante la falta de señales claras de la subversión de voluntad de dejar las armas. Así lo expresó ante el periódico El Tiempo el ex procurador y abogado penalista Alfonso Gómez Méndez. Según él, "el hecho de que Trujillo se vaya... es un indicio de que las cosas no estaban saliendo bien". En el mismo sentido se manifestó el politólogo Rodrigo Losada, al afirmar que "el comisionado renuncia porque ya no le ve futuro al proceso de paz".
Por supuesto, no faltó quien le reprochara a Carlos Holmes Trujillo el abandonar la búsqueda de la paz por el trabajo político. En ese extremo -y también en el de un cinismo del cual ya ha dado muestras descomunales- se ubicó Francisco Galán, el dirigente del ELN que hoy se encuentra tras la rejas. Mientras las columnas del Ejército de Liberación ponían en peligro la vida de 38 niñas y herían a siete de ellas en el Hogar Infantil Santa Eufrasia, en el municipio antioqueño de La Ceja, al lanzar contra la estación de Policía una carga de cinco kilos de dinamita, el vocero del ELN envió un irónico mensaje a Trujillo en el cual le pregunta al comisionado si "prefirió las delicias de la politiquería al trabajo arduo y sacrificado en la búsqueda de la paz".
Como la inmensa mayoría de las decisiones de los hombres públicos, la partida de Trujillo fue el fruto de un detenido análisis sobre la relación costo-beneficio de quedarse. Y cómo serían de altos los costos y de bajos los beneficios, que el ex comisionado prefirió integrar una populosa dirección de nueve personas, lánguido fruto de la Convención Liberal celebrada el pasado 23 de julio, a quedarse esperando una prueba de que esta vez el diálogo sí era en serio. Aunque eso no habla muy bien de su decisión de marcharse, sí es muy elocuente sobre las implicaciones que hubiera tenido el permanecer al frente de una empresa que tenía pocas probabilidades de progresar: la paz.

EL JUEGO DE LA GUERRILLA
Y es que durante el año que ha corrido desde que el presidente Samper tomó posesión de su cargo, ni los hechos ni las palabras han sido elocuentes a la hora de medir la voluntad de la paz de la guerrilla. Aunque muchos sectores de la opinión han sostenido que la subversión nada bueno va a ofrecer en términos de paz, pocas veces había existido una evidencia tan clara de ello como la que se obtuvo con la incautación de un documento que el ELN ha hecho circular en sus filas. Se trata de una publicación clandestina que tiene como finalidad hacer claridad sobre cuáles son los objetivos del grupo subversivo en la mesa de negociaciones.
En el documento, titulado 'Poder Popular y Nuevo Gobierno', el cual contiene las conclusiones del II Congreso del ELN celebrado en diciembre de 1989, la guerrilla deja muy clara su intención de propiciar la negociación únicamente como una táctica que "favorece el proceso revolucionario, sirve para conquistar legitimídad nacional e internacional, ayuda a conseguir nuevos aliados y a mejorar la correlación de fuerzas y a conseguir conquistas parciales para las organizaciones revolucionarias". Pero el escrito, fuera de decir que la negociación es la diplomacia de la guerra subversiva, y que la diplomacia no es otra cosa que parte de la guerra y una continuación de ésta, dice en letra de imprenta lo que el gobierno necesitaba saber para retirar sus generosas propuestas, algo que dejó entrever en Washington el ministro de Defensa Fernando Botero Zea al anunciar una gran ofensiva militar.
Si la anterior es la postura del ELN, el grupo que más avanzado estaba en sus negociaciones con el gobierno, por el lado de las Farc las cosas no son nada alentadoras. Las declaraciones hechas ante las autoridades por un guerrillero que se entregó hace algunos días terminaron de confirmar lo que decía el documento. Según el guerrillero, las Farc se han propuesto no repetir el error que cometieron durante el proceso de paz de Belisario Betancur, en el cual los alzados en armas habrían malgastado el tiempo en licor y mujeres. En un nuevo proceso, estarían dispuestos a incrementar el entrenamiento militar, crear nuevos contactos, reclutar personal y organizar a las masas, con el fin de que en el momento en el cual se rompan las negociaciones "por la negativa del gobierno de concederles más garantías y concesiones, haya sido suficiente el tiempo para haber ganado los espacios necesarios para iniciar una insurrección popular". En otras palabras, lo que las Farc plantean no es otra cosa que aprovechar el proceso de paz para fortalecerse y distraer la atención de su verdadera finalidad: continuar con la luchar armada.

CORTE DE CUENTAS
A pesar de semejantes evidencias, siempre habrá quienes digan que Trujillo fracasó. Pero ¿cómo culpar de fracaso a un hombre que se jugó todo su prestigio con las más generosas ofertas que gobierno alguno le haya hecho a la guerrilla desde que existen los procesos de paz, si la contraparte no responde? Es posible que a él no le haya pasado nada distinto de lo que le sucede a un médico del servicio de urgencias cuando no logra salvarle la vida a un hombre que llegó a sus manos herido de muerte. Y sea como fuere, no deja de ser un triunfo político para el establecimiento el haber dejado absolutamente claro que, esta vez, la guerrilla tampoco quería sentarse a la mesa de las negociaciones para nada distinto a robar cámara y salir, apenas el gobierno anuncia el endurecimiento, a alegar que ahora era cuando sí iban a estar dispuestos a abandonar las prácticas que todo el país les ha reprochado durante años.
Más allá de esas consideraciones, todo parece indicar que si en este episodio hay un gran ganador, ese hombre es el general Harold Bedoya Pizarro. Si bien hubo quienes creyeron que estaba torpedeando el proceso de paz del gobierno con el famoso memorando para el comandante general de las Fuerzas Militares en él cual hace apreciaciones bastante diferentes de las del gobierno sobre una eventual desmilitarización de La Uribe (Meta), lo cierto es que el tiempo terminó dándole la razón. No se trató pues de una zancadilla a las negociaciones, sino más bien un muy acertado diagnóstico hecho a tiempo. Bedoya, en este caso, fue como el médico que dijo primero que el paciente estaba desahuciado.
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