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| 8/7/2014 12:00:00 AM

¿Logrará el fin del conflicto armado?

¿Podrá Juan Manuel Santos sacar adelante de aquí a 2018 un acuerdo que ponga de verdad fin a la guerra?

El reloj de la paz está haciendo tic-tac.

A partir de su reelección, el presidente Juan Manuel Santos cuenta con un elemento a favor y dos en contra para firmar e implementar un acuerdo de paz con la guerrilla, el cual es, sin duda, el verdadero desafío de su segundo periodo.

Por una parte, dispone de un mandato, que no tenía, para negociar con las Farc y el Eln. Al fin y al cabo, ganó la elección con esa bandera. Ahora, en la medida en que la voluntad de las guerrillas se lo permita, puede pisar el acelerador hacia la concreción de un acuerdo final con ambas.

A la vez, enfrenta el doble desafío de cómo lidiar con una oposición radical y organizada en el Congreso y con siete millones de escépticos frente a lo que está haciendo en La Habana. Y negocia con dos contrapartes –las Farc y el Eln– que entre el lenguaje de la dinamita y el de la soberbia frente a las víctimas le restan públicamente al proceso un oxígeno del que cada día está más necesitado.

Así, el país está ante la paradoja de un proceso que da claras muestras de avance en la mesa de negociación (ejemplo de ello, los recientes acuerdos sobre víctimas y la decisión de abrir discusiones paralelas sobre cese al fuego y dejación de armas), mientras la percepción pública y la que transmiten los medios de comunicación es que está en un momento crítico por los atentados de la guerrilla y su obstinación en no poner la cara con humildad ante las víctimas.

En este contradictorio panorama, el presidente emprende el reto más importante de sus ocho años al timón: sacar adelante una negociación con medio país escéptico o en contra y lograr refrendarla popularmente. (Sin hablar de que implementar con éxito lo que se acuerde puede terminar siendo más difícil).

Todo esto, con un uribismo que a veces parece opuesto a la más mínima flexibilidad. Como le dijo el ex ministro Fernando Londoño en una reciente columna a Humberto de la Calle, jefe negociador del gobierno: “Siga usted seleccionando las víctimas. Pero con nosotros, no lo intente. Porque no nos da la gana. ¿Entendido?”.

Este es quizá el principal problema que enfrenta llegar a un fin negociado del conflicto en Colombia.

En términos comparativos, el proceso en La Habana va a buen ritmo. Aunque aquí se impacientan porque la negociación lleva 20 meses y no ha evacuado la mitad de la agenda (el gobierno dice que 60 por ciento; las Farc, 25), la verdad es que la recta final de la mayoría de procesos de este tipo en otras latitudes ha tomado, según el académico de la Universidad de Barcelona Vicenc Fisas, mucho más tiempo: Filipinas, 36 meses; Salvador, 60 meses; Suráfrica, 72 meses; Irlanda del Norte, 96 meses…

Pero los tiempos de Colombia y su política son otros.

Aunque en la campaña electoral el gobierno dio un timonazo y se jugó sus restos “por la paz”, el proceso ha venido perdiendo entusiasmo entre la opinión pública. Según la Gran Encuesta de Ipsos, entre septiembre de 2012 y abril de este año el pesimismo frente a la posibilidad de que se llegue a un acuerdo final y a la desmovilización de las Farc ha crecido del 41 al 63 por ciento. Otros sondeos muestran tendencias similares.

Entretanto, la perspectiva es que se negocie probablemente hasta el año entrante. Si no cambia la metodología actual, los cinco ciclos que se han anunciado para discutir el punto de víctimas llegarían hasta diciembre. Se han tomado medidas que pueden acelerar el ritmo, como hablar en paralelo del punto de fin del conflicto, que incluye el cese al fuego bilateral y la dejación de armas por parte de la guerrilla. Que las Farc, más allá de su retórica, acepten discutir este tema, es toda una muestra de que esta negociación ha avanzado como ninguna otra.

Pero, a la vez, los puntos más difíciles de la negociación están por ventilarse: cuál será el equilibrio entre justicia, verdad, reparación y garantías de no repetición para los ex combatientes y los militares y otros agentes del Estado; cómo será el proceso de desmovilización, desarme y reintegración de las Farc; quienes podrán participar en política; cómo –si finalmente acceden a acordar una agenda con el gobierno– afectará a La Habana una negociación con los elenos. Llegar a acuerdos en todo esto tomará tiempo.

En la recta final de la campaña electoral el gobierno también dio un viraje en materia de comunicación. No solo con cuñas publicitarias como las de Humberto de la Calle, sino con la realización de foros y encuentros en las regiones para explicar el proceso, se busca enfrentar el escepticismo, explicar y convencer. Pero, a medida que el tiempo pasa, la preocupación es menos si se va a llegar a un acuerdo final que si este logrará ser refrendado.

La refrendación es el gran premio de montaña de la negociación, el Alpe d’Huez de esta etapa del proceso. Y es contra ella que el reloj hace tic-tac. El tiempo de la negociación está ceñido por la camisa de fuerza del tiempo político y del escepticismo en la opinión pública.

Mucho dependerá de lo que hagan o dejen de hacer las Farc (y los elenos). Gestos convincentes de humildad frente a las víctimas y un desescalamiento de acciones que atentan contra la población civil y el medio ambiente reforzarían el vigor y la credibilidad del proceso.

Y dependerá, también, de lo que haga o deje de hacer el presidente. Tácticamente, romper su propia regla de negociar sin micrófonos y ceder a la tentación de enfrascarse en un toma y dame público con las Farc cada vez que alguna de sus acciones perturbe las aguas de la opinión puede terminar complicando las cosas. Estratégicamente, habría que preguntarse si el presidente entiende la relativa fragilidad del mandato electoral que recibió y la necesidad de buscar puentes no solo con los millones de escépticos sino con el uribismo.

En una sociedad tan polarizada como la colombiana, sacar adelante la negociación y lograr aprobarla popularmente es un desafío colosal.

Para no hablar del reto que representará, si todo eso se logra, implementar lo pactado.

En Twitter: @cortapalo
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