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| 9/28/2013 5:00:00 AM

La paz, rehén de la política

El proceso de paz pasa por su peor momento y puede naufragar si el gobierno y las Farc no impiden que la política lo capture.

Nadie, ni con bola de cristal, habría podido imaginar que, tan solo un año después de anunciar el proceso de paz con las Farc, el presidente Juan Manuel Santos estaría tan maltrecho políticamente que Andrés Pastrana, símbolo del mayor fiasco en la historia de los intentos de paz en Colombia, le estaría pidiendo renunciar a la reelección para dedicarse a salvar los diálogos de La Habana.

Eso fue lo que hizo en una carta pública el pasado jueves 26. “Ha llegado la hora de que el señor presidente-candidato, con gesto generoso y humilde, por encima de sus ambiciones políticas salve la paz que anhelamos los colombianos”, le dijo. Más allá de los motivos políticos de fondo del expresidente del Caguán, si a tan insólitos extremos se ha llegado es por una razón tan simple como difícil de manejar: las negociaciones de paz en Cuba están cada día más capturadas por la política en Colombia. 

Las que se acordó que transcurrieran como unas conversaciones estratégicas para poner fin al conflicto armado, blindadas frente a los avatares de la guerra, lejos del país y de su frenética política, son hoy la primera víctima de las tensiones de la coyuntura y los caprichos de las encuestas y sus protagonistas. Y el gobierno y la guerrilla, en teoría los encargados de que eso no ocurriera, parecen ser hoy rehenes de esa realidad. 

El martes 14, el presidente ejerció sobre las negociaciones una presión excesiva por resultados rápidos sobre el proceso de paz que no solo no los produce sino que se complica. Y las Farc, irritadas por lo que consideran imposiciones unilaterales de la contraparte, lucieron tan decididas a aprovechar el desgaste de Santos como miopes a los costos que acarrea la lánguida marcha de las conversaciones y su falta de resultados ostensibles desde que se firmó el acuerdo sobre el tema rural, hace ya más de cuatro meses.

Para la muestra, el enfrentamiento que tiene en vilo el decimoquinto ciclo de conversaciones, que comienza el jueves 3 de octubre. 

El presidente Juan Manuel Santos hizo una defensa del proceso de paz ante la Asamblea General de la ONU, e intimó a las Farc: “Llegó la hora de las decisiones”, les dijo. El 25, Timochenko resolvió contestar con una carta en la que rechazó las presiones de tiempo, criticó como “imposiciones unilaterales” del gobierno el Marco Jurídico para la Paz y el proyecto de ley para hacer referendos sobre los acuerdos simultáneamente con las elecciones y anunció: “Ante tan grande ofensiva discursiva y mediática y lo que sucede en la Mesa, con el exclusivo propósito de que el país y el mundo conozcan en verdad lo que ocurre, he decidido autorizar a nuestros voceros en La Habana la elaboración de un informe al pueblo colombiano”. 

Al día siguiente, Humberto de la Calle, jefe negociador del gobierno, le recordó al máximo jefe de las Farc el pacto de confidencialidad que rodea las deliberaciones y los acuerdos en la Mesa, dijo que el gobierno no acepta “amenazas de ninguna clase” y declaró “francamente incomprensible”que la guerrilla respondiera así una intervención en la que el presidente defendió ante la comunidad internacional el derecho de los colombianos a buscar su camino hacia la paz.  Más tarde, Timochenko, en una telegráfica “adenda” a su carta, insistió en que, así como el presidente “ha hecho referencia a los avances logrados” en la Mesa, las Farc pueden hacerlo sin romper el acuerdo de confidencialidad. 

El expresidente Uribe no tardó en aprovechar el anuncio del jefe de las Farc: “¿Por qué el gobierno no revela los secretos de Cuba y evita el chantaje terrorista que lo presenta como cómplice?”, trinó.
En este enrarecido ambiente, con las partes ventilando en los micrófonos lo que habían prometido mantener a puerta cerrada, se retoman los diálogos. 

Ya Timochenko, en dos ocasiones, ha hecho infidencias: hace un mes dijo que se discutió con el gobierno la posibilidad de un ‘Congresito’, y en su carta del miércoles reveló que, aunque los dos enviados oficiales a la primera reunión con las Farc no habrían sido los acordados, estas los aceptaron. Que la guerrilla decida hacer públicas intimidades del proceso podría ser todo un florero de Llorente –si se concreta, pues, pese al anuncio de Timochenko–, está por verse qué documento terminan haciendo las Farc.

Sin embargo, este tire y afloje en torno a la confidencialidad no es sino el reflejo de las tensiones de fondo que están cubriendo de nubarrones negros el cielo sobre La Habana.

Al presidente Santos, que ha sido golpeado en su popularidad, la paz se le presenta como un salvavidas. Siempre que puede, como lo hizo en la ONU, insiste en que el tiempo apremia y él y sus voceros conminan a las Farc a avanzar más rápido, como lo hizo De la Calle al término de la pasada ronda de conversaciones. 

No obstante, si bien el proceso en Cuba marcha lánguidamente hace unos meses, no necesariamente un exceso de presión dará resultados. Por el contrario, puede empeorar una ya tensa situación. Para la muestra, el proyecto de ley del referendo. Más allá de su conveniencia, lleva implícito un apretado calendario: para que la consulta coincida con las elecciones de marzo o mayo próximos, un acuerdo final debería estar listo a más tardar en enero o febrero. De ahí la indignada reacción de las Farc, que sintieron que el gobierno les forzaba unilateralmente los plazos. 

Las Farc, por su parte, quizá envalentonadas con la movilización agraria y con el desgaste político del presidente, parecen estar tensando la cuerda para ver hasta dónde estira. La última carta de Timochenko recuerda el duro discurso de Iván Márquez en Oslo. 

Los avatares de la política parecen estar determinando en buena medida la conducta de las partes en La Habana. Y, si bien es obvio que la tengan en cuenta, sería un error fatal que dejen a la política apoderarse del proceso, como está ocurriendo. Si las Farc y el gobierno no logran poner sus negociaciones por encima de los vaivenes de la coyuntura, los datos de las encuestas y los comentarios de la prensa –por encima de “la retórica y el ruido político”, como dijo Fabrizio Hoschild, de la ONU–, el proceso corre serio peligro.

La gran paradoja es que lo que está en juego no solo es la última oportunidad de una paz negociada en muchos años, sino un proceso que ya produjo un acuerdo histórico en torno al campo, origen y motor del conflicto. Dos razones para pensarlo dos veces antes de arrojarlo al oleaje de la política.
Hace poco Antanas Mockus dijo en Londres, hablando del ritmo del proceso: “Tanto la lentitud como la prisa traen riesgos”. 

Ni tan rápido como le dictan al gobierno sus urgencias políticas ni tan pausada y retóricamente como preferirían las Farc, lo único que puede salvarlo son acuerdos tangibles. Solo eso, y no la guerra en los micrófonos, convencería a los colombianos, ya bastante escépticos, de que, así el proceso no cumpla con el plazo poco realista de tener un acuerdo final para noviembre o diciembre, hacia allá va. 
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