Miércoles, 22 de octubre de 2014

| 2013/03/23 08:00

La primera noche de Manuelita y Bolívar

Apartes de la nueva novela de Mauricio Vargas, ‘Ahí le dejo la gloria’, sobre la entrevista de Bolívar y San Martín en Guayaquil, que incluye el primer encuentro íntimo del Libertador y su amante, en la hacienda de ella, al sur de Quito en 1822.

Esta es la segunda novela histórica de Mauricio Vargas. En la anterior analizó el asesinato del mariscal Sucre . Foto: Juan Carlos Sierra / Semana

–El resto lo ponen ustedes.

El hilo blanco de su sonrisa brilló entre los labios gruesos de Jonathás al pronunciar la frase. Manuela sintió en su pecho el sacudón de la inminente carcajada, pero se aguantó las ganas para medir la reacción del hombre que estaba a punto de convertir en su amante. Cerró la puerta, pasó la tranca, giró el cuerpo de un salto y se lo quedó mirando. El Libertador Simón Bolívar también sonreía por la ocurrencia de la negra, mientras daba un vistazo a la sobria habitación: apenas un camastro cubierto con un poncho, una butaca contra la pared lateral y una mesa de madera que alojaba una palangana y una jarra, del lado de la pequeña ventana. El aya de Manuela tenía razón.

Pero para ellos, que masticaban la desesperación por encontrarse a solas desde que se vieron a los ojos por primera vez cuando Manuela, sonriente y pícara en el balcón de la casa de su familia paterna, justo a la entrada de la plaza de San Francisco de Quito, le lanzó una corona de hojas de laurel, era más que suficiente. Se habían visto esa noche en el baile que siguió a la entrada triunfal del Libertador. Si mis soldados tuvieran la mitad de su puntería, le había dicho Bolívar, asombrado aún por la forma como la corona lanzada por Manuela había quedado ensartada en el borrén de la montura después de rebotar en su pechera. Desde esa noche habían pasado horas enteras juntos, pero casi nunca a solas, porque los homenajes al caraqueño no cesaban, ni las visitas de las comisiones de distintas regiones con sus interminables petitorios, ni el general Antonio José de Sucre, que había aniquilado a las tropas realistas en las faldas del volcán Guagua Pichincha el 24 de mayo de 1822, tres semanas atrás, le daba tregua con consultas, reuniones y decretos, que estas tierras, general, necesitan desesperadamente ser gobernadas. 

Ahora que habían podido escapar a Catahuango estaban por fin a solas, aunque fuera en la fría habitación al final del corredor, que ni los huéspedes menos deseados habían pisado. Es la única, mi niña, le dijo Jonathás, donde pueden pasar la noche, que así de venida a menos estaba la casona de la hacienda familiar al sur de Quito, a donde doña María de Aispuru había ido a parar un cuarto de siglo atrás, para esconder su embarazo de soltera de las miradas entrometidas y las lenguas viperinas de la capital. Cuando Manuela nació, el 27 de diciembre de 1797, don Simón Sáenz de Vergara y Yedra, castellano de Burgos que de nada se privaba, gracias no solo a sus títulos de aristócrata sino a la fortuna que le dejaba, entre otros negocios, el monopolio de exportación de textiles y prendas de lana hacia la Nueva Granada, no dudó en reconocerla y en darle su apellido, ni años después, cuando doña María murió, en llevarla a su casa de familia. Doña Juana del Campo y Larrahondo, su esposa, hizo a un lado las prevenciones de su severa crianza con las monjas de Popayán, que si el Señor había dispuesto regalarle esa hija, bien valía la pena pasar por alto los comadreos —la muchacha es un encanto, decían, como buena bastardita—, hacer la vista gorda a la imprudencia de don Simón y disfrutar a la joven, despierta e inteligente, que le había caído del cielo.

(…)

Una tarde, disfrazada de fraile, Manuela se piró del convento y cabalgó hacia el norte, donde D’Elhuyar la esperaba en las caballerizas de una hacienda requisada por los realistas a uno de los líderes patriotas. Manuela estaba tan enamorada que pasó por encima de sus prevenciones contra los chapetones, entre otras cosas porque D’Elhuyar tuvo la habilidad de mostrarse siempre crítico de Montes y de Sámano, y solía contarle las historias menos santas de Fernando VII y de su retorno no sólo al trono sino a las sábanas calientes del colorido local de la Malagueña, en pleno corazón de Madrid, desde donde gobernaba días enteros, que así, mi hermosa señorita, es muy difícil mantener viva la llama de la lealtad a la corona. 

(…)

Manuela y D’Elhuyar pasaron la primera noche tras la fuga del convento refugiados en las caballerizas, donde ella se le entregó sin miramientos, acostada sobre el suelo duro del establo, con la túnica blanca de dominico que le había servido como disfraz haciendo las veces de cama, que al fin y al cabo esas sotanas conocían del asunto. D’Elhuyar, que no había parado de hablar sobre las virtudes del tungsteno, un día, preciosa mía, en unos años, ya no harán falta las velas, se quedó mudo cuando Manuela lo obligó a quitarse la casaca azul, le abrió los botones bajos de la chupa y le metió la mano por la parte delantera del calzón blanco para pasarle revista. 

—Nunca había tocado una —dijo Manuela, que quería saber si era cierto que se ponía tan grande y tan dura como le había explicado Jonathás.

—¿Y? —preguntó, osado, D’Elhuyar.

—No está mal, aunque usted entenderá que carezco de punto de comparación.

El oficial levantó la pollera que Manuela llevaba bajo la túnica y trató de bajarle la bombacha andaluza mientras él mismo se apuraba en deslizar sus pantalones hasta las rodillas, pero ella lo detuvo. Mejor sin ropa, es así como debe ser. D’Elhuyar se vio de pronto desarmado ante la piel blanca tachonada de rosa, que doblaba como seda cada curva del cuerpo en primavera de Manuela, y ante los largos mechones negros y los ojos café oscuro que hacían más luminosa su tez. 

—Me vas a matar —le dijo, emocionado y en tuteo, mientras se esforzaba en desflorarla.

—Me va a matar usted a mí si no logra humedecerme un poco —le contestó Manuela, que algo había aprendido de Jonathás y sus aventuras nocturnas con el peón que alimentaba las bestias en Catahuango.

Después de pasarse la mano por la lengua y de llevarla, con la palma abierta y los dedos juntos, a la entrepierna de Manuela, inició un segundo asalto con el camino un poco más allanado, gracias, aunque él no tenía cómo saberlo, al aya negra de Manuela. Una vez adentro, D’Elhuyar se sacudió como pudo, dominado por ansiedades que ya no era capaz de controlar, y se descargó dentro de la joven, estremecida por la doble sensación de que el momento era irrepetible y de que cuando lo repitiera, ya sin la virginidad a cuestas, tenía que parecerse mucho más al testimonio de maravillas que le había escuchado a Jonathás.

Con los días se le fue pareciendo. El oficial ganó control de sus impulsos y Manuela se deleitó en jugar hasta descubrir un temblor que se le antojaba parecido a la descripción de la negra. Vagaron algunos días entre fincas abandonadas y refugios asegurados por un lugarteniente de D’Elhuyar, pero antes de un mes, las tropas realistas, las monjas y don Simón los acosaban. El oficial terminó por rendirse y dejar a Manuela, entre llantos y promesas de un regreso imposible, a las puertas de la casa de los Sáenz en Quito, una madrugada fría en que el rocío cortaba las mejillas de la fugitiva, con filosas escisiones que le rajaban el alma. 

(…)

Bolívar escuchaba en silencio, extasiado y divertido, la narración de Manuela sobre sus aventuras en Lima, que debo decirle, señora, es mil veces más detallada y, sobre todo, un millón de veces más agradable que los informes de mis diplomáticos y agentes. Pero la fascinación que le producían los condimentos que la quiteña le ponía de a pizcas al relato no conseguía que el caraqueño dejara de lado la intriga que le corroía el alma por conocer el verdadero papel que ella había desempeñado en la seducción de los realistas para sacarles información, y en la de los oficiales del Numancia para pasarlos al bando patriota. Durante aquellos días de conquista, entre bailes y visitas en la Quito recién liberada, el general caribeño volvió sobre el tema varias veces.

—Permítame dejarle en claro —le respondió por fin Manuela, en un arrebato de molestia— que como buena patriota he cumplido con mis deberes, pero usted se extralimita en los suyos con tanta preguntadera.

Bolívar había dejado el asunto de lado pero lo mantenía en el cajón de los pendientes. En Catahuango hizo un último intento por indagar, cuando se les agotaba la tarde en que él y Manuela pusieron el resto en la sobria habitación de la hacienda que Jonathás les había preparado para su primera ocasión. Tras varios días de espera en un Quito asfixiante que apenas les permitía comerse con las miradas, el Libertador y su nueva conquista habían podido por fin enfrentar su destino. Ella se desnudó por completo, como había aprendido a hacerlo desde los días y noches con D’Elhuyar, pero el general apenas se quitó el sombrero, el poncho y la chupa, y se bajó los pantalones, para echarse luego encima de ella con las botas todavía calzadas. Minutos después y terminada la escaramuza, aterida por los sablazos de frío que se colaban por debajo de las hojas de la puerta del cuarto, ella le pidió a Bolívar que la cobijara con el poncho. El Libertador se levantó de un salto, cubrió la rosada desnudez de Manuela y, después de ponerse la chupa, se sentó al borde de la cama. Le pareció un buen momento para volver con su interrogatorio.

—Entonces —desde ese momento la iba a tutear—, ahora sí puedes contarme más de tus patrióticas misiones en Lima…

—Señor mío, usted tiene que esforzarse en dos cosas para que yo siga dispuesta a jugarme mi matrimonio en esta cama —le respondió ella—. La primera es preguntar menos. Y la segunda, desempeñarse en el amor sin tantas prisas.

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