Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2007/06/23 00:00

La procesión de un padre

Esta es la historia de la travesía libertaria de Gustavo Moncayo, a quien hace 10 años le secuestraron su hijo en Patascoy. SEMANA lo acompañó en algunas jornadas.

La procesión de un padre

Gustavo Moncayo escribe un diario desde hace casi 10 años. Su texto está en docenas de servilletas y papeles que guarda para mostrarle a su hijo Pablo Emilio, cuando regrese de su largo cautiverio, todos los esfuerzos que hizo para sacarlo de la selva. Para que sepa que nunca lo abandonó. Por estos días, el 'Profe', como llaman a este nariñense de 55 años, docente de ciencias sociales, está llenando más 'páginas'con una nueva lucha. Se propuso caminar desde Nariño hasta Bogotá, con las manos encadenadas, una camiseta con la foto de su hijo, y una mochila al hombro, para recoger firmas por el acuerdo humanitario. Espera que así Pablo, secuestrado el 21 de diciembre de 1997 por las Farc en la toma de Patascoy, no pase otra Navidad lejos de su familia.

En Panoya, a unos 160 kilómetros de Sandoná, desde donde comenzó su recorrido, para mayor simbolismo el día del padre, lo sorprende la hora del almuerzo. En una mesa de un restaurante de carretera escribe, en uno de sus papelitos, una lista de nombres: "Es para que no se me olviden las personas que están en la misma situación que mi hijo, esas que nunca se mencionan", dice a SEMANA. Justo entonces, el noticiero informa sobre su viaje en la televisión. Gustavo se ha convertido en una celebridad, en una especie de Forrest Gump criollo que ha captado la atención hasta de los medios internacionales. Su celular vuelve a sonar, como cada cinco minutos. Es una periodista de una cadena holandesa que quiere invitarlo a su país para que relate su experiencia. No importa dónde termine su viaje. Gustavo ya ha logrado que el mundo lo oiga.

Yuri Tatiana, su hija de 20 años, se emociona al verse en la pantalla. Ella ha decidido acompañarlo en su odisea, pero las ampollas de sus pies dan las primeras señales de cansancio. Su mamá, Estella Cabrera, la llama permanentemente desde Sandoná, preocupada, pues no cree que sirva de algo hacer público el dolor. "Desde que a Pablo se lo llevaron, mi papá ha tratado de mostrarle al mundo su sufrimiento, mientras mi mamá lo canaliza trabajando en exceso", cuenta Yuri, quien agrega con su buen humor: "Cuando me ve en la tele, me pregunta que por qué me maquillo tan raro los labios, y yo le digo que es que están quemados por el frío y el sol".

Ella dice que sigue a su papá para cuidar que no haga alguna locura pues, según dice, él se ha convertido en un "rebelde". Describe así la desesperación que hace que Gustavo asegure estar dispuesto a crucificarse, con clavos y todo, en Cali o en Bogotá, pues ya no sabe qué más hacer para que su hijo vuelva. En 1999 se tomó, con 200 personas más, el Ministerio del Interior para exigir razón de sus familiares secuestrados. Un año después, en una iglesia de Cali durante la Semana Santa, se amarró a una cruz. Y el 20 de octubre de 2006 se encadenó las muñecas y el cuello cuando, a raíz de la bomba que explotó en la Universidad Militar Nueva Granada, el presidente Álvaro Uribe puso fin a los pocos avances hacia un intercambio humanitario.

Los comensales de una mesa vecina lo reconocen y le piden tomarse una foto con él para colgarla en Internet y hacer una cadena de ayuda. Después de firmar para unirse a la causa, invitan a los Moncayo a una gaseosa y le ofrecen dinero para el recorrido. Son una muestra más de la solidaridad que ellos han encontrado a lo largo de las carreteras de Nariño y Cauca. Les gritan vivas a la libertad, las mulas les pitan, una palmireña llama llorando por teléfono y les pide que se queden en su casa, otros le brindan un jugo o una estampita del Señor de los Milagros, y algunos conductores les ofrecen llevarlos a cubierto del sol inclemente. En Cacía, unas septuagenarias se suman a la marcha por algunos kilómetros: "Como madres sentimos su dolor", dice doña Gilma Trujillo, de 77 años.

Una tarde uno de los pocos carros que transitan por la vía Panamericana se detiene. Su conductor quería encontrárselo para decirle que un pariente suyo, que fue compañero de cautiverio de su hijo, fue liberado en 2001 pero no ha podido adaptarse. El 'Profe', emocionado, le dice que proyecta crear un centro donde esas personas se reúnan para recibir apoyo y para que charlen y así, poco a poco, se liberen de sus recuerdos. "De esta manera, cuando Pablo regrese no se sentirá tan extraño, pues estará entre viejos amigos", dice.

Porque son muchos los cambios desde cuando su hijo fue secuestrado. A los 18 años, aunque quería estudiar ingeniería electrónica, Pablo hizo curso de suboficial. "Yo estaba haciendo un posgrado en historia y pensé que mientras terminaba y conseguía el dinero, el Ejército sería una buena opción para mi hijo, se lamenta Gustavo. Era muy niño, era consentido. Aun con su uniforme le gustaba jugar canicas". Meses después lo enviaron a manejar las comunicaciones en Patascoy. La última vez que hablaron, a principios de diciembre de 1997, había crecido. Les contó que anhelaba pasar las fiestas con ellos, pero que su equipo lo necesitaba porque se esperaba un ataque en una base. "La bendición, mamá y papá. No se preocupen, que así esté comiendo mierda, me río... como las hienas", se despidió. No lo han vuelto a oír en libertad.

Quiso transmitirles la misma fortaleza cuando logró mandar su primera prueba de supervivencia, una carta de marzo de 1998: "Que la felicidad los atropelle... Extraño las coca colas heladas, las cosas de la casa, mis amigos, amigas (noviasssss) parientes, primos, tíos, gatos, perros... en fin (si se queda algo por recordar, acuérdenme al volver). Creo que he pasado más aventuras que Indiana Jones".

Gustavo también está viviendo aventuras en su recorrido quijotesco, con la cordillera Central de fondo. Su optimismo recuerda esas líneas de su hijo. Aun así, no deja de pensar en lo que Pablo se ha perdido: las nuevas canas de su papá, el nacimiento de su sobrino, el de su hermanita, que ya tiene 3 años, el cambio de casa... Yuri cuenta que en la última prueba de supervivencia, un video recibido en abril de 2003, casi no reconoció a su hermano. "Temo que cuando vuelva seremos unos desconocidos". Y Gustavo remata: "Se le están pasando sus mejores años en la selva".

La soledad de muchos de los tramos de la carretera, y la miseria que encuentra en sus márgenes, le hace pensar en el olvido en que está su hijo. Lo invade la impotencia, una sensación que no es nueva para él. La sintió en 2001 cuando las Farc liberaron a los militares de Patascoy, pero exceptuaron a Pablo y a José Libio Martínez por ser suboficiales. Los familiares abrazaban a los recién liberados, pero Gustavo tuvo que consolarse con una hamaca tejida por su hijo, una carta y la cuchara con la que comía. La sintió cuando se acabó la zona de distensión. Allí había viajado, tras empeñarlo todo, 16 veces. Dormía en el suelo con su esposa y alguna vez sólo pudieron comer un huevo al día. Y también lo invadió la impotencia al ser estafado por alguien que se hizo pasar por guerrillero y lo robó con la promesa de lograr que liberaran a Pablo.

Pese a que su viaje ha causado revuelo, Gustavo teme lo de siempre: "En Colombia sufrimos de amnesia. Hoy escuchamos una noticia y mañana ni nos acordamos", dice. Por eso insiste en seguir, aunque en El Bordo, Cauca, un chequeo le revela que sus pies están lastimados, y Yuri, deshidratada. Insiste quizá porque la esperanza y el optimismo han sido sus aliados desde cuando se enteró de la toma. "Mientras los vecinos estaban abriendo espacio en mi casa para el ataúd, yo esperaba a Pablo", recuerda. O quizá porque hizo suyas las palabras de su hijo: "Así esté comiendo mierda, me río... como las hienas".

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.