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| 3/1/2002 12:00:00 AM

La pugna por el Congreso

Mucha maquinaria, mucho dinero y una creciente franja de opinión es la receta que se repetirá el próximo domingo en los comicios de Congreso.

Para los votantes las elecciones a presidente siempre tienen más sex appeal que las de Cámara y Senado. Es una situación que se repite en cada elección. Para la muestra están los más recientes resultados de La Gran Encuesta de El Tiempo, RCN Radio, RCN Televisión y SEMANA que revelan que mientras 20 por ciento de los entrevistados no votará para la primera vuelta presidencial 36 por ciento no lo hará para Congreso.

Esto no es ninguna sorpresa si se tiene en cuenta que los congresistas, con contadas excepciones, son percibidos como el símbolo más tangible de la corrupción política. La clase política es acusada, no sin razón, por la mayoría de los colombianos de enriquecerse en el Congreso sin ayudar a sus electores a mejorar sus condiciones de vida. Para casi el 80 por ciento de los encuestados el Congreso actual aporta poco o nada al país. En un sistema de presidente fuerte y partidos débiles como el colombiano las expectativas se centran en las grandes ligas de la primera vuelta presidencial.

Sin embargo este resultado tiene otra cara. Hace un mes los abstencionistas para las parlamentarias llegaban a la mitad de los colombianos en edad de votar. Mientras los indecisos se mantuvieron constantes, 15 por ciento tomó la decisión de ir a las urnas el próximo 10 de marzo para elegir 265 congresistas, 102 de Senado y 163 de Cámara. ¿Por qué el nuevo interés en elegir una corporación pública cuya imagen desfavorable ante la opinión alcanza 55 por ciento y sólo es superada por un gobierno de salida y los grupos armados al margen de la ley?

La coyuntura nacional es la primera clave para entender el crecimiento del número de personas decididas a votar este domingo. Frente al rompimiento del proceso de paz, la entrada de las Fuerzas Armadas al Caguán y la escalada de ataques guerrilleros los colombianos respondieron con una mezcla de sentimientos de miedo a la violencia y de confianza en las instituciones del Estado. El Congreso de la República es un ejemplo de esa institucionalidad que pide apoyo y qué mejor oportunidad de respaldarlo que votar en masa. Además el elector siente que este es un momento crucial e histórico para el futuro de Colombia y que su decisión de votar por uno u otro candidato no sólo será importante sino decisiva en marcar el camino que debe tomar el país para resolver esta situación tan crítica.

La segunda razón que podría explicar el reciente interés en las elecciones de Congreso es mucho más terrenal. Simplemente el grueso de los candidatos gastan la mayoría de sus recursos económicos y políticos durante los 45 días anteriores al día de elecciones. Un informe de la revista Dinero calcula en 400.000 millones de pesos los recursos que los más de 1.300 candidatos al Congreso le inyectarán a la economía nacional en esta época electoral. Ante las constantes denuncias de violación de los topes de financiación del Consejo Nacional Electoral y las prácticas clientelistas de compra de votos, puestos burocráticos y contratos con el Estado se calcula que el monto total será mucho mayor. Entre los mismos aspirantes se estima que hay políticos que están gastando entre 300 y 2.000 millones de pesos, sumas verdaderamente exorbitantes en momentos de crisis económica como la actual y ante las perspectivas de revocatoria que está proponiendo la campaña de Alvaro Uribe Vélez.

En estas elecciones están gastando plata los políticos que deben ‘aceitar’ la maquinaria, los novatos que necesitan hacerse conocer a punta de publicidad y los que han vivido de la opinión para que la gente no los olvide. Queda la duda sobre cómo recuperarán esa inversión y si tendrán que pagar los inevitables compromisos adquiridos después de tener la curul en el bolsillo.

La clientela

La plata es importante pero no lo es todo. Más crucial ha sido en Colombia la habilidad de los políticos de reproducir su poder a través del trabajo con sus clientelas. Estas pueden estar concentradas en un conjunto de municipios medianos, agrupados en una misma región, o en sectores sociales como el de los pensionados, los maestros o las madres comunitarias, o en barrios de las ciudades, como Bosa en Bogotá o Aguablanca en Cali, por ejemplo.

Cada grupo de adeptos, cada seguidor, se conquista y se mantiene de manera diferente. Tres escenas reflejan cómo funcionan hoy las campañas típicas en Bogotá y muestran que en el trabajo político con la gente del común hay tanto de blanco como de negro:

* Antonio es un desempleado de 48 años que pasó todo un día de febrero visitando sedes de campañas al Senado y a la Cámara. De dos a tres horas hizo antesala hasta que, al final de la tarde, logró entrar a la oficina de un candidato a congresista. En seguida sacó un recibo de luz atrasado por 15.000 pesos y una lista manuscrita de unas 100 personas con sus números de cédula.

Pidió plata para pagar el recibo y le ofreció los votos de la lista. El político le rodeó la espalda con el brazo y amablemente lo sacó de la oficina. “En estos últimos días no se imagina la cantidad de oportunistas y aprovechados que vienen a pedir de todo, dice el candidato. Uno me pidió una vez que quería ser cantante y que le grabara un disco”. No sólo personas como Antonio piden cosas a los políticos, hay líderes barriales y presidentes de juntas de acción comunal que intercambian votos por las más variadas exigencias.

* Carlos es uno de los vecinos más reconocidos de un barrio del suroccidente de la capital. Cuando hay problemas de servicios públicos él va hasta el centro, hace la fila y gestiona las quejas de sus vecinos. Además tramita ante las entidades del Estado la construcción de parques, la pavimentación de vías, la legalización de manzanas y los cupos de los colegios. Tiene una preocupación en mente: mejorar el salón comunal.

“Nos hacen falta sillas y también el sonido, dice. No quiero nada para mí, sólo que terminemos de construir bien el salón comunal porque ese será nuestro Country Club”. A Carlos lo contactaron unos ediles de su localidad y lo invitaron a trabajar para un concejal en las elecciones de octubre pasado. El concejal salió elegido y ahora apoya a un candidato al Senado del sur del país y a uno a la Cámara por la capital. La esperanza de Carlos es que, si sus candidatos salen al Congreso, su salón comunal podrá tener computador, 100 sillas Rimax y un mejor sistema de perifoneo, así como varios puestos públicos para sus amigos.

“Uno ayuda a la comunidad porque es persona seria pero el ‘oxígeno’ ayuda con la gente”, cuenta Carlos. El ‘oxígeno’ del que habla es el dinero en efectivo que le darán sus candidatos al Congreso para asegurar que lleve a sus vecinos a votar por ellos. El caso de Carlos no es aislado. En Bogotá muchos ediles están hablando por estos días del ‘oxígeno’ y cuentan que, en promedio, las campañas de los congresistas que quieren pescar votos en la capital han montado unas ‘nóminas’ pagadas de su bolsillo con sueldos que van desde los 150.000 pesos hasta los dos o tres millones mensuales. Si el aspirante a curul de congresista tiene contactos o acciones con una empresa privada los puestos temporales que ofrecerá serán en la construcción y como vigilantes. Los beneficiados saben que sus trabajos de ‘supernumerarios’ apenas durarán hasta las elecciones, pero de todas maneras los toman porque el desempleo apremia y más vale tener ingresos por un mes que nada.

Carlos es parte de todo un esquema de líder barrial a junta de acción comunal; de ahí a edil y luego a concejal; y de concejal a congresista. Así se va construyendo la pirámide clientelista que aún sigue respondiendo por el 80 por ciento de las curules del Senado y por más del 95 por ciento de las de la Cámara de Representantes. A pesar de las reformas introducidas en la Constitución de 1991 y los avances que capitales como Bogotá han tenido en elegir a sus alcaldes la mayoría de políticos de los cuerpos colegiados se reproducen de la manera más tradicional.

El caso de Andrea es distinto. Acaba de graduarse de una universidad privada y, luego de asistir a una reunión en casa de unos amigos, terminó ayudando a una campaña a la Cámara. Ha repartido volantes en la universidad, ha pegado calcomanías del candidato en su carro y lo ha acompañado los fines de semana en su caravana proselitista. “Esto es una experiencia inolvidable; si quedamos sólo pido que podamos hacer algo para mejorar el país”.

Así es como se trabajan unas elecciones. Y no es una práctica exclusiva entre los sectores populares. “El clientelismo de estrato 1 pide agua y luz; el de 3 un puesto; y el de 6 un contrato. Mientras eso siga esto no va a cambiar”, concluye un candidato. Pero para cambiar se requeriría que muchos más ciudadanos, que no dependen ni de salones, ni de puestos, ni de contratos, empiecen a participar en las elecciones de Congreso. Ese votante de opinión es minoritario a la hora de los sufragios y también su nicho.

La opinion

Aunque las ‘microempresas electorales’ se hayan adaptado a las leyes electorales y sigan reproduciéndose en las elecciones, en las grandes ciudades el voto de ‘opinión’ sigue siendo importante para definir entre 10 y 15 curules al Senado. La Gran Encuesta revela que tres cuartas partes de los electores nacionales definen su voto de una manera más cercana a la opinión que al clientelismo o la identificación con el partido. Si esto es así, ¿por qué el 25 por ciento de maquinaria o de partidismo eligen más que el 75 por ciento que escoge por opinión?

Dado el inmanejable número de listas la opinión se dispersa y muchos votos se pierden. De ahí que vale la pena que los electores conozcan a algunos aspirantes que tienen una trayectoria qué mostrar y posibilidades de llegar. Entre ellos hay algunos congresistas que combinan el trabajo político de base con un reconocimiento importante ante la opinión, como Juan Martín Caicedo, Germán Vargas Lleras, Claudia Blum y Rodrigo Rivera. También están representantes a la Cámara como Armando Benedetti y Rafael Amador.

De otra parte, están los que dependen en su totalidad de los electores de opinión. Entre los que repiten y han tenido un buen desempeño en el Congreso están Rafael Orduz y Antonio Navarro, que aspiran a ser senadores. Germán Navas y Gustavo Petro, que quieren repetir en Cámara. Y están los nuevos de todas las tendencias políticas. Para el Senado aspiran Luis Alfredo Ramos, ex alcalde exitoso de Medellín; Carlos Gaviria, ex magistrado de la Corte Constitucional que se destacó por su posición independiente y libertaria; Rafael Pardo, ex ministro de Defensa y ex negociador de paz; Gloria Cuartas, ex alcaldesa de Apartadó, y Carlos Medellín, ex ministro, hijo del magistrado que fue inmolado en el Palacio de Justicia. Aspirando a la Cámara por Bogotá están Poncho Rentería, quien ha prometido fiscalizar a los congresistas; Luis Fernando Ramírez, por el Partido Visionario de Mockus y gestor de acción comunal en su primer gobierno; Gina Parody, una joven uribista; Camilo Romero, del Movimiento Tienen Huevo, que es una propuesta irreverente de cambio en la política; Carlos Londoño, quien se ha posicionado con las impactantes vallas del ‘Mono Jojoy’; Alvaro Soto, el descubridor de Ciudad Perdida, y Lucía Tarazona, experta en educación.

Mucha gente se preguntará qué ha pasado con los candidatos de opinión que eligió hace cuatro años con cientos de miles de votos. En algunos casos han seguido su carrera política, pero en otros simplemente se dispersaron o descubrieron que la política no era su vocación.

Los ‘fenómenos’ de opinión son como burbujas en el aire. Responden más a opciones emocionales de la coyuntura que a una organización política que tiene un electorado cautivo. “El voto de opinión va a figuras públicas que no le tienen que responder a nadie. Son votos a individuos y no a organizaciones que representen intereses colectivos”, afirma el investigador John Sudarsky.

Con todo y sus limitaciones los candidatos de opinión pueden representar un rechazo a las prácticas clientelistas tradicionales o corruptas y la utilización de las necesidades de la gente para obtener poder. No obstante el desafío que tienen es traducir ese mandato en trabajos parlamentarios serios y comenzar a construir opciones políticas de largo plazo.



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