Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2001/09/24 00:00

La quimioterapia

SEMANA visitó en Nariño zonas fumigadas con glifosato. Allí se ve que el remedio tiene efectos secundarios tan graves como el cáncer que quiere detener.

La quimioterapia

La fumigacion es muy similar a la acción de arar la tierra. En el aire las avionetas Turbo Thrush van y vienen. Trazan líneas paralelas, separadas 52 metros una de otra, a lo largo de las cuales, en ciertas coordenadas previamente seleccionadas, los pilotos abren y cierran las boquillas para que el glifosato caiga sobre los cultivos de coca o amapola. La lluvia química cae con rapidez sobre los cultivos ilícitos. El secreto para que esto ocurra está en la composición de la mezcla.

Las gotas de glifosato son grandes y redondas. Cuando se les agregan dos sustancias conocidas con el nombre genérico de surfactantes, que permiten una mayor adherencia del producto a las plantas, las gotas se vuelven oblongas. “El surfactante encapsula la gota, le da más peso, más velocidad, más precisión”, dice Luis Parra, un experto en el tema contactado por la embajada de Estados Unidos para hablar con los medios de comunicación. Luego, cuando el glifosato alcanza su objetivo, comienza su proceso de destrucción. Según Parra, “entra a la planta a través de la cutícula de las hojas y viaja por el floema, el sistema circulatorio de los vegetales, y se localiza en todos los puntos de crecimiento y empieza un proceso de muerte descendente”.

Los resultados de la operación no tardan en hacerse visibles pues la efectividad del Roundup Ultra, nombre comercial del producto con el que se fumiga, es de entre 91 y 94 por ciento. Los cultivos se secan sin remedio. Ningún vegetal, a excepción de las especies leñosas, que necesitarían una dosis mayor, está a salvo de este herbicida, el más famoso del mundo por cuenta de su comercialización en 130 países. De esto pueden dar fe los campesinos de Bolívar, Norte de Santander, Tolima, Huila, Caquetá, Cauca, Nariño y Putumayo. También las numerosas delegaciones internacionales que han visitado algunas de estas zonas para observar en el terreno los efectos de la fumigación. Lo que estos visitantes querían saber es: ¿por qué razón son rociados cultivos diferentes a los ilícitos? ¿Qué secuelas reales tienen para el medio ambiente y la salud humana la fórmula que se usa contra los sembrados de coca y amapola en Colombia? Las respuestas van a definir en gran parte si se aprueba y de qué manera la ayuda estadounidense para la nueva versión del Plan Colombia —Iniciativa Andina Antidrogas— en el Senado de ese país a comienzos de septiembre.



De arriba y de abajo

El pasado 16 de agosto Rand Beers, secretario de Estado adjunto para Asuntos Internacionales de Narcóticos y Aplicación de la Ley de Estados Unidos, defendió con vehemencia el programa de fumigación y dijo que no había pruebas concluyentes de que el glifosato era la causa de los problemas de salud de los campesinos colombianos. Dijo que él había sido bañado con este producto durante una visita a Colombia, que no le había pasado nada y que estaba dispuesto a repetir la experiencia para demostrarles a los incrédulos que el herbicida no es tóxico en las dosis en que es regado en el país. Según el experto Luis Parra, si una persona queda expuesta por casualidad a la fumigación “va a sufrir unos síntomas que son todos reversibles. A lo sumo va a tener una irritación en las mucosas, en la conjuntiva de los ojos, que si se trata con agua no va a tener ningún problema, no va a dejar ninguna secuela”.

Estos testimonios están alineados con las conclusiones de la investigación que llevó a cabo en abril la compañía GRS Solutions sobre el mismo tema. El estudio fue categórico al afirmar que “los intentos de cuantificar riesgos adversos para la salud humana en la campaña de erradicación aérea están colmados de emoción pero no se basan en la ciencia”. La embajada de Estados Unidos en Colombia contrató otro estudio con la clínica de toxicología Uribe Cualla. Esta institución evaluó 21 historias clínicas en el municipio caucano de Aponte, donde la periodista Marjon van Royen describió una epidemia de picazón como consecuencia de las fumigaciones. La clínica descubrió que la mayoría de las supuestas víctimas del glifosato habían sufrido molestias como consecuencia de parásitos y bacterias.

No obstante las comunidades que sufren el gliofosato desde abajo no se muestran tan optimistas como los expertos. SEMANA escogió al azar un pueblo que había sido fumigado en varias ocasiones y lo visitó sin aviso para evitar así cualquier sesgo en los testimonios. En La Cruz, Nariño, donde se ha fumigado tres veces desde 1999, encontró a Erika Portillo, médica del Hospital Buen Samaritano. “Hemos venido observando que el número de consultas por patologías como afecciones respiratorias, trastornos de la piel, irritaciones oculares y problemas gastrointestinales aumentan en un 50 por ciento cada vez que hay fumigaciones”, dijo la doctora a SEMANA. Después de la más reciente, cuenta Portillo, “recibimos 80 pacientes con problemas respiratorios en los 15 días siguientes al hecho, lo cual desborda el promedio mensual, que está en 35 pacientes”.

Aunque no se puede determinar la gravedad de las afecciones que produjeron las fumigaciones en La Cruz en la salud de las personas sí se supo con certeza que a muchos los dejó en la ruina. En Tajumbina, una vereda sobre los 3.000 metros de altitud, el glifosato arrasó no sólo con toda la cosecha de amapola, sino también con los cultivos de papa, arveja y maíz. “Lo primero que pasó por acá después de la primera fumigación fue que al perder las cosechas se disparó la delincuencia en las carreteras de la región”, precisó a SEMANA uno de los campesinos, que pidió ocultar su nombre. Unos meses después, cuando los alimentos empezaron a escasear, los grupos subversivos reclutaron a la gente, en su mayoría jóvenes, que habían quedado sin nada que hacer ofreciéndoles salarios hasta de 400.000 pesos por ingresar a sus filas. Resulta una ironía que la política de fumigaciones que se supone debe dejar sin recursos a la guerrilla termine arrojando en sus brazos a decenas de jóvenes que perdieron sus cosechas lícitas, y por tanto su trabajo.

La comunidad indígena Inga, asentada en la vereda de Aponte, municipio del Tablón de Gómez, fue beneficiada por el Fondo Nacional de Desarrollo Alternativo, Plante, con un proyecto para sustituir los cultivos ilícitos de amapola que allí tenían por arveja. Toda la comunidad se concentró en la tarea de sacar adelante este cultivo tradicional pero hace un mes pasaron los aviones de fumigación y se quedaron sin nada. Desesperado, su gobernador, Libardo Chazoi, viajó a Bogotá en un intento por hacerse escuchar.

En Samaniego, Nariño, la directora del hospital, Teresa García, dice que desde que comenzaron las fumigaciones ha habido un aumento sustancial “de las consultas por problemas respiratorios, dermatitis y diarrea, pero aunque realizamos las denuncias correspondientes no hemos recibido ningún apoyo”. Y la semana pasada un grupo de líderes indígenas y de ambientalistas ecuatorianos presentó un informe en Bogotá sobre las consecuencias que ha tenido la fumigación en el norte de su país. El médico Adolfo Maldonado, miembro de la organización no gubernamental Acción Ecológica, le dijo a una agencia de noticias que “el ciento por ciento de las personas que habitan a menos de cinco kilómetros de la frontera sufrieron intoxicaciones agudas”. El informe en mención sostiene que “el síntoma más frecuente en las personas que viven en las zonas más cercanas a la frontera es la fiebre, indicativo de la presencia en la sangre del químico fumigado”. A lo anterior se suman, según los ecuatorianos, diarreas frecuentes, cefaleas, tos, dermatitis, irritación de conjuntivas y vómitos.

En Ecuador estás denuncias fueron minimizadas en su momento por Gwen Clare, quien hasta hace unas semanas se desempeñó como embajadora de Estados Unidos en ese país. La funcionaria dijo que “el glifosato tiene los mismos efectos de la sal común o la aspirina (…) Es menos dañino que la nicotina o la vitamina A”. Si bien es cierto que el glifosato es considerado un herbicida de toxicidad baja, tampoco puede ser considerado inocuo.

Por eso Monsanto, la compañía que lo produce, advierte con claridad sobre su uso: “Roundup destruirá casi cualquier planta verde que esté en crecimiento activo. Roundup no deberá ser aplicado a masas de agua, como estanques, lagunas o arroyos, ya que Roundup puede ser dañino para algunos organismos acuáticos. Después de que un área ha sido pulverizada con Roundup, la gente y las mascotas (tales como gatos y perros) debieran permanecer alejados del área hasta que esté perfectamente seca. Recomendamos que animales que pastan como caballos, ganado, ovejas, cabras, conejos, tortugas y aves, permanezcan fuera del área tratada durante dos semanas”.



Historia sin fin

Es evidente que muchas de estas recomendaciones no se cumplen en Colombia por diferentes razones. Como los cultivos que van a ser fumigados son ilícitos, los campesinos no son alertados por las autoridades de las operaciones que se van a llevar a cabo. Por eso en la mayoría de los casos están trabajando en sus sembrados cuando ven aparecer sobre el horizonte las avionetas y los helicópteros policiales. Algunos se esconden, pero los más avezados se meten en la lluvia química para aplicarles aguadepanela a las hojas y así evitar la acción del herbicida.

Además, como los campesinos siembran coca o amapola entremezclada con otros productos, es inevitable que otros cultivos sean afectados por la fumigación por más despliegue tecnológico que usen las autoridades para intentar hacer la operación con la mayor precisión posible. Hay 15 parámetros que deben cumplirse para que este proceso tenga éxito. La velocidad del viento, por ejemplo, debe ser de sólo siete kilómetros por hora. Sin embargo no siempre las cosas salen como se desea y por eso el glifosato cae en estanques piscícolas, donde los alevinos son presa fácil de este químico, como le contó un campesino del Putumayo a la Defensoría del Pueblo: “Tenía 8.000 peces y se me han muerto 3.000”. Esta contaminación es real. Sobre otras fuentes de agua no es tan claro. Acosta, el personero de Samaniego, recogió muestras de agua en la zona y se las envió al Instituto Departamental de Salud. La respuesta que le dieron, según le contó a SEMANA, fue que “ni ellos, ni nadie en todo el departamento, cuentan con el personal especializado y los equipos apropiados para realizar los análisis necesarios de las muestras y determinar si el consumo del agua es peligroso para la salud de los seres humanos y los animales”.

La fumigación perfecta no existe y menos en geografías y climas tan complicados como el colombiano. Siempre, por más tecnología que se le aplique, va a dejar víctimas. Y en el caso colombiano, tal como se ha comprobado una y otra vez, no son los narcotraficantes los que salen perjudicados sino los campesinos que llevan una vida muy precaria, medio nómada y marcada por la violencia. Cultivan coca o amapola como una medida desesperada para tratar de sobrevivir.

Por todo esto, para evitar que la cuerda se siga rompiendo por el lado más débil, una coalición de 35 organizaciones no gubernamentales estadounidenses, otras tantas nacionales y algunas autoridades quieren que se pare la fumigación aérea. A cambio proponen erradicación manual y planes de intervención social más ambiciosos, rápidos y efectivos. Tal como están las cosas creen que la política actual, como dice Sanho Tree, del Institute for Policy Studies, “es igual a sólo abrir más sepulturas para los enfermos de sida”.

Es cierto que sembrar cultivos ilícitos es un cáncer social. Sólo traen vicio y muerte. Pero también es verdad que las alternativas para ganarse la vida son escasas en esas regiones y que por más sufrimiento que traigan las lluvias de glifosato —con su estela amarillenta que no distingue entre cultivos lícitos o ilícitos— la gente va a reincidir. Y más aún si las limitaciones que impone la geografía colombiana hacen que el glifosato caiga en cualquier parte, llevándose por delante los esfuerzos de los campesinos pobres por plantar cultivos alternativos o los que hacen por no sucumbir a las promesas falsas de dinero fácil de los grupos armados.



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La fumigacion es muy similar a la acción de arar la tierra. En el aire las avionetas Turbo Thrush van y vienen. Trazan líneas paralelas, separadas 52 metros una de otra, a lo largo de las cuales, en ciertas coordenadas previamente seleccionadas, los pilotos abren y cierran las boquillas para que el glifosato caiga sobre los cultivos de coca o amapola. La lluvia química cae con rapidez sobre los cultivos ilícitos. El secreto para que esto ocurra está en la composición de la mezcla.

Las gotas de glifosato son grandes y redondas. Cuando se les agregan dos sustancias conocidas con el nombre genérico de surfactantes, que permiten una mayor adherencia del producto a las plantas, las gotas se vuelven oblongas. “El surfactante encapsula la gota, le da más peso, más velocidad, más precisión”, dice Luis Parra, un experto en el tema contactado por la embajada de Estados Unidos para hablar con los medios de comunicación. Luego, cuando el glifosato alcanza su objetivo, comienza su proceso de destrucción. Según Parra, “entra a la planta a través de la cutícula de las hojas y viaja por el floema, el sistema circulatorio de los vegetales, y se localiza en todos los puntos de crecimiento y empieza un proceso de muerte descendente”.

Los resultados de la operación no tardan en hacerse visibles pues la efectividad del Roundup Ultra, nombre comercial del producto con el que se fumiga, es de entre 91 y 94 por ciento. Los cultivos se secan sin remedio. Ningún vegetal, a excepción de las especies leñosas, que necesitarían una dosis mayor, está a salvo de este herbicida, el más famoso del mundo por cuenta de su comercialización en 130 países. De esto pueden dar fe los campesinos de Bolívar, Norte de Santander, Tolima, Huila, Caquetá, Cauca, Nariño y Putumayo. También las numerosas delegaciones internacionales que han visitado algunas de estas zonas para observar en el terreno los efectos de la fumigación. Lo que estos visitantes querían saber es: ¿por qué razón son rociados cultivos diferentes a los ilícitos? ¿Qué secuelas reales tienen para el medio ambiente y la salud humana la fórmula que se usa contra los sembrados de coca y amapola en Colombia? Las respuestas van a definir en gran parte si se aprueba y de qué manera la ayuda estadounidense para la nueva versión del Plan Colombia —Iniciativa Andina Antidrogas— en el Senado de ese país a comienzos de septiembre.



De arriba y de abajo

El pasado 16 de agosto Rand Beers, secretario de Estado adjunto para Asuntos Internacionales de Narcóticos y Aplicación de la Ley de Estados Unidos, defendió con vehemencia el programa de fumigación y dijo que no había pruebas concluyentes de que el glifosato era la causa de los problemas de salud de los campesinos colombianos. Dijo que él había sido bañado con este producto durante una visita a Colombia, que no le había pasado nada y que estaba dispuesto a repetir la experiencia para demostrarles a los incrédulos que el herbicida no es tóxico en las dosis en que es regado en el país. Según el experto Luis Parra, si una persona queda expuesta por casualidad a la fumigación “va a sufrir unos síntomas que son todos reversibles. A lo sumo va a tener una irritación en las mucosas, en la conjuntiva de los ojos, que si se trata con agua no va a tener ningún problema, no va a dejar ninguna secuela”.

Estos testimonios están alineados con las conclusiones de la investigación que llevó a cabo en abril la compañía GRS Solutions sobre el mismo tema. El estudio fue categórico al afirmar que “los intentos de cuantificar riesgos adversos para la salud humana en la campaña de erradicación aérea están colmados de emoción pero no se basan en la ciencia”. La embajada de Estados Unidos en Colombia contrató otro estudio con la clínica de toxicología Uribe Cualla. Esta institución evaluó 21 historias clínicas en el municipio caucano de Aponte, donde la periodista Marjon van Royen describió una epidemia de picazón como consecuencia de las fumigaciones. La clínica descubrió que la mayoría de las supuestas víctimas del glifosato habían sufrido molestias como consecuencia de parásitos y bacterias.

No obstante las comunidades que sufren el gliofosato desde abajo no se muestran tan optimistas como los expertos. SEMANA escogió al azar un pueblo que había sido fumigado en varias ocasiones y lo visitó sin aviso para evitar así cualquier sesgo en los testimonios. En La Cruz, Nariño, donde se ha fumigado tres veces desde 1999, encontró a Erika Portillo, médica del Hospital Buen Samaritano. “Hemos venido observando que el número de consultas por patologías como afecciones respiratorias, trastornos de la piel, irritaciones oculares y problemas gastrointestinales aumentan en un 50 por ciento cada vez que hay fumigaciones”, dijo la doctora a SEMANA. Después de la más reciente, cuenta Portillo, “recibimos 80 pacientes con problemas respiratorios en los 15 días siguientes al hecho, lo cual desborda el promedio mensual, que está en 35 pacientes”.

Aunque no se puede determinar la gravedad de las afecciones que produjeron las fumigaciones en La Cruz en la salud de las personas sí se supo con certeza que a muchos los dejó en la ruina. En Tajumbina, una vereda sobre los 3.000 metros de altitud, el glifosato arrasó no sólo con toda la cosecha de amapola, sino también con los cultivos de papa, arveja y maíz. “Lo primero que pasó por acá después de la primera fumigación fue que al perder las cosechas se disparó la delincuencia en las carreteras de la región”, precisó a SEMANA uno de los campesinos, que pidió ocultar su nombre. Unos meses después, cuando los alimentos empezaron a escasear, los grupos subversivos reclutaron a la gente, en su mayoría jóvenes, que habían quedado sin nada que hacer ofreciéndoles salarios hasta de 400.000 pesos por ingresar a sus filas. Resulta una ironía que la política de fumigaciones que se supone debe dejar sin recursos a la guerrilla termine arrojando en sus brazos a decenas de jóvenes que perdieron sus cosechas lícitas, y por tanto su trabajo.

La comunidad indígena Inga, asentada en la vereda de Aponte, municipio del Tablón de Gómez, fue beneficiada por el Fondo Nacional de Desarrollo Alternativo, Plante, con un proyecto para sustituir los cultivos ilícitos de amapola que allí tenían por arveja. Toda la comunidad se concentró en la tarea de sacar adelante este cultivo tradicional pero hace un mes pasaron los aviones de fumigación y se quedaron sin nada. Desesperado, su gobernador, Libardo Chazoi, viajó a Bogotá en un intento por hacerse escuchar.

En Samaniego, Nariño, la directora del hospital, Teresa García, dice que desde que comenzaron las fumigaciones ha habido un aumento sustancial “de las consultas por problemas respiratorios, dermatitis y diarrea, pero aunque realizamos las denuncias correspondientes no hemos recibido ningún apoyo”. Y la semana pasada un grupo de líderes indígenas y de ambientalistas ecuatorianos presentó un informe en Bogotá sobre las consecuencias que ha tenido la fumigación en el norte de su país. El médico Adolfo Maldonado, miembro de la organización no gubernamental Acción Ecológica, le dijo a una agencia de noticias que “el ciento por ciento de las personas que habitan a menos de cinco kilómetros de la frontera sufrieron intoxicaciones agudas”. El informe en mención sostiene que “el síntoma más frecuente en las personas que viven en las zonas más cercanas a la frontera es la fiebre, indicativo de la presencia en la sangre del químico fumigado”. A lo anterior se suman, según los ecuatorianos, diarreas frecuentes, cefaleas, tos, dermatitis, irritación de conjuntivas y vómitos.

En Ecuador estás denuncias fueron minimizadas en su momento por Gwen Clare, quien hasta hace unas semanas se desempeñó como embajadora de Estados Unidos en ese país. La funcionaria dijo que “el glifosato tiene los mismos efectos de la sal común o la aspirina (…) Es menos dañino que la nicotina o la vitamina A”. Si bien es cierto que el glifosato es considerado un herbicida de toxicidad baja, tampoco puede ser considerado inocuo.

Por eso Monsanto, la compañía que lo produce, advierte con claridad sobre su uso: “Roundup destruirá casi cualquier planta verde que esté en crecimiento activo. Roundup no deberá ser aplicado a masas de agua, como estanques, lagunas o arroyos, ya que Roundup puede ser dañino para algunos organismos acuáticos. Después de que un área ha sido pulverizada con Roundup, la gente y las mascotas (tales como gatos y perros) debieran permanecer alejados del área hasta que esté perfectamente seca. Recomendamos que animales que pastan como caballos, ganado, ovejas, cabras, conejos, tortugas y aves, permanezcan fuera del área tratada durante dos semanas”.



Historia sin fin

Es evidente que muchas de estas recomendaciones no se cumplen en Colombia por diferentes razones. Como los cultivos que van a ser fumigados son ilícitos, los campesinos no son alertados por las autoridades de las operaciones que se van a llevar a cabo. Por eso en la mayoría de los casos están trabajando en sus sembrados cuando ven aparecer sobre el horizonte las avionetas y los helicópteros policiales. Algunos se esconden, pero los más avezados se meten en la lluvia química para aplicarles aguadepanela a las hojas y así evitar la acción del herbicida.

Además, como los campesinos siembran coca o amapola entremezclada con otros productos, es inevitable que otros cultivos sean afectados por la fumigación por más despliegue tecnológico que usen las autoridades para intentar hacer la operación con la mayor precisión posible. Hay 15 parámetros que deben cumplirse para que este proceso tenga éxito. La velocidad del viento, por ejemplo, debe ser de sólo siete kilómetros por hora. Sin embargo no siempre las cosas salen como se desea y por eso el glifosato cae en estanques piscícolas, donde los alevinos son presa fácil de este químico, como le contó un campesino del Putumayo a la Defensoría del Pueblo: “Tenía 8.000 peces y se me han muerto 3.000”. Esta contaminación es real. Sobre otras fuentes de agua no es tan claro. Acosta, el personero de Samaniego, recogió muestras de agua en la zona y se las envió al Instituto Departamental de Salud. La respuesta que le dieron, según le contó a SEMANA, fue que “ni ellos, ni nadie en todo el departamento, cuentan con el personal especializado y los equipos apropiados para realizar los análisis necesarios de las muestras y determinar si el consumo del agua es peligroso para la salud de los seres humanos y los animales”.

La fumigación perfecta no existe y menos en geografías y climas tan complicados como el colombiano. Siempre, por más tecnología que se le aplique, va a dejar víctimas. Y en el caso colombiano, tal como se ha comprobado una y otra vez, no son los narcotraficantes los que salen perjudicados sino los campesinos que llevan una vida muy precaria, medio nómada y marcada por la violencia. Cultivan coca o amapola como una medida desesperada para tratar de sobrevivir.

Por todo esto, para evitar que la cuerda se siga rompiendo por el lado más débil, una coalición de 35 organizaciones no gubernamentales estadounidenses, otras tantas nacionales y algunas autoridades quieren que se pare la fumigación aérea. A cambio proponen erradicación manual y planes de intervención social más ambiciosos, rápidos y efectivos. Tal como están las cosas creen que la política actual, como dice Sanho Tree, del Institute for Policy Studies, “es igual a sólo abrir más sepulturas para los enfermos de sida”.

Es cierto que sembrar cultivos ilícitos es un cáncer social. Sólo traen vicio y muerte. Pero también es verdad que las alternativas para ganarse la vida son escasas en esas regiones y que por más sufrimiento que traigan las lluvias de glifosato —con su estela amarillenta que no distingue entre cultivos lícitos o ilícitos— la gente va a reincidir. Y más aún si las limitaciones que impone la geografía colombiana hacen que el glifosato caiga en cualquier parte, llevándose por delante los esfuerzos de los campesinos pobres por plantar cultivos alternativos o los que hacen por no sucumbir a las promesas falsas de dinero fácil de los grupos armados.



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Fumigaciones: más grave que la desinformación es la mala información



La fumigacion es muy similar a la acción de arar la tierra. En el aire las avionetas Turbo Thrush van y vienen. Trazan líneas paralelas, separadas 52 metros una de otra, a lo largo de las cuales, en ciertas coordenadas previamente seleccionadas, los pilotos abren y cierran las boquillas para que el glifosato caiga sobre los cultivos de coca o amapola. La lluvia química cae con rapidez sobre los cultivos ilícitos. El secreto para que esto ocurra está en la composición de la mezcla.

Las gotas de glifosato son grandes y redondas. Cuando se les agregan dos sustancias conocidas con el nombre genérico de surfactantes, que permiten una mayor adherencia del producto a las plantas, las gotas se vuelven oblongas. “El surfactante encapsula la gota, le da más peso, más velocidad, más precisión”, dice Luis Parra, un experto en el tema contactado por la embajada de Estados Unidos para hablar con los medios de comunicación. Luego, cuando el glifosato alcanza su objetivo, comienza su proceso de destrucción. Según Parra, “entra a la planta a través de la cutícula de las hojas y viaja por el floema, el sistema circulatorio de los vegetales, y se localiza en todos los puntos de crecimiento y empieza un proceso de muerte descendente”.

Los resultados de la operación no tardan en hacerse visibles pues la efectividad del Roundup Ultra, nombre comercial del producto con el que se fumiga, es de entre 91 y 94 por ciento. Los cultivos se secan sin remedio. Ningún vegetal, a excepción de las especies leñosas, que necesitarían una dosis mayor, está a salvo de este herbicida, el más famoso del mundo por cuenta de su comercialización en 130 países. De esto pueden dar fe los campesinos de Bolívar, Norte de Santander, Tolima, Huila, Caquetá, Cauca, Nariño y Putumayo. También las numerosas delegaciones internacionales que han visitado algunas de estas zonas para observar en el terreno los efectos de la fumigación. Lo que estos visitantes querían saber es: ¿por qué razón son rociados cultivos diferentes a los ilícitos? ¿Qué secuelas reales tienen para el medio ambiente y la salud humana la fórmula que se usa contra los sembrados de coca y amapola en Colombia? Las respuestas van a definir en gran parte si se aprueba y de qué manera la ayuda estadounidense para la nueva versión del Plan Colombia —Iniciativa Andina Antidrogas— en el Senado de ese país a comienzos de septiembre.



De arriba y de abajo

El pasado 16 de agosto Rand Beers, secretario de Estado adjunto para Asuntos Internacionales de Narcóticos y Aplicación de la Ley de Estados Unidos, defendió con vehemencia el programa de fumigación y dijo que no había pruebas concluyentes de que el glifosato era la causa de los problemas de salud de los campesinos colombianos. Dijo que él había sido bañado con este producto durante una visita a Colombia, que no le había pasado nada y que estaba dispuesto a repetir la experiencia para demostrarles a los incrédulos que el herbicida no es tóxico en las dosis en que es regado en el país. Según el experto Luis Parra, si una persona queda expuesta por casualidad a la fumigación “va a sufrir unos síntomas que son todos reversibles. A lo sumo va a tener una irritación en las mucosas, en la conjuntiva de los ojos, que si se trata con agua no va a tener ningún problema, no va a dejar ninguna secuela”.

Estos testimonios están alineados con las conclusiones de la investigación que llevó a cabo en abril la compañía GRS Solutions sobre el mismo tema. El estudio fue categórico al afirmar que “los intentos de cuantificar riesgos adversos para la salud humana en la campaña de erradicación aérea están colmados de emoción pero no se basan en la ciencia”. La embajada de Estados Unidos en Colombia contrató otro estudio con la clínica de toxicología Uribe Cualla. Esta institución evaluó 21 historias clínicas en el municipio caucano de Aponte, donde la periodista Marjon van Royen describió una epidemia de picazón como consecuencia de las fumigaciones. La clínica descubrió que la mayoría de las supuestas víctimas del glifosato habían sufrido molestias como consecuencia de parásitos y bacterias.

No obstante las comunidades que sufren el gliofosato desde abajo no se muestran tan optimistas como los expertos. SEMANA escogió al azar un pueblo que había sido fumigado en varias ocasiones y lo visitó sin aviso para evitar así cualquier sesgo en los testimonios. En La Cruz, Nariño, donde se ha fumigado tres veces desde 1999, encontró a Erika Portillo, médica del Hospital Buen Samaritano. “Hemos venido observando que el número de consultas por patologías como afecciones respiratorias, trastornos de la piel, irritaciones oculares y problemas gastrointestinales aumentan en un 50 por ciento cada vez que hay fumigaciones”, dijo la doctora a SEMANA. Después de la más reciente, cuenta Portillo, “recibimos 80 pacientes con problemas respiratorios en los 15 días siguientes al hecho, lo cual desborda el promedio mensual, que está en 35 pacientes”.

Aunque no se puede determinar la gravedad de las afecciones que produjeron las fumigaciones en La Cruz en la salud de las personas sí se supo con certeza que a muchos los dejó en la ruina. En Tajumbina, una vereda sobre los 3.000 metros de altitud, el glifosato arrasó no sólo con toda la cosecha de amapola, sino también con los cultivos de papa, arveja y maíz. “Lo primero que pasó por acá después de la primera fumigación fue que al perder las cosechas se disparó la delincuencia en las carreteras de la región”, precisó a SEMANA uno de los campesinos, que pidió ocultar su nombre. Unos meses después, cuando los alimentos empezaron a escasear, los grupos subversivos reclutaron a la gente, en su mayoría jóvenes, que habían quedado sin nada que hacer ofreciéndoles salarios hasta de 400.000 pesos por ingresar a sus filas. Resulta una ironía que la política de fumigaciones que se supone debe dejar sin recursos a la guerrilla termine arrojando en sus brazos a decenas de jóvenes que perdieron sus cosechas lícitas, y por tanto su trabajo.

La comunidad indígena Inga, asentada en la vereda de Aponte, municipio del Tablón de Gómez, fue beneficiada por el Fondo Nacional de Desarrollo Alternativo, Plante, con un proyecto para sustituir los cultivos ilícitos de amapola que allí tenían por arveja. Toda la comunidad se concentró en la tarea de sacar adelante este cultivo tradicional pero hace un mes pasaron los aviones de fumigación y se quedaron sin nada. Desesperado, su gobernador, Libardo Chazoi, viajó a Bogotá en un intento por hacerse escuchar.

En Samaniego, Nariño, la directora del hospital, Teresa García, dice que desde que comenzaron las fumigaciones ha habido un aumento sustancial “de las consultas por problemas respiratorios, dermatitis y diarrea, pero aunque realizamos las denuncias correspondientes no hemos recibido ningún apoyo”. Y la semana pasada un grupo de líderes indígenas y de ambientalistas ecuatorianos presentó un informe en Bogotá sobre las consecuencias que ha tenido la fumigación en el norte de su país. El médico Adolfo Maldonado, miembro de la organización no gubernamental Acción Ecológica, le dijo a una agencia de noticias que “el ciento por ciento de las personas que habitan a menos de cinco kilómetros de la frontera sufrieron intoxicaciones agudas”. El informe en mención sostiene que “el síntoma más frecuente en las personas que viven en las zonas más cercanas a la frontera es la fiebre, indicativo de la presencia en la sangre del químico fumigado”. A lo anterior se suman, según los ecuatorianos, diarreas frecuentes, cefaleas, tos, dermatitis, irritación de conjuntivas y vómitos.

En Ecuador estás denuncias fueron minimizadas en su momento por Gwen Clare, quien hasta hace unas semanas se desempeñó como embajadora de Estados Unidos en ese país. La funcionaria dijo que “el glifosato tiene los mismos efectos de la sal común o la aspirina (…) Es menos dañino que la nicotina o la vitamina A”. Si bien es cierto que el glifosato es considerado un herbicida de toxicidad baja, tampoco puede ser considerado inocuo.

Por eso Monsanto, la compañía que lo produce, advierte con claridad sobre su uso: “Roundup destruirá casi cualquier planta verde que esté en crecimiento activo. Roundup no deberá ser aplicado a masas de agua, como estanques, lagunas o arroyos, ya que Roundup puede ser dañino para algunos organismos acuáticos. Después de que un área ha sido pulverizada con Roundup, la gente y las mascotas (tales como gatos y perros) debieran permanecer alejados del área hasta que esté perfectamente seca. Recomendamos que animales que pastan como caballos, ganado, ovejas, cabras, conejos, tortugas y aves, permanezcan fuera del área tratada durante dos semanas”.



Historia sin fin

Es evidente que muchas de estas recomendaciones no se cumplen en Colombia por diferentes razones. Como los cultivos que van a ser fumigados son ilícitos, los campesinos no son alertados por las autoridades de las operaciones que se van a llevar a cabo. Por eso en la mayoría de los casos están trabajando en sus sembrados cuando ven aparecer sobre el horizonte las avionetas y los helicópteros policiales. Algunos se esconden, pero los más avezados se meten en la lluvia química para aplicarles aguadepanela a las hojas y así evitar la acción del herbicida.

Además, como los campesinos siembran coca o amapola entremezclada con otros productos, es inevitable que otros cultivos sean afectados por la fumigación por más despliegue tecnológico que usen las autoridades para intentar hacer la operación con la mayor precisión posible. Hay 15 parámetros que deben cumplirse para que este proceso tenga éxito. La velocidad del viento, por ejemplo, debe ser de sólo siete kilómetros por hora. Sin embargo no siempre las cosas salen como se desea y por eso el glifosato cae en estanques piscícolas, donde los alevinos son presa fácil de este químico, como le contó un campesino del Putumayo a la Defensoría del Pueblo: “Tenía 8.000 peces y se me han muerto 3.000”. Esta contaminación es real. Sobre otras fuentes de agua no es tan claro. Acosta, el personero de Samaniego, recogió muestras de agua en la zona y se las envió al Instituto Departamental de Salud. La respuesta que le dieron, según le contó a SEMANA, fue que “ni ellos, ni nadie en todo el departamento, cuentan con el personal especializado y los equipos apropiados para realizar los análisis necesarios de las muestras y determinar si el consumo del agua es peligroso para la salud de los seres humanos y los animales”.

La fumigación perfecta no existe y menos en geografías y climas tan complicados como el colombiano. Siempre, por más tecnología que se le aplique, va a dejar víctimas. Y en el caso colombiano, tal como se ha comprobado una y otra vez, no son los narcotraficantes los que salen perjudicados sino los campesinos que llevan una vida muy precaria, medio nómada y marcada por la violencia. Cultivan coca o amapola como una medida desesperada para tratar de sobrevivir.

Por todo esto, para evitar que la cuerda se siga rompiendo por el lado más débil, una coalición de 35 organizaciones no gubernamentales estadounidenses, otras tantas nacionales y algunas autoridades quieren que se pare la fumigación aérea. A cambio proponen erradicación manual y planes de intervención social más ambiciosos, rápidos y efectivos. Tal como están las cosas creen que la política actual, como dice Sanho Tree, del Institute for Policy Studies, “es igual a sólo abrir más sepulturas para los enfermos de sida”.

Es cierto que sembrar cultivos ilícitos es un cáncer social. Sólo traen vicio y muerte. Pero también es verdad que las alternativas para ganarse la vida son escasas en esas regiones y que por más sufrimiento que traigan las lluvias de glifosato —con su estela amarillenta que no distingue entre cultivos lícitos o ilícitos— la gente va a reincidir. Y más aún si las limitaciones que impone la geografía colombiana hacen que el glifosato caiga en cualquier parte, llevándose por delante los esfuerzos de los campesinos pobres por plantar cultivos alternativos o los que hacen por no sucumbir a las promesas falsas de dinero fácil de los grupos armados.



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Fumigaciones: más grave que la desinformación es la mala información



CONTROL SOBRE LOS EFECTOS SOCIALES Y ECONÓMICOS(Internvención del Defensor del Pueblo, Eduardo Cifuentes, ante el Congreso de la República)



La fumigacion es muy similar a la acción de arar la tierra. En el aire las avionetas Turbo Thrush van y vienen. Trazan líneas paralelas, separadas 52 metros una de otra, a lo largo de las cuales, en ciertas coordenadas previamente seleccionadas, los pilotos abren y cierran las boquillas para que el glifosato caiga sobre los cultivos de coca o amapola. La lluvia química cae con rapidez sobre los cultivos ilícitos. El secreto para que esto ocurra está en la composición de la mezcla.

Las gotas de glifosato son grandes y redondas. Cuando se les agregan dos sustancias conocidas con el nombre genérico de surfactantes, que permiten una mayor adherencia del producto a las plantas, las gotas se vuelven oblongas. “El surfactante encapsula la gota, le da más peso, más velocidad, más precisión”, dice Luis Parra, un experto en el tema contactado por la embajada de Estados Unidos para hablar con los medios de comunicación. Luego, cuando el glifosato alcanza su objetivo, comienza su proceso de destrucción. Según Parra, “entra a la planta a través de la cutícula de las hojas y viaja por el floema, el sistema circulatorio de los vegetales, y se localiza en todos los puntos de crecimiento y empieza un proceso de muerte descendente”.

Los resultados de la operación no tardan en hacerse visibles pues la efectividad del Roundup Ultra, nombre comercial del producto con el que se fumiga, es de entre 91 y 94 por ciento. Los cultivos se secan sin remedio. Ningún vegetal, a excepción de las especies leñosas, que necesitarían una dosis mayor, está a salvo de este herbicida, el más famoso del mundo por cuenta de su comercialización en 130 países. De esto pueden dar fe los campesinos de Bolívar, Norte de Santander, Tolima, Huila, Caquetá, Cauca, Nariño y Putumayo. También las numerosas delegaciones internacionales que han visitado algunas de estas zonas para observar en el terreno los efectos de la fumigación. Lo que estos visitantes querían saber es: ¿por qué razón son rociados cultivos diferentes a los ilícitos? ¿Qué secuelas reales tienen para el medio ambiente y la salud humana la fórmula que se usa contra los sembrados de coca y amapola en Colombia? Las respuestas van a definir en gran parte si se aprueba y de qué manera la ayuda estadounidense para la nueva versión del Plan Colombia —Iniciativa Andina Antidrogas— en el Senado de ese país a comienzos de septiembre.



De arriba y de abajo

El pasado 16 de agosto Rand Beers, secretario de Estado adjunto para Asuntos Internacionales de Narcóticos y Aplicación de la Ley de Estados Unidos, defendió con vehemencia el programa de fumigación y dijo que no había pruebas concluyentes de que el glifosato era la causa de los problemas de salud de los campesinos colombianos. Dijo que él había sido bañado con este producto durante una visita a Colombia, que no le había pasado nada y que estaba dispuesto a repetir la experiencia para demostrarles a los incrédulos que el herbicida no es tóxico en las dosis en que es regado en el país. Según el experto Luis Parra, si una persona queda expuesta por casualidad a la fumigación “va a sufrir unos síntomas que son todos reversibles. A lo sumo va a tener una irritación en las mucosas, en la conjuntiva de los ojos, que si se trata con agua no va a tener ningún problema, no va a dejar ninguna secuela”.

Estos testimonios están alineados con las conclusiones de la investigación que llevó a cabo en abril la compañía GRS Solutions sobre el mismo tema. El estudio fue categórico al afirmar que “los intentos de cuantificar riesgos adversos para la salud humana en la campaña de erradicación aérea están colmados de emoción pero no se basan en la ciencia”. La embajada de Estados Unidos en Colombia contrató otro estudio con la clínica de toxicología Uribe Cualla. Esta institución evaluó 21 historias clínicas en el municipio caucano de Aponte, donde la periodista Marjon van Royen describió una epidemia de picazón como consecuencia de las fumigaciones. La clínica descubrió que la mayoría de las supuestas víctimas del glifosato habían sufrido molestias como consecuencia de parásitos y bacterias.

No obstante las comunidades que sufren el gliofosato desde abajo no se muestran tan optimistas como los expertos. SEMANA escogió al azar un pueblo que había sido fumigado en varias ocasiones y lo visitó sin aviso para evitar así cualquier sesgo en los testimonios. En La Cruz, Nariño, donde se ha fumigado tres veces desde 1999, encontró a Erika Portillo, médica del Hospital Buen Samaritano. “Hemos venido observando que el número de consultas por patologías como afecciones respiratorias, trastornos de la piel, irritaciones oculares y problemas gastrointestinales aumentan en un 50 por ciento cada vez que hay fumigaciones”, dijo la doctora a SEMANA. Después de la más reciente, cuenta Portillo, “recibimos 80 pacientes con problemas respiratorios en los 15 días siguientes al hecho, lo cual desborda el promedio mensual, que está en 35 pacientes”.

Aunque no se puede determinar la gravedad de las afecciones que produjeron las fumigaciones en La Cruz en la salud de las personas sí se supo con certeza que a muchos los dejó en la ruina. En Tajumbina, una vereda sobre los 3.000 metros de altitud, el glifosato arrasó no sólo con toda la cosecha de amapola, sino también con los cultivos de papa, arveja y maíz. “Lo primero que pasó por acá después de la primera fumigación fue que al perder las cosechas se disparó la delincuencia en las carreteras de la región”, precisó a SEMANA uno de los campesinos, que pidió ocultar su nombre. Unos meses después, cuando los alimentos empezaron a escasear, los grupos subversivos reclutaron a la gente, en su mayoría jóvenes, que habían quedado sin nada que hacer ofreciéndoles salarios hasta de 400.000 pesos por ingresar a sus filas. Resulta una ironía que la política de fumigaciones que se supone debe dejar sin recursos a la guerrilla termine arrojando en sus brazos a decenas de jóvenes que perdieron sus cosechas lícitas, y por tanto su trabajo.

La comunidad indígena Inga, asentada en la vereda de Aponte, municipio del Tablón de Gómez, fue beneficiada por el Fondo Nacional de Desarrollo Alternativo, Plante, con un proyecto para sustituir los cultivos ilícitos de amapola que allí tenían por arveja. Toda la comunidad se concentró en la tarea de sacar adelante este cultivo tradicional pero hace un mes pasaron los aviones de fumigación y se quedaron sin nada. Desesperado, su gobernador, Libardo Chazoi, viajó a Bogotá en un intento por hacerse escuchar.

En Samaniego, Nariño, la directora del hospital, Teresa García, dice que desde que comenzaron las fumigaciones ha habido un aumento sustancial “de las consultas por problemas respiratorios, dermatitis y diarrea, pero aunque realizamos las denuncias correspondientes no hemos recibido ningún apoyo”. Y la semana pasada un grupo de líderes indígenas y de ambientalistas ecuatorianos presentó un informe en Bogotá sobre las consecuencias que ha tenido la fumigación en el norte de su país. El médico Adolfo Maldonado, miembro de la organización no gubernamental Acción Ecológica, le dijo a una agencia de noticias que “el ciento por ciento de las personas que habitan a menos de cinco kilómetros de la frontera sufrieron intoxicaciones agudas”. El informe en mención sostiene que “el síntoma más frecuente en las personas que viven en las zonas más cercanas a la frontera es la fiebre, indicativo de la presencia en la sangre del químico fumigado”. A lo anterior se suman, según los ecuatorianos, diarreas frecuentes, cefaleas, tos, dermatitis, irritación de conjuntivas y vómitos.

En Ecuador estás denuncias fueron minimizadas en su momento por Gwen Clare, quien hasta hace unas semanas se desempeñó como embajadora de Estados Unidos en ese país. La funcionaria dijo que “el glifosato tiene los mismos efectos de la sal común o la aspirina (…) Es menos dañino que la nicotina o la vitamina A”. Si bien es cierto que el glifosato es considerado un herbicida de toxicidad baja, tampoco puede ser considerado inocuo.

Por eso Monsanto, la compañía que lo produce, advierte con claridad sobre su uso: “Roundup destruirá casi cualquier planta verde que esté en crecimiento activo. Roundup no deberá ser aplicado a masas de agua, como estanques, lagunas o arroyos, ya que Roundup puede ser dañino para algunos organismos acuáticos. Después de que un área ha sido pulverizada con Roundup, la gente y las mascotas (tales como gatos y perros) debieran permanecer alejados del área hasta que esté perfectamente seca. Recomendamos que animales que pastan como caballos, ganado, ovejas, cabras, conejos, tortugas y aves, permanezcan fuera del área tratada durante dos semanas”.



Historia sin fin

Es evidente que muchas de estas recomendaciones no se cumplen en Colombia por diferentes razones. Como los cultivos que van a ser fumigados son ilícitos, los campesinos no son alertados por las autoridades de las operaciones que se van a llevar a cabo. Por eso en la mayoría de los casos están trabajando en sus sembrados cuando ven aparecer sobre el horizonte las avionetas y los helicópteros policiales. Algunos se esconden, pero los más avezados se meten en la lluvia química para aplicarles aguadepanela a las hojas y así evitar la acción del herbicida.

Además, como los campesinos siembran coca o amapola entremezclada con otros productos, es inevitable que otros cultivos sean afectados por la fumigación por más despliegue tecnológico que usen las autoridades para intentar hacer la operación con la mayor precisión posible. Hay 15 parámetros que deben cumplirse para que este proceso tenga éxito. La velocidad del viento, por ejemplo, debe ser de sólo siete kilómetros por hora. Sin embargo no siempre las cosas salen como se desea y por eso el glifosato cae en estanques piscícolas, donde los alevinos son presa fácil de este químico, como le contó un campesino del Putumayo a la Defensoría del Pueblo: “Tenía 8.000 peces y se me han muerto 3.000”. Esta contaminación es real. Sobre otras fuentes de agua no es tan claro. Acosta, el personero de Samaniego, recogió muestras de agua en la zona y se las envió al Instituto Departamental de Salud. La respuesta que le dieron, según le contó a SEMANA, fue que “ni ellos, ni nadie en todo el departamento, cuentan con el personal especializado y los equipos apropiados para realizar los análisis necesarios de las muestras y determinar si el consumo del agua es peligroso para la salud de los seres humanos y los animales”.

La fumigación perfecta no existe y menos en geografías y climas tan complicados como el colombiano. Siempre, por más tecnología que se le aplique, va a dejar víctimas. Y en el caso colombiano, tal como se ha comprobado una y otra vez, no son los narcotraficantes los que salen perjudicados sino los campesinos que llevan una vida muy precaria, medio nómada y marcada por la violencia. Cultivan coca o amapola como una medida desesperada para tratar de sobrevivir.

Por todo esto, para evitar que la cuerda se siga rompiendo por el lado más débil, una coalición de 35 organizaciones no gubernamentales estadounidenses, otras tantas nacionales y algunas autoridades quieren que se pare la fumigación aérea. A cambio proponen erradicación manual y planes de intervención social más ambiciosos, rápidos y efectivos. Tal como están las cosas creen que la política actual, como dice Sanho Tree, del Institute for Policy Studies, “es igual a sólo abrir más sepulturas para los enfermos de sida”.

Es cierto que sembrar cultivos ilícitos es un cáncer social. Sólo traen vicio y muerte. Pero también es verdad que las alternativas para ganarse la vida son escasas en esas regiones y que por más sufrimiento que traigan las lluvias de glifosato —con su estela amarillenta que no distingue entre cultivos lícitos o ilícitos— la gente va a reincidir. Y más aún si las limitaciones que impone la geografía colombiana hacen que el glifosato caiga en cualquier parte, llevándose por delante los esfuerzos de los campesinos pobres por plantar cultivos alternativos o los que hacen por no sucumbir a las promesas falsas de dinero fácil de los grupos armados.



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CONTROL SOBRE LOS EFECTOS SOCIALES Y ECONÓMICOS(Internvención del Defensor del Pueblo, Eduardo Cifuentes, ante el Congreso de la República)



Informe del Departamento de Estado de Estados Unidos sobre fumigación en Colombia



La fumigacion es muy similar a la acción de arar la tierra. En el aire las avionetas Turbo Thrush van y vienen. Trazan líneas paralelas, separadas 52 metros una de otra, a lo largo de las cuales, en ciertas coordenadas previamente seleccionadas, los pilotos abren y cierran las boquillas para que el glifosato caiga sobre los cultivos de coca o amapola. La lluvia química cae con rapidez sobre los cultivos ilícitos. El secreto para que esto ocurra está en la composición de la mezcla.

Las gotas de glifosato son grandes y redondas. Cuando se les agregan dos sustancias conocidas con el nombre genérico de surfactantes, que permiten una mayor adherencia del producto a las plantas, las gotas se vuelven oblongas. “El surfactante encapsula la gota, le da más peso, más velocidad, más precisión”, dice Luis Parra, un experto en el tema contactado por la embajada de Estados Unidos para hablar con los medios de comunicación. Luego, cuando el glifosato alcanza su objetivo, comienza su proceso de destrucción. Según Parra, “entra a la planta a través de la cutícula de las hojas y viaja por el floema, el sistema circulatorio de los vegetales, y se localiza en todos los puntos de crecimiento y empieza un proceso de muerte descendente”.

Los resultados de la operación no tardan en hacerse visibles pues la efectividad del Roundup Ultra, nombre comercial del producto con el que se fumiga, es de entre 91 y 94 por ciento. Los cultivos se secan sin remedio. Ningún vegetal, a excepción de las especies leñosas, que necesitarían una dosis mayor, está a salvo de este herbicida, el más famoso del mundo por cuenta de su comercialización en 130 países. De esto pueden dar fe los campesinos de Bolívar, Norte de Santander, Tolima, Huila, Caquetá, Cauca, Nariño y Putumayo. También las numerosas delegaciones internacionales que han visitado algunas de estas zonas para observar en el terreno los efectos de la fumigación. Lo que estos visitantes querían saber es: ¿por qué razón son rociados cultivos diferentes a los ilícitos? ¿Qué secuelas reales tienen para el medio ambiente y la salud humana la fórmula que se usa contra los sembrados de coca y amapola en Colombia? Las respuestas van a definir en gran parte si se aprueba y de qué manera la ayuda estadounidense para la nueva versión del Plan Colombia —Iniciativa Andina Antidrogas— en el Senado de ese país a comienzos de septiembre.



De arriba y de abajo

El pasado 16 de agosto Rand Beers, secretario de Estado adjunto para Asuntos Internacionales de Narcóticos y Aplicación de la Ley de Estados Unidos, defendió con vehemencia el programa de fumigación y dijo que no había pruebas concluyentes de que el glifosato era la causa de los problemas de salud de los campesinos colombianos. Dijo que él había sido bañado con este producto durante una visita a Colombia, que no le había pasado nada y que estaba dispuesto a repetir la experiencia para demostrarles a los incrédulos que el herbicida no es tóxico en las dosis en que es regado en el país. Según el experto Luis Parra, si una persona queda expuesta por casualidad a la fumigación “va a sufrir unos síntomas que son todos reversibles. A lo sumo va a tener una irritación en las mucosas, en la conjuntiva de los ojos, que si se trata con agua no va a tener ningún problema, no va a dejar ninguna secuela”.

Estos testimonios están alineados con las conclusiones de la investigación que llevó a cabo en abril la compañía GRS Solutions sobre el mismo tema. El estudio fue categórico al afirmar que “los intentos de cuantificar riesgos adversos para la salud humana en la campaña de erradicación aérea están colmados de emoción pero no se basan en la ciencia”. La embajada de Estados Unidos en Colombia contrató otro estudio con la clínica de toxicología Uribe Cualla. Esta institución evaluó 21 historias clínicas en el municipio caucano de Aponte, donde la periodista Marjon van Royen describió una epidemia de picazón como consecuencia de las fumigaciones. La clínica descubrió que la mayoría de las supuestas víctimas del glifosato habían sufrido molestias como consecuencia de parásitos y bacterias.

No obstante las comunidades que sufren el gliofosato desde abajo no se muestran tan optimistas como los expertos. SEMANA escogió al azar un pueblo que había sido fumigado en varias ocasiones y lo visitó sin aviso para evitar así cualquier sesgo en los testimonios. En La Cruz, Nariño, donde se ha fumigado tres veces desde 1999, encontró a Erika Portillo, médica del Hospital Buen Samaritano. “Hemos venido observando que el número de consultas por patologías como afecciones respiratorias, trastornos de la piel, irritaciones oculares y problemas gastrointestinales aumentan en un 50 por ciento cada vez que hay fumigaciones”, dijo la doctora a SEMANA. Después de la más reciente, cuenta Portillo, “recibimos 80 pacientes con problemas respiratorios en los 15 días siguientes al hecho, lo cual desborda el promedio mensual, que está en 35 pacientes”.

Aunque no se puede determinar la gravedad de las afecciones que produjeron las fumigaciones en La Cruz en la salud de las personas sí se supo con certeza que a muchos los dejó en la ruina. En Tajumbina, una vereda sobre los 3.000 metros de altitud, el glifosato arrasó no sólo con toda la cosecha de amapola, sino también con los cultivos de papa, arveja y maíz. “Lo primero que pasó por acá después de la primera fumigación fue que al perder las cosechas se disparó la delincuencia en las carreteras de la región”, precisó a SEMANA uno de los campesinos, que pidió ocultar su nombre. Unos meses después, cuando los alimentos empezaron a escasear, los grupos subversivos reclutaron a la gente, en su mayoría jóvenes, que habían quedado sin nada que hacer ofreciéndoles salarios hasta de 400.000 pesos por ingresar a sus filas. Resulta una ironía que la política de fumigaciones que se supone debe dejar sin recursos a la guerrilla termine arrojando en sus brazos a decenas de jóvenes que perdieron sus cosechas lícitas, y por tanto su trabajo.

La comunidad indígena Inga, asentada en la vereda de Aponte, municipio del Tablón de Gómez, fue beneficiada por el Fondo Nacional de Desarrollo Alternativo, Plante, con un proyecto para sustituir los cultivos ilícitos de amapola que allí tenían por arveja. Toda la comunidad se concentró en la tarea de sacar adelante este cultivo tradicional pero hace un mes pasaron los aviones de fumigación y se quedaron sin nada. Desesperado, su gobernador, Libardo Chazoi, viajó a Bogotá en un intento por hacerse escuchar.

En Samaniego, Nariño, la directora del hospital, Teresa García, dice que desde que comenzaron las fumigaciones ha habido un aumento sustancial “de las consultas por problemas respiratorios, dermatitis y diarrea, pero aunque realizamos las denuncias correspondientes no hemos recibido ningún apoyo”. Y la semana pasada un grupo de líderes indígenas y de ambientalistas ecuatorianos presentó un informe en Bogotá sobre las consecuencias que ha tenido la fumigación en el norte de su país. El médico Adolfo Maldonado, miembro de la organización no gubernamental Acción Ecológica, le dijo a una agencia de noticias que “el ciento por ciento de las personas que habitan a menos de cinco kilómetros de la frontera sufrieron intoxicaciones agudas”. El informe en mención sostiene que “el síntoma más frecuente en las personas que viven en las zonas más cercanas a la frontera es la fiebre, indicativo de la presencia en la sangre del químico fumigado”. A lo anterior se suman, según los ecuatorianos, diarreas frecuentes, cefaleas, tos, dermatitis, irritación de conjuntivas y vómitos.

En Ecuador estás denuncias fueron minimizadas en su momento por Gwen Clare, quien hasta hace unas semanas se desempeñó como embajadora de Estados Unidos en ese país. La funcionaria dijo que “el glifosato tiene los mismos efectos de la sal común o la aspirina (…) Es menos dañino que la nicotina o la vitamina A”. Si bien es cierto que el glifosato es considerado un herbicida de toxicidad baja, tampoco puede ser considerado inocuo.

Por eso Monsanto, la compañía que lo produce, advierte con claridad sobre su uso: “Roundup destruirá casi cualquier planta verde que esté en crecimiento activo. Roundup no deberá ser aplicado a masas de agua, como estanques, lagunas o arroyos, ya que Roundup puede ser dañino para algunos organismos acuáticos. Después de que un área ha sido pulverizada con Roundup, la gente y las mascotas (tales como gatos y perros) debieran permanecer alejados del área hasta que esté perfectamente seca. Recomendamos que animales que pastan como caballos, ganado, ovejas, cabras, conejos, tortugas y aves, permanezcan fuera del área tratada durante dos semanas”.



Historia sin fin

Es evidente que muchas de estas recomendaciones no se cumplen en Colombia por diferentes razones. Como los cultivos que van a ser fumigados son ilícitos, los campesinos no son alertados por las autoridades de las operaciones que se van a llevar a cabo. Por eso en la mayoría de los casos están trabajando en sus sembrados cuando ven aparecer sobre el horizonte las avionetas y los helicópteros policiales. Algunos se esconden, pero los más avezados se meten en la lluvia química para aplicarles aguadepanela a las hojas y así evitar la acción del herbicida.

Además, como los campesinos siembran coca o amapola entremezclada con otros productos, es inevitable que otros cultivos sean afectados por la fumigación por más despliegue tecnológico que usen las autoridades para intentar hacer la operación con la mayor precisión posible. Hay 15 parámetros que deben cumplirse para que este proceso tenga éxito. La velocidad del viento, por ejemplo, debe ser de sólo siete kilómetros por hora. Sin embargo no siempre las cosas salen como se desea y por eso el glifosato cae en estanques piscícolas, donde los alevinos son presa fácil de este químico, como le contó un campesino del Putumayo a la Defensoría del Pueblo: “Tenía 8.000 peces y se me han muerto 3.000”. Esta contaminación es real. Sobre otras fuentes de agua no es tan claro. Acosta, el personero de Samaniego, recogió muestras de agua en la zona y se las envió al Instituto Departamental de Salud. La respuesta que le dieron, según le contó a SEMANA, fue que “ni ellos, ni nadie en todo el departamento, cuentan con el personal especializado y los equipos apropiados para realizar los análisis necesarios de las muestras y determinar si el consumo del agua es peligroso para la salud de los seres humanos y los animales”.

La fumigación perfecta no existe y menos en geografías y climas tan complicados como el colombiano. Siempre, por más tecnología que se le aplique, va a dejar víctimas. Y en el caso colombiano, tal como se ha comprobado una y otra vez, no son los narcotraficantes los que salen perjudicados sino los campesinos que llevan una vida muy precaria, medio nómada y marcada por la violencia. Cultivan coca o amapola como una medida desesperada para tratar de sobrevivir.

Por todo esto, para evitar que la cuerda se siga rompiendo por el lado más débil, una coalición de 35 organizaciones no gubernamentales estadounidenses, otras tantas nacionales y algunas autoridades quieren que se pare la fumigación aérea. A cambio proponen erradicación manual y planes de intervención social más ambiciosos, rápidos y efectivos. Tal como están las cosas creen que la política actual, como dice Sanho Tree, del Institute for Policy Studies, “es igual a sólo abrir más sepulturas para los enfermos de sida”.

Es cierto que sembrar cultivos ilícitos es un cáncer social. Sólo traen vicio y muerte. Pero también es verdad que las alternativas para ganarse la vida son escasas en esas regiones y que por más sufrimiento que traigan las lluvias de glifosato —con su estela amarillenta que no distingue entre cultivos lícitos o ilícitos— la gente va a reincidir. Y más aún si las limitaciones que impone la geografía colombiana hacen que el glifosato caiga en cualquier parte, llevándose por delante los esfuerzos de los campesinos pobres por plantar cultivos alternativos o los que hacen por no sucumbir a las promesas falsas de dinero fácil de los grupos armados.



Páginas web relacionadas



Fumigaciones: más grave que la desinformación es la mala información



CONTROL SOBRE LOS EFECTOS SOCIALES Y ECONÓMICOS(Internvención del Defensor del Pueblo, Eduardo Cifuentes, ante el Congreso de la República)



Informe del Departamento de Estado de Estados Unidos sobre fumigación en Colombia



Documentos de Vía Alterna.Com sobre fumigación



La fumigacion es muy similar a la acción de arar la tierra. En el aire las avionetas Turbo Thrush van y vienen. Trazan líneas paralelas, separadas 52 metros una de otra, a lo largo de las cuales, en ciertas coordenadas previamente seleccionadas, los pilotos abren y cierran las boquillas para que el glifosato caiga sobre los cultivos de coca o amapola. La lluvia química cae con rapidez sobre los cultivos ilícitos. El secreto para que esto ocurra está en la composición de la mezcla.

Las gotas de glifosato son grandes y redondas. Cuando se les agregan dos sustancias conocidas con el nombre genérico de surfactantes, que permiten una mayor adherencia del producto a las plantas, las gotas se vuelven oblongas. “El surfactante encapsula la gota, le da más peso, más velocidad, más precisión”, dice Luis Parra, un experto en el tema contactado por la embajada de Estados Unidos para hablar con los medios de comunicación. Luego, cuando el glifosato alcanza su objetivo, comienza su proceso de destrucción. Según Parra, “entra a la planta a través de la cutícula de las hojas y viaja por el floema, el sistema circulatorio de los vegetales, y se localiza en todos los puntos de crecimiento y empieza un proceso de muerte descendente”.

Los resultados de la operación no tardan en hacerse visibles pues la efectividad del Roundup Ultra, nombre comercial del producto con el que se fumiga, es de entre 91 y 94 por ciento. Los cultivos se secan sin remedio. Ningún vegetal, a excepción de las especies leñosas, que necesitarían una dosis mayor, está a salvo de este herbicida, el más famoso del mundo por cuenta de su comercialización en 130 países. De esto pueden dar fe los campesinos de Bolívar, Norte de Santander, Tolima, Huila, Caquetá, Cauca, Nariño y Putumayo. También las numerosas delegaciones internacionales que han visitado algunas de estas zonas para observar en el terreno los efectos de la fumigación. Lo que estos visitantes querían saber es: ¿por qué razón son rociados cultivos diferentes a los ilícitos? ¿Qué secuelas reales tienen para el medio ambiente y la salud humana la fórmula que se usa contra los sembrados de coca y amapola en Colombia? Las respuestas van a definir en gran parte si se aprueba y de qué manera la ayuda estadounidense para la nueva versión del Plan Colombia —Iniciativa Andina Antidrogas— en el Senado de ese país a comienzos de septiembre.



De arriba y de abajo

El pasado 16 de agosto Rand Beers, secretario de Estado adjunto para Asuntos Internacionales de Narcóticos y Aplicación de la Ley de Estados Unidos, defendió con vehemencia el programa de fumigación y dijo que no había pruebas concluyentes de que el glifosato era la causa de los problemas de salud de los campesinos colombianos. Dijo que él había sido bañado con este producto durante una visita a Colombia, que no le había pasado nada y que estaba dispuesto a repetir la experiencia para demostrarles a los incrédulos que el herbicida no es tóxico en las dosis en que es regado en el país. Según el experto Luis Parra, si una persona queda expuesta por casualidad a la fumigación “va a sufrir unos síntomas que son todos reversibles. A lo sumo va a tener una irritación en las mucosas, en la conjuntiva de los ojos, que si se trata con agua no va a tener ningún problema, no va a dejar ninguna secuela”.

Estos testimonios están alineados con las conclusiones de la investigación que llevó a cabo en abril la compañía GRS Solutions sobre el mismo tema. El estudio fue categórico al afirmar que “los intentos de cuantificar riesgos adversos para la salud humana en la campaña de erradicación aérea están colmados de emoción pero no se basan en la ciencia”. La embajada de Estados Unidos en Colombia contrató otro estudio con la clínica de toxicología Uribe Cualla. Esta institución evaluó 21 historias clínicas en el municipio caucano de Aponte, donde la periodista Marjon van Royen describió una epidemia de picazón como consecuencia de las fumigaciones. La clínica descubrió que la mayoría de las supuestas víctimas del glifosato habían sufrido molestias como consecuencia de parásitos y bacterias.

No obstante las comunidades que sufren el gliofosato desde abajo no se muestran tan optimistas como los expertos. SEMANA escogió al azar un pueblo que había sido fumigado en varias ocasiones y lo visitó sin aviso para evitar así cualquier sesgo en los testimonios. En La Cruz, Nariño, donde se ha fumigado tres veces desde 1999, encontró a Erika Portillo, médica del Hospital Buen Samaritano. “Hemos venido observando que el número de consultas por patologías como afecciones respiratorias, trastornos de la piel, irritaciones oculares y problemas gastrointestinales aumentan en un 50 por ciento cada vez que hay fumigaciones”, dijo la doctora a SEMANA. Después de la más reciente, cuenta Portillo, “recibimos 80 pacientes con problemas respiratorios en los 15 días siguientes al hecho, lo cual desborda el promedio mensual, que está en 35 pacientes”.

Aunque no se puede determinar la gravedad de las afecciones que produjeron las fumigaciones en La Cruz en la salud de las personas sí se supo con certeza que a muchos los dejó en la ruina. En Tajumbina, una vereda sobre los 3.000 metros de altitud, el glifosato arrasó no sólo con toda la cosecha de amapola, sino también con los cultivos de papa, arveja y maíz. “Lo primero que pasó por acá después de la primera fumigación fue que al perder las cosechas se disparó la delincuencia en las carreteras de la región”, precisó a SEMANA uno de los campesinos, que pidió ocultar su nombre. Unos meses después, cuando los alimentos empezaron a escasear, los grupos subversivos reclutaron a la gente, en su mayoría jóvenes, que habían quedado sin nada que hacer ofreciéndoles salarios hasta de 400.000 pesos por ingresar a sus filas. Resulta una ironía que la política de fumigaciones que se supone debe dejar sin recursos a la guerrilla termine arrojando en sus brazos a decenas de jóvenes que perdieron sus cosechas lícitas, y por tanto su trabajo.

La comunidad indígena Inga, asentada en la vereda de Aponte, municipio del Tablón de Gómez, fue beneficiada por el Fondo Nacional de Desarrollo Alternativo, Plante, con un proyecto para sustituir los cultivos ilícitos de amapola que allí tenían por arveja. Toda la comunidad se concentró en la tarea de sacar adelante este cultivo tradicional pero hace un mes pasaron los aviones de fumigación y se quedaron sin nada. Desesperado, su gobernador, Libardo Chazoi, viajó a Bogotá en un intento por hacerse escuchar.

En Samaniego, Nariño, la directora del hospital, Teresa García, dice que desde que comenzaron las fumigaciones ha habido un aumento sustancial “de las consultas por problemas respiratorios, dermatitis y diarrea, pero aunque realizamos las denuncias correspondientes no hemos recibido ningún apoyo”. Y la semana pasada un grupo de líderes indígenas y de ambientalistas ecuatorianos presentó un informe en Bogotá sobre las consecuencias que ha tenido la fumigación en el norte de su país. El médico Adolfo Maldonado, miembro de la organización no gubernamental Acción Ecológica, le dijo a una agencia de noticias que “el ciento por ciento de las personas que habitan a menos de cinco kilómetros de la frontera sufrieron intoxicaciones agudas”. El informe en mención sostiene que “el síntoma más frecuente en las personas que viven en las zonas más cercanas a la frontera es la fiebre, indicativo de la presencia en la sangre del químico fumigado”. A lo anterior se suman, según los ecuatorianos, diarreas frecuentes, cefaleas, tos, dermatitis, irritación de conjuntivas y vómitos.

En Ecuador estás denuncias fueron minimizadas en su momento por Gwen Clare, quien hasta hace unas semanas se desempeñó como embajadora de Estados Unidos en ese país. La funcionaria dijo que “el glifosato tiene los mismos efectos de la sal común o la aspirina (…) Es menos dañino que la nicotina o la vitamina A”. Si bien es cierto que el glifosato es considerado un herbicida de toxicidad baja, tampoco puede ser considerado inocuo.

Por eso Monsanto, la compañía que lo produce, advierte con claridad sobre su uso: “Roundup destruirá casi cualquier planta verde que esté en crecimiento activo. Roundup no deberá ser aplicado a masas de agua, como estanques, lagunas o arroyos, ya que Roundup puede ser dañino para algunos organismos acuáticos. Después de que un área ha sido pulverizada con Roundup, la gente y las mascotas (tales como gatos y perros) debieran permanecer alejados del área hasta que esté perfectamente seca. Recomendamos que animales que pastan como caballos, ganado, ovejas, cabras, conejos, tortugas y aves, permanezcan fuera del área tratada durante dos semanas”.



Historia sin fin

Es evidente que muchas de estas recomendaciones no se cumplen en Colombia por diferentes razones. Como los cultivos que van a ser fumigados son ilícitos, los campesinos no son alertados por las autoridades de las operaciones que se van a llevar a cabo. Por eso en la mayoría de los casos están trabajando en sus sembrados cuando ven aparecer sobre el horizonte las avionetas y los helicópteros policiales. Algunos se esconden, pero los más avezados se meten en la lluvia química para aplicarles aguadepanela a las hojas y así evitar la acción del herbicida.

Además, como los campesinos siembran coca o amapola entremezclada con otros productos, es inevitable que otros cultivos sean afectados por la fumigación por más despliegue tecnológico que usen las autoridades para intentar hacer la operación con la mayor precisión posible. Hay 15 parámetros que deben cumplirse para que este proceso tenga éxito. La velocidad del viento, por ejemplo, debe ser de sólo siete kilómetros por hora. Sin embargo no siempre las cosas salen como se desea y por eso el glifosato cae en estanques piscícolas, donde los alevinos son presa fácil de este químico, como le contó un campesino del Putumayo a la Defensoría del Pueblo: “Tenía 8.000 peces y se me han muerto 3.000”. Esta contaminación es real. Sobre otras fuentes de agua no es tan claro. Acosta, el personero de Samaniego, recogió muestras de agua en la zona y se las envió al Instituto Departamental de Salud. La respuesta que le dieron, según le contó a SEMANA, fue que “ni ellos, ni nadie en todo el departamento, cuentan con el personal especializado y los equipos apropiados para realizar los análisis necesarios de las muestras y determinar si el consumo del agua es peligroso para la salud de los seres humanos y los animales”.

La fumigación perfecta no existe y menos en geografías y climas tan complicados como el colombiano. Siempre, por más tecnología que se le aplique, va a dejar víctimas. Y en el caso colombiano, tal como se ha comprobado una y otra vez, no son los narcotraficantes los que salen perjudicados sino los campesinos que llevan una vida muy precaria, medio nómada y marcada por la violencia. Cultivan coca o amapola como una medida desesperada para tratar de sobrevivir.

Por todo esto, para evitar que la cuerda se siga rompiendo por el lado más débil, una coalición de 35 organizaciones no gubernamentales estadounidenses, otras tantas nacionales y algunas autoridades quieren que se pare la fumigación aérea. A cambio proponen erradicación manual y planes de intervención social más ambiciosos, rápidos y efectivos. Tal como están las cosas creen que la política actual, como dice Sanho Tree, del Institute for Policy Studies, “es igual a sólo abrir más sepulturas para los enfermos de sida”.

Es cierto que sembrar cultivos ilícitos es un cáncer social. Sólo traen vicio y muerte. Pero también es verdad que las alternativas para ganarse la vida son escasas en esas regiones y que por más sufrimiento que traigan las lluvias de glifosato —con su estela amarillenta que no distingue entre cultivos lícitos o ilícitos— la gente va a reincidir. Y más aún si las limitaciones que impone la geografía colombiana hacen que el glifosato caiga en cualquier parte, llevándose por delante los esfuerzos de los campesinos pobres por plantar cultivos alternativos o los que hacen por no sucumbir a las promesas falsas de dinero fácil de los grupos armados.



Páginas web relacionadas



Fumigaciones: más grave que la desinformación es la mala información



CONTROL SOBRE LOS EFECTOS SOCIALES Y ECONÓMICOS(Internvención del Defensor del Pueblo, Eduardo Cifuentes, ante el Congreso de la República)



Informe del Departamento de Estado de Estados Unidos sobre fumigación en Colombia



Documentos de Vía Alterna.Com sobre fumigación



Las fumigaciones aéreas sobre cultivos ilícitos si son peligrosas(Conferencia "Las Guerras en Colombia: Drogas,Armas y petróleo")



La fumigacion es muy similar a la acción de arar la tierra. En el aire las avionetas Turbo Thrush van y vienen. Trazan líneas paralelas, separadas 52 metros una de otra, a lo largo de las cuales, en ciertas coordenadas previamente seleccionadas, los pilotos abren y cierran las boquillas para que el glifosato caiga sobre los cultivos de coca o amapola. La lluvia química cae con rapidez sobre los cultivos ilícitos. El secreto para que esto ocurra está en la composición de la mezcla.

Las gotas de glifosato son grandes y redondas. Cuando se les agregan dos sustancias conocidas con el nombre genérico de surfactantes, que permiten una mayor adherencia del producto a las plantas, las gotas se vuelven oblongas. “El surfactante encapsula la gota, le da más peso, más velocidad, más precisión”, dice Luis Parra, un experto en el tema contactado por la embajada de Estados Unidos para hablar con los medios de comunicación. Luego, cuando el glifosato alcanza su objetivo, comienza su proceso de destrucción. Según Parra, “entra a la planta a través de la cutícula de las hojas y viaja por el floema, el sistema circulatorio de los vegetales, y se localiza en todos los puntos de crecimiento y empieza un proceso de muerte descendente”.

Los resultados de la operación no tardan en hacerse visibles pues la efectividad del Roundup Ultra, nombre comercial del producto con el que se fumiga, es de entre 91 y 94 por ciento. Los cultivos se secan sin remedio. Ningún vegetal, a excepción de las especies leñosas, que necesitarían una dosis mayor, está a salvo de este herbicida, el más famoso del mundo por cuenta de su comercialización en 130 países. De esto pueden dar fe los campesinos de Bolívar, Norte de Santander, Tolima, Huila, Caquetá, Cauca, Nariño y Putumayo. También las numerosas delegaciones internacionales que han visitado algunas de estas zonas para observar en el terreno los efectos de la fumigación. Lo que estos visitantes querían saber es: ¿por qué razón son rociados cultivos diferentes a los ilícitos? ¿Qué secuelas reales tienen para el medio ambiente y la salud humana la fórmula que se usa contra los sembrados de coca y amapola en Colombia? Las respuestas van a definir en gran parte si se aprueba y de qué manera la ayuda estadounidense para la nueva versión del Plan Colombia —Iniciativa Andina Antidrogas— en el Senado de ese país a comienzos de septiembre.



De arriba y de abajo

El pasado 16 de agosto Rand Beers, secretario de Estado adjunto para Asuntos Internacionales de Narcóticos y Aplicación de la Ley de Estados Unidos, defendió con vehemencia el programa de fumigación y dijo que no había pruebas concluyentes de que el glifosato era la causa de los problemas de salud de los campesinos colombianos. Dijo que él había sido bañado con este producto durante una visita a Colombia, que no le había pasado nada y que estaba dispuesto a repetir la experiencia para demostrarles a los incrédulos que el herbicida no es tóxico en las dosis en que es regado en el país. Según el experto Luis Parra, si una persona queda expuesta por casualidad a la fumigación “va a sufrir unos síntomas que son todos reversibles. A lo sumo va a tener una irritación en las mucosas, en la conjuntiva de los ojos, que si se trata con agua no va a tener ningún problema, no va a dejar ninguna secuela”.

Estos testimonios están alineados con las conclusiones de la investigación que llevó a cabo en abril la compañía GRS Solutions sobre el mismo tema. El estudio fue categórico al afirmar que “los intentos de cuantificar riesgos adversos para la salud humana en la campaña de erradicación aérea están colmados de emoción pero no se basan en la ciencia”. La embajada de Estados Unidos en Colombia contrató otro estudio con la clínica de toxicología Uribe Cualla. Esta institución evaluó 21 historias clínicas en el municipio caucano de Aponte, donde la periodista Marjon van Royen describió una epidemia de picazón como consecuencia de las fumigaciones. La clínica descubrió que la mayoría de las supuestas víctimas del glifosato habían sufrido molestias como consecuencia de parásitos y bacterias.

No obstante las comunidades que sufren el gliofosato desde abajo no se muestran tan optimistas como los expertos. SEMANA escogió al azar un pueblo que había sido fumigado en varias ocasiones y lo visitó sin aviso para evitar así cualquier sesgo en los testimonios. En La Cruz, Nariño, donde se ha fumigado tres veces desde 1999, encontró a Erika Portillo, médica del Hospital Buen Samaritano. “Hemos venido observando que el número de consultas por patologías como afecciones respiratorias, trastornos de la piel, irritaciones oculares y problemas gastrointestinales aumentan en un 50 por ciento cada vez que hay fumigaciones”, dijo la doctora a SEMANA. Después de la más reciente, cuenta Portillo, “recibimos 80 pacientes con problemas respiratorios en los 15 días siguientes al hecho, lo cual desborda el promedio mensual, que está en 35 pacientes”.

Aunque no se puede determinar la gravedad de las afecciones que produjeron las fumigaciones en La Cruz en la salud de las personas sí se supo con certeza que a muchos los dejó en la ruina. En Tajumbina, una vereda sobre los 3.000 metros de altitud, el glifosato arrasó no sólo con toda la cosecha de amapola, sino también con los cultivos de papa, arveja y maíz. “Lo primero que pasó por acá después de la primera fumigación fue que al perder las cosechas se disparó la delincuencia en las carreteras de la región”, precisó a SEMANA uno de los campesinos, que pidió ocultar su nombre. Unos meses después, cuando los alimentos empezaron a escasear, los grupos subversivos reclutaron a la gente, en su mayoría jóvenes, que habían quedado sin nada que hacer ofreciéndoles salarios hasta de 400.000 pesos por ingresar a sus filas. Resulta una ironía que la política de fumigaciones que se supone debe dejar sin recursos a la guerrilla termine arrojando en sus brazos a decenas de jóvenes que perdieron sus cosechas lícitas, y por tanto su trabajo.

La comunidad indígena Inga, asentada en la vereda de Aponte, municipio del Tablón de Gómez, fue beneficiada por el Fondo Nacional de Desarrollo Alternativo, Plante, con un proyecto para sustituir los cultivos ilícitos de amapola que allí tenían por arveja. Toda la comunidad se concentró en la tarea de sacar adelante este cultivo tradicional pero hace un mes pasaron los aviones de fumigación y se quedaron sin nada. Desesperado, su gobernador, Libardo Chazoi, viajó a Bogotá en un intento por hacerse escuchar.

En Samaniego, Nariño, la directora del hospital, Teresa García, dice que desde que comenzaron las fumigaciones ha habido un aumento sustancial “de las consultas por problemas respiratorios, dermatitis y diarrea, pero aunque realizamos las denuncias correspondientes no hemos recibido ningún apoyo”. Y la semana pasada un grupo de líderes indígenas y de ambientalistas ecuatorianos presentó un informe en Bogotá sobre las consecuencias que ha tenido la fumigación en el norte de su país. El médico Adolfo Maldonado, miembro de la organización no gubernamental Acción Ecológica, le dijo a una agencia de noticias que “el ciento por ciento de las personas que habitan a menos de cinco kilómetros de la frontera sufrieron intoxicaciones agudas”. El informe en mención sostiene que “el síntoma más frecuente en las personas que viven en las zonas más cercanas a la frontera es la fiebre, indicativo de la presencia en la sangre del químico fumigado”. A lo anterior se suman, según los ecuatorianos, diarreas frecuentes, cefaleas, tos, dermatitis, irritación de conjuntivas y vómitos.

En Ecuador estás denuncias fueron minimizadas en su momento por Gwen Clare, quien hasta hace unas semanas se desempeñó como embajadora de Estados Unidos en ese país. La funcionaria dijo que “el glifosato tiene los mismos efectos de la sal común o la aspirina (…) Es menos dañino que la nicotina o la vitamina A”. Si bien es cierto que el glifosato es considerado un herbicida de toxicidad baja, tampoco puede ser considerado inocuo.

Por eso Monsanto, la compañía que lo produce, advierte con claridad sobre su uso: “Roundup destruirá casi cualquier planta verde que esté en crecimiento activo. Roundup no deberá ser aplicado a masas de agua, como estanques, lagunas o arroyos, ya que Roundup puede ser dañino para algunos organismos acuáticos. Después de que un área ha sido pulverizada con Roundup, la gente y las mascotas (tales como gatos y perros) debieran permanecer alejados del área hasta que esté perfectamente seca. Recomendamos que animales que pastan como caballos, ganado, ovejas, cabras, conejos, tortugas y aves, permanezcan fuera del área tratada durante dos semanas”.



Historia sin fin

Es evidente que muchas de estas recomendaciones no se cumplen en Colombia por diferentes razones. Como los cultivos que van a ser fumigados son ilícitos, los campesinos no son alertados por las autoridades de las operaciones que se van a llevar a cabo. Por eso en la mayoría de los casos están trabajando en sus sembrados cuando ven aparecer sobre el horizonte las avionetas y los helicópteros policiales. Algunos se esconden, pero los más avezados se meten en la lluvia química para aplicarles aguadepanela a las hojas y así evitar la acción del herbicida.

Además, como los campesinos siembran coca o amapola entremezclada con otros productos, es inevitable que otros cultivos sean afectados por la fumigación por más despliegue tecnológico que usen las autoridades para intentar hacer la operación con la mayor precisión posible. Hay 15 parámetros que deben cumplirse para que este proceso tenga éxito. La velocidad del viento, por ejemplo, debe ser de sólo siete kilómetros por hora. Sin embargo no siempre las cosas salen como se desea y por eso el glifosato cae en estanques piscícolas, donde los alevinos son presa fácil de este químico, como le contó un campesino del Putumayo a la Defensoría del Pueblo: “Tenía 8.000 peces y se me han muerto 3.000”. Esta contaminación es real. Sobre otras fuentes de agua no es tan claro. Acosta, el personero de Samaniego, recogió muestras de agua en la zona y se las envió al Instituto Departamental de Salud. La respuesta que le dieron, según le contó a SEMANA, fue que “ni ellos, ni nadie en todo el departamento, cuentan con el personal especializado y los equipos apropiados para realizar los análisis necesarios de las muestras y determinar si el consumo del agua es peligroso para la salud de los seres humanos y los animales”.

La fumigación perfecta no existe y menos en geografías y climas tan complicados como el colombiano. Siempre, por más tecnología que se le aplique, va a dejar víctimas. Y en el caso colombiano, tal como se ha comprobado una y otra vez, no son los narcotraficantes los que salen perjudicados sino los campesinos que llevan una vida muy precaria, medio nómada y marcada por la violencia. Cultivan coca o amapola como una medida desesperada para tratar de sobrevivir.

Por todo esto, para evitar que la cuerda se siga rompiendo por el lado más débil, una coalición de 35 organizaciones no gubernamentales estadounidenses, otras tantas nacionales y algunas autoridades quieren que se pare la fumigación aérea. A cambio proponen erradicación manual y planes de intervención social más ambiciosos, rápidos y efectivos. Tal como están las cosas creen que la política actual, como dice Sanho Tree, del Institute for Policy Studies, “es igual a sólo abrir más sepulturas para los enfermos de sida”.

Es cierto que sembrar cultivos ilícitos es un cáncer social. Sólo traen vicio y muerte. Pero también es verdad que las alternativas para ganarse la vida son escasas en esas regiones y que por más sufrimiento que traigan las lluvias de glifosato —con su estela amarillenta que no distingue entre cultivos lícitos o ilícitos— la gente va a reincidir. Y más aún si las limitaciones que impone la geografía colombiana hacen que el glifosato caiga en cualquier parte, llevándose por delante los esfuerzos de los campesinos pobres por plantar cultivos alternativos o los que hacen por no sucumbir a las promesas falsas de dinero fácil de los grupos armados.



Páginas web relacionadas



Fumigaciones: más grave que la desinformación es la mala información



CONTROL SOBRE LOS EFECTOS SOCIALES Y ECONÓMICOS(Internvención del Defensor del Pueblo, Eduardo Cifuentes, ante el Congreso de la República)



Informe del Departamento de Estado de Estados Unidos sobre fumigación en Colombia



Documentos de Vía Alterna.Com sobre fumigación



Las fumigaciones aéreas sobre cultivos ilícitos si son peligrosas(Conferencia "Las Guerras en Colombia: Drogas,Armas y petróleo")



Carta de Joaquim Miranda, Presidente de la Comisión del Desarrollo y la Cooperación del Parlamento Europeo, al presidente Andrés Pastrana



La fumigacion es muy similar a la acción de arar la tierra. En el aire las avionetas Turbo Thrush van y vienen. Trazan líneas paralelas, separadas 52 metros una de otra, a lo largo de las cuales, en ciertas coordenadas previamente seleccionadas, los pilotos abren y cierran las boquillas para que el glifosato caiga sobre los cultivos de coca o amapola. La lluvia química cae con rapidez sobre los cultivos ilícitos. El secreto para que esto ocurra está en la composición de la mezcla.

Las gotas de glifosato son grandes y redondas. Cuando se les agregan dos sustancias conocidas con el nombre genérico de surfactantes, que permiten una mayor adherencia del producto a las plantas, las gotas se vuelven oblongas. “El surfactante encapsula la gota, le da más peso, más velocidad, más precisión”, dice Luis Parra, un experto en el tema contactado por la embajada de Estados Unidos para hablar con los medios de comunicación. Luego, cuando el glifosato alcanza su objetivo, comienza su proceso de destrucción. Según Parra, “entra a la planta a través de la cutícula de las hojas y viaja por el floema, el sistema circulatorio de los vegetales, y se localiza en todos los puntos de crecimiento y empieza un proceso de muerte descendente”.

Los resultados de la operación no tardan en hacerse visibles pues la efectividad del Roundup Ultra, nombre comercial del producto con el que se fumiga, es de entre 91 y 94 por ciento. Los cultivos se secan sin remedio. Ningún vegetal, a excepción de las especies leñosas, que necesitarían una dosis mayor, está a salvo de este herbicida, el más famoso del mundo por cuenta de su comercialización en 130 países. De esto pueden dar fe los campesinos de Bolívar, Norte de Santander, Tolima, Huila, Caquetá, Cauca, Nariño y Putumayo. También las numerosas delegaciones internacionales que han visitado algunas de estas zonas para observar en el terreno los efectos de la fumigación. Lo que estos visitantes querían saber es: ¿por qué razón son rociados cultivos diferentes a los ilícitos? ¿Qué secuelas reales tienen para el medio ambiente y la salud humana la fórmula que se usa contra los sembrados de coca y amapola en Colombia? Las respuestas van a definir en gran parte si se aprueba y de qué manera la ayuda estadounidense para la nueva versión del Plan Colombia —Iniciativa Andina Antidrogas— en el Senado de ese país a comienzos de septiembre.



De arriba y de abajo

El pasado 16 de agosto Rand Beers, secretario de Estado adjunto para Asuntos Internacionales de Narcóticos y Aplicación de la Ley de Estados Unidos, defendió con vehemencia el programa de fumigación y dijo que no había pruebas concluyentes de que el glifosato era la causa de los problemas de salud de los campesinos colombianos. Dijo que él había sido bañado con este producto durante una visita a Colombia, que no le había pasado nada y que estaba dispuesto a repetir la experiencia para demostrarles a los incrédulos que el herbicida no es tóxico en las dosis en que es regado en el país. Según el experto Luis Parra, si una persona queda expuesta por casualidad a la fumigación “va a sufrir unos síntomas que son todos reversibles. A lo sumo va a tener una irritación en las mucosas, en la conjuntiva de los ojos, que si se trata con agua no va a tener ningún problema, no va a dejar ninguna secuela”.

Estos testimonios están alineados con las conclusiones de la investigación que llevó a cabo en abril la compañía GRS Solutions sobre el mismo tema. El estudio fue categórico al afirmar que “los intentos de cuantificar riesgos adversos para la salud humana en la campaña de erradicación aérea están colmados de emoción pero no se basan en la ciencia”. La embajada de Estados Unidos en Colombia contrató otro estudio con la clínica de toxicología Uribe Cualla. Esta institución evaluó 21 historias clínicas en el municipio caucano de Aponte, donde la periodista Marjon van Royen describió una epidemia de picazón como consecuencia de las fumigaciones. La clínica descubrió que la mayoría de las supuestas víctimas del glifosato habían sufrido molestias como consecuencia de parásitos y bacterias.

No obstante las comunidades que sufren el gliofosato desde abajo no se muestran tan optimistas como los expertos. SEMANA escogió al azar un pueblo que había sido fumigado en varias ocasiones y lo visitó sin aviso para evitar así cualquier sesgo en los testimonios. En La Cruz, Nariño, donde se ha fumigado tres veces desde 1999, encontró a Erika Portillo, médica del Hospital Buen Samaritano. “Hemos venido observando que el número de consultas por patologías como afecciones respiratorias, trastornos de la piel, irritaciones oculares y problemas gastrointestinales aumentan en un 50 por ciento cada vez que hay fumigaciones”, dijo la doctora a SEMANA. Después de la más reciente, cuenta Portillo, “recibimos 80 pacientes con problemas respiratorios en los 15 días siguientes al hecho, lo cual desborda el promedio mensual, que está en 35 pacientes”.

Aunque no se puede determinar la gravedad de las afecciones que produjeron las fumigaciones en La Cruz en la salud de las personas sí se supo con certeza que a muchos los dejó en la ruina. En Tajumbina, una vereda sobre los 3.000 metros de altitud, el glifosato arrasó no sólo con toda la cosecha de amapola, sino también con los cultivos de papa, arveja y maíz. “Lo primero que pasó por acá después de la primera fumigación fue que al perder las cosechas se disparó la delincuencia en las carreteras de la región”, precisó a SEMANA uno de los campesinos, que pidió ocultar su nombre. Unos meses después, cuando los alimentos empezaron a escasear, los grupos subversivos reclutaron a la gente, en su mayoría jóvenes, que habían quedado sin nada que hacer ofreciéndoles salarios hasta de 400.000 pesos por ingresar a sus filas. Resulta una ironía que la política de fumigaciones que se supone debe dejar sin recursos a la guerrilla termine arrojando en sus brazos a decenas de jóvenes que perdieron sus cosechas lícitas, y por tanto su trabajo.

La comunidad indígena Inga, asentada en la vereda de Aponte, municipio del Tablón de Gómez, fue beneficiada por el Fondo Nacional de Desarrollo Alternativo, Plante, con un proyecto para sustituir los cultivos ilícitos de amapola que allí tenían por arveja. Toda la comunidad se concentró en la tarea de sacar adelante este cultivo tradicional pero hace un mes pasaron los aviones de fumigación y se quedaron sin nada. Desesperado, su gobernador, Libardo Chazoi, viajó a Bogotá en un intento por hacerse escuchar.

En Samaniego, Nariño, la directora del hospital, Teresa García, dice que desde que comenzaron las fumigaciones ha habido un aumento sustancial “de las consultas por problemas respiratorios, dermatitis y diarrea, pero aunque realizamos las denuncias correspondientes no hemos recibido ningún apoyo”. Y la semana pasada un grupo de líderes indígenas y de ambientalistas ecuatorianos presentó un informe en Bogotá sobre las consecuencias que ha tenido la fumigación en el norte de su país. El médico Adolfo Maldonado, miembro de la organización no gubernamental Acción Ecológica, le dijo a una agencia de noticias que “el ciento por ciento de las personas que habitan a menos de cinco kilómetros de la frontera sufrieron intoxicaciones agudas”. El informe en mención sostiene que “el síntoma más frecuente en las personas que viven en las zonas más cercanas a la frontera es la fiebre, indicativo de la presencia en la sangre del químico fumigado”. A lo anterior se suman, según los ecuatorianos, diarreas frecuentes, cefaleas, tos, dermatitis, irritación de conjuntivas y vómitos.

En Ecuador estás denuncias fueron minimizadas en su momento por Gwen Clare, quien hasta hace unas semanas se desempeñó como embajadora de Estados Unidos en ese país. La funcionaria dijo que “el glifosato tiene los mismos efectos de la sal común o la aspirina (…) Es menos dañino que la nicotina o la vitamina A”. Si bien es cierto que el glifosato es considerado un herbicida de toxicidad baja, tampoco puede ser considerado inocuo.

Por eso Monsanto, la compañía que lo produce, advierte con claridad sobre su uso: “Roundup destruirá casi cualquier planta verde que esté en crecimiento activo. Roundup no deberá ser aplicado a masas de agua, como estanques, lagunas o arroyos, ya que Roundup puede ser dañino para algunos organismos acuáticos. Después de que un área ha sido pulverizada con Roundup, la gente y las mascotas (tales como gatos y perros) debieran permanecer alejados del área hasta que esté perfectamente seca. Recomendamos que animales que pastan como caballos, ganado, ovejas, cabras, conejos, tortugas y aves, permanezcan fuera del área tratada durante dos semanas”.



Historia sin fin

Es evidente que muchas de estas recomendaciones no se cumplen en Colombia por diferentes razones. Como los cultivos que van a ser fumigados son ilícitos, los campesinos no son alertados por las autoridades de las operaciones que se van a llevar a cabo. Por eso en la mayoría de los casos están trabajando en sus sembrados cuando ven aparecer sobre el horizonte las avionetas y los helicópteros policiales. Algunos se esconden, pero los más avezados se meten en la lluvia química para aplicarles aguadepanela a las hojas y así evitar la acción del herbicida.

Además, como los campesinos siembran coca o amapola entremezclada con otros productos, es inevitable que otros cultivos sean afectados por la fumigación por más despliegue tecnológico que usen las autoridades para intentar hacer la operación con la mayor precisión posible. Hay 15 parámetros que deben cumplirse para que este proceso tenga éxito. La velocidad del viento, por ejemplo, debe ser de sólo siete kilómetros por hora. Sin embargo no siempre las cosas salen como se desea y por eso el glifosato cae en estanques piscícolas, donde los alevinos son presa fácil de este químico, como le contó un campesino del Putumayo a la Defensoría del Pueblo: “Tenía 8.000 peces y se me han muerto 3.000”. Esta contaminación es real. Sobre otras fuentes de agua no es tan claro. Acosta, el personero de Samaniego, recogió muestras de agua en la zona y se las envió al Instituto Departamental de Salud. La respuesta que le dieron, según le contó a SEMANA, fue que “ni ellos, ni nadie en todo el departamento, cuentan con el personal especializado y los equipos apropiados para realizar los análisis necesarios de las muestras y determinar si el consumo del agua es peligroso para la salud de los seres humanos y los animales”.

La fumigación perfecta no existe y menos en geografías y climas tan complicados como el colombiano. Siempre, por más tecnología que se le aplique, va a dejar víctimas. Y en el caso colombiano, tal como se ha comprobado una y otra vez, no son los narcotraficantes los que salen perjudicados sino los campesinos que llevan una vida muy precaria, medio nómada y marcada por la violencia. Cultivan coca o amapola como una medida desesperada para tratar de sobrevivir.

Por todo esto, para evitar que la cuerda se siga rompiendo por el lado más débil, una coalición de 35 organizaciones no gubernamentales estadounidenses, otras tantas nacionales y algunas autoridades quieren que se pare la fumigación aérea. A cambio proponen erradicación manual y planes de intervención social más ambiciosos, rápidos y efectivos. Tal como están las cosas creen que la política actual, como dice Sanho Tree, del Institute for Policy Studies, “es igual a sólo abrir más sepulturas para los enfermos de sida”.

Es cierto que sembrar cultivos ilícitos es un cáncer social. Sólo traen vicio y muerte. Pero también es verdad que las alternativas para ganarse la vida son escasas en esas regiones y que por más sufrimiento que traigan las lluvias de glifosato —con su estela amarillenta que no distingue entre cultivos lícitos o ilícitos— la gente va a reincidir. Y más aún si las limitaciones que impone la geografía colombiana hacen que el glifosato caiga en cualquier parte, llevándose por delante los esfuerzos de los campesinos pobres por plantar cultivos alternativos o los que hacen por no sucumbir a las promesas falsas de dinero fácil de los grupos armados.



Páginas web relacionadas



Fumigaciones: más grave que la desinformación es la mala información



CONTROL SOBRE LOS EFECTOS SOCIALES Y ECONÓMICOS(Internvención del Defensor del Pueblo, Eduardo Cifuentes, ante el Congreso de la República)



Informe del Departamento de Estado de Estados Unidos sobre fumigación en Colombia



Documentos de Vía Alterna.Com sobre fumigación



Las fumigaciones aéreas sobre cultivos ilícitos si son peligrosas(Conferencia "Las Guerras en Colombia: Drogas,Armas y petróleo")



Carta de Joaquim Miranda, Presidente de la Comisión del Desarrollo y la Cooperación del Parlamento Europeo, al presidente Andrés Pastrana



Proyecto de ley "Por la cual se prohiben las fumigaciones aéreas con sustancias químicas y biológicas"



La fumigacion es muy similar a la acción de arar la tierra. En el aire las avionetas Turbo Thrush van y vienen. Trazan líneas paralelas, separadas 52 metros una de otra, a lo largo de las cuales, en ciertas coordenadas previamente seleccionadas, los pilotos abren y cierran las boquillas para que el glifosato caiga sobre los cultivos de coca o amapola. La lluvia química cae con rapidez sobre los cultivos ilícitos. El secreto para que esto ocurra está en la composición de la mezcla.

Las gotas de glifosato son grandes y redondas. Cuando se les agregan dos sustancias conocidas con el nombre genérico de surfactantes, que permiten una mayor adherencia del producto a las plantas, las gotas se vuelven oblongas. “El surfactante encapsula la gota, le da más peso, más velocidad, más precisión”, dice Luis Parra, un experto en el tema contactado por la embajada de Estados Unidos para hablar con los medios de comunicación. Luego, cuando el glifosato alcanza su objetivo, comienza su proceso de destrucción. Según Parra, “entra a la planta a través de la cutícula de las hojas y viaja por el floema, el sistema circulatorio de los vegetales, y se localiza en todos los puntos de crecimiento y empieza un proceso de muerte descendente”.

Los resultados de la operación no tardan en hacerse visibles pues la efectividad del Roundup Ultra, nombre comercial del producto con el que se fumiga, es de entre 91 y 94 por ciento. Los cultivos se secan sin remedio. Ningún vegetal, a excepción de las especies leñosas, que necesitarían una dosis mayor, está a salvo de este herbicida, el más famoso del mundo por cuenta de su comercialización en 130 países. De esto pueden dar fe los campesinos de Bolívar, Norte de Santander, Tolima, Huila, Caquetá, Cauca, Nariño y Putumayo. También las numerosas delegaciones internacionales que han visitado algunas de estas zonas para observar en el terreno los efectos de la fumigación. Lo que estos visitantes querían saber es: ¿por qué razón son rociados cultivos diferentes a los ilícitos? ¿Qué secuelas reales tienen para el medio ambiente y la salud humana la fórmula que se usa contra los sembrados de coca y amapola en Colombia? Las respuestas van a definir en gran parte si se aprueba y de qué manera la ayuda estadounidense para la nueva versión del Plan Colombia —Iniciativa Andina Antidrogas— en el Senado de ese país a comienzos de septiembre.



De arriba y de abajo

El pasado 16 de agosto Rand Beers, secretario de Estado adjunto para Asuntos Internacionales de Narcóticos y Aplicación de la Ley de Estados Unidos, defendió con vehemencia el programa de fumigación y dijo que no había pruebas concluyentes de que el glifosato era la causa de los problemas de salud de los campesinos colombianos. Dijo que él había sido bañado con este producto durante una visita a Colombia, que no le había pasado nada y que estaba dispuesto a repetir la experiencia para demostrarles a los incrédulos que el herbicida no es tóxico en las dosis en que es regado en el país. Según el experto Luis Parra, si una persona queda expuesta por casualidad a la fumigación “va a sufrir unos síntomas que son todos reversibles. A lo sumo va a tener una irritación en las mucosas, en la conjuntiva de los ojos, que si se trata con agua no va a tener ningún problema, no va a dejar ninguna secuela”.

Estos testimonios están alineados con las conclusiones de la investigación que llevó a cabo en abril la compañía GRS Solutions sobre el mismo tema. El estudio fue categórico al afirmar que “los intentos de cuantificar riesgos adversos para la salud humana en la campaña de erradicación aérea están colmados de emoción pero no se basan en la ciencia”. La embajada de Estados Unidos en Colombia contrató otro estudio con la clínica de toxicología Uribe Cualla. Esta institución evaluó 21 historias clínicas en el municipio caucano de Aponte, donde la periodista Marjon van Royen describió una epidemia de picazón como consecuencia de las fumigaciones. La clínica descubrió que la mayoría de las supuestas víctimas del glifosato habían sufrido molestias como consecuencia de parásitos y bacterias.

No obstante las comunidades que sufren el gliofosato desde abajo no se muestran tan optimistas como los expertos. SEMANA escogió al azar un pueblo que había sido fumigado en varias ocasiones y lo visitó sin aviso para evitar así cualquier sesgo en los testimonios. En La Cruz, Nariño, donde se ha fumigado tres veces desde 1999, encontró a Erika Portillo, médica del Hospital Buen Samaritano. “Hemos venido observando que el número de consultas por patologías como afecciones respiratorias, trastornos de la piel, irritaciones oculares y problemas gastrointestinales aumentan en un 50 por ciento cada vez que hay fumigaciones”, dijo la doctora a SEMANA. Después de la más reciente, cuenta Portillo, “recibimos 80 pacientes con problemas respiratorios en los 15 días siguientes al hecho, lo cual desborda el promedio mensual, que está en 35 pacientes”.

Aunque no se puede determinar la gravedad de las afecciones que produjeron las fumigaciones en La Cruz en la salud de las personas sí se supo con certeza que a muchos los dejó en la ruina. En Tajumbina, una vereda sobre los 3.000 metros de altitud, el glifosato arrasó no sólo con toda la cosecha de amapola, sino también con los cultivos de papa, arveja y maíz. “Lo primero que pasó por acá después de la primera fumigación fue que al perder las cosechas se disparó la delincuencia en las carreteras de la región”, precisó a SEMANA uno de los campesinos, que pidió ocultar su nombre. Unos meses después, cuando los alimentos empezaron a escasear, los grupos subversivos reclutaron a la gente, en su mayoría jóvenes, que habían quedado sin nada que hacer ofreciéndoles salarios hasta de 400.000 pesos por ingresar a sus filas. Resulta una ironía que la política de fumigaciones que se supone debe dejar sin recursos a la guerrilla termine arrojando en sus brazos a decenas de jóvenes que perdieron sus cosechas lícitas, y por tanto su trabajo.

La comunidad indígena Inga, asentada en la vereda de Aponte, municipio del Tablón de Gómez, fue beneficiada por el Fondo Nacional de Desarrollo Alternativo, Plante, con un proyecto para sustituir los cultivos ilícitos de amapola que allí tenían por arveja. Toda la comunidad se concentró en la tarea de sacar adelante este cultivo tradicional pero hace un mes pasaron los aviones de fumigación y se quedaron sin nada. Desesperado, su gobernador, Libardo Chazoi, viajó a Bogotá en un intento por hacerse escuchar.

En Samaniego, Nariño, la directora del hospital, Teresa García, dice que desde que comenzaron las fumigaciones ha habido un aumento sustancial “de las consultas por problemas respiratorios, dermatitis y diarrea, pero aunque realizamos las denuncias correspondientes no hemos recibido ningún apoyo”. Y la semana pasada un grupo de líderes indígenas y de ambientalistas ecuatorianos presentó un informe en Bogotá sobre las consecuencias que ha tenido la fumigación en el norte de su país. El médico Adolfo Maldonado, miembro de la organización no gubernamental Acción Ecológica, le dijo a una agencia de noticias que “el ciento por ciento de las personas que habitan a menos de cinco kilómetros de la frontera sufrieron intoxicaciones agudas”. El informe en mención sostiene que “el síntoma más frecuente en las personas que viven en las zonas más cercanas a la frontera es la fiebre, indicativo de la presencia en la sangre del químico fumigado”. A lo anterior se suman, según los ecuatorianos, diarreas frecuentes, cefaleas, tos, dermatitis, irritación de conjuntivas y vómitos.

En Ecuador estás denuncias fueron minimizadas en su momento por Gwen Clare, quien hasta hace unas semanas se desempeñó como embajadora de Estados Unidos en ese país. La funcionaria dijo que “el glifosato tiene los mismos efectos de la sal común o la aspirina (…) Es menos dañino que la nicotina o la vitamina A”. Si bien es cierto que el glifosato es considerado un herbicida de toxicidad baja, tampoco puede ser considerado inocuo.

Por eso Monsanto, la compañía que lo produce, advierte con claridad sobre su uso: “Roundup destruirá casi cualquier planta verde que esté en crecimiento activo. Roundup no deberá ser aplicado a masas de agua, como estanques, lagunas o arroyos, ya que Roundup puede ser dañino para algunos organismos acuáticos. Después de que un área ha sido pulverizada con Roundup, la gente y las mascotas (tales como gatos y perros) debieran permanecer alejados del área hasta que esté perfectamente seca. Recomendamos que animales que pastan como caballos, ganado, ovejas, cabras, conejos, tortugas y aves, permanezcan fuera del área tratada durante dos semanas”.



Historia sin fin

Es evidente que muchas de estas recomendaciones no se cumplen en Colombia por diferentes razones. Como los cultivos que van a ser fumigados son ilícitos, los campesinos no son alertados por las autoridades de las operaciones que se van a llevar a cabo. Por eso en la mayoría de los casos están trabajando en sus sembrados cuando ven aparecer sobre el horizonte las avionetas y los helicópteros policiales. Algunos se esconden, pero los más avezados se meten en la lluvia química para aplicarles aguadepanela a las hojas y así evitar la acción del herbicida.

Además, como los campesinos siembran coca o amapola entremezclada con otros productos, es inevitable que otros cultivos sean afectados por la fumigación por más despliegue tecnológico que usen las autoridades para intentar hacer la operación con la mayor precisión posible. Hay 15 parámetros que deben cumplirse para que este proceso tenga éxito. La velocidad del viento, por ejemplo, debe ser de sólo siete kilómetros por hora. Sin embargo no siempre las cosas salen como se desea y por eso el glifosato cae en estanques piscícolas, donde los alevinos son presa fácil de este químico, como le contó un campesino del Putumayo a la Defensoría del Pueblo: “Tenía 8.000 peces y se me han muerto 3.000”. Esta contaminación es real. Sobre otras fuentes de agua no es tan claro. Acosta, el personero de Samaniego, recogió muestras de agua en la zona y se las envió al Instituto Departamental de Salud. La respuesta que le dieron, según le contó a SEMANA, fue que “ni ellos, ni nadie en todo el departamento, cuentan con el personal especializado y los equipos apropiados para realizar los análisis necesarios de las muestras y determinar si el consumo del agua es peligroso para la salud de los seres humanos y los animales”.

La fumigación perfecta no existe y menos en geografías y climas tan complicados como el colombiano. Siempre, por más tecnología que se le aplique, va a dejar víctimas. Y en el caso colombiano, tal como se ha comprobado una y otra vez, no son los narcotraficantes los que salen perjudicados sino los campesinos que llevan una vida muy precaria, medio nómada y marcada por la violencia. Cultivan coca o amapola como una medida desesperada para tratar de sobrevivir.

Por todo esto, para evitar que la cuerda se siga rompiendo por el lado más débil, una coalición de 35 organizaciones no gubernamentales estadounidenses, otras tantas nacionales y algunas autoridades quieren que se pare la fumigación aérea. A cambio proponen erradicación manual y planes de intervención social más ambiciosos, rápidos y efectivos. Tal como están las cosas creen que la política actual, como dice Sanho Tree, del Institute for Policy Studies, “es igual a sólo abrir más sepulturas para los enfermos de sida”.

Es cierto que sembrar cultivos ilícitos es un cáncer social. Sólo traen vicio y muerte. Pero también es verdad que las alternativas para ganarse la vida son escasas en esas regiones y que por más sufrimiento que traigan las lluvias de glifosato —con su estela amarillenta que no distingue entre cultivos lícitos o ilícitos— la gente va a reincidir. Y más aún si las limitaciones que impone la geografía colombiana hacen que el glifosato caiga en cualquier parte, llevándose por delante los esfuerzos de los campesinos pobres por plantar cultivos alternativos o los que hacen por no sucumbir a las promesas falsas de dinero fácil de los grupos armados.



Páginas web relacionadas



Fumigaciones: más grave que la desinformación es la mala información



CONTROL SOBRE LOS EFECTOS SOCIALES Y ECONÓMICOS(Internvención del Defensor del Pueblo, Eduardo Cifuentes, ante el Congreso de la República)



Informe del Departamento de Estado de Estados Unidos sobre fumigación en Colombia



Documentos de Vía Alterna.Com sobre fumigación



Las fumigaciones aéreas sobre cultivos ilícitos si son peligrosas(Conferencia "Las Guerras en Colombia: Drogas,Armas y petróleo")



Carta de Joaquim Miranda, Presidente de la Comisión del Desarrollo y la Cooperación del Parlamento Europeo, al presidente Andrés Pastrana



Proyecto de ley "Por la cual se prohiben las fumigaciones aéreas con sustancias químicas y biológicas"



usfumigation.org



La fumigacion es muy similar a la acción de arar la tierra. En el aire las avionetas Turbo Thrush van y vienen. Trazan líneas paralelas, separadas 52 metros una de otra, a lo largo de las cuales, en ciertas coordenadas previamente seleccionadas, los pilotos abren y cierran las boquillas para que el glifosato caiga sobre los cultivos de coca o amapola. La lluvia química cae con rapidez sobre los cultivos ilícitos. El secreto para que esto ocurra está en la composición de la mezcla.

Las gotas de glifosato son grandes y redondas. Cuando se les agregan dos sustancias conocidas con el nombre genérico de surfactantes, que permiten una mayor adherencia del producto a las plantas, las gotas se vuelven oblongas. “El surfactante encapsula la gota, le da más peso, más velocidad, más precisión”, dice Luis Parra, un experto en el tema contactado por la embajada de Estados Unidos para hablar con los medios de comunicación. Luego, cuando el glifosato alcanza su objetivo, comienza su proceso de destrucción. Según Parra, “entra a la planta a través de la cutícula de las hojas y viaja por el floema, el sistema circulatorio de los vegetales, y se localiza en todos los puntos de crecimiento y empieza un proceso de muerte descendente”.

Los resultados de la operación no tardan en hacerse visibles pues la efectividad del Roundup Ultra, nombre comercial del producto con el que se fumiga, es de entre 91 y 94 por ciento. Los cultivos se secan sin remedio. Ningún vegetal, a excepción de las especies leñosas, que necesitarían una dosis mayor, está a salvo de este herbicida, el más famoso del mundo por cuenta de su comercialización en 130 países. De esto pueden dar fe los campesinos de Bolívar, Norte de Santander, Tolima, Huila, Caquetá, Cauca, Nariño y Putumayo. También las numerosas delegaciones internacionales que han visitado algunas de estas zonas para observar en el terreno los efectos de la fumigación. Lo que estos visitantes querían saber es: ¿por qué razón son rociados cultivos diferentes a los ilícitos? ¿Qué secuelas reales tienen para el medio ambiente y la salud humana la fórmula que se usa contra los sembrados de coca y amapola en Colombia? Las respuestas van a definir en gran parte si se aprueba y de qué manera la ayuda estadounidense para la nueva versión del Plan Colombia —Iniciativa Andina Antidrogas— en el Senado de ese país a comienzos de septiembre.



De arriba y de abajo

El pasado 16 de agosto Rand Beers, secretario de Estado adjunto para Asuntos Internacionales de Narcóticos y Aplicación de la Ley de Estados Unidos, defendió con vehemencia el programa de fumigación y dijo que no había pruebas concluyentes de que el glifosato era la causa de los problemas de salud de los campesinos colombianos. Dijo que él había sido bañado con este producto durante una visita a Colombia, que no le había pasado nada y que estaba dispuesto a repetir la experiencia para demostrarles a los incrédulos que el herbicida no es tóxico en las dosis en que es regado en el país. Según el experto Luis Parra, si una persona queda expuesta por casualidad a la fumigación “va a sufrir unos síntomas que son todos reversibles. A lo sumo va a tener una irritación en las mucosas, en la conjuntiva de los ojos, que si se trata con agua no va a tener ningún problema, no va a dejar ninguna secuela”.

Estos testimonios están alineados con las conclusiones de la investigación que llevó a cabo en abril la compañía GRS Solutions sobre el mismo tema. El estudio fue categórico al afirmar que “los intentos de cuantificar riesgos adversos para la salud humana en la campaña de erradicación aérea están colmados de emoción pero no se basan en la ciencia”. La embajada de Estados Unidos en Colombia contrató otro estudio con la clínica de toxicología Uribe Cualla. Esta institución evaluó 21 historias clínicas en el municipio caucano de Aponte, donde la periodista Marjon van Royen describió una epidemia de picazón como consecuencia de las fumigaciones. La clínica descubrió que la mayoría de las supuestas víctimas del glifosato habían sufrido molestias como consecuencia de parásitos y bacterias.

No obstante las comunidades que sufren el gliofosato desde abajo no se muestran tan optimistas como los expertos. SEMANA escogió al azar un pueblo que había sido fumigado en varias ocasiones y lo visitó sin aviso para evitar así cualquier sesgo en los testimonios. En La Cruz, Nariño, donde se ha fumigado tres veces desde 1999, encontró a Erika Portillo, médica del Hospital Buen Samaritano. “Hemos venido observando que el número de consultas por patologías como afecciones respiratorias, trastornos de la piel, irritaciones oculares y problemas gastrointestinales aumentan en un 50 por ciento cada vez que hay fumigaciones”, dijo la doctora a SEMANA. Después de la más reciente, cuenta Portillo, “recibimos 80 pacientes con problemas respiratorios en los 15 días siguientes al hecho, lo cual desborda el promedio mensual, que está en 35 pacientes”.

Aunque no se puede determinar la gravedad de las afecciones que produjeron las fumigaciones en La Cruz en la salud de las personas sí se supo con certeza que a muchos los dejó en la ruina. En Tajumbina, una vereda sobre los 3.000 metros de altitud, el glifosato arrasó no sólo con toda la cosecha de amapola, sino también con los cultivos de papa, arveja y maíz. “Lo primero que pasó por acá después de la primera fumigación fue que al perder las cosechas se disparó la delincuencia en las carreteras de la región”, precisó a SEMANA uno de los campesinos, que pidió ocultar su nombre. Unos meses después, cuando los alimentos empezaron a escasear, los grupos subversivos reclutaron a la gente, en su mayoría jóvenes, que habían quedado sin nada que hacer ofreciéndoles salarios hasta de 400.000 pesos por ingresar a sus filas. Resulta una ironía que la política de fumigaciones que se supone debe dejar sin recursos a la guerrilla termine arrojando en sus brazos a decenas de jóvenes que perdieron sus cosechas lícitas, y por tanto su trabajo.

La comunidad indígena Inga, asentada en la vereda de Aponte, municipio del Tablón de Gómez, fue beneficiada por el Fondo Nacional de Desarrollo Alternativo, Plante, con un proyecto para sustituir los cultivos ilícitos de amapola que allí tenían por arveja. Toda la comunidad se concentró en la tarea de sacar adelante este cultivo tradicional pero hace un mes pasaron los aviones de fumigación y se quedaron sin nada. Desesperado, su gobernador, Libardo Chazoi, viajó a Bogotá en un intento por hacerse escuchar.

En Samaniego, Nariño, la directora del hospital, Teresa García, dice que desde que comenzaron las fumigaciones ha habido un aumento sustancial “de las consultas por problemas respiratorios, dermatitis y diarrea, pero aunque realizamos las denuncias correspondientes no hemos recibido ningún apoyo”. Y la semana pasada un grupo de líderes indígenas y de ambientalistas ecuatorianos presentó un informe en Bogotá sobre las consecuencias que ha tenido la fumigación en el norte de su país. El médico Adolfo Maldonado, miembro de la organización no gubernamental Acción Ecológica, le dijo a una agencia de noticias que “el ciento por ciento de las personas que habitan a menos de cinco kilómetros de la frontera sufrieron intoxicaciones agudas”. El informe en mención sostiene que “el síntoma más frecuente en las personas que viven en las zonas más cercanas a la frontera es la fiebre, indicativo de la presencia en la sangre del químico fumigado”. A lo anterior se suman, según los ecuatorianos, diarreas frecuentes, cefaleas, tos, dermatitis, irritación de conjuntivas y vómitos.

En Ecuador estás denuncias fueron minimizadas en su momento por Gwen Clare, quien hasta hace unas semanas se desempeñó como embajadora de Estados Unidos en ese país. La funcionaria dijo que “el glifosato tiene los mismos efectos de la sal común o la aspirina (…) Es menos dañino que la nicotina o la vitamina A”. Si bien es cierto que el glifosato es considerado un herbicida de toxicidad baja, tampoco puede ser considerado inocuo.

Por eso Monsanto, la compañía que lo produce, advierte con claridad sobre su uso: “Roundup destruirá casi cualquier planta verde que esté en crecimiento activo. Roundup no deberá ser aplicado a masas de agua, como estanques, lagunas o arroyos, ya que Roundup puede ser dañino para algunos organismos acuáticos. Después de que un área ha sido pulverizada con Roundup, la gente y las mascotas (tales como gatos y perros) debieran permanecer alejados del área hasta que esté perfectamente seca. Recomendamos que animales que pastan como caballos, ganado, ovejas, cabras, conejos, tortugas y aves, permanezcan fuera del área tratada durante dos semanas”.



Historia sin fin

Es evidente que muchas de estas recomendaciones no se cumplen en Colombia por diferentes razones. Como los cultivos que van a ser fumigados son ilícitos, los campesinos no son alertados por las autoridades de las operaciones que se van a llevar a cabo. Por eso en la mayoría de los casos están trabajando en sus sembrados cuando ven aparecer sobre el horizonte las avionetas y los helicópteros policiales. Algunos se esconden, pero los más avezados se meten en la lluvia química para aplicarles aguadepanela a las hojas y así evitar la acción del herbicida.

Además, como los campesinos siembran coca o amapola entremezclada con otros productos, es inevitable que otros cultivos sean afectados por la fumigación por más despliegue tecnológico que usen las autoridades para intentar hacer la operación con la mayor precisión posible. Hay 15 parámetros que deben cumplirse para que este proceso tenga éxito. La velocidad del viento, por ejemplo, debe ser de sólo siete kilómetros por hora. Sin embargo no siempre las cosas salen como se desea y por eso el glifosato cae en estanques piscícolas, donde los alevinos son presa fácil de este químico, como le contó un campesino del Putumayo a la Defensoría del Pueblo: “Tenía 8.000 peces y se me han muerto 3.000”. Esta contaminación es real. Sobre otras fuentes de agua no es tan claro. Acosta, el personero de Samaniego, recogió muestras de agua en la zona y se las envió al Instituto Departamental de Salud. La respuesta que le dieron, según le contó a SEMANA, fue que “ni ellos, ni nadie en todo el departamento, cuentan con el personal especializado y los equipos apropiados para realizar los análisis necesarios de las muestras y determinar si el consumo del agua es peligroso para la salud de los seres humanos y los animales”.

La fumigación perfecta no existe y menos en geografías y climas tan complicados como el colombiano. Siempre, por más tecnología que se le aplique, va a dejar víctimas. Y en el caso colombiano, tal como se ha comprobado una y otra vez, no son los narcotraficantes los que salen perjudicados sino los campesinos que llevan una vida muy precaria, medio nómada y marcada por la violencia. Cultivan coca o amapola como una medida desesperada para tratar de sobrevivir.

Por todo esto, para evitar que la cuerda se siga rompiendo por el lado más débil, una coalición de 35 organizaciones no gubernamentales estadounidenses, otras tantas nacionales y algunas autoridades quieren que se pare la fumigación aérea. A cambio proponen erradicación manual y planes de intervención social más ambiciosos, rápidos y efectivos. Tal como están las cosas creen que la política actual, como dice Sanho Tree, del Institute for Policy Studies, “es igual a sólo abrir más sepulturas para los enfermos de sida”.

Es cierto que sembrar cultivos ilícitos es un cáncer social. Sólo traen vicio y muerte. Pero también es verdad que las alternativas para ganarse la vida son escasas en esas regiones y que por más sufrimiento que traigan las lluvias de glifosato —con su estela amarillenta que no distingue entre cultivos lícitos o ilícitos— la gente va a reincidir. Y más aún si las limitaciones que impone la geografía colombiana hacen que el glifosato caiga en cualquier parte, llevándose por delante los esfuerzos de los campesinos pobres por plantar cultivos alternativos o los que hacen por no sucumbir a las promesas falsas de dinero fácil de los grupos armados.



Páginas web relacionadas



Fumigaciones: más grave que la desinformación es la mala información



CONTROL SOBRE LOS EFECTOS SOCIALES Y ECONÓMICOS(Internvención del Defensor del Pueblo, Eduardo Cifuentes, ante el Congreso de la República)



Informe del Departamento de Estado de Estados Unidos sobre fumigación en Colombia



Documentos de Vía Alterna.Com sobre fumigación



Las fumigaciones aéreas sobre cultivos ilícitos si son peligrosas(Conferencia "Las Guerras en Colombia: Drogas,Armas y petróleo")



Carta de Joaquim Miranda, Presidente de la Comisión del Desarrollo y la Cooperación del Parlamento Europeo, al presidente Andrés Pastrana



Proyecto de ley "Por la cual se prohiben las fumigaciones aéreas con sustancias químicas y biológicas"



usfumigation.org



Impacto de Fumigación sobre 11 proyectos de Desarrollo Alternativo (Defensoría del Pueblo)



La fumigacion es muy similar a la acción de arar la tierra. En el aire las avionetas Turbo Thrush van y vienen. Trazan líneas paralelas, separadas 52 metros una de otra, a lo largo de las cuales, en ciertas coordenadas previamente seleccionadas, los pilotos abren y cierran las boquillas para que el glifosato caiga sobre los cultivos de coca o amapola. La lluvia química cae con rapidez sobre los cultivos ilícitos. El secreto para que esto ocurra está en la composición de la mezcla.

Las gotas de glifosato son grandes y redondas. Cuando se les agregan dos sustancias conocidas con el nombre genérico de surfactantes, que permiten una mayor adherencia del producto a las plantas, las gotas se vuelven oblongas. “El surfactante encapsula la gota, le da más peso, más velocidad, más precisión”, dice Luis Parra, un experto en el tema contactado por la embajada de Estados Unidos para hablar con los medios de comunicación. Luego, cuando el glifosato alcanza su objetivo, comienza su proceso de destrucción. Según Parra, “entra a la planta a través de la cutícula de las hojas y viaja por el floema, el sistema circulatorio de los vegetales, y se localiza en todos los puntos de crecimiento y empieza un proceso de muerte descendente”.

Los resultados de la operación no tardan en hacerse visibles pues la efectividad del Roundup Ultra, nombre comercial del producto con el que se fumiga, es de entre 91 y 94 por ciento. Los cultivos se secan sin remedio. Ningún vegetal, a excepción de las especies leñosas, que necesitarían una dosis mayor, está a salvo de este herbicida, el más famoso del mundo por cuenta de su comercialización en 130 países. De esto pueden dar fe los campesinos de Bolívar, Norte de Santander, Tolima, Huila, Caquetá, Cauca, Nariño y Putumayo. También las numerosas delegaciones internacionales que han visitado algunas de estas zonas para observar en el terreno los efectos de la fumigación. Lo que estos visitantes querían saber es: ¿por qué razón son rociados cultivos diferentes a los ilícitos? ¿Qué secuelas reales tienen para el medio ambiente y la salud humana la fórmula que se usa contra los sembrados de coca y amapola en Colombia? Las respuestas van a definir en gran parte si se aprueba y de qué manera la ayuda estadounidense para la nueva versión del Plan Colombia —Iniciativa Andina Antidrogas— en el Senado de ese país a comienzos de septiembre.



De arriba y de abajo

El pasado 16 de agosto Rand Beers, secretario de Estado adjunto para Asuntos Internacionales de Narcóticos y Aplicación de la Ley de Estados Unidos, defendió con vehemencia el programa de fumigación y dijo que no había pruebas concluyentes de que el glifosato era la causa de los problemas de salud de los campesinos colombianos. Dijo que él había sido bañado con este producto durante una visita a Colombia, que no le había pasado nada y que estaba dispuesto a repetir la experiencia para demostrarles a los incrédulos que el herbicida no es tóxico en las dosis en que es regado en el país. Según el experto Luis Parra, si una persona queda expuesta por casualidad a la fumigación “va a sufrir unos síntomas que son todos reversibles. A lo sumo va a tener una irritación en las mucosas, en la conjuntiva de los ojos, que si se trata con agua no va a tener ningún problema, no va a dejar ninguna secuela”.

Estos testimonios están alineados con las conclusiones de la investigación que llevó a cabo en abril la compañía GRS Solutions sobre el mismo tema. El estudio fue categórico al afirmar que “los intentos de cuantificar riesgos adversos para la salud humana en la campaña de erradicación aérea están colmados de emoción pero no se basan en la ciencia”. La embajada de Estados Unidos en Colombia contrató otro estudio con la clínica de toxicología Uribe Cualla. Esta institución evaluó 21 historias clínicas en el municipio caucano de Aponte, donde la periodista Marjon van Royen describió una epidemia de picazón como consecuencia de las fumigaciones. La clínica descubrió que la mayoría de las supuestas víctimas del glifosato habían sufrido molestias como consecuencia de parásitos y bacterias.

No obstante las comunidades que sufren el gliofosato desde abajo no se muestran tan optimistas como los expertos. SEMANA escogió al azar un pueblo que había sido fumigado en varias ocasiones y lo visitó sin aviso para evitar así cualquier sesgo en los testimonios. En La Cruz, Nariño, donde se ha fumigado tres veces desde 1999, encontró a Erika Portillo, médica del Hospital Buen Samaritano. “Hemos venido observando que el número de consultas por patologías como afecciones respiratorias, trastornos de la piel, irritaciones oculares y problemas gastrointestinales aumentan en un 50 por ciento cada vez que hay fumigaciones”, dijo la doctora a SEMANA. Después de la más reciente, cuenta Portillo, “recibimos 80 pacientes con problemas respiratorios en los 15 días siguientes al hecho, lo cual desborda el promedio mensual, que está en 35 pacientes”.

Aunque no se puede determinar la gravedad de las afecciones que produjeron las fumigaciones en La Cruz en la salud de las personas sí se supo con certeza que a muchos los dejó en la ruina. En Tajumbina, una vereda sobre los 3.000 metros de altitud, el glifosato arrasó no sólo con toda la cosecha de amapola, sino también con los cultivos de papa, arveja y maíz. “Lo primero que pasó por acá después de la primera fumigación fue que al perder las cosechas se disparó la delincuencia en las carreteras de la región”, precisó a SEMANA uno de los campesinos, que pidió ocultar su nombre. Unos meses después, cuando los alimentos empezaron a escasear, los grupos subversivos reclutaron a la gente, en su mayoría jóvenes, que habían quedado sin nada que hacer ofreciéndoles salarios hasta de 400.000 pesos por ingresar a sus filas. Resulta una ironía que la política de fumigaciones que se supone debe dejar sin recursos a la guerrilla termine arrojando en sus brazos a decenas de jóvenes que perdieron sus cosechas lícitas, y por tanto su trabajo.

La comunidad indígena Inga, asentada en la vereda de Aponte, municipio del Tablón de Gómez, fue beneficiada por el Fondo Nacional de Desarrollo Alternativo, Plante, con un proyecto para sustituir los cultivos ilícitos de amapola que allí tenían por arveja. Toda la comunidad se concentró en la tarea de sacar adelante este cultivo tradicional pero hace un mes pasaron los aviones de fumigación y se quedaron sin nada. Desesperado, su gobernador, Libardo Chazoi, viajó a Bogotá en un intento por hacerse escuchar.

En Samaniego, Nariño, la directora del hospital, Teresa García, dice que desde que comenzaron las fumigaciones ha habido un aumento sustancial “de las consultas por problemas respiratorios, dermatitis y diarrea, pero aunque realizamos las denuncias correspondientes no hemos recibido ningún apoyo”. Y la semana pasada un grupo de líderes indígenas y de ambientalistas ecuatorianos presentó un informe en Bogotá sobre las consecuencias que ha tenido la fumigación en el norte de su país. El médico Adolfo Maldonado, miembro de la organización no gubernamental Acción Ecológica, le dijo a una agencia de noticias que “el ciento por ciento de las personas que habitan a menos de cinco kilómetros de la frontera sufrieron intoxicaciones agudas”. El informe en mención sostiene que “el síntoma más frecuente en las personas que viven en las zonas más cercanas a la frontera es la fiebre, indicativo de la presencia en la sangre del químico fumigado”. A lo anterior se suman, según los ecuatorianos, diarreas frecuentes, cefaleas, tos, dermatitis, irritación de conjuntivas y vómitos.

En Ecuador estás denuncias fueron minimizadas en su momento por Gwen Clare, quien hasta hace unas semanas se desempeñó como embajadora de Estados Unidos en ese país. La funcionaria dijo que “el glifosato tiene los mismos efectos de la sal común o la aspirina (…) Es menos dañino que la nicotina o la vitamina A”. Si bien es cierto que el glifosato es considerado un herbicida de toxicidad baja, tampoco puede ser considerado inocuo.

Por eso Monsanto, la compañía que lo produce, advierte con claridad sobre su uso: “Roundup destruirá casi cualquier planta verde que esté en crecimiento activo. Roundup no deberá ser aplicado a masas de agua, como estanques, lagunas o arroyos, ya que Roundup puede ser dañino para algunos organismos acuáticos. Después de que un área ha sido pulverizada con Roundup, la gente y las mascotas (tales como gatos y perros) debieran permanecer alejados del área hasta que esté perfectamente seca. Recomendamos que animales que pastan como caballos, ganado, ovejas, cabras, conejos, tortugas y aves, permanezcan fuera del área tratada durante dos semanas”.



Historia sin fin

Es evidente que muchas de estas recomendaciones no se cumplen en Colombia por diferentes razones. Como los cultivos que van a ser fumigados son ilícitos, los campesinos no son alertados por las autoridades de las operaciones que se van a llevar a cabo. Por eso en la mayoría de los casos están trabajando en sus sembrados cuando ven aparecer sobre el horizonte las avionetas y los helicópteros policiales. Algunos se esconden, pero los más avezados se meten en la lluvia química para aplicarles aguadepanela a las hojas y así evitar la acción del herbicida.

Además, como los campesinos siembran coca o amapola entremezclada con otros productos, es inevitable que otros cultivos sean afectados por la fumigación por más despliegue tecnológico que usen las autoridades para intentar hacer la operación con la mayor precisión posible. Hay 15 parámetros que deben cumplirse para que este proceso tenga éxito. La velocidad del viento, por ejemplo, debe ser de sólo siete kilómetros por hora. Sin embargo no siempre las cosas salen como se desea y por eso el glifosato cae en estanques piscícolas, donde los alevinos son presa fácil de este químico, como le contó un campesino del Putumayo a la Defensoría del Pueblo: “Tenía 8.000 peces y se me han muerto 3.000”. Esta contaminación es real. Sobre otras fuentes de agua no es tan claro. Acosta, el personero de Samaniego, recogió muestras de agua en la zona y se las envió al Instituto Departamental de Salud. La respuesta que le dieron, según le contó a SEMANA, fue que “ni ellos, ni nadie en todo el departamento, cuentan con el personal especializado y los equipos apropiados para realizar los análisis necesarios de las muestras y determinar si el consumo del agua es peligroso para la salud de los seres humanos y los animales”.

La fumigación perfecta no existe y menos en geografías y climas tan complicados como el colombiano. Siempre, por más tecnología que se le aplique, va a dejar víctimas. Y en el caso colombiano, tal como se ha comprobado una y otra vez, no son los narcotraficantes los que salen perjudicados sino los campesinos que llevan una vida muy precaria, medio nómada y marcada por la violencia. Cultivan coca o amapola como una medida desesperada para tratar de sobrevivir.

Por todo esto, para evitar que la cuerda se siga rompiendo por el lado más débil, una coalición de 35 organizaciones no gubernamentales estadounidenses, otras tantas nacionales y algunas autoridades quieren que se pare la fumigación aérea. A cambio proponen erradicación manual y planes de intervención social más ambiciosos, rápidos y efectivos. Tal como están las cosas creen que la política actual, como dice Sanho Tree, del Institute for Policy Studies, “es igual a sólo abrir más sepulturas para los enfermos de sida”.

Es cierto que sembrar cultivos ilícitos es un cáncer social. Sólo traen vicio y muerte. Pero también es verdad que las alternativas para ganarse la vida son escasas en esas regiones y que por más sufrimiento que traigan las lluvias de glifosato —con su estela amarillenta que no distingue entre cultivos lícitos o ilícitos— la gente va a reincidir. Y más aún si las limitaciones que impone la geografía colombiana hacen que el glifosato caiga en cualquier parte, llevándose por delante los esfuerzos de los campesinos pobres por plantar cultivos alternativos o los que hacen por no sucumbir a las promesas falsas de dinero fácil de los grupos armados.



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Fumigaciones: más grave que la desinformación es la mala información



CONTROL SOBRE LOS EFECTOS SOCIALES Y ECONÓMICOS(Internvención del Defensor del Pueblo, Eduardo Cifuentes, ante el Congreso de la República)



Informe del Departamento de Estado de Estados Unidos sobre fumigación en Colombia



Documentos de Vía Alterna.Com sobre fumigación



Las fumigaciones aéreas sobre cultivos ilícitos si son peligrosas(Conferencia "Las Guerras en Colombia: Drogas,Armas y petróleo")



Carta de Joaquim Miranda, Presidente de la Comisión del Desarrollo y la Cooperación del Parlamento Europeo, al presidente Andrés Pastrana



Proyecto de ley "Por la cual se prohiben las fumigaciones aéreas con sustancias químicas y biológicas"



usfumigation.org



Impacto de Fumigación sobre 11 proyectos de Desarrollo Alternativo (Defensoría del Pueblo)



El uso, almacenamiento y disposición de plaguicidas en Colombia es inadecuado (Defensoría del Pueblo)



La fumigacion es muy similar a la acción de arar la tierra. En el aire las avionetas Turbo Thrush van y vienen. Trazan líneas paralelas, separadas 52 metros una de otra, a lo largo de las cuales, en ciertas coordenadas previamente seleccionadas, los pilotos abren y cierran las boquillas para que el glifosato caiga sobre los cultivos de coca o amapola. La lluvia química cae con rapidez sobre los cultivos ilícitos. El secreto para que esto ocurra está en la composición de la mezcla.

Las gotas de glifosato son grandes y redondas. Cuando se les agregan dos sustancias conocidas con el nombre genérico de surfactantes, que permiten una mayor adherencia del producto a las plantas, las gotas se vuelven oblongas. “El surfactante encapsula la gota, le da más peso, más velocidad, más precisión”, dice Luis Parra, un experto en el tema contactado por la embajada de Estados Unidos para hablar con los medios de comunicación. Luego, cuando el glifosato alcanza su objetivo, comienza su proceso de destrucción. Según Parra, “entra a la planta a través de la cutícula de las hojas y viaja por el floema, el sistema circulatorio de los vegetales, y se localiza en todos los puntos de crecimiento y empieza un proceso de muerte descendente”.

Los resultados de la operación no tardan en hacerse visibles pues la efectividad del Roundup Ultra, nombre comercial del producto con el que se fumiga, es de entre 91 y 94 por ciento. Los cultivos se secan sin remedio. Ningún vegetal, a excepción de las especies leñosas, que necesitarían una dosis mayor, está a salvo de este herbicida, el más famoso del mundo por cuenta de su comercialización en 130 países. De esto pueden dar fe los campesinos de Bolívar, Norte de Santander, Tolima, Huila, Caquetá, Cauca, Nariño y Putumayo. También las numerosas delegaciones internacionales que han visitado algunas de estas zonas para observar en el terreno los efectos de la fumigación. Lo que estos visitantes querían saber es: ¿por qué razón son rociados cultivos diferentes a los ilícitos? ¿Qué secuelas reales tienen para el medio ambiente y la salud humana la fórmula que se usa contra los sembrados de coca y amapola en Colombia? Las respuestas van a definir en gran parte si se aprueba y de qué manera la ayuda estadounidense para la nueva versión del Plan Colombia —Iniciativa Andina Antidrogas— en el Senado de ese país a comienzos de septiembre.



De arriba y de abajo

El pasado 16 de agosto Rand Beers, secretario de Estado adjunto para Asuntos Internacionales de Narcóticos y Aplicación de la Ley de Estados Unidos, defendió con vehemencia el programa de fumigación y dijo que no había pruebas concluyentes de que el glifosato era la causa de los problemas de salud de los campesinos colombianos. Dijo que él había sido bañado con este producto durante una visita a Colombia, que no le había pasado nada y que estaba dispuesto a repetir la experiencia para demostrarles a los incrédulos que el herbicida no es tóxico en las dosis en que es regado en el país. Según el experto Luis Parra, si una persona queda expuesta por casualidad a la fumigación “va a sufrir unos síntomas que son todos reversibles. A lo sumo va a tener una irritación en las mucosas, en la conjuntiva de los ojos, que si se trata con agua no va a tener ningún problema, no va a dejar ninguna secuela”.

Estos testimonios están alineados con las conclusiones de la investigación que llevó a cabo en abril la compañía GRS Solutions sobre el mismo tema. El estudio fue categórico al afirmar que “los intentos de cuantificar riesgos adversos para la salud humana en la campaña de erradicación aérea están colmados de emoción pero no se basan en la ciencia”. La embajada de Estados Unidos en Colombia contrató otro estudio con la clínica de toxicología Uribe Cualla. Esta institución evaluó 21 historias clínicas en el municipio caucano de Aponte, donde la periodista Marjon van Royen describió una epidemia de picazón como consecuencia de las fumigaciones. La clínica descubrió que la mayoría de las supuestas víctimas del glifosato habían sufrido molestias como consecuencia de parásitos y bacterias.

No obstante las comunidades que sufren el gliofosato desde abajo no se muestran tan optimistas como los expertos. SEMANA escogió al azar un pueblo que había sido fumigado en varias ocasiones y lo visitó sin aviso para evitar así cualquier sesgo en los testimonios. En La Cruz, Nariño, donde se ha fumigado tres veces desde 1999, encontró a Erika Portillo, médica del Hospital Buen Samaritano. “Hemos venido observando que el número de consultas por patologías como afecciones respiratorias, trastornos de la piel, irritaciones oculares y problemas gastrointestinales aumentan en un 50 por ciento cada vez que hay fumigaciones”, dijo la doctora a SEMANA. Después de la más reciente, cuenta Portillo, “recibimos 80 pacientes con problemas respiratorios en los 15 días siguientes al hecho, lo cual desborda el promedio mensual, que está en 35 pacientes”.

Aunque no se puede determinar la gravedad de las afecciones que produjeron las fumigaciones en La Cruz en la salud de las personas sí se supo con certeza que a muchos los dejó en la ruina. En Tajumbina, una vereda sobre los 3.000 metros de altitud, el glifosato arrasó no sólo con toda la cosecha de amapola, sino también con los cultivos de papa, arveja y maíz. “Lo primero que pasó por acá después de la primera fumigación fue que al perder las cosechas se disparó la delincuencia en las carreteras de la región”, precisó a SEMANA uno de los campesinos, que pidió ocultar su nombre. Unos meses después, cuando los alimentos empezaron a escasear, los grupos subversivos reclutaron a la gente, en su mayoría jóvenes, que habían quedado sin nada que hacer ofreciéndoles salarios hasta de 400.000 pesos por ingresar a sus filas. Resulta una ironía que la política de fumigaciones que se supone debe dejar sin recursos a la guerrilla termine arrojando en sus brazos a decenas de jóvenes que perdieron sus cosechas lícitas, y por tanto su trabajo.

La comunidad indígena Inga, asentada en la vereda de Aponte, municipio del Tablón de Gómez, fue beneficiada por el Fondo Nacional de Desarrollo Alternativo, Plante, con un proyecto para sustituir los cultivos ilícitos de amapola que allí tenían por arveja. Toda la comunidad se concentró en la tarea de sacar adelante este cultivo tradicional pero hace un mes pasaron los aviones de fumigación y se quedaron sin nada. Desesperado, su gobernador, Libardo Chazoi, viajó a Bogotá en un intento por hacerse escuchar.

En Samaniego, Nariño, la directora del hospital, Teresa García, dice que desde que comenzaron las fumigaciones ha habido un aumento sustancial “de las consultas por problemas respiratorios, dermatitis y diarrea, pero aunque realizamos las denuncias correspondientes no hemos recibido ningún apoyo”. Y la semana pasada un grupo de líderes indígenas y de ambientalistas ecuatorianos presentó un informe en Bogotá sobre las consecuencias que ha tenido la fumigación en el norte de su país. El médico Adolfo Maldonado, miembro de la organización no gubernamental Acción Ecológica, le dijo a una agencia de noticias que “el ciento por ciento de las personas que habitan a menos de cinco kilómetros de la frontera sufrieron intoxicaciones agudas”. El informe en mención sostiene que “el síntoma más frecuente en las personas que viven en las zonas más cercanas a la frontera es la fiebre, indicativo de la presencia en la sangre del químico fumigado”. A lo anterior se suman, según los ecuatorianos, diarreas frecuentes, cefaleas, tos, dermatitis, irritación de conjuntivas y vómitos.

En Ecuador estás denuncias fueron minimizadas en su momento por Gwen Clare, quien hasta hace unas semanas se desempeñó como embajadora de Estados Unidos en ese país. La funcionaria dijo que “el glifosato tiene los mismos efectos de la sal común o la aspirina (…) Es menos dañino que la nicotina o la vitamina A”. Si bien es cierto que el glifosato es considerado un herbicida de toxicidad baja, tampoco puede ser considerado inocuo.

Por eso Monsanto, la compañía que lo produce, advierte con claridad sobre su uso: “Roundup destruirá casi cualquier planta verde que esté en crecimiento activo. Roundup no deberá ser aplicado a masas de agua, como estanques, lagunas o arroyos, ya que Roundup puede ser dañino para algunos organismos acuáticos. Después de que un área ha sido pulverizada con Roundup, la gente y las mascotas (tales como gatos y perros) debieran permanecer alejados del área hasta que esté perfectamente seca. Recomendamos que animales que pastan como caballos, ganado, ovejas, cabras, conejos, tortugas y aves, permanezcan fuera del área tratada durante dos semanas”.



Historia sin fin

Es evidente que muchas de estas recomendaciones no se cumplen en Colombia por diferentes razones. Como los cultivos que van a ser fumigados son ilícitos, los campesinos no son alertados por las autoridades de las operaciones que se van a llevar a cabo. Por eso en la mayoría de los casos están trabajando en sus sembrados cuando ven aparecer sobre el horizonte las avionetas y los helicópteros policiales. Algunos se esconden, pero los más avezados se meten en la lluvia química para aplicarles aguadepanela a las hojas y así evitar la acción del herbicida.

Además, como los campesinos siembran coca o amapola entremezclada con otros productos, es inevitable que otros cultivos sean afectados por la fumigación por más despliegue tecnológico que usen las autoridades para intentar hacer la operación con la mayor precisión posible. Hay 15 parámetros que deben cumplirse para que este proceso tenga éxito. La velocidad del viento, por ejemplo, debe ser de sólo siete kilómetros por hora. Sin embargo no siempre las cosas salen como se desea y por eso el glifosato cae en estanques piscícolas, donde los alevinos son presa fácil de este químico, como le contó un campesino del Putumayo a la Defensoría del Pueblo: “Tenía 8.000 peces y se me han muerto 3.000”. Esta contaminación es real. Sobre otras fuentes de agua no es tan claro. Acosta, el personero de Samaniego, recogió muestras de agua en la zona y se las envió al Instituto Departamental de Salud. La respuesta que le dieron, según le contó a SEMANA, fue que “ni ellos, ni nadie en todo el departamento, cuentan con el personal especializado y los equipos apropiados para realizar los análisis necesarios de las muestras y determinar si el consumo del agua es peligroso para la salud de los seres humanos y los animales”.

La fumigación perfecta no existe y menos en geografías y climas tan complicados como el colombiano. Siempre, por más tecnología que se le aplique, va a dejar víctimas. Y en el caso colombiano, tal como se ha comprobado una y otra vez, no son los narcotraficantes los que salen perjudicados sino los campesinos que llevan una vida muy precaria, medio nómada y marcada por la violencia. Cultivan coca o amapola como una medida desesperada para tratar de sobrevivir.

Por todo esto, para evitar que la cuerda se siga rompiendo por el lado más débil, una coalición de 35 organizaciones no gubernamentales estadounidenses, otras tantas nacionales y algunas autoridades quieren que se pare la fumigación aérea. A cambio proponen erradicación manual y planes de intervención social más ambiciosos, rápidos y efectivos. Tal como están las cosas creen que la política actual, como dice Sanho Tree, del Institute for Policy Studies, “es igual a sólo abrir más sepulturas para los enfermos de sida”.

Es cierto que sembrar cultivos ilícitos es un cáncer social. Sólo traen vicio y muerte. Pero también es verdad que las alternativas para ganarse la vida son escasas en esas regiones y que por más sufrimiento que traigan las lluvias de glifosato —con su estela amarillenta que no distingue entre cultivos lícitos o ilícitos— la gente va a reincidir. Y más aún si las limitaciones que impone la geografía colombiana hacen que el glifosato caiga en cualquier parte, llevándose por delante los esfuerzos de los campesinos pobres por plantar cultivos alternativos o los que hacen por no sucumbir a las promesas falsas de dinero fácil de los grupos armados.



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