Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2010/11/10 00:00

La repitencia volverá a las aulas de clase

Sólo en Bogotá, el 30% de los estudiantes de básica y media podría perder el año. El nuevo decreto de evaluación puso a prueba al sector, y lo rajó., 124383

Mejorar el sistema de evaluación en el país es una de las estrategias para avanzar en la calidad.

Docentes, estudiantes, padres de familia, secretarías de Educación y hasta el mismo Ministerio están preocupados. En los corredores de las instituciones educativas y en las reuniones de los expertos del sector el tema es uno: el inminente aumento de estudiantes que van a perder el año en los colegios oficiales.
 
Quedan pocas semanas para la entrega de calificaciones y esos resultados, que les provocará dolor de cabeza a más de un papá, también revelarán cómo le fue al sector en la puesta en marcha del decreto 1290, que en enero de este año reemplazó la norma de evaluación 230, que rigió durante siete años en los colegios del país.
 
Sólo en Bogotá, ciudad en donde se concentra el mayor número de estudiantes del país, la Secretaría de Educación alerta que 330 mil estudiantes, del millón que estudia en los colegios oficiales, corren el riesgo de no pasar el curso.
 
“El hecho de que el 30 por ciento de los estudiantes pierdan el año es inaceptable y significa que el sistema educativo no está funcionando y está fallando todo el proceso de enseñanza y aprendizaje”, asegura Jaime Naranjo, subsecretario de Calidad y Pertinencia de la Secretaría de Educación de Bogotá.
 
La cifra es desalentadora y nunca vista con el decreto anterior, criticado por su flexibilidad y por obligar al docente a pasar el 95 por ciento de sus alumnos, lo que se conoció como promoción automática.
 
“Antes poco importaba si aprendieron o no aprendieron (los estudiantes). Eso era una falsedad: un alumno pasaba al año siguiente, pero eso no garantizaba que dominara los aprendizajes fundamentales”, agrega Naranjo.
 
Las consecuencias de perder el año
 
La preocupación es nacional y revivirá un problema que tendía a quedarse en el olvido con el decreto 230: la repitencia, y con ella, el hacinamiento en los salones de clase y la extraedad (alumnos con edades superiores a sus compañeros de curso).
 
Para Elsa Castañeda, experta en evaluación y directora del Programa de Infancia de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación (OEI), existe un riesgo muy alto de que aumente el abandono escolar.

“Las cifras oficiales de deserción están entre el 6 y el 7 por ciento, pero vamos a tener deserciones inimaginables. Niños que van a perder el año no van a volver a la escuela (…) Eso va a afectar a los más pobres”, asegura.

El impacto también será económico. Tomando como ejemplo Bogotá, la inversión del Estado por cada alumno del sector oficial es de 1’800.000 pesos. “Al repetir un año, el valor por niño al año es de 1’300.000. Si multiplicamos eso por 330 mil, el costo es enorme”, agrega el funcionario de la Secretaría de Educación.

“Son recursos del presupuesto nacional que se dejarán de invertir en calidad y cobertura”, explica Francisco Cajiao, ex secretario de educación que ha estado cerca de los colegios en la implementación del decreto.

Todo ello se suma a la desmotivación y a los efectos negativos en el estado de ánimo de los estudiantes. En Bogotá, la Secretaría de Salud reforzó la atención psicológica en su línea 106 como respuesta al aumento (en 20 por ciento) de las llamadas de menores que se sienten frustrados por perder el año, que no saben cómo enfrentarlo y menos ante sus padres.

¿Qué pasó?

La norma anterior cambió la evaluación cuantitativa (de 1 a 10, por ejemplo) por la cualitativa, es decir, que evaluaba al estudiante por logros que, si perdían, podían recuperar al final del año o al siguiente, sin repetir el curso.

Y aunque era acertado porque medía las competencias de los estudiantes y no sólo su ‘talento’ para memorizar sin comprender, el hecho de que los docentes tuvieran que promover el 95 por ciento de sus alumnos les quitó, según éstos, “autoridad para exigir”.
 
El nuevo decreto mantiene la evaluación por competencias, elimina la polémica promoción automática y deja en manos de los colegios la responsabilidad de crear y poner marcha un método de evaluación propio y acorde con el entorno, necesidades y perfil de los estudiantes. Es aquí donde se centra la mayor parte del problema, que en este primer año, los rajó a todos.
 
“Faltó más acompañamiento”: colegios

“Se cambió el decreto, pero no la manera de trabajar en la escuela”, es la conclusión de Elsa Castañeda, experta en evaluación. Las instituciones asumieron la tarea de definir su método de evaluación y aunque aplaudieron la norma, para Francisco Cajiao, aún “la gente no sabe bien qué hacer con eso”.

Expertos, rectores y docentes coinciden en que el acompañamiento desde el Ministerio y las secretarías de Educación no fue suficiente, en especial en las regiones.

“La tarea no la podemos hacer solos”, asegura Arturo Varela, rector del colegio oficial Nicolás Esguerra, quien admite que el nuevo decreto implica cambiar el modelo y la cultura de facilismo que imperó en los colegios durante siete años. La nueva norma se aplicó “fríamente” y eso fue un error.

Sin duda, los resultados de este año en los colegios será una “terapia de choque” que los llevará a replantear su Proyecto Educativo Institucional (PEI) y sus métodos pedagógicos.

“Habrá que esforzarse más para motivar y retener los niños en la institución, pero con calidad. El anterior decreto los retenía (porque no perdían el año), pero eso era ficticio”, agrega Elsa Castañeda.

La tarea de los docentes

Con que los maestros y directivos no asimilen la nueva norma, según el rector del colegio Nicolás Esguerra, se corre el riesgo de que la evaluación se convierta en un arma de castigo y uno en una herramienta para enseñar.

Una de las deficiencias, para los expertos, está en que no todos los docentes están formados para crear métodos de evaluación propios y en ese sentido, la capacitación es, para ellos, la mejor salida.

¿Y ahora?

El fin del año escolar se acerca y algunas secretarías buscan mitigar el “porrazo”, como lo han llamado. En diciembre y enero la Secretaría de Educación de Bogotá publicará en su página web guías en las áreas de sociales, naturales, matemáticas y lenguaje para que los estudiantes se comprometan con sus maestros a realizarlas en vacaciones para recuperar. Esta estrategia también es analizada por el Ministerio de Educación.

En esta etapa el aporte lo deben hacer los estudiantes que con el decreto anterior nunca sintieron la presión de perder el año. Las condiciones cambiaron y ahora el esfuerzo para aprender no deberá hacerse al final sino durante todo el año académico.

Enfrentar esta realidad es desde ya el primer reto de la nueva política del Ministerio de Educación, que se presentó ayer y que promete concentrarse en mejorar la calidad. Lo único cierto es que vienen tiempos duros para el sector.

“Serán 2 o 3 años de transición, y será dolorosa. Traerá dolores de cabeza que al final dará buenos resultados. Se llega a la excelencia por la exigencia”, concluye Arturo Varela Morales, rector del Nicolás Esguerra.

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