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| 5/7/2014 12:00:00 AM

La “repulsiva” e “inaceptable” columna de Londoño

'El Tiempo' editorializa con dureza contra el exministro uribista que se despachó este miércoles contra Santos.

"Esta Casa Editorial reitera su compromiso de no hacerles el juego a quienes creen tener patente de corso para pasar de la crítica al insulto, del cuestionamiento al ataque artero. Una vez más es nuestra obligación insistir en que los columnistas tienen derechos, pero también deberes, sobre todo el de la veracidad", la durísima frase forma parte del editorial del diario El Tiempo de este miércoles en referencia a la columna del exministro de Estado, y uno de los ideólogos del uribismo, Fernando Londoño Hoyos, publicada también este mismo día en el periódico y titulada: 'El ocho mil de Santos'.

"Hablando desde un plano más amplio, el caso presente es oportuno para hacer una reflexión de fondo. Textos como los de Londoño hacen evidente una peligrosa polarización, cuya raíz es la cercanía de las elecciones, pero que tiene implicaciones profundas al atentar contra la legitimidad de las propias instituciones nacionales", dice el editorial.

"Confiamos, entonces, en que esta salida en falso le sirva para recuperar la mesura, propia de su condición de exministro de Estado y de orientador de una opinión que no debe caer en la tentación de reemplazar la pluralidad por el sectarismo", agrega.

Por considerarlo de interés público, Semana.com publica a continuación el texto íntegro del editorial y de la columna de Londoño.

El ocho mil de Santos

Por: Fernando Londoño

Son desconcertantes las similitudes entre el itinerario delincuencial de Samper por conseguir la Presidencia de la República y el de Santos para preservarla y sumarle la gloria, la fama, la apoteosis romana que le abrieron a su codicia ilimitada.

La entrega de los narcotraficantes al Gobierno no era un plan de mediana entidad ni pergeñado apenas. Era una obra concluida, perfecta y de colosales dimensiones. Desmovilizar más de ocho mil delincuentes de todos los frentes de la mafia; entregar los laboratorios y los sembrados y las rutas y las amargas complicidades locales e internacionales de más del sesenta por ciento de la operación cocalera del país; poner a disposición de la justicia colombiana todos los cabecillas de ese entorno criminal y recaudar billones de pesos de libre disposición, y centenares de miles de hectáreas de la mejor tierra, era una propuesta invencible.

Los problemas del proyecto eran obvios y superables. Los Estados Unidos podrían objetarlo. El despojo de los bienes habría de respetar el mínimo vital de las familias de los capos. Ya se discutiría el mínimo vital de esos potentados, y los Estados Unidos aceptarían la estrategia, si les garantizaran que saldría del mercado semejante cantidad de cocaína y que de esos enemigos no tendría que ocuparse más. La justicia americana es pragmática.

Viene la inmensa sorpresa. El plan se congela y la gestión de J. J. Rendón, el hermano de bellaquerías de Santos, queda sin la última respuesta. El Presidente archiva el plan y su fiscal Viviane Morales no encuentra interesante proseguir esa negociación, la mayor de la historia con una empresa criminal.

¿Qué pasó? Pues que al tiempo con este plato a Santos se le ofreció otro más suculento, el que le preparaba su otro hermano, el de sangre, Enrique. Era mucho más atractivo. Estaba adobado con el fin de una lucha de cincuenta años; suponía el único plan a grande escala para incorporar a un país de derecha un ejército marxista; incluía la admiración y el aplauso de toda la izquierda mundial, la de veras y las de mentiras, que son más; lanzaba a sus autores al estrellato y al derrotado socialismo le abría una ventana al porvenir; por fin comprendía el sueño de una América comunista, manejada desde Cuba, ingobernable para los Estados Unidos y respaldada por los marxismos caducos, pero esperanzados todavía, de la China y de Rusia.

El hermano de sangre, con sus secuaces, le ganó la partida al hermano truhán y sus tenebrosos contactos. Por eso, Santos “engavetó” el plan de rendición que El Espectador ha denunciado y se quedó con el que echó a rodar en La Habana.

Las fechas coinciden a la perfección. El plan de entrega de la mafia pura, frustrado por lo que ya se dijo, coincide plenamente con el plan de negociación con la mafia disfrazada de política. Enrique lo garantizaba desde Cuba, Fidel lo respaldaba, Chávez lo aplaudía, los países nórdicos, las eternas celestinas de la violencia marxista en América, le darían su bendición. Faltaban detalles que se perfeccionarían en el camino: un Marco para la Paz con impunidad, un Fiscal colaboracionista que andaba bien dibujado y sacar del escenario a los posibles opositores. Matar a Álvaro Uribe o acribillarlo en la Comisión de Acusaciones, asesinar a Fernando Londoño para advertir a cualquiera imprudente el costo de oponerse, neutralizar a las Fuerzas Militares para desaparecerlas en el momento oportuno.

Los doce millones de dólares son la menuda de todo este aparato. Pero con la mafia no se juega. Porque cuenta, como acaba de hacerlo. Santos, como Samper, ha quedado al descubierto. Y será derrotado como Samper, ya no ante el improbable tribunal de la Historia, sino ante el seguro veredicto de las urnas, este próximo 25 de mayo.

A propósito de una columna

Editorial diario El Tiempo

En el día de hoy los lectores de las páginas de opinión de El Tiempo encontrarán, como ha sido usual a lo largo de los pasados diez años, la columna del exministro Fernando Londoño. Dicho texto, para decirlo sin preámbulos, rompe completamente con los principios que ha señalado este periódico en más de una ocasión, en el sentido de que el espacio del que disponen nuestros colaboradores habituales debe respetar ciertas normas elementales de decoro y rigor periodístico, incluyendo el apego a la verdad.

Una mirada al escrito titulado ‘El ocho mil de Santos’ –que se publica en su lugar habitual– deja en claro que tales condiciones no se cumplen. Más que expresar opiniones, lo que su autor hace es sindicaciones de tipo penal, en contra del Presidente de la República, entre otros, sin más sustento que el de atar cabos en forma arbitraria, por decir lo menos.

No vale la pena dignificar las aseveraciones hechas repitiéndolas una por una. Basta señalar que los términos utilizados repulsan y le resultan inaceptables a El Tiempo. Al respecto, esta Casa Editorial reitera su compromiso de no hacerles el juego a quienes creen tener patente de corso para pasar de la crítica al insulto, del cuestionamiento al ataque artero. Una vez más es nuestra obligación insistir en que los columnistas tienen derechos, pero también deberes, sobre todo el de la veracidad.

Hablando desde un plano más amplio, el caso presente es oportuno para hacer una reflexión de fondo. Textos como los de Londoño hacen evidente una peligrosa polarización, cuya raíz es la cercanía de las elecciones, pero que tiene implicaciones profundas al atentar contra la legitimidad de las propias instituciones nacionales.

Y es que lo que está en juego va mucho más allá del nombre de cualquiera que se haya postulado a ceñirse la banda tricolor el 7 de agosto. De lo que se trata aquí es de preservar ciertas reglas elementales en la democracia y estas incluyen el respeto al contendor en su persona y en su honra, independientemente de las ideas que profese.

Lo sucedido permite referirse al deplorable ambiente de guerra sucia que se hace evidente en el país, en la recta final de la campaña. En lugar de confrontar argumentos, hay sectores interesados en enlodar la reputación de candidatos que, más allá de las preferencias de cada uno, tienen hojas de vida respetables y cuentan con las condiciones de dirigir los destinos de la patria.

Debido a ello, sea este el momento de hacer un llamado para que los diferentes aspirantes en contienda se comprometan públicamente con unos parámetros de comportamiento, los cuales deben comenzar con el respeto al adversario. De lo contrario, corremos el peligro de revivir las páginas más oscuras de nuestra historia, las mismas que solo dejaron como balance estelas de horror y sangre. No menos ejemplarizante debería ser lo sucedido en Venezuela, cuyas clases dirigentes se trenzaron en una lucha caníbal que permitió el surgimiento de causas populistas, cuyo balance dista de ser positivo.

En cuanto a Fernando Londoño, cumplimos con reproducir su escrito, pues mal haríamos en volverlo mártir de la libertad de expresión. Es de lamentar que los llamados privados que hicimos a su sensatez fueran recibidos con oídos sordos. Confiamos, entonces, en que esta salida en falso le sirva para recuperar la mesura, propia de su condición de exministro de Estado y de orientador de una opinión que no debe caer en la tentación de remplazar la pluralidad por el sectarismo.
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