Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2001/02/05 00:00

La revolución cachaca

Con las alcaldías de Antanas Mockus y Enrique Peñalosa la capital colombiana floreció, convirtiéndose en un ejemplo de lo que sucede cuando se gobierna para el interés público.

La revolución cachaca

Bogotá ha iniciado una revolución en los últimos seis años que sorprende a cualquiera que se haya ausentado de la ciudad por un tiempo e inclusive a muchos bogotanos que ahora hablan de su ciudad con cierto orgullo. La tasa de muertes violentas se ha reducido a casi la mitad, la cobertura de educación ha aumentado en más de 30 por ciento, la calificación crediticia de deuda interna pasó de A a AA+, la ciudad duplicó su recaudo tributario y es probable que todas las familias bogotanas tengan agua potable a finales de este año. En áreas menos cuantificables la ciudad también ha iniciado un revolcón. Se saneó el sistema de contratación pública, que era uno de los peores focos de corrupción en el país. Se lograron relaciones más transparentes con el Concejo, en gran parte por el estatuto de Bogotá, diseñado por Jaime Castro, que le dio autonomía al Alcalde frente al órgano colegiado, que antes coadministraba la ciudad, y se dieron pasos gigantescos en la desmarginalización de los barrios más pobres. Sólo durante la administración Peñalosa se legalizaron 316 barrios, que consiguieron agua, luz y calles pavimentadas, y se invirtieron 1,2 billones de pesos en beneficio de 650.000 personas en la marginalidad. La ciudad cambió a tal punto que en las pasadas elecciones ni siquiera salió a flote la obsesión de los bogotanos con los huecos en las calles, la mayoría de los cuales siguen sin tapar. El uso del espacio público y el sistema de transporte ahora forman parte de las preocupaciones de los ciudadanos. Aunque el cambio va por mitad de camino vale la pena preguntarse qué ha hecho posible semejantes avances. Básicamente el haber tenido dos administraciones consecutivas lideradas por alcaldes con visión que gobernaron la ciudad sobre todo en función del interés público y no de intereses privados. Antanas Mockus, un bogotano hijo de lituanos, llegó a los 43 años por primera vez a la Alcaldía en 1995 con una original campaña y con ninguna experiencia en el campo político. Enrique Peñalosa, descendiente, según dice con orgullo, de indígenas del resguardo de Bosa, tras intentarlo varias veces se convirtió en alcalde en 1998 también con 43 años. Lo que los une Su edad y su crianza bogotanas no son lo único que tienen en común los dos burgomaestres. Ambos son independientes políticamente. Mockus llegó a la Alcaldía después de gastar tan sólo ocho millones de pesos en su campaña, la más barata y excéntrica en la historia de la ciudad, y sin ningún apoyo de los políticos tradicionales, hazaña que repitió esta vez. Cuando algunos llamaron a ofrecerle su ‘maquinaria’ él les preguntó feliz si se trataba de palas, grúas y camiones, la única maquinaria que estaba dispuesto a aceptar durante su administración. Peñalosa era el político ‘raro’ hasta que apareció Mockus como su contendor. Aunque había sido secretario económico de Virgilio Barco, diputado a la Asamblea de Cundinamarca y representante a la Cámara también llegó libre de clientelas. “Compartimos con Mockus haber hecho política sin tener compromisos con nadie”, afirma Peñalosa. Esta independencia los dejó en libertad de nombrar exclusivamente a la gente que consideraban más idónea para los cargos, un gran porcentaje de mujeres, con un criterio gerencial y no politiquero. Pero aún más importante que su transparencia fue que ambos llegaron a este puesto con una sólida formación académica y una visión clara de la ciudad que querían. Mockus, con maestrías en matemáticas y filosofía, creía firmemente en la importancia de rescatar el valor de la vida y de la convivencia. Para ello inundó las calles de mimos que les enseñaban a los bogotanos a respetar las cebras, llevar el cinturón de seguridad y no pitar. Creó la hora zanahoria para controlar la violencia por alcohol y prohibió la pólvora, todas medidas impopulares pero eficientes en reducir la violencia. Peñalosa, graduado en economía e historia y doctorado en administración pública, se dedicó a crear una ciudad más justa socialmente, en la que los distintos estratos se puedan encontrar en un espacio público que había sido inexistente. Por eso la terca obsesión con la recuperación de los andenes y la construcción de parques y bibliotecas. Para llevar a cabo estas obras, tanto Mockus como Peñalosa, utilizaron las herramientas legales que había a su alcance sin reparar en si sus medidas eran de izquierda o de derecha, neoliberales o socialdemócratas. Un nuevo estilo de pragmatismo político que no se enreda en ideologismos diletantes ni en enredos partidistas sino que recoge lo que le sirve a diestra y siniestra para gobernar de una manera más efectiva. Antanas acabó con los agentes de tránsito y prácticamente con la Secretaría de Obras y la Caja de Vivienda Popular. Peñalosa fusionó hospitales y contrató la administración de colegios públicos con colegios privados y la de los jardines infantiles con las cajas de compensación familiar. El primero privatizó media empresa de Energía y el segundo aprobó la venta de la Empresa de Teléfonos. Medidas todas de corte neoliberal. Pero al mismo tiempo los alcaldes emprendieron acciones que sorprenderían al más izquierdista, como expropiar lotes de engorde en la periferia de la ciudad para que Metrovivienda contratara la construcción de vivienda social con particulares. Aunque ambos alcaldes fueron trabajadores incansables e idealistas que llenaron de mística a sus funcionarios hay diferencias profundas entre ambos. Quizá la más grande es que, mientras Mockus es ante todo un pedagogo, Peñalosa es un gerente. El primero siempre parece estar dictando clase y el segundo manejando una empresa. Estos dos estilos permearon profundamente cada una de las administraciones. Durante la primera la pedagogía ciudadana fue prioritaria. Antanas mandó a los taxistas a clase de conducción, hizo jornadas de perdón y trató a sus subordinados como el profesor a sus alumnos. La ventaja de esta inclinación es que logró comunicarle a la ciudad otro modelo de convivencia, inspirado en su pirinola y su zanahoria. La desventaja es que se demoró demasiado en ejecutar sus programas, a los dos meses de elegido aún no terminaba de armar su gabinete, reflexionaba tanto sobre sus proyectos que con frecuencia cambiaban de rumbo y generó en su equipo lealtades hacia él pero con conflictos internos que no sabía resolver. Durante la administración de Peñalosa, por el contrario, las diferentes entidades se integraron entre sí como piezas de un reloj bajo la batuta del Alcalde que gobernó la entidad como si fuera una gran empresa. Creó un sistema que le permitió comunicarse permanente y directamente a través de un correo de voz con 1.000 funcionarios de la administración. Cuando Zoraida Rozo, secretaria general, se subía a su carro a las 7 a.m., por ejemplo, llamaba a su buzón telefónico y ya tenía las instrucciones que Peñalosa le había dejado la noche anterior. El correo de voz le daba la opción de contestarle o de transferir su mensaje a un subalterno o de dar una instrucción a todos los funcionarios que trabajaban en el proyecto de desmarginalizacion. Peñalosa también utilizaba este sistema para felicitar públicamente a los funcionarios y para informarles sobre los avances logrados. “Eso hace que 1.000 personas se sientan cerca de él, afirma Rozo. Además de que nos ahorramos año y medio de tiempo en llamadas telefónicas y en concertar reuniones”. Muchos dicen que el voice mail fue el secreto del éxito de la administración pasada y otros se lo atribuyen al esquema de gerenciar la ciudad por proyectos, que integraban a varias oficinas bajo la cabeza de un gerente. Por ejemplo Luis Alfonso Hoyos, gerente de desmarginalización, coordinaba a las personas encargadas del tema en el Acueducto, IDU, ETB, Dama, Recreación y Deporte, Salud, Bienestar Social y Planeación Distrital. Esto permitía que llegaran a un barrio y rápidamente pudieran legalizarlo, ponerle un jardín, evaluar las necesidades de salud, crear un parque y pavimentar las calles. Dos desventajas trajeron, sin embargo, el fuerte estilo gerencial de Peñalosa. La primera, que cuando no tenía un subalterno con la suficiente fuerza para contradecirlo con buenos argumentos el Alcalde, seguro de su idea, se podía equivocar en grande como sucedió con los bolardos en la Avenida Boyacá. Y la segunda, que si bien logró una excelente comunicación con su equipo no consiguió transmitirle a los ciudadanos su visión de ciudad sino hasta que al final las obras hablaron por sí mismas, lo cual le creó un gran desgaste inicial. Su relación con los políticos también fue diferente. Mockus cortó de tajo la relación clientelista que tradicionalmente hay entre Legislativo y Ejecutivo en Colombia. No cambiaba puestos o contratos por aprobaciones de sus proyectos. El concejal Juan Carlos Flores dice que Mockus le devolvió a este ente la posibilidad de no ser amordazado con ofertas burocráticas y que fue muy positivo porque puso “toda la negociación por encima de la mesa”. Claro está que no fue fácil. Omar Mejía, concejal conservador durante la última década, dice que la relación de Mockus con el Concejo fue muy negativa. “Cerró las puertas al diálogo y consideró que él podía de manera unilateral tomar todas las decisiones sin contar con el Concejo, afirma. Peñalosa, en cambio, logró armonizar unas excelentes relaciones con el Concejo”. El Concejo le aprobó a Peñalosa el plan de desarrollo, la venta de la ETB, la creación de Transmilenio, Metrovivienda, el trazado de la ALO y el cupo de endeudamiento en los próximos tres años, todo esto prácticamente en el primer año. Pero a la vez algunos le critican al ex alcalde haber entregado a los políticos puestos, así fuera de tercer nivel, cosa que no niega Peñalosa. El empalme de lujo entre Peñalosa y Mockus, que se reunieron durante 62 horas, y el que Mockus haya ratificado a 19 personas de la administración anterior hacen prever que la ciudad mantendrá la misma dirección, aunque con un mayor énfasis en el respeto a la vida, que será la bandera de Antanas. Pero lo cierto es que Bogotá podrá avanzar hasta donde el país se lo permita ya que no es inmune a la dinámica de violencia y desplazamiento del resto de Colombia. Pero también podrá convertirse, como ya lo está haciendo, en un laboratorio de lo que podría ser el país. Porque si esta ciudad de casi siete millones de habitantes logra superar su estado caótico es claro que otras menores también podrían hacerlo. Y también es hoy, con mayor claridad que nunca, semillero de nuevos liderazgos políticos para el país.

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