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| 4/10/2010 12:00:00 AM

La revolución verde

¿Podrán Mockus y Fajardo ser los primeros en llegar al poder sin el apoyo de la clase política?

En cada elección presidencial hay un fenómeno de opinión. En 1998 fue Noemí Sanín quien obtuvo cerca de tres millones de votos en la primera vuelta y estuvo a punto de llegar a la segunda. En 2002 Álvaro Uribe logró ganar en primera vuelta y repitió esa hazaña cuatro años después. En 2010 el turno es para Antanas Mockus, y lo que falta ver es si su candidatura desembocará en un triunfo moral como el de Noemí hace 12 años o en un triunfo real como los de Uribe.

Todo comenzó con la estrategia de los 'tres tenores' -Mockus, Enrique Peñalosa y Luis Eduardo Garzón- que de la nada pasaron a ser la sorpresa de la consulta interna del 14 de marzo con 1.823.000 votos. En esa campaña, marcada por la cordialidad y la frescura, en la que los tres ex alcaldes que en el pasado habían sido competidores políticos se echaban flores mutuas, surgió Mockus como el ganador y se convirtió en una alternativa que pateó el tablero del ajedrez político de este año.

La revolución verde despegó esta semana gracias a un nuevo golpe de opinión: la adhesión de Sergio Fajardo. En un país donde la Vicepresidencia por lo general no agrega nada y en el que los que tienen aspiraciones presidenciales suelen despreciar el cargo, Fajardo tuvo la humildad de aceptarlo. Con ese gesto demostró que era válida la teoría de que dos matemáticos no suman sino multiplican. La prueba reina de esta multiplicación es el tsunami que se ha producido en Facebook, donde todos los demás candidatos sumados no se acercan al número de fans de Mockus. En el mundo de la política tradicional este es visto como el David que se enfrenta a Goliat representado por Santos o por Noemí. En el mundo de Internet el Goliat es Antanas Mockus, que se acerca a los 200.000 fans, con un promedio de 10.000 adhesiones por día. Los dos David, Juan Manuel Santos y Noemí Sanín, sólo tienen 33.000 y 6.000, respectivamente. En los países desarrollados, por donde va Internet eventualmente van los votos. Esa es la verdadera explicación del fenómeno Obama. En los países subdesarrollados ese efecto no es tan automático. Pero por ahora, en dos encuestas publicadas esta semana, una del Centro Nacional de Consultoría para CM& y otra de Datexco para La W, Mockus duplicó la intención de voto a su favor y aparece en el segundo lugar, por encima de Noemí Sanín. Queda por verse, entonces, hasta dónde es capaz de llegar la marea verde.

En todo caso hay una nueva realidad política: la mancorna Mockus-Fajardo, y la gran pregunta es si pasarán a la segunda vuelta. Y de ser así, si en realidad representan un peligro para Juan Manuel Santos, hasta ahora el favorito de todas las encuestas.

La respuesta a ambos interrogantes parece ser sí. Y la razón es que al tratarse de un fenómeno de opinión es difícil anticipar hasta dónde va a llegar. Sobre todo en el caso de Mockus, que es diferente a todo lo que se asocia con política tradicional. En Colombia, pese a la popularidad del gobierno de Uribe, se respira un anhelo de cambio frente a lo existente, en particular entre los jóvenes. La única fuerza comparable a la del uribismo no es el antiuribismo sino ese anhelo. Y Mockus lo encarna. En cierta forma él podría ser descrito como un bicho raro que en un país acostumbrado a los fines y no a los medios, a las transacciones, a la marrulla, al hoy por ti mañana por mí, al hagámonos pasito y al voltiarepismo, aparece como un pedagogo teórico cuya filosofía está centrada en la ética.

Esas características, con sus virtudes y sus defectos, ya se conocieron durante sus dos gestiones como Alcalde de Bogotá. Su llegada a la cabeza de la administración distrital fue una aventura en su momento. Había sido antecedida del escándalo de la bajada de los pantalones, episodio que le valió el retiro de su cargo como rector de la Universidad Nacional y su consagración como figura mediática. Después de eso hizo una campaña llena de payasadas presentadas como simbolismos educativos. Estas incluyeron tirar vasos de agua, vestirse de supehéroe o, cuando fue candidato por segunda vez, pedir perdón por haberse retirado de su primera alcaldía antes de tiempo, para buscar la Presidencia en 1998, bañándose vestido en una fuente del Parque Nacional de Bogotá.

Como Alcalde siguió aplicando la misma metodología de campañas didácticas para difundir sus lecciones de cultura ciudadana, como los mimos que hacían las veces de policías de tránsito. A pesar de lo pintoresco y exótico de esas fórmulas, su gestión en términos generales ha sido considerada buena. Lo más recordado es su obsesión por educar a los bogotanos que llevó a la gente a caminar por las cebras, a usar cinturón de seguridad, a ahorrar agua y a pagar impuestos en forma voluntaria. Sin embargo, de mayor trascendencia para evaluarlo como posible Presidente es que fue fiscalmente responsable, firme en el manejo del orden público y muy malo para relacionarse con la clase política y manejar el Concejo. No es un gerente extraordinario. Aunque hace grandes esfuerzos por formar equipos, particularmente con mujeres, es dado a hacer reuniones interminables con discusiones filosóficas que no siempre desembocan en resultados concretos. Pero aun con estas deficiencias como ejecutor, sus dos alcaldías se asocian con un período de transformación de la capital, mérito que comparte con Enrique Peñalosa, ahora compañero en el equipo verde.

Desde el punto de vista de su perfil humano, Mockus es un hombre distante pero que genera confianza por su transparencia y autenticidad. Da la impresión de ser ante todo un tipo honesto y una buena persona. Es cero postizo y sus ideas y actitudes no parecen ser fruto de cálculos estratégicos ni de mercadotecnia electoral. Es contestatario y se caracteriza por una rara combinación de arrogancia intelectual con su disposición a reconocer errores y opiniones contrarias, siempre y cuando estén bien argumentadas. Además es terco pero a la vez inseguro ante la toma de decisiones, un hombre sensible de lágrima fácil con tendencia esporádica a la melancolía.

La gran pregunta ahora es cómo operará el sui géneris método de Mockus para hacer campaña en las cinco semanas que faltan para la primera vuelta y las tres adicionales para la segunda, si logra llegar a esta. Mockus parece haber regresado a uno de esos momentos en los que su particular estilo funciona. Se ha despojado de sus excesos de simbolismo y se proyecta más estadista y menos payaso.

Sus primeros movimientos han sorprendido en forma favorable: además de su matrimonio con Fajardo, se anotó un hit ante la opinión pública al no haber cobrado la totalidad de la reposición de gastos a la que tenía derecho, gesto que fue interpretado como un ahorro para el fisco del orden de 4.000 millones de pesos. También ganó puntos por haber planteado de frente la noticia de que padece principios de la enfermedad de Parkinson. Esto produjo una avalancha de mensajes por Internet en los que los remitentes resaltaban su transparencia y honestidad, y expresaban su solidaridad.

Es prematuro afirmar que Mockus tiene asegurado el paso a la segunda vuelta. Pero por ahora parece un hecho que representa una amenaza real al liderazgo que ha tenido Juan Manuel Santos. Sin duda, en los campos de la U y del Partido Conservador -ni qué decir en los del Partido Liberal, el Polo y Cambio Radical- no han tenido tiempo de asimilar la revolución verde de Mockus y Fajardo que apenas comienza. Hasta el momento, Santos y Sanín estaban enfrascados en una doble batalla: la de ganar credibilidad como continuadores de la seguridad democrática y la de sumar más caciques electorales. Frente a los electores de Mockus estos dos representan lo mismo y están anclados en el pasado.

Las encuestas indican que en esta campaña el tema de las Farc no está en el primer lugar de la mente de los electores. Los éxitos de las Fuerzas Armadas en los dos gobiernos de Uribe acorralaron a la guerrilla y mejoraron los indicadores de la seguridad. Aunque la tarea no está concluida sí está avanzada. En cambio, la crisis económica disparó problemas mucho más cercanos a la gente, como el desempleo y la pobreza, que no han sido las banderas ni de Santos ni de Noemí.

Tampoco hay que olvidar que los últimos años de la era Uribe han estado salpicados de escándalos de toda clase, que van desde las 'chuzadas' del DAS, pasando por la Yidispolítica y la parapolítica, hasta Agro Ingreso Seguro. Una cosa es que ellos no hayan afectado la imagen del presidente Uribe y otra, muy distinta, que no hayan generado un sentimiento colectivo en favor del cambio en las costumbres de la política y del ejercicio del gobierno, o que el célebre teflón del Presidente también lo tengan todos los ex funcionarios de su administración.

El famoso péndulo electoral, que en otros países oscila entre la izquierda y la derecha, en Colombia se mueve en busca de cambios en el estilo. Y la retórica de Mockus contra la cultura de los atajos para eludir requisitos y su llamado a la "legalidad democrática" pueden encontrar un campo fértil en el electorado de opinión. El ex alcalde repite una y otra vez que "no todo vale", lo cual envía un mensaje que afecta a un gobierno, como el de Uribe, que tiene la imagen de que no se limita en consideraciones sobre los medios cuando se trata de obtener fines históricos y trascendentales. Que no importa, por ejemplo, bombardear un territorio extranjero para darles a las Farc el golpe militar más duro de su historia. No hay que olvidar que Mockus, sin haber sido un miembro de la oposición, pidió la renuncia de Uribe en mayo de 2008 cuando la justicia detuvo a Yidis Medina por haber aceptado favores a cambio de su voto favorable a la reelección.

Todo lo anterior confirma que Mockus se está ganando el voto de opinión mientras sus dos principales rivales -Santos y Noemí- están enfrascados en duras peleas por asegurar el apoyo de la clase política y por lograr la adhesión de los candidatos que figuran en los lugares más rezagados. Pero curiosamente, la dependencia en el voto de opinión puede ser, a la larga, una razón para impedir que el ascenso de los verdes sea suficiente como para ganar la Presidencia.

Ningún candidato en Colombia ha ganado solamente con el voto de opinión que, según cálculos optimistas, en el mejor de los casos llega al 60 por ciento. Sus fenómenos más característicos -Galán en los 80, Noemí Sanín en 1998, Uribe en 2002- tuvieron una mezcla de renovación y manzanilla. A Mockus y a sus compañeros de los verdes se les ve lo primero pero no lo segundo. Es posible que, muy a la colombiana, ya haya congresistas dispuestos a subirse al tren verde que marcha a grandes velocidades pues ese gremio siempre se acerca a quien va liderando las encuestas. Pero si algo identifica a Mockus, Fajardo y Peñalosa es su desdén por la clase política. Son los únicos candidatos que han perdido elecciones por rechazar el apoyo de caciques.

En una hipotética segunda vuelta frente a Santos -el escenario más probable del momento, según las encuestas- el candidato de la U absorbería la mayoría de las maquinarias de casi todos los partidos y Mockus barrería entre los académicos, columnistas, consumidores de nuevos medios y sobre todo los jóvenes. Pero falta ver si esa es la fórmula adecuada para que la dupla Mockus-Fajardo logre superar los problemas de marketing político que salieron a flote en la última gran encuesta hecha por Ipsos-Napoleón Franco para SEMANA, La FM y RCN. En particular, su falta de identificación en el país rural, su escasa llegada a municipios pequeños, y la concentración de su apoyo en los estratos altos de las grandes ciudades, particularmente de Bogotá y Medellín. El voto de opinión es más efectivo para ganar encuestas que elecciones, y a las pequeñas ciudades es más fácil llegar de la mano de un líder local que a través de la banda ancha de Internet.

El ritmo de ascenso de la revolución verde depende, en buena medida, de que los sectores más jóvenes de la población se sumen a ella, como lo hicieron en Estados Unidos con Obama hace dos años. ¿Lo harán? Hasta el momento el electorado sardino ha sido abstencionista y escéptico. Mockus y Fajardo saben que de la motivación de este depende su triunfo. Hay más de tres millones de lo que Mockus denominó "primivotantes" en las próximas elecciones. Por eso la revolución verde consiste precisamente en que se está generando entre esos jóvenes un sentimiento colectivo de que con los ex alcaldes se podrá transformar el país. Es difícil predecir si esa movilización será suficientemente masiva como para cambiar las tendencias políticas.

Las elecciones presidenciales de 2010 estarán marcadas por una confrontación entre los outsiders representados por Mockus y Fajardo y el establecimiento representado por Santos o Noemí. Lo paradójico es que los outsiders han sido elegidos por el voto popular y han gobernado las dos ciudades más grandes del país, mientras los candidatos de los dos principales partidos -Santos, de la U, y Noemí del conservatismo- han sido admirables funcionarios del Ejecutivo pero nunca han sido elegidos.

Sin embargo, los ministerios ocupados por Santos y por Noemí suelen ser mejores credenciales para un candidato a la Presidencia, al menos desde el punto de vista tradicional. Mockus, por su formación y naturaleza, puede ser el mejor cerebro para cranear un país ideal, pero tiene que demostrar también que está en capacidad de manejar las imperfecciones del país real. Junto con Fajardo, Peñalosa y Garzón tendrá que convencer a los votantes de que sus experiencias en sus respectivas alcaldías de Bogotá y Medellín los prepararon para manejar la Nación y que el carácter académico-matemático-filosófico de los dos miembros de la dupla, tan atractivo para lograr votos calificados, también sirve para enfrentar a Chávez, tratar con la guerrilla, luchar contra el narcotráfico, manejar al Congreso y cautivar al país que va más allá de las cuatro grandes ciudades. Mockus llegaría a la Presidencia sin bancada parlamentaria, sin un partido fuerte y sin ninguna química con la clase política tradicional. Es un hecho que en la actualidad el Congreso es la entidad más impopular del país. Aun así es una rama del poder público necesaria y gobernar requiere saber manejarlo. Por ese y otros factores algunos creen que al candidato del Partido Verde se le puede aplicar la frase de Víctor Hugo cuando le pidieron una opinión sobre la Constitución colombiana de 1863: "Eso solo funciona en un país de ángeles".

Pero en un país con ganas de un revolcón nadie puede anticipar a ciencia cierta el alcance del fenómeno político que significa Antanas Mockus. Con un candidato que tiene a la vez visos de profesor, cura y profeta, ya la campaña cambió de tono, protagonistas y temas, y obligó a todo el mundo -analistas, aspirantes y electores- a repensar el escenario. La revolución verde no figuraba en ningún presupuesto.
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