Viernes, 19 de septiembre de 2014

| 1992/02/03 00:00

LA SACUDIDA DE ENERO

Como en años anteriores, los decretos económicos rompieron la calma del año nuevo, recordando a los colombianos que aún quedan muchas cosas por cambiar.

LA SACUDIDA DE ENERO

YA SE HA VUELTO UNA TRADICION QUE AL terminar un año y arrancar el otro, lo único que no se paraliza en Colombia es la economía. Eso involucra el sacudón provocado por las alzas en la gasolina y los artículos de primera necesidad, los anuncios sobre lo que será el nuevo año, el reajuste de salarios -y la correspondiente inconformidad de los trabajadores-, el propósito de enmienda de las autoridades después del apretón y la consabida frase de que todo tiempo pasado fue peor. Sin embargo, en esta ocasión el asunto estuvo más movido que otros años.
En los últimos días de 1991 y los primeros de 1992 hubo una vcrdadera escalada de medidas. Ires y venires sobre asuntos novedosos en los campos laboral. financiero, cambiario, de comercio exterior y hasta en materia contable. Todo como parte del esquema de internacionalización de la economía y modernización de las viejas estructuras de la nación.
Los cambios fueron tantos y tan variados que muchas cosas que antes fueron infracciones o delitos dejaron de serlo en el año nuevo (adquirir seguros de vida en dólares o comprar abiertamente productos de Venezuela) y aunque con tropiezos, muchos inversionistas se involucraron en el nuevo y duro juego: comenzó el negocio de los fondos de cesantías en el que se reparte una tajada que va de 50 mil millones a 100 mil millones de pesos (ver recuadro).
Es un nuevo y muy agitado panorama. Lleno, por lo demás, de cosas controvertidas. Entre las manidas de cada año se conoció que el costo de vida creció 26.82 por ciento en 1991. Más de los pronosticado inicialmente por el Gobierno, aunque el ministro de Hacienda, Rudolf Hommes, aseguró que pudo haber sido peor. El funcionario -en rueda de prensa concedida en medio de sus vacaciones- dio por terminado el apretón y advirtió que lo drástico que debía haeerse ya se hizo.
El salario mínimo se reajustó en un 26 por ciento y quedó en 65.190 pesos unos cien dólares al mes. La gasolina subió un 27 por ciento. También se supo que la carne subió 48.5 por ciento en su precio el año pasado, los artículos escolares 34.2 por ciento, la remolacha 71 por ciento, la energía eléctrica 50 por ciento, los parqueaderos 45 por ciento, para sólo citar algunos desafueros del sistema.
Pero como lo que pasó, pasó, desde el primero de enero de 1992 los colombianos tienen que habituarse a nuevas situaciones, en algunos casos muy novedosas, en otros polémicas y en los demás inciertas. La Junta Directiva del Banco de la República se trazó como meta una inflación del 22 por ciento en el año -la misma meta que se fijó el Gobierno el año pasado- mientras el ministro Hommes sostuvo, ante la incredulidad de la masa, que el poder adquisitivo de los salarios de los trabajadores se mantuvo en 1991.
Para las autoridades económicas el año que comienza será bueno -lo mismo, también, que se oyó el año pasado-, y para los demás sectores si no bueno será por lo menos nuevo. Es nuevo para el sistema contable de las empresas, que deberán acostumbrarse de ahora en adelante a que sus estados financieros reflejen el impacto de la inflación anual. Muchos casos habrán de conocerse en los que sociedades otrora fuertes puedan presentar números rojos.
Es también nuevo en el campo laboral el régimen de manejo de cesantías por sociedades administradoras de fondos. Aunque hay mucho camino por recorrer sobre el tema hay lunares que comienzan a nublar el panorama del que parecía ser el negocio de 1992. Mientras tanto, donde hay mucho movimiento es en los puertos, donde la situación de privilegios y viejas prebendas de los trabajadores será desmontada para privatizar la prestación del servicio y con ello y su agilización quebrar uno de los cuellos de botella del proceso de apertura. Los conflictos no faltarán entonces y el Gobierno deberá desembolsar mucho dinero para dejar aclárada la situación.
También hay mucho movimiento por estos días en la frontera con Venezuela, en donde todo está preparándose para la zona de libre comercio entre los dos países. Un triunfo restringido de lo que pudo ser aplicado en los límites de los demás países del Grupo Andino. La integración por ahora está en veremos. El nuevo sistema de aranceles colombovenezolano traerá ventajas y desventajas para lado y lado y lo único que no faltará será polémica. Muchos empresarios de alimentos y automóviles pondrán el grito en el cielo ante la avalancha de los precios competitivos de los productos del vecino país, aunque al otro lado de la frontera no faltarán los dardos de quienes se perjudiquen por la oferta de la contraparte.
Y en este campo del comercio exterior, que será uno de los más movidos en el futuro, se dio el gran paso de la creación y apertura de sus puertas del Banco de Comercio Exterior, presidido por Carlos Caballero Argáez. La entidad reemplaza al antiguo Fondo de Promoción de Exportaciones Proexpo, encargado de respaldar a los exportadores. El nuevo establecimiento, con presupuesto inicial superior a los 500 mil millones de pesos, atenderá las solicitudes de los empresarios nacionales que quieran colocar sus productos en territorio foráneo, por medio de créditos a tasas de interés inferiores a las de la banca comercial, aunque según las autoridades nunca subsidiados.
Pero aunque el panorama pinta claro en la mayoría de los aspectos, e incluso el déficit fiscal se encuentra bajo control, según las autoridades económicas, donde la cosa es muy oscura es en el sector eléctrieo. Por muchos años no ha habido quien le ponga el cascabel al gato. El sector, que es uno de los mayores empleadores del país, el más endeudado y es el que afronta mayores problemas de índole financiera, se salió de las manos hace rato. Los costos de su mal manejo los están pagando los usuarios y así lo reconoce el Dane, que advirtió en su informe del pasado viernes que los precios de la energía eléctrica tuvieron una de las mayores contribuciones para que el costo de vida llegara a los niveles que alcanzó el año que acaba de terminar.
Como siempre, y como en las cabañuelas, habrá días buenos y malos en 1992, y también quienes sostengan que las cosas serán mejores y quienes que peores. Pero el ambiente que se nota es de optimismo. Tanto, que según algunos observadores, uno de los indicadores de que la situación no está complicada y de que no hay mucho de qué preocuparse, es que el ministro Rudolf Hommes se dio el lujo de romper transitoriamente sus vacaciones el pasado viernes por la mañana, presidir una rueda de prensa de dos horas en donde dio el parte de victoria de su apretón, y luego regresó al descanso en el mar Caribe. Como si nada estuviera pasando. Si se cumplen las cabañuelas la economía podría pasar el año con nadadito de perro.

EL JUEGO DE LA GALLINA CIEGA
LA NAVIDAD FUE EPICENTRO de una gran batalla en materias económicas, muy parecida a la guerra de expectativas que dieron las nuevas cadenas de televisión. Se vivió una verdadera puja por las cesantías de los trabajadores. Catorce fondos autorizados por la Superintendencia Bancaria se lanzaron en forma agresiva a tratar de captar una torta que bien puede representar 100 mil millones de pesos durante 1992, según los cálculos más optimistas.
Como en todo mercado nuevo, sin embargo, hay mucha oscuridad sobre lo que está sucediéndo con el negocio. Nadie sabe la respuesta de nada. Por ahora se especula que apenas unos 50 mil millones de pesos podrán ser captados durante la primera etapa del proceso, que empezará realmente el próximo 15 de febrero cuando las empresas consignen las cesantías de sus trabajadores, especialmente los contratados durante el último año.
Es tan reciente el proceso que apenas en Navidad recibieron las administradoras una circular sobre el manejo de la comisión y de la información diaria para valorar el portafolio de inversión, y en el último día del año la reglamentación del plan de cuentas. Y a esas alturas -y todavía- los asalariados no sabían cómo involucrarse en el negocio, atiborrados como estaban por una andanada de publicidad sobre en dónde colocar su dinero, pero no bajo qué condiciones ni ventajas o desventajas.
Aunque nadie se atreve a asegurar nada sobre lo que está ocurriendo, el punto de mayor especulación es el de la magnitud verdadera del negocio. Hay que partir del principio de que el mercado cautivo principal es el de los nuevos contratados. Cálculos de la Misión Chenery sobre empleo llevan a concluir que unos 650 mil personas rotan de trabajo al año. Ese grupo seria el de nuevos empleados durante 1991, al que cubre obligatoriamente el régimen. A ellos hay que sumar la nueva población económicamente activa, lo que hace crecer las cifras hasta unos 800 mil empleados.
Según el mismo estudio el salario promedio bien puede ser de unos 72 mil pesos, lo que arrojaría una cesantía superior a los 50 mil millones de pesos.
A eso hay que descontarle la evasión por desconocimiento y por intención, los contratos asumidos a mitad de año y demás, que disminuirían en gran parte el mercado potencial. Esta resta puede ser compensada por el ingreso de trabajadores antiguos a los fondos, aunque tampoco se sabe sobre la magnitud de este segmento. Lo cierto es que los administradores de fondos y las autoridades piensan que la perspectiva, no muy buena, es la de captar por ahora esos 50 mil millones de pesos. De llegarse a los 100 mil millones de pesos se estaría en un rendimiento extraordinario y contra las expectativas reales.
Lo cierto es que la magnitud de las cifras abrió de todas maneras el apetito de los grandes conglomerados del país, que se apresuraron a ingresar al mercado. Casi nadie quiso quedarse sin bailar una pieza en este baile. Sin embargo recién iniciada la fiesta hay una saturación de oferta en el mercado. Mientras han sido autorizadas 14 sociedades administradoras de fondos y pensiones, otras seis hacen fila en busca de la aprobación para entrar a competir. El hecho llevó a que las solicitudes de autorización presentadas por Corfuturo (de Corredores Asociados) y Horizonte (de Coltefinanciera) fueran retirados en las últimas horas.
Lo cierto es que 12 administradoras, según los entendidos era un escenario bastante equilibrado, de 16 a 18 era congestionado, pero 20 en lista creaban un panorama apretado, excesivo y no previsto por nadie.
Pero la saturación no es el único problema. También está el rendimiento. El Gobierno les exigió a las sociedades pagar a los trabajadores un mínimo equivalente al DTF (tasa efectiva promedio de captación de bancos y corporaciones), lo que fue considerado demasiado alto por los entendidos.
Rodrigo París, presidente de la Asociación Colombiana de Actuarios y asesor del fondo de Diners, considera que tal exigencia amenaza seriamente con llevar al precipicio a las sociedades. Y explica el que ante la posibilidad que dan las normas legales de cobrar una comisión variable por el manejo de las cesantías, cuyo tope es del cuatro por ciento, todas las sociedades hayan optado por el último valor. El naciente gremio de administradores de fondos considera, en general, que se está siendo excesivamente rígido en el nacimiento del negocio, lo que puede llevar al traste con su buen funcionamiento.
Tengan razón inversionistas o autoridades, lo cierto es que éste es uno de los asuntos que ha creado mayor polémica. Y aunque el negocio puede tener mucho de ancho, también lo tiene de largo. Se cree que sólo en siete u ocho años puede comenzar a recuperarse la inversión. Para la muestra está el botón de Chile. Allí los fondos manejan unos ocho mil millones de dólares y durante siete años soportaron saldos en rojo.
También hay mucho de ancho y largo para los trabajadores. En principio el sistema es relativamente sencillo pero hay total oscuridad entre los empleados sobre lo que deben hacer y lo mejor que pueden hacer. La ley involucra obligatoriamente las cesantías de los trabajadores contratados a partir del prirnero de enero de 1991 en los fondos. Allí no hay posibilidad de reversa. Pero las personas cobijadas por el sistema antiguo (doble retroactividad) pueden pasarse al nuevo con ventajas y desventajas. Al involucrarse en un fondo, la liquidación de la cesantía se vuelve anual y se pierde la doble retroactividad. Lo que no significa que pierda la antigüedad en la empresa ni las semanas de cotización en el ISS como muchos piensan o han asegurado.
Al cambiarse, el empleado antiguo deja de recibir anualmente el 12 por ciento de interés que reconocen por ley los patronos, por un rendimiento que puede ser mínimo equivalente al DTF, un 38 por ciento por hablar del más reciente. Tres veces más es atractivo, especialmente para los empleados no muy antiguos. De esta coyuntura nació uno de los asuntos más interesantes que esta ocurriendo hoy en el mercado: la negociación patrono-trabajador por quedarse en lo antiguo o asumir el nuevo esquema.
Se está dando el importante paso de que el empleado juegue con la ley de sus probabilidades en la empresa y entre a negociar con su empleador un bono o una prima para quedarse o renunciar al sistema antiguo. También en este asunto de asesoría a lo que es más aconsejable para el trabajador se especializará en el mercado y en él desempeñarán papel importante las compañías administradoras copn el fin de conseguir mayores adeptos y por ende mayores recursos.
Lo cierto de todo es que lo mejor y lo más duro del negocio está por venir.
El 15 de febrero comienza el verdadero asunto de las cesantías. El traslado de al menos 50 mil millones de pesos de la industria al sistema financiero bien puede representar una distorsión de las tasas de interés, para arriba o para abajo.
Y eso también hace parte del juego de la gallina ciega, en el que nadie sabe exactamente dónde se esncuentra lo que está buscando.

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