Jueves, 27 de noviembre de 2014

| 2013/04/16 00:00

La saga de María del Carmen Ruiz

Una mujer de 60 años regresa a Arboletes para recuperar los cadáveres de su marido y su hijo, asesinados por sicarios.

Así fue la exhumación de los cuerpos del hijo y del esposo de María del Carmen Ruiz. Foto: Jonathan Bock

El estado en el que se vayan a encontrar los esqueletos será una sorpresa. Han pasado más de tres años desde que María del Carmen enterrara el cuerpo de su hijo Juan Pablo Atahualpa Gómez y dos desde que sepultara a su esposo Luis Eduardo Gómez. Ahora, ambos están en el mismo osario. 


La humedad, el calor o los insectos pueden haber afectado la conservación de los cuerpos y ni siquiera la experiencia de Jhon Barona, un cincuentón regordete, al que se le confunden las palabras mientras habla y quien lleva 16 años enterrando y desenterrando cadáveres, resulta suficiente para predecir qué aparecerá después de abierto el ataúd. 


El sol caribeño de medio día se posa sobre el abandonado cementerio de Arboletes, camposanto donde descansan un poco más de mil muertos, buena parte de ellos víctimas de la violencia que después de décadas continúa campante por este municipio encallado en el extremo norte del Urabá Antioqueño. 


Con un chaleco antibalas que maltrata su cuerpo de 60 años, María del Carmen asiste al trámite con el que ha soñado desde el 2011, año en el que tuvo que abandonar su hogar, el patrimonio que había construido a lo largo de su vida, así como los cuerpos de su hijo y esposo, pues las amenazas en su contra no dieron tiempo ni siquiera para llevarse a sus muertos. 


El periodista y su acompañante fiel


En 1972, Luis Eduardo y María del Carmen, dos jóvenes nacidos en Bogotá con pinta de hippies y buscando la pista de cualquier aventura, armaron maletas y aterrizaron en Medellín. Luis, periodista desde siempre, quien había trabajado en El Tiempo y colaborado con otros medios de la capital, pasó a trabajar con la Universidad de Antioquia. Sin embargo, y en busca de nuevos proyectos, iniciaron una vorágine que los llevaría a recorrer la zona del Urabá, empezando por Turbo. 


“Turbo toda la vida ha sido de contrabando pero en esa época era más evidente, se veía mucha plata. La gente madrugaba a las cuatro de la mañana a conseguir la liga, que eran los dólares que utilizaban los mafiosos para encender los cigarrillos. La gente se peleaba para conseguir ese dinero. Todo lo ilícito se movía mucho”, describe María.


Años después y ya en Necoclí nació Juan Pablo Atahualpa, el único hijo de la pareja. Al mismo tiempo veía la luz el primer número de la revista ‘Urabá’, publicación que Luis escribía de principio a fin, mientras que María se encargaba de venderla. “Era una vida muy bonita”, resopla.


A mediados de los 80, Luis Eduardo y su fiel compañera se trasladaron a Apartadó, en ese entonces un pueblo despoblado con poco más de 50 casas, pero que ya era el epicentro de todo lo que acontecía en la región. Luis aprovechó este apogeo para crear diferentes espacios culturales, además de promover artistas, realizar fotografías, murales y, por supuesto, escribir en su revista, dedicada especialmente a temas de agricultura. 


Un volcán de violencia


María del Carmen tiene dificultades para recordar la fecha exacta en el que se fueron a vivir a Arboletes. Esas lagunas son secuelas del año que estuvo hospitalizada por depresión, causada por el asesinato de su hijo. Sin embargo, el por qué llegaron a este municipio sí lo tiene fresco. “Estábamos en una cafetería y una mujer, muy bella, se dio cuenta de que mi esposo sufría de las piernas y rápidamente nos empezó a hablar de los milagros que hacían los baños de barro del volcán de Arboletes”. 


Por ese entonces, Luis casi no podía caminar y los médicos no proyectaban ninguna esperanza, así que decidieron probar suerte con los terapéuticos baños del  volcán. Las múltiples visitas al cráter dieron resultados. Siete meses después ya andaba perfectamente. 


Sin embargo, lo que se veía por esos años en las calles de los municipios de la región ya no eran mafiosos encendiendo cigarros con dólares, era el tiempo de ejércitos paramilitares, de matanzas que quedaban en la impunidad y de ciudadanos aterrorizados. Quienes ahí han vivido no dudan en asegurar que “poco importa lo que digan las autoridades, para los que conocen este pueblo con su volcán y las olas del mar Caribe, en Arboletes sólo hay paras, póngale el nombre que le quiera poner”. 


Su postura contra la criminalidad le supuso a Luis Eduardo ganarse varios enemigos. “Usted qué dice, esas vainas que publica, lárguese de este pueblo”, le grito una vez un funcionario del exalcalde William Saleme, detenido en marzo del 2010 por vínculos con grupos paramilitares. 


Las abandonadas pistas del pequeño aeropuerto del municipio, la pobreza, la presencia de los paramilitares y la corrupción eran algunos de los temas que el periodista criticaba abiertamente. “Las administraciones venían desde años atrás en un letargo total, viviendo su gente dentro de una pobreza del 94% en nuestro municipio y ellos sin pellizcarse. ¿Señores dirigentes dónde está la equidad, el equilibrio y la calidad de vida para sus coterráneos?”, se preguntaba en uno de los últimos editoriales que escribió. 


También quiso defender al volcán que le devolvió sus piernas y se enfrentó a un particular quien presentó escrituras que le acreditaban como dueño de esa tierra, símbolo turístico del municipio.    


En privado, Luis Eduardo afilaba aun más su lápiz y sus denuncias eran contundentes. En sus apuntes privados, a los que SEMANA tuvo acceso, el periodista identificaba a los paramilitares activos y residentes en Arboletes. Escribió los nombres de los aliados en la administración pública, militares y policías. 


Incluyó nombres de testaferros, administradores, los alias y apodos que utilizaban. Indicaba los sitios de reunión, placas de motos y carros que estaban al servicio de los sicarios, haciendas, empresas fachada, teléfonos, direcciones e incluso algunos recorridos habituales de los delincuentes. Tenía dibujado el mapa de la violencia de Arboletes.


Apagan la chispa


Esta fue la ceremonia de exhumación en el cementerio de Arboletes.


“Juan Pablo Atahualpa Gómez, de 28 años, murió asesinado el 14 de agosto del 2009 en Arboletes, Antioquia, a las 7:00 p.m. en la oscuridad de la noche con la motocicleta andando y en los brazos de su querida Carmensita madre amada María”, escribió Luis Eduardo al cumplirse el primer aniversario de la muerte de su hijo. 


Para los padres el motivo del asesinato era claro. “Un grupo de paramilitares lo asesinó por no querer meterse con ellos, por bueno, por sano, por limpio, por solidario, por justo y por honrado. Lo bueno no dura. Este crimen no tiene ninguna justificación”. 


El día de su muerte, Juan Pablo recibió la llamada de una mujer que le advertía que se cuidara. Veinte días atrás, un grupo de jóvenes lo había acorralado, exigiéndole que entregara la moto, de lo contrario tendría que presentarse en La Guajira donde lo reclutarían los paramilitares. Las amenazas continuaron los días siguientes. 


“Faltaban 10 minutos para las siete de la noche, yo estaba en la parte trasera de la moto y él manejaba. A pocos metros de la casa recibió una llamada al celular, redujo la velocidad de la moto para contestar…fueron cuatro tiros pero solo uno fue el que lo mató. Si esa bala lo atraviesa me hubiera matado. Yo creo que le alcance a arañar la cara al tipo que iba en la parte de atrás de la moto”. Instantes después todos desaparecieron. Solo quedaron madre e hijo. Ella le tomó la mano hasta que él murió. “Fue la muerte más linda. No como la de Luis Eduardo”.


La trágica historia se repetiría el 2 de julio del 2011. María del Carmen caminaba de la mano de su esposo por una céntrica calle de Arboletes. Tan solo se distrajo un minuto para saludar a una amiga cuando dos gatilleros se cebaron contra el periodista, llenándole el cuerpo de balas. Tenía 70 años. 


Los sicarios apagaron la chispa del periodismo en el Urabá antioqueño. Silenciaron también al testigo que estaba llamado a testificar en los días siguientes en contra de algunos políticos que se habrían aliado con el comandante paramilitar, alias ‘El Alemán’. 


Empezar a los 60


María del Carmen Ruiz en el cementerio de Medellín.


María del Carmen aguanta en silencio los lúgubres detalles de la exhumación, sin derramar más lágrimas de las estrictamente necesarias. Con su llegada al cementerio de Arboletes, el 18 de marzo del 2013 se puso fin a un trámite que inició dos años atrás. 


Largo periodo en el que no solamente fue testigo de la inmovilidad que hay en los procesos que adelante la justicia por los asesinatos de su hijo y de su esposo sino que también esperó con paciencia las trabas administrativas y la falta de apoyo, circunstancias que impedían avanzar con el proceso.


Finalmente y gracias al impulso que dio la Unidad para la Atención y Reparación de Víctimas; además del apoyo de la Fundación para la Libertad de Prensa, FLIP, la Misión de Apoyo al Proceso de Paz de la OEA y de un dispositivo de seguridad programado por la Unidad Nacional de Protección; María del Carmen fue testigo del proceso de exhumación y del traslado de los cuerpos a otra ciudad, donde finalmente les pueda hacer el duelo que se merecen.


El anhelo de María del Carmen es ahora la creación de una fundación sin ánimo de lucro que atienda las necesidades de familiares de periodistas asesinados y la publicación de un libro que recopile los escritos de Luis Eduardo. 


Así se lo hizo saber al presidente Juan Manuel Santos, primero por medio de una carta y después se lo reiteró al oído mientras caminaba a su lado durante el homenaje que el pasado 8 de febrero rindió la Unidad de Víctimas a los periodistas afectados por el conflicto colombiano. 


Sin embargo, desde Presidencia no llegaron buenas noticias. “Le informo que el Departamento Administrativo de la Presidencia de la República carece de un rubro presupuestal para atender peticiones como la que usted ha presentado”, se puede leer en la carta de respuesta que le enviaron, fechada el 22 de febrero del 2013.


Con la velocidad a la que viaja una bala, María del Carmen dejó de vivir la vida próspera que construyó junto a su hijo y esposo, y empezó a padecer la violencia obscena que acabó con su familia y su hogar. Hoy, a los 60 años, María del Carmen lucha para que la vida de Luis Eduardo y de su hijo no se apague definitivamente por cuenta del olvido.

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