Martes, 24 de enero de 2017

| 1991/04/08 00:00

A LA SILLA ELECTRICA

Historia de un hombre que por celos arrojó al mar al hijo de su amante y fue condenado a muerte por un jurado Federal

A LA SILLA ELECTRICA

El auto Volvo de color dorado, modelo 1972, adquirido a punta de propinas en hoteles y bares de la ciudad, rodaba rápidamente por el viaducto de Rickenbaker, en Miami. Las ventanillas estaban abiertas y el viento de esa mañana cálida y salitrosa, echaba hacia atrás el pelo de Guillermo Arbeláez.

A su lado, jugueteando con los controles del radio, Julio Rivas, de 5 años de edad, lo único que sabía era que ese hombre, quien de noche en noche se besuqueaba con su mamá en las calles del barrio, no había hablado. Simplemente lo había subido al auto frente a su casa y, allí estaban.

Arbeláez había aprendido sobre amor en los boleros y los tangos de su ciudad natal: Medellín, Colombia. Quizás por eso, su mente en ese momento andaba cocinando el terrible destino que le impondrían los celos. No supo cómo de repente su zapato mocasin apretó fuertemente el freno del viejo carro. Vio entonces bajo el viaducto, un brazo de mar y enfrente suyo el exclusivo sector de Key Biscayne, donde tantas veces había trabajado en restaurantes de comida rápida o en estridentes discotecas de latinos embrutecidos por la nostalgia y el merengue dominicano. Abrió la puerta del Volvo y de un jalón sacó al pequeño Julio. El sol de las 10 producía charcos de luz sobre las aguas. Julia nunca supo cómo la muerte se le vina de frente mientras caía en el mar. Arbeláez empujado por sus atávicos celos de varón, por su prepotente condición de latino engañado, lo había lanzado desde la baranda del puente. Era el 14 de febrero de 1988, el día de los enamorados, el día de San Valentín. Arbeláez ni siquiera lo vio caer. Subió al carro, arrancó y se perdió por los lados de Biscayne envenenado por la rabia y desde ya destruido por la culpa.

Ocho años atrás Guillermo Arbeláez llevaba una existencia anónima y anodina en la casa de sus padres en el barrio Laureles de Medellín. No se podría decir que la vida le sonriera. Tenía 24 años y las expectativas de la adolescencia se habían disuelto en la duermevela de sus proyectos postergados. Rodaba del trabajo al desempleo, de la calle a la casa y transitaba por entre amores de barrio, pasiones apocadas y ese

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