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| 6/30/2012 12:00:00 AM

La tragedia de Curillo

La escalofriante historia de un hombre que tuvo que dejar su tierra en una vereda de Caquetá y seis días después, desesperado, afiló su machete y acabó con la vida de sus cinco pequeños hijos y de su esposa. Luego, se degolló. Crónica de SEMANA desde Curillo.

Ramón Reyes Papamija, de 54 años, no pudo más. Le atormentaba profundamente ver a sus cinco hijos (12, 9, 8, 6 años; y un bebé de 5 meses) sin poderles ofrecer nada. Ni una cama donde dormir, ni tampoco algo que comer antes de que se acostaran en el piso para tratar de pasar la noche. Lo afligía el presentimiento de que la muerte lo estaba rondando, ya fuera por cuenta de una úlcera estomacal que le hacía vomitar sangre regularmente o por la amenaza que lo obligó a dejar su vereda. Le angustiaba que su esposa y madre de los menores, Luz Stella López, de 30 años, se quedara sola -para siempre- con semejante responsabilidad.

Todas esas circunstancias arrinconaron a Ramón en una habitación en Curillo, Caquetá. Su madre, Prudencia Papamija, una mujer cansada de 70 años, le había permitido refugiarse con su familia en ese espacio mínimo, el único que ella ocupaba esperando arrendar pronto el resto de la humilde vivienda. Una casa de dos plantas sin muebles ni bombillos, apenas un par de colchonetas por el suelo en el cuarto ocupado.

Ramón había llegado allí con su familia el lunes 18 de junio. Después de vivir 11 años en la vereda Ceilán, a dos horas y media de allí, y donde sobrevivía como jornalero, le tocó salir corriendo luego de que descubrió que unas personas que se presentaron como difusores de los derechos humanos traían morrales llenos de armas y municiones. Dejó cinco hectáreas de tierra y un rancho de tabla. De cualquier forma, algo mejor que la estrecha habitación donde ahora vivían ocho. Del destierro, Ramón solo traía su macheta. Y una extraña expresión de miedo.

Ese viernes, cuatro días después de llegar a Curillo, Ramón acudió a la Personería. Fue con sus cinco pequeños. Explicó sin mayor detalle que se habían desplazado de la vereda por amenazas, dijo sentir mucho miedo por su familia y suplicó que le ayudaran a llegar a Florencia, la capital del departamento. Esperó algún auxilio, en vano. El desasosiego lo invadió. El pueblo, ubicado en la margen del río Caquetá, de 14.000 habitantes y clima húmedo, estaba distraído en las fiestas sampedrinas, mientras él pensaba en una solución definitiva.

Curillo tiene todavía rastros de la guerra que le ha tocado padecer en las últimas décadas. Hace 13 años, las Farc se tomaron el pueblo y para acabar con la estación de Policía rociaron gasolina a toda la manzana a su alrededor. Hoy solo quedan los muros chamuscados de esas casas. Para entrar al comando, como en la lógica de un búnker, hay que pasar varias garitas. Los paramilitares, en su momento, también entraron al pueblo a sangre y fuego. Y aún hoy, a pesar de que el control de la Policía es evidente, no cesa la zozobra. La noche del jueves pasado, el reportero de esta revista escuchó desde el hotel durante dos horas el ruido de morteros.

La casa en la que estaba Ramón y su familia queda a un par de cuadras del comando. El domingo, día de coronación de la reina popular y verbenas hasta el amanecer, Ramón le dijo a su hijita de 6 años que buscara a la abuela y le pidiera una lima para afilar. María Prudencia, que superaba los días vendiendo comida con una vecina en la parte baja de la casa, enterada e inquieta decidió llevarle la lima ella misma. Le preguntó para qué la quería, y él le dijo que la macheta estaba "empavada". "¿Y para qué necesita la macheta?". "Por si sale algo qué hacer". María Prudencia no quedó tranquila, pero no le dio largas a sus pensamientos retorcidos. Al cerrar la cocina, pasadas las ocho de la noche, fue con dos de sus nietas a la plaza del pueblo para ver la coronación.

Ramón, entre tanto, permaneció en la casa con su esposa y los otros pequeños. Recibió dos visitas: el presidente de la junta veredal de Ceilán de paso por el pueblo, lo escuchó, trató de tranquilizarlo y antes de irse le regaló 50.000 pesos; luego llegó un viejo amigo que le recomendó asistir a la iglesia y le dio un pan de tamaño familiar. Ramón oró y lloró con ambos, perturbado por la suerte de su familia.

Hacia las once de la noche la abuela regresó con las dos nietas y se acostaron como los otros sin novedad alguna. Sin embargo, dos horas después, cuando todos dormían profundos, Ramón la despertó con cautela. Le dijo que tenía mucho dolor y le pidió un jugo de sábila, la única bebida que lograba calmarle el dolor de la úlcera. Prudencia fue a la parte baja de la casa, buscó un trozo de la planta, la preparó y subió con el remedio. Calcula que no tardó más de 15 minutos.

Fue el tiempo suficiente para que Ramón deslizara con fuerza y firmeza la macheta afilada por el cuello de cada uno de sus hijos (tres niñas y dos niños). Lo mismo hizo con su esposa, quien, quizá por tener más fuerza que los menores, alcanzó a reaccionar levantándose y yendo hasta la puerta donde cayó, desangrada, sin lograr abrirla. Cuando Prudencia regresó con el jugo para aliviar a Ramón, el cuerpo de su nuera bloqueaba la puerta desde adentro. Y su hijo se había vuelto el más abominable criminal.

Prudencia tocó y llamó repetidas veces. Entendió entonces que algo estaba mal y empezó a temer que los gritos que había escuchado desde la cocina no fueran la algarabía de las fiestas como lo había imaginado. Logró empujar la puerta un poco y a través de la rendija alcanzó a ver el cuarto en penumbra y en él las figuras de los cuerpos tendidos en desorden. Al mismo tiempo, por el filo bajo de la puerta empezó a asomarse un charco de sangre.

Temblando, en pijama y sin poder hablar, Prudencia llegó hasta la plaza del pueblo donde la fiesta estaba en su mejor momento. Allí encontró al teniente Jhon Alexánder Carlos, un joven de 24 años, jefe de la Policía del municipio, a quien apenas atinó a decir "¡Mi hijo, como que lo mataron!". Era la una de la madrugada. Como pudo le indicó al uniformado dónde vivía y este de inmediato acudió con varios agentes.

Entraron a la casa, subieron a la segunda planta y por la rendija Carlos introdujo su linterna. Vio entonces la escena de horror. Estremecido advirtió que se trataba de varios menores y empujó la puerta hasta que se abrió paso. Buscó urgentemente algún signo de vitalidad entre los niños. "Pero, no, ninguno. Nadie", dice.

Luz Stella, la madre que quedó derrumbada contra la puerta, presentaba una herida abierta de 14 centímetros rodeándole la región derecha del cuello. Igualmente, cada uno de los cinco niños tenía un corte profundo en el costado derecho del cuello; dos además tenían tajos adicionales en las muñecas y los antebrazos. Años atrás, cuando nacieron, sus padres habían ideado nombres similares para ellos sin reparar en la ortografía: Yuliana, Yuli, Yuleidy y Yojan; solo el mayor de los hombres se llamaba Ramón, como su padre y verdugo.

La herida mortal en Ramón Reyes Papamija fue la misma: se degolló con un corte de 11 centímetros de largo en el flanco derecho del cuello. A su lado quedó la macheta embadurnada con la sangre de la familia extinta. Al salir de la habitación, el teniente Carlos hizo varias llamadas urgentes. Se comunicó con la unidad de Policía criminal y con el alcalde de Curillo. Luego fue a la primera planta de la casa y le habló a Prudencia con las mejores palabras que encontró para amainar la tragedia.

La fiesta del pueblo se acabó por orden administrativa. En cuestión de minutos todos estaban enterados y espontáneamente decidieron abandonar la plaza central y movilizarse a la casa de Prudencia. Rodearon la vivienda con velas y, un par de horas después, cuando concluyó el levantamiento de los siete cuerpos, el pueblo entero hizo una marcha fúnebre acompañando a Prudencia hasta la morgue. Eran las cinco de la mañana. Todos comentaban que Ramón no pudo más.
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