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| 4/7/2017 1:10:00 AM

La travesía de un periodista por buscar a su tía desaparecida en Mocoa

Semana.com acompañó a Ricardo en la tortuosa búsqueda de una familiar que estaba desaparecida. Esta es la historia de un drama que no terminó en final feliz.

Si antes era complicado llegar a casa de la tía de Ricardo, ahora es prácticamente imposible. Justo a la altura de su finca, se dividió en dos la avalancha que el viernes por la noche se tragó medio Mocoa.

El torrente de agua que represó la montaña y luego se descargó con furia, pasó primero por la subestación eléctrica Junín, donde la explosión lo desvió hacia el barrio de los Altos del Bosque antes de alcanzar los Pinos, en el que vivían Marisol Leonor Solarte e Inés Solarte, las tías de Ricardo. Richy, como le dicen sus amigos. Pero él no se detiene a pensar en eso. Sigue concentrado en la búsqueda de sus familiares.

Por la mañana, ayuda a sus primos a buscar a la tía Inés o trastea los muebles que sobrevivieron el embate y en las tardes, reparte algunos de los víveres que colectó en Bogotá y que quiere llevar a los lugares a los que todavía no llega la ayuda de gobierno.

Richy es delgado como un espárrago y camina con el andar encorvado de los hombres altos que no quieren imponerse por su tamaño. A pesar de la tragedia, sonríe con unos dientes blancos que se sobreponen al tapabocas que todos usan en Mocoa, en parte por el polvo y en parte por el olor a muerto y a tierra mojada que invaden algunas partes de la ciudad.

Carlos Julio Martínez / SEMANA

El día del drama, habló con su hermana unas horas de que se desatara el caos. – Está lloviendo muy duro-, le dijo ella, pero como Ricardo es mocoano y sabe cómo son los aguaceros por acá, a medio camino entre la cordillera de los Andes y la selva amazónica, no le puso mucho cuidado. Dejó el celular en modo avión y se recostó para llegar temprano al Externado, aunque por alguna razón se le espantó el sueño.

En la familia Solarte, todo el mundo tiene don de profecía, pero eso no siempre los salva de las catástrofes. Durante los minutos previos al alud, la tía Leo le dijo a su hijo Rafael que olía a barro húmedo y que se venía una avalancha. Por eso él se marchó con una prima, mientras que ella se quedó a vestirse allí y fue cuando la cogió el golpe.

A eso de las dos de la mañana, Richy prendió su celular para enterarse de lo que había sucedido en su tierra. Vio los mensajes de whatsapp pero no pudo conectarse con su gente. Llamó a sus papás, timbró, timbró e insistió hasta que entró la llamada en la línea saturada, cerca de las cuatro. En ese momento se enteró de que estaban bien y de que el portón de hierro que marca la entrada de su vivienda sirvió de dique de contención. Allí se amontonaron un poco de escombros de una casa vecina destrozada, unos troncos livianos de los bosques más arriba y unas cuantas piedras de entre las menos gruesas.

Ahora que se encuentra sobre el lecho de rocas que cubre lo que en algún momento fue el barrio de Los Pinos, Richy entiende que su tía leo no tenía oportunidad de escapar. Su casa se encontraba justo en el paso de la creciente que arrasó con todo y de ella sólo quedó el muro común del baño y de la cocina, del que todavía cuelgan un reloj y una cucharita de palo, con nada más alrededor. Todo el vecindario es un mar de piedras grises cubiertas de un fino polvo de arena naranja, una laguna triste rodeada de árboles frondosos. Como un Mocoa mineral pequeño, encerrado en un valle verde y frondoso.

SemanaCarlos Julio Martínez / SEMANA

-A la tía Leonor la encontramos pronto-, dice con el hablar arrastrado de los indígenas de la región, que apoyan las partes agudas de sus frases. Era la número 15 en el registro de la SIJIN, fue de las primeras que apareció. La identificaron el viernes, pero hasta el domingo nos entregaron el cuerpo. "No sé si has visto como son los cadáveres cuando se inflan, pero es algo horrible, se les sale el interior y la piel de los pies se escapa como un guante", relata; antes de explicar que a su tía la reconocieron por un lunar peludo que tenía en el cachete.

Y es que las condiciones también están difíciles en la carpa montada por el Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía. Afuera de la morgue que saluda al segundo cementerio de la ciudad, el hedor a formol y cadáveres impregna todo, al punto que hasta los policías más jóvenes tienen que levantar su tapa bocas para aguantar el vómito. La zona de identificación está llena de estatuas fosilizadas en posiciones improbables, con olor a cuerpos humanos que la cal no alcanza a ocultar.

El lugar se saturó desde que llegó la segunda oleada de muertos y los funcionarios locales tuvieron que ingeniárselas pronto para identificar los cuerpos antes de que los reclamaran sus parientes enloquecidos por la magnitud de la tragedia. Con dos de los siete puentes que conectan la ciudad rotos, y los otros cinco muy deteriorados, la ayuda de gobierno tardó casi dos días en llegar. Llovió en menos de 3 horas el 80 por ciento de agua de lo que normalmente cae en un solo mes. Cayó lo que nunca habían marcado los registros en la historia de Mocoa. Era imposible de prever.

SemanaCarlos Julio Martínez / SEMANA

- O más bien, no se quiso mirar lo suficientemente cerca-, completa Ricardo, quién en algún momento trató de lanzarse con el equipo del aspirante a la alcaldía local, su amigo de infancia John Jairo Imbachi. Ahora está aliviado de haber perdido esa opción. -Porque los cuchos cuentan que hace como 50 años se vino una avalancha igualita, pero la gente tiene la memoria corta-, sermonea, mientras carga una pedazo de madera que trata de salvar de su casa antes de que vengan por ella los saqueadores.

Aquí no hay buitres, pero cerca de las casas en ruinas, unos cuantos rapaces rapiñan lo que pueden de los hogares destrozados. Ricardo no tiene ese problema, porque entre su familia y los guardianes del Instituto Penitenciario (Inpec) que los ayudan a trastear sus muebles, parece poco probable que sus bienes se pierdan en camino. Aunque dejan a los primos más chiquitos al cuidado, por si cualquier cosa.

Todos intentan guardar la calma y, -por improbable que suene- el buen humor, pero eso es difícil cuando la tía Inés todavía no ha aparecido y Rafael quedó huérfano, como otros tantos mocoenses, de los casi 300 fallecidos que habían sido censados hasta el miércoles en la noche. Sin contar los que siguen desaparecidos.

Entonces, para mitigar el dolor, Ricardo Solarte se va por las tardes a repartir los kits que trajo de una colecta de amigos periodistas de Bogotá, y que aceptó llevar una teniente de la fuerza aérea, en contra del principio establecido por la oficina de Presidencia de no mandar insumos en especies. Las lleva a las áreas más dolidas de la ciudad, dónde todavía no llegan las ayudas del gobierno. En ellas trae pañales para adultos y otros enseres que poca gente piensa en mandar, pero que siempre harán falta.

Como otros valientes mocoanos y voluntarios de todo el país, Richy recorre las casas de San Miguel, San Bernardo, la Esmeralda y San Fernando, para apoyar a las personas que han decidido no salirse de sus hogares todavía, a pesar de que no haya electricidad más que a ratos, ni agua corriente permanente.

Con todo y el riesgo de una nueva avalancha que oprime los corazones en cuanto comienzan a caer las primeras gotas de lluvia de la noche, son numerosos los habitantes de la capital del Putumayo que no se han resignado a abandonar sus moradas y dejarla a merced de los saqueadores. Aunque al igual que los que han decidido emprender una nueva vida desde cero, la mayoría comparte la promesa de ya no creerle nada al próximo que les diga que no hay ningún riesgo. En el departamento con más ríos de Colombia, los cauces tienen memoria y la naturaleza suele retomar su curso.

PS: El cuerpo de la tía Inés apareció el miércoles por la noche. Después de revisar decenas de cuerpos que amanecieron en Puerto Guzmán o en Villa Garzón durante días y tener que llamar a hospitales de Cali, Popayán o Neiva para reconocer muertos que no eran los suyos, finalmente la familia Solarte encontró a su tía fallecida cuyos restos vinieron a unirse a la lista de los más de 315 muertos que dejó el 31 de marzo en Mocoa. Por falta de personal, los propios tíos y primos fueron los que tuvieron que cavar la tumba en la que reposa ahora.

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