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| 10/2/2010 12:00:00 AM

La última frontera

Con la bonanza minera y petrolera los ecosistemas de la Orinoquia y la Amazonia pueden quedar en peligro si no se hace un desarrollo sostenible. Una alianza desde la sociedad civil busca ponerle un reflector a esta región estratégica del país.

En las últimas décadas, la Amazonia ha comenzado a padecer intensos procesos de transformación que no solo ponen en peligro su riqueza natural y los servicios ambientales que les presta a sus habitantes, los países que la conforman y la humanidad en general, sino también las culturas de los distintos pueblos que en ella habitan.

A la Amazonia ya no se la ve únicamente como una gran reserva de animales y plantas donde subsisten culturas ancestrales que han aprendido a convivir con la selva sin destruirla. Además de esos valores, esa región ahora está en la mira de todos por el papel que desempeña ante las crecientes amenazas de desequilibrios globales provocados por el cambio climático. Si se conserva y se maneja de manera adecuada, puede ayudar a mitigar los efectos adversos.  En cambio, su deterioro y eventual desaparición puede contribuir a una catástrofe planetaria de magnitudes aún mayores.

Según Martín von Hildebrand, director de la Fundación Gaia Amazonas, "hay que buscar alternativas para relacionarnos con el medio ambiente a partir del conocimiento de otras culturas que han logrado vivir en armonía con la naturaleza".

La cuenca amazónica ocupa una superficie de 7.783.000 kilómetros cuadrados. Es el bosque tropical más grande del planeta, contiene el 20 por ciento del agua que corre por los ríos de la Tierra, produce una quinta parte del oxígeno del mundo y absorbe más anhídrido carbónico (CO2) que cualquier otro bioma del planeta.

La Amazonia colombiana es apenas un fragmento de esa gran cuenca (apenas el 6,21 por ciento). Sin embargo, sus 483.119  kilómetros cuadrados representan el 42 por ciento del territorio continental colombiano. En ella está el 74 por ciento de los bosques naturales del país y el  85 por ciento de su territorio lo cubren bosques naturales.

Además, la Amazonia colombiana está ubicada en un enclave geográfico estratégico. Diversas proyecciones de los posibles efectos del cambio climático predicen que cuando esté por terminar el siglo XXI  las variaciones del clima global convertirán gran parte de la Amazonia en una inmensa sabana. Sin embargo, el enclave noroccidental (entre Manaos y los Andes) mantendría su actual fisionomía porque la cordillera de los Andes y el Escudo de las Guayanas retienen grandes cantidades de humedad que mantendrían a salvo los ecosistemas de selva húmeda tropical. Un hecho adicional también protege a la Amazonia colombiana: 390.304 kilómetros cuadrados (81 por ciento) se encuentran protegidos por 185 resguardos indígenas, 17 áreas protegidas y la Reserva Forestal de la Amazonia. Sin embargo, esto no significa que no haya sido sometida a procesos de degradación que en parte la han afectado, y que se encuentre a salvo.

El país le ha dado la espalda a la Amazonia, un territorio que ha pasado por diversas etapas traumáticas. Una de ellas fue el auge del caucho en las dos últimas décadas del siglo XIX y la primera del XX. En esa época, el desarrollo de la industria automovilística creó un enorme mercado para ese material, lo que atrajo a la Amazonia a buscadores de fortuna que se dedicaron a explotar a los indígenas para obtener el látex y transportarlo. Durante décadas enteras, los aborígenes de Colombia fueron obligados a trabajar como esclavos, torturados y asesinados por caucheros, como el peruano Julio César Arana, cuya empresa familiar se transformó en 1907 en la Peruvian Amazon Rubber Company, con sede en Londres.

Mientras duró el auge del caucho, la Amazonia estuvo a merced de los caucheros. Sin embargo, ya en 1872 los ingleses habían conseguido de manera clandestina semillas de Hevea brasiliensis, que sembraron en el protectorado de Malasia, que cuatro décadas después se convirtió en el principal productor mundial de caucho, lo que acabó con la fiebre de este producto en Suramérica.

Otros efectos negativos sobre la Amazonia fueron los grandes frentes de colonización en Meta y Caquetá que comenzaron a abrirse en la década de los años 50, con grandes proyectos en Caquetá, Putumayo y el Ariari establecidos durante el gobierno de Carlos Lleras Restrepo. En 1973  se desmontó la reforma agraria con el pacto de Chicoral, y los campesinos comenzaron a venderles sus parcelas a terratenientes y luego a narcotraficantes, lo que provocó la destrucción de miles de hectáreas de selva para cultivar coca.

Sin embargo, no todo han sido malas noticias. En 1948, la Serranía de la Macarena fue declarada reserva científica y la Ley 2 de 1959 estableció la Reserva Forestal de la Amazonia. Con la creación del sistema de Parques Nacionales Naturales a comienzos de los años 60 y los resguardos indígenas en los años 80, se creó para la Amazonia colombiana un esquema de protección de la selva que, al menos hasta el momento, ha resultado muy eficaz.

Pero aún hay amenazas sobre la región. El auge de la minería, una de las "locomotoras" del presidente Santos  para impulsar el desarrollo, también ha puesto en alerta a los ambientalistas. Ingeominas ha otorgado centenares de títulos y licencias mineras en la Amazonia. Los Parques Nacionales Naturales están blindados contra cualquier proyecto minero. No así los resguardos indígenas, ya que las autoridades tradicionales controlan y gobiernan el suelo y los recursos naturales renovables, pero no el subsuelo.

Si no se establecen reglas claras para ordenar la minería, se corre el riesgo de que estos proyectos de explotación provoquen daños irreparables en los ecosistemas y se vulneren los derechos de los indígenas. La minería ilegal, que se ha establecido más que todo en el departamento de Guainía, podría ser el abrebocas de un desastre mayor si se le da rienda suelta a una descontrolada fiebre del oro y del coltán.

¿Y qué opinan los ciudadanos? Ipsos-Napoleón Franco realizó una encuesta acerca de las percepciones e imaginarios  de los colombianos sobre la Amazonia. Los resultados muestran una gran paradoja. Apenas el 30 por ciento de los encuestados dicen conocer algo o mucho sobre la Amazonia, mientras que el resto se declara ignorante al respecto. Sin embargo, una gran mayoría reconoce la importancia que tiene para los ecosistemas planetarios, hasta el punto que el 96 por ciento de los encuestados considera que no se debe permitir explotar la selva amazónica.

Estos y muchos otros resultados de la encuesta dan a entender que el tema de la Amazonia no solo les interesa a biólogos, naturalistas, antropólogos y etnógrafos, sino que es un tema que debería estar en la agenda pública más a menudo, y no solo cuando allí ocurren operativos militares o se descubre un laboratorio de coca.
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