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| 4/1/2006 12:00:00 AM

La última marcha

Los Nukak-Makú, la única etnia nómada de Colombia, están a punto de extinguirse. La violencia los espantó de la selva.

Cae un chaparrón que lo nubla todo, que entristece la selva. El aguacero se filtra por las enramadas y baña los cuerpos de los Nukak-Makú. Hay 76 indígenas, entre ellos 27 niños, 14 micos y tres fogones de leña encendidos. Algunos de los menores juegan con los animales cerca del fuego, mientras varias madres amamantan a sus bebés y los hombres hablan una lengua extraña.

Están en la finca Aguabonita, propiedad del municipio de San José del Guaviare. Allí fueron llevados tras su llegada el 6 de marzo. Llegaron desnudos, exhaustos y asustados. Venían huyendo desde Tomachipán, a nueve horas en lancha voladora por el río Inírida.

¿Por qué los expulsaron de allí? ¿Qué fue lo que vio este grupo de inocentes indígenas? Es difícil hallar la respuesta porque apenas algunos hilan unas palabras en español. Pero en sus miradas evidencian el temor.

La etnia Nukak-Makú es el último grupo nómada que existe en Colombia. El inventario de sus propiedades es elemental: el chinchorro para dormir, la cerbatana para cazar y los canastos para llevar los frutos que recogen de la selva. Nada más. Dedican sus jornadas a caminar la manigua. Así han sido siempre. Muchos años atrás disponían de la selva entera, pero en los últimos tiempos los colonos primero, y los actores armados después, los han ido cercando.

A pesar del inexorable etnocidio, pues se estima que en Colombia apenas quedan entre 400 y 500, los Nukak-Makú se aferran a su cultura. Caminan, cazan sus animales, recogen sus frutos y vuelven a caminar. En esas estaba este grupo cuando llegaron a un punto de Tomachipán en donde, según cuentan, les pasaron cosas incomprensibles.

Según una de las versiones, lo que les ocurrió no es para nada complejo, si se mira con los ojos de la ‘civilización’. Ellos, que no conocen el concepto de la propiedad privada, estaban recolectando sus frutas, pero el lugar en el que se encontraban era de unos colonos que los acusaron de robo.

Los colonos acudieron a las Farc, que en esa región fijan las leyes y dirimen los conflictos. Los guerrilleros no dudaron: entre unos indígenas y unos colonos de su base social, la escogencia era clara. Los Nukak- Makú fueron expulsados.

Otra versión es menos inocente. Los indígenas se toparon con uno de los campamentos donde las Farc mantienen a sus secuestrados. Esto se infiere de las palabras de algunos de los Nukak-Makú: “hombres malos”, “armas”, “hombres amarrados y tristes”. Esto concuerda con testimonios, casi en secreto, de pobladores de Tomachipán que dicen que en la región están varios cautivos, entre ellos el ex gobernador de Meta Alan Jara.

¿Puede servirle a alguien que un grupo Nukak-Makú tenga esta información? En realidad muy poco porque la noción de punto fijo no existe para ellos. Y para nadie en Colombia es una revelación que los secuestrados están cautivos en lo profundo de las tinieblas donde el sol no logra penetrar las copas de los árboles. Sin embargo, las Farc los persiguieron y los amenazaron con matarlos si no se iban. Los indígenas dejaron atrás esos territorios de sombras y salieron a las llanuras.

Los 76 indígenas emprendieron la huida. A pesar de estar acostumbrados a caminar a través de la selva, en esta ocasión la experiencia fue dolorosa porque iban con miedo y en pos de un destino incierto. La última etnia nómada del país y una de los pocas existentes en el planeta se había transformado de la noche a la mañana en un grupo más de desplazados del conflicto colombiano. Llegaron a San José el 6 de marzo después de una marcha de dos meses. Entre ellos iba una mujer embarazada que tuvo a su bebé en el hospital. Según la tradición, cuando una mujer va a dar a luz se interna en la selva, acompañada por sus compañeras, y tiene a su hijo entre el follaje. Nada más distinto del parto que vivió esta vez.

Los habitantes de San José no sabían qué hacer y reaccionaron con una mal entendida solidaridad. Les dieron ropa, bebidas, comida como fríjoles y lentejas, y juguetes para los niños. Los Nukak-Makú son un grupo pacifista, ingenuo y agradecido. Por eso recibieron todo, pero después no sabían qué hacer con ello.

El problema no sólo es para ellos, sino para el Estado y la sociedad que tampoco saben qué camino tomar. La alcaldía, por ejemplo, habilitó un lote en las afueras de San José y los trasladó allí. Y dispuso de un equipo de personas que les lleva alimentos a diario y les brinda atención médica.

Pero ¿qué va a pasar a mediano plazo? La respuesta es muy compleja porque lo más contraproducente puede resultar seguir brindándoles cuidados paternalistas: a la vuelta de la esquina es probable que pierdan su condición de nómadas y su principal activo cultural se extinguiría. Pero este es un proceso que lleva ya mucho tiempo. La extinción se hizo visible hace casi 20 años, cuando los Nukak-Makú tuvieron el primer contacto con los colonizadores del Guaviare.

En 1988 irrumpió en Calamar, otro asentamiento urbano del Guaviare, un grupo similar. La diferencia en aquel entonces era que no iban hombres. Eran unas 50 personas, pero sólo mujeres y niños. Arribaron, como en esta ocasión, desnudos, hambrientos y a punto de desfallecer. Fue la primera vez que el país tuvo conocimiento de los Nukak-Makú. De los 58 grupos indígenas identificados en Colombia, el último que había entrado en contacto se remontaba a casi dos siglos. El deslumbramiento fue mutuo, pues ellos también estaban sorprendidos al ver los carros, escuchar los radios, mirar la televisión. El gobierno nacional envió desde Bogotá un grupo de especialistas para buscar una explicación.

Fue muy difícil porque la lengua que hablaban era incomprensible hasta para los antropólogos más avezados. La única señal era que se trataba de una lengua amazónica. El impacto de la noticia tuvo repercusiones en el mundo. Unos misioneros estadounidenses vinieron para informar que ellos conocían de esta etnia y entendían algo de su lenguaje pues, años atrás, habían estado evangelizándolos. Las mujeres dieron a entender que buscaban a sus hombres y que iban en dirección al occidente porque una de sus ancianas había tenido un sueño en el que le decían que siguiera hacia allá.

El gobierno entendió que se trataba de una comunidad nómada y que lo mejor era volverlos a donde hubieran partido para que ellos fijaran su destino. Los llevaron en un avión hasta Mitú, en Vaupés, y de allí a lo profundo de la selva en donde se sabía que había otro grupo de la familia Makú.

Sin embargo, las mujeres, con sus niños, volvieron a aparecer, pero en esta ocasión en Mitú. Seguían buscando a sus hombres. Habían hecho la ruta bordeando el río Vaupés. Nunca se supo el destino de ellos. Pero la experiencia sirvió para que los Nukak-Makú entendieran que si bien en otras culturas había hombres malos, también había otros buenos. La historia de que los habían cuidado, de que los habían llevado a volar y de que les habían dado de comer, corrió entre ellos y decidieron salir definitivamente.

Lo que encontraron fue una realidad atroz. Primero fue su encuentro con las Farc que en esa época controlaba con mano de hierro todo el departamento. Luego, con el cultivo de la coca, que se iba extendiendo como una plaga y, finalmente, con la presencia de los paramilitares que llegaron a expulsar a la guerrilla.

Entre unos y otros quedaron atrapados los Nukak-Makú. Todos sacaron provecho de su inocencia. Por ejemplo, los propietarios de los cultivos detectaron que para esta etnia no hay concepto de dinero, por lo que los alistaron de raspachines. Los pusieron a recolectar hoja de coca y a cambio les daban galletas y gaseosas.

Luego los encargaron de cortar los árboles para quemarlos y sacar ceniza, un exitoso sucedáneo del cemento, un precursor prohibido del proceso de la cocaína . Como los Nukak-Makú son obedientes, lo único que había que hacer era decirles qué hacer, cuál árbol talar, cuánto quemar.

En este proceso, los Nukak-Makú se fueron integrando a la sociedad de la peor manera posible. Además, cada uno de sus sitios de movilidad se fue tiñendo de la sangre que causaban los guerilleros o los paramilitares. De Mapiripán a Mitú. De Mitú a San José.

Andar desnudos y con el pelo rapado para ellos eran dos actos de suprema sabiduría. Andan así porque viven en la selva y lo peor allí es la ropa porque se humedece y en una caminata de tres días el cuerpo se llena de llagas. Y se cortan el pelo con las mandíbulas de las pirañas pues en la selva estorba y se hace inmanejable. Pero esa actitud tan natural se convirtió en un señalamiento peligroso. Por eso, varias niñas desnudas de los Nukak-Makú fueron violadas. Los pequeños eran tomados por campesinos que los creían seres inferiores y se los llevaban con la pretensión cristiana de educarlos.

El proceso de extinción no ha tenido freno. Aunque son muchos los profesionales que hacen esfuerzos por cuidar su cultura, la violencia no les da tregua. La última página de esta historia se está escribiendo en San José. Son 76 indígenas, el grupo más numeroso que se conoce. Tienen 14 micos que forman parte esencial de su nutrición, y tienen varios canastos de seje o pataba, unas pepas de palma ricas en proteínas. Cuando los alimentos se les acaben, buscarán irse. Pero si quieren buscar en los alrededores pepas y cazar otros animales, se encontrarán con que todo está colonizado y es propiedad privada. Están cercados por una selva talada y los potreros no son su hábitat. Su mundo está en la selva. En donde pueden caminar libres y dormir donde los coja la noche.

Ahora esto es apenas una quimera. Y lo peor es que varios están enfermos, pues en su contacto con los cascos urbanos, se encontraron con la gripa y la tuberculosis, enfermedades mortales para ellos por lo desconocidas, pues jamás desarrollaron una defensa inmunológica.

Tal vez por eso es la tristeza de ahora. No por el chaparrón que cae y que lo nubla todo, al final están acostumbrados, sino por la tos que interrumpe su conversación en su lengua extraña. Una conversación que no logra ahuyentar su profunda soledad.
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