Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 12/25/2010 12:00:00 AM

La última misa de Gramalote

Esta es la triste historia del final de un pueblo que, tras 153 años de historia, desapareció definitivamente la semana pasada. Crónica de Jorge Luis Durán Pastrana.

La Misa de Aguinaldos más breve en la historia de Gramalote se celebró el pasado 17 de diciembre. Ese día, pasadas las 4 de la mañana, el padre José Emín Mora Camargo, después de apurar en 35 minutos la eucaristía, los villancicos, los gozos y las oraciones a San José, a la Virgen María y al Divino Niño, les dijo a los cerca de 250 fieles que se congregaron en la iglesia San Rafael que fueran a sus casas a sacar lo que pudieran, porque lo mejor era abandonar el pueblo antes de que lo arrasara una avalancha.

No era para menos. La noche anterior, en medio de un bramido como de toro moribundo, cedió la tierra del cerro La Cruz -uno de los que rodean a este municipio del occidente nortesantandereano-, resquebrajando techos y paredes de 25 casas de uno de sus vecinos, el barrio Santa Anita. Providencialmente, no hubo heridos ni muertos.

"Las casas se fueron partiendo como si fueran galletas de soda, y del piso parecía que fuera a salir algo, porque se levantaba y se hacían huecos", recuerda hoy Héctor Luis Castro, un gramalotero de 23 años que está junto a seis familiares en el colegio Pablo VI, en Cúcuta, uno de los albergues improvisados por la Alcaldía de la capital de Norte de Santander.

En Gramalote, un pueblo de tradición conservadora que hasta el 16 de diciembre tenía 7.850 habitantes, lo que dijera el cura era una orden, así que la mayoría de los piadosos no había acabado de salir del templo cuando ya estaban comunicándose con sus casas, para que fueran empacando lo que alcanzaran.

Fue el comienzo de un éxodo que en realidad debió empezar a gestarse los primeros días de diciembre, cuando algunos campesinos de la vereda Jácome, en medio de las jornadas de cuidado a los platanales y cafetales, advirtieron a la comunidad que en un filo del cerro La Cruz había aparecido una grieta de 10 centímetros de ancho por 15 metros de largo.

Milena Gutiérrez recuerda en Cúcuta, a donde llegó desplazada por la naturaleza, que con los días la brecha fue creciendo, pero nadie, ni autoridades ni parroquianos del común, puso mucha atención. "Lo que pasa es que la gente fue rezando y pidiéndole a Dios que la ayudara y desviara la grieta". Castro apunta, todavía con fe, que eso sí sirvió, "pero entonces pasó lo de Santa Anita". Lo dice antes de hacer una fila india para recibir una colchoneta y una bolsa con enlatados y objetos de aseo.

Se refiere a que justo después de la segunda misa de novenas, en el barrio Santa Anita comenzaron a caerse las casas que resistieron la primera embestida de la naturaleza. También a que al parque principal llegaron noticias de que en otros puntos de las 20 cuadras del pueblo la tierra estaba rugiendo. En ese momento, los pocos que estuvieron en misa y creían que el padre Mora exageraba se convencieron de que la evacuación era inevitable y corrieron a sus casas gritando por las calles despertando a los vecinos para que empezaran a empacar sus pertenencias.

Las fuertes lluvias, la tala de los cerros, una serie de sismos en la zona y la falta de previsión estaban pasando factura. La extinción de Gramalote, a hora y media de camino en carro de Cúcuta, había comenzado.

Los parroquianos terminaron por salvar a gritos a Norte de Santander de ser, tal vez, el mayor escenario de muerte en la más severa ola invernal que ha afectado a Colombia en su historia. Los 20 policías del pueblo y los funcionarios públicos quedaron en alerta y empezaron a ayudar a las familias a sacar la ropa y los enseres básicos. Los vecinos se unieron para hacer trasteos colectivos y varios ofrecieron gratuitamente sus vehículos para los acarreos.

La mayoría de los habitantes de Gramalote caminó media hora hasta llegar a la finca El Idilio, donde, posteriormente, sus propietarios no pusieron problema alguno para que allí se instalara un albergue en el que hoy hay cerca de 100 personas.

En las afueras del pueblo, en terreno firme, varios automóviles y camiones pequeños comenzaron a ofrecer sus servicios de mudanza: a 200.000 pesos a Cúcuta por familia y 100.000 a poblaciones más cercanas como Santiago y El Zulia. "Veíamos las casas caerse. Dios Santísimo eso fue terrible, era como el final de los tiempos: la tierra sonaba duro, los animales corrían por el monte y a la entrada del pueblo olía a azufre", cuenta María Griselda Balaguera, quien a sus 72 años y pese a asegurar que aún tiene esa sensación en la nariz, se niega a creer la versión de algunos gramaloteros. Ellos dicen que la tragedia es el resultado de una maldición lanzada hace 60 años por un cura al que la gente señaló de haber asesinado a otro sacerdote.

Los más afortunados encontraron refugio en casas de familiares, pero al menos 3.500 personas están en los 20 albergues habilitados en Cúcuta por la alcaldesa María Eugenia Riascos y, en otros municipios, por el gobernador William Villamizar.

Otros habitantes, como Nelly Teresa Blanco, de 54 años, se resistían a abandonar su casa en el barrio La Caldedera. Pero al mediodía de ese viernes, cuando 30 por ciento de las casas del casco urbano estaban en ruinas, uno de sus hijos tuvo que apelar a las lágrimas para convencerla de que había que irse. "A otros nos tocó sacarlos a la fuerza -cuenta Héctor Luis Castro-. Unas señoras, por ejemplo, se encerraron con llave en la casa y una gente tuvo que tumbar la puerta para llevárselas. A la media hora la casa se cayó junto con las demás de esa cuadra".

A las 3 de la tarde del 18 de diciembre, recuerda el alcalde Rafael Ángel Celis Rincón desde una pequeña oficina en la sede de la Gobernación, en Cúcuta, 70 por ciento del pueblo estaba evacuado.

Oficialmente Gramalote quedó vacío en la mañana del lunes, cuando algunos habitantes de veredas como El Triunfo, Jordán y Jácome, donde la tierra también se hundió y hubo deslaves, burlaron las trampas de la naturaleza y cruzaron el casco urbano para llegar a los albergues. Lo hicieron en silencio, para evitar que el ruido terminara de tumbar lo que se resistía a caer.

Ese día, a la Policía y al Ejército les tocó instalar dos anillos de seguridad no solo para evitar la entrada de los saqueadores, sino para bloquear a los damnificados que quieren retornar a las ruinas con la ilusión de salvar algo más que la ropa.

Hoy, solo 10 por ciento de lo que fue Gramalote está en pie. Pero, como asegura Luis Alfonso Tarazona, director del Comité Regional para la Prevención y Atención de Desastres (Crepad), muy seguramente el domingo no habrá nada. Solo un silencio profundo, duro y perturbador. Hasta el monumento en bronce al líder conservador Laureano Gómez, que coronaba el parque central, fue llevado a la sede de la Gobernación, en Cúcuta.

Curiosamente, una de las construcciones que no se ha desmoronado del todo es la iglesia San Rafael, la misma donde el segundo día de novenas se celebró la última misa en Gramalote.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1839

PORTADA

Odebrecht: ¡Crecen los tentáculos!

Las nuevas revelaciones del escándalo sacuden al Congreso y al director de la ANI. Con la nueva situación cambia el ajedrez político al comenzar la campaña electoral.