Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2010/08/14 00:00

“La unidad nacional es una tarea siempre presente en la historia colombiana”

En el lanzamiento de su libro '1810: ni revolución ni nación', el historiador Adolfo León Atehortúa advierte que la Independencia dejó varias tareas inconclusas, como el consenso nacional y el reconocimiento de la diversidad.

Adolfo Atehortúa, director del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Pedagógica Nacional y Presidente del Consejo Nacional de Planeación.

El concepto de ‘Nación’ no se consumó con el Grito de Independencia, éste apenas fue el primer paso de ese proyecto. Esa es la conclusión del libro 1810: ni revolución ni nación, que la Editorial La Carreta lanza este sábado en la Feria del Libro, escrito por el profesor de historia Adolfo León Atehortúa.

Atehortúa difiere de la llamada historia ‘oficial’ y defiende la necesidad de que existan varias versiones de ella. En su criterio, por estos días de celebración de bicentenarios en los países hispanoamericanos, es más la pompa mediática que la reflexión sobre los hechos del pasado.

“Los significados de la historia, la memoria y la experiencia, parecen fracasar ante un consumo que se coloca por encima de los seres humanos para arrebatarles el carácter de sujetos”, reza en su libro.

En dos ensayos, el historiador aborda el análisis de la situación económica y social de la Nueva Granada al momento de la Independencia, y el transcurso de los hechos del 20 de julio en Santa Fe de Bogotá. La conclusión es categórica: La unidad política y la nación no fueron el punto de partida de la vida republicana sino, por el contrario, un proceso a construir.

Semana.com habló con Atehortúa sobre los problemas de la cátedra de historia actual, la importancia de los diferentes puntos de vista sobre los hechos del pasado y los retos que asaltan el presente en aras de consolidar la identidad nacional.

Semana.com: Por estos días, los historiadores se quejan de que hay muchas celebraciones bicentenarias en Latinoamérica: gritos de independencia, batallas, insurrecciones. ¿Por qué no hay una sola?

Adolfo León Atehortúa:
Más que una queja, es una realidad. No hubo una sola independencia, fueron múltiples. El mundo colonial hispano fue un mundo fraccionado. De modo que, en lo que hoy es Colombia, a falta de uno, hubo varios “gritos”. Antes que Santa Fe, Cartagena, Mompox, las ciudades confederadas del Valle, Pamplona y Socorro desataron movimientos contra el gobierno colonial del virreinato. Sin embargo, el proceso fue común, con grandes semejanzas, con hermandades forjadas al calor de la guerra y con identidad general en los resultados. Es lógico que existan diversas celebraciones. La historia es compleja y las sociedades lo son en igual forma.

Semana.com: ¿Cuál es el riesgo de una sola versión de la historia?

A.L.A.:
Hay versiones oficiales, predominantes, pero al lado de ellas existen siempre otras formas de ver la historia, diversas memorias. Con respecto a los sucesos del 20 de julio, por ejemplo, se ha ensalzado la participación de Camilo Torres y de José Acevedo y Gómez, pero se ha ocultado el importante papel jugado por José María Carbonell y la persecución que contra él desencadenó después la junta de los criollos. Estas versiones se argumentan y se contrastan con la realidad y los documentos que la re-crean, con los testimonios de los protagonistas y de los testigos. El historiador acude a ellos y es, en cierta forma, reconstructor del hecho histórico.

Semana.com: En el prólogo de su libro, usted dice que la memoria está afectada por el consumo. Desde ese punto de vista, ¿la Fiesta Bicentenaria adquiere el mismo rango del 'Día de la Madre'?

A.L.A.:
Las celebraciones del bicentenario abarcaron, principalmente, desfiles de la fuerza pública, festivales gastronómicos, conciertos y espectáculos de masas. Los grandes valores de la independencia no se destacaron con la altura que merecían; primó el carácter conmemorativo y festivo, tradicional y mediático, por sobre la formación ciudadana y la circulación del conocimiento. La lectura en clave nacional o incluso local se superpuso al carácter continental del mismo proceso. Los significados de la historia fracasaron frente a las realidades del consumo. Para muchos, el Bicentenario deja como recuerdo una gran rumba.

Semana.com: Usted señala que una vez los pueblos de la América hispánica se independizaron, no hubo una conferencia de nuevos gobiernos. ¿A qué se debió esa desarticulación?

A.L.A.:
El proceso de la Independencia fue continental. Cobijó a la América Hispana desde el sur del rio Grande hasta la Patagonia. Los libertadores lo sintieron y lo vivieron con ese espíritu. Es triste que doscientos años después no se haga una celebración conjunta, que borre al menos por un momento las fronteras y las diferencias. Es triste que no haya siquiera una cumbre de gobiernos hermanos, una declaración de amistad por ese proceso que nos reunió a todos. Doscientos años después somos inferiores a nuestros próceres. Nos falta la generosidad de un San Martín que deja en manos de Bolívar el camino de la gloria.

Semana.com: Una iniciativa como la creación de Unasur, ¿es el comienzo de ese proyecto de identificación latinoamericana?

A.L.A.:
Unasur es una alternativa de unidad latinoamericana en el sur de nuestro continente. La OEA se ha alejado en muchas ocasiones de las necesidades latinoamericanas y de sus realidades, pero ello no significa que ambos organismos deban oponerse. Por el contrario, en ciertos momentos o coyunturas podrían complementarse.

Semana.com: En su libro aparece una declaración que bien podría acuñarse para esta época en Colombia: "el Estado Patrimonial de la época distribuía favores a los individuos en el derecho privado". ¿Ese es el origen del clientelismo? ¿No ha cambiado nada?

A.L.A.:
En términos corrientes, sí. El sistema colonial repartió mercedes, vendió títulos nobiliarios y cargos públicos, legalizó tierras ilegalmente adquiridas, construyó privilegios y monopolizó las actividades comerciales. Construyó también su propia ruina: el oro y la plata que cruzaron a torrentes el océano Atlántico, pasaron raudos por España con destino a las economías europeas con las que el reino comerciaba. El Imperio español no auspició el crecimiento productivo, no planeó el mercado; amplió la circulación de metales pero no transformó las maneras de producir en la metrópoli ni en las colonias. Su decadencia fue parásita.

Semana.com: Usted aduce que en 1810 algunas élites criollas regionales, ante la falta de un proyecto de unidad nacional, hubieran preferido seguir bajo la tutela española. ¿En dónde estaban esas élites? ¿Persiste aún esa idea de que es preferible estar al amparo de otro país más poderoso?

A.L.A.:
Los criollos, en su mayoría, no gozaban de la suficiente madurez política para ostentar una identidad americana. Se sentían “tan españoles como los hijos de don Pelayo”. Pero es esa una categoría histórica que no puede extrapolarse mecánicamente para los tiempos actuales.

Semana.com: ¿Quiénes nos han contado la historia que conocemos, la versión en la que más o menos todos coincidimos?

A.L.A.:
La llamada “Nueva Historia” es una corriente que transformó a la historiografía colombiana. A partir de Jaime Jaramillo Uribe, de Germán Colmenares y de muchos otros, la historia que conocemos ya no fue la misma. El oficio del historiador dejó de ser el de un anticuario, coleccionista de hechos y de documentos y se convirtió en una profesión ligada al desarrollo de una disciplina científica, rigurosa. Acaba de concluir el XV Congreso Colombiano de Historia: casi dos mil asistentes, poco más de cuatrocientos ponencias y un espíritu juvenil, de nuevas generaciones, girando en torno a la historia.

Semana.com: ¿La historia que aprendimos en el colegio es suficiente para reflexionar sobre las herencias de nuestros antepasados?

A.L.A.:
Existen muchas limitaciones y dificultades con respecto a la enseñanza de la historia. En básica secundaria, ellas se asocian con los lineamientos curriculares que le restaron importancia a la disciplina; con los manuales escolares dispuestos para el mercado y no para el saber; con las didácticas tradicionales; con las políticas educativas y con las historias oficiales que no se abandonan. La tarea es gigante pero hay quienes, aquí y allá, la han acometido. Colombia tiene maestros con alma de titanes.

Semana.com: Usted aduce que en 1810 no hubo revolución. ¿Le ha hecho falta a Colombia el espíritu jacobino?

A.L.A.:
La independencia implantó muchos cambios en la vida cotidiana pero no transformó el fondo de las estructuras. La abolición de la esclavitud debió esperar varios lustros, por ejemplo. Este hecho, unido a otros, nos dejó una nación en construcción que aún a lo largo del siglo XX no logró consolidarse. La dependencia continúa con diverso rostro, ciertos dilemas y matices; la Constitución del 91 fue un reconocimiento tardío a la realidad pluriétnica y multicultural de Colombia. A lo largo de su historia republicana, Colombia no conoció tampoco los momentos fundadores que las movilizaciones revolucionarias, populistas o nacionalistas protagonizaron en otros países latinoamericanos como México, Brasil, o incluso Argentina. No hubo levantamientos populares de envergadura ni cuartelazos militares triunfantes. Para utilizar los términos del sociólogo Daniel Pécaut, no fue posible, tampoco, acudir a una ficción o mito fundacional que ayudara a imaginar el principio de consistencia y unidad de lo social por sí mismo. La conducción del Estado en Colombia pasó más por lo político que por lo societal: el poder de las elites se estructuró bajo la forma de subculturas partidarias que utilizaron la clientela como mecanismo de articulación frente a la población


Semana.com: Finalmente, en su libro también indica que el proyecto de 'Nación' no se consumó con la historia del florero de Llorente y con el llamado Grito de Independencia, que en ese momento apenas comenzó a nacer un país. ¿Ya se consolidó ese proceso o a eso se deben los llamados a la unidad nacional que por estos días están de moda?

A.L.A.:
En sus primeros cien años de vida republicana, Colombia no tuvo la oportunidad concreta de enfrentar con las armas a un enemigo externo y no tuvo, por consiguiente, la necesidad de impulsar en forma temprana la cualificación y profesionalización de un Ejército Nacional. Este hecho, que podría ser considerado en términos románticos como “fortuna histórica”, resulta cuestionado por la experiencia y la teoría cuando se trata de construir un “Estado”. La población no fue estremecida por un sentimiento de identidad frente al otro, frente a un enemigo. Más aún: el carácter nacional del Estado fue suplido a medias por un acuerdo frentista de maquinarias partidistas. La unidad nacional es una tarea siempre presente, de construcción permanente. No se debe entender, simplemente, como una amalgama burocrática en torno al presidente. El gobierno de Juan Manuel Santos tiene ese reto histórico.

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