Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2009/10/24 00:00

La universidad en su laberinto

Las universidades públicas tienen razón cuando piden más plata. Pero sus problemas no son sólo de chequera, sino de gobernabilidad.

La universidad en su laberinto

Moisés Wasserman no puede caminar por la Universidad Nacional. A sus 63 años, es un respetado científico, profesor emérito de esa universidad en cuyas aulas y laboratorios ha pasado más de la mitad de su vida. No puede andar por ahí porque teme un hostigamiento, un acto vandálico o un bochorno en su contra, como muchos que ya han sucedido. El último, hace pocos días, se produjo cuando un grupo de 300 estudiantes rodeó e inmovilizó su carro durante seis horas. Que Wasserman no pueda caminar libremente por los edificios y el amplio campus del alma máter no sería tan grave si él no fuera el rector. Pero así están las cosas en la Universidad Nacional desde hace tiempo. Más ahora, cuando está encendido el debate con el gobierno por la financiación de todas las universidades públicas.

Paradójicamente, Wasserman y los estudiantes están del mismo lado. Eso quedó demostrado el martes pasado, cuando millares de jóvenes marcharon hasta el Congreso para abogar por un aumento del 5 por ciento del presupuesto para el funcionamiento de las universidades. Que es exactamente lo que todos los rectores, incluido Wasserman, le reclaman al gobierno. Pero no lo lograron.

El meollo del asunto es que desde 1993 las universidades reciben los mismos ingresos, mientras los gastos en ese lapso se han multiplicado porque ha crecido la cobertura -pasó del 30 por ciento al 55 por ciento en estos años-; la calidad de los profesores -sólo la Nacional está formando 900 profesores en doctorados-; y en producción de conocimiento -se pasó de 490 a 1.332 grupos de investigación-. Todos estos nuevos gastos hacen parte del rubro de funcionamiento, que es donde está el problema.

La posición de la ministra de Educación, Cecilia María Vélez, ha sido que todos estos nuevos gastos deben ser cubiertos no sólo por el gobierno, sino por las propias universidades tanto con las matrículas como con contratos con entidades públicas y privadas y la explotación de algunos activos. Algo que los rectores no comparten, primero, porque sus alumnos suelen ser de estrato 3 para abajo, lo que hace imposible un alza de matrículas, y segundo, porque los dineros de las consultorías que realizan tienen destinación específica y no se pueden gastar en funcionamiento.

Aunque la noticia fue que el Congreso les había aprobado a las universidades públicas 160.000 millones para el año entrante, en realidad esto no es así. La verdad es que se aprobaron 70.000 millones para el Icetex, 30.000 para Colciencias, y para las universidades otros 60.000 millones. Sólo que éstos se deben invertir en ampliación de cobertura, y se deben redistribuir mejor, pues hasta ahora las universidades más grandes, como la Nacional, la de Antioquia y la del Valle, se llevan más del 60 por ciento de los recursos.

La ministra Vélez considera que el gobierno financia un sistema de educación pública y no sólo las universidades. Que en la práctica, éstas deben competir con las privadas por los recursos de Colciencias y del Icetex. Un modelo que muchos consideran neoliberal y que de todos modos no resuelve el problema de su funcionamiento. Por eso Wasserman considera que el gobierno está poniendo en jaque su supervivencia de las universidades y su autonomía, y presentará una demanda ante la Corte Constitucional.

Los rectores tienen razón, tal como lo señaló el columnista Alejandro Gaviria, en que las universidades necesitan más recursos y que se debe reformar la Ley 30, que las regula. Pero también tiene razón el gobierno, tal como lo señala Gaviria, cuando quiere saber en qué se está invirtiendo la plata. Posiblemente, para poner el dedo en la llaga sobre la ineficiencia administrativa de algunas universidades, en particular la Nacional, que es la que más recursos recibe. "No hay cifras claras sobre los rubros que estamos financiando", reclama la Ministra. A Vélez le parece inaudito, por ejemplo, que la Nacional no haya ampliado la cobertura en los últimos siete años, y que se trague la mayor parte de las transferencias del gobierno, cuando es una de las que menos recaudo hacen por matrículas, mientras las universidades regionales han ampliado más la cobertura. Obviamente pocas se pueden comparar con la Nacional en cuanto a ciencia y calidad.

Para muchos observadores están chocando dos visiones de la educación pública superior. Por un lado, el modelo que defiende Wasserman, que supone una universidad de alta calidad financiada por el Estado para que responda a las necesidades de desarrollo del país. Por la otra, el del gobierno, centrado en subsidiar al estudiante que demanda educación, independientemente de que ingrese a una universidad pública o privada.

Francisco Gutiérrez, profesor de la Universidad Nacional y ex vicerrector de la misma entidad, cree que es necesario construir un acuerdo que reconcilie estas dos visiones en el que el gobierno se comprometa a dar un salto financiero; y que las universidades mejoren su eficiencia y la cobertura. Todo esto en el marco de un debate sobre la reforma a la Ley 30 y el futuro de la universidad pública.

Pero ¿hay en las universidades públicas un clima propicio para la abrir este debate y lograr acuerdos?

El 'secuestro' de la opinión
En muchas universidades públicas, y en la Nacional en particular, hay serios problemas de gobernabilidad. Daniel Pacheco, un joven columnista de El Espectador, dice que en la Universidad Nacional hay un secuestro masivo de la opinión: "¿Cómo es posible que un cuerpo estudiantil tan grande como el de la Universidad Nacional permita que unos pocos estudiantes retengan a su rector de 63 años por cinco horas en un sitio sin baño?", se preguntaba esta semana.

En la Universidad del Valle un grupo de encapuchados anunció que no dejaría realizar la feria del libro porque era un "evento burgués", y en la Universidad de Antioquia se ha desplegado una intensa reflexión sobre la intolerancia en el campus dado que ha habido amenazas contra profesores y estudiantes a quienes acusan de guerrilleros o de paramilitares con panfletos diferentes.

La Policía y los organismos de inteligencia no tienen duda de que las universidades están infiltradas por las guerrillas y que esa es la principal fuente de intolerancia y violencia en su interior. Pero aunque este es un problema real, no explica la doble vida que viven las universidades. Por un lado, un notable desarrollo académico que las ha convertido en centros de pensamiento modernos, integrados al mundo, y con excelentes resultados (baste decir que hace siete años se publicaban menos de 200 artículos en revistas científicas, y el año pasado ya pasaban de 700); y por el otro, una anquilosada vida política. En el campo académico están de cara al siglo XXI, mientras una asamblea estudiantil es como regresar a los años 60.

Así describe un profesor de la Universidad de Antioquia lo que ocurre cuando un puñado de estudiantes cita a asamblea general: "Pasan de salón en salón boicoteando las clases. Bloquean las cerraduras con alfileres o pegamentos, insultan y amenazan a los docentes y han llegado a lanzarles petardos a quienes se les han enfrentado con coraje civil, como ocurrió hace algunos meses en la facultad de ciencias económicas".

El debate en las grandes universidades, según muchos estudiantes, está capturado por grupos cerrados. "Una falsa democracia", dice Wasserman, quien el día que fue cercado por los estudiantes se negó a ir al Teatro León de Greiff a discutir con ellos porque no considera la asamblea un espacio realmente deliberativo. Los estudiantes tienen razón, sin embargo, cuando piden que se les ilustre sobre las finanzas de la universidad.

El profesor de filosofía Porfirio Ruiz, de la Universidad Nacional de Bogotá, dice que en estas asambleas "no hay respeto a la palabra porque lo que no gusta se acalla con rechiflas, así no se puede adelantar una discusión, se impone siempre la emotividad. Sus decisiones son conocidas: anormalidad académica y bloqueos".

El movimiento de estudiantes también ha tenido momentos de importante movilización pacífica, en los que ha mostrado madurez y civilidad, ni que se entienda que las universidades son lugares de jóvenes donde hay innovación, rebeldía y ruptura de tradiciones que tienen que ser vistos como parte de la libertad de opinión y expresión propias de una democracia. El problema es que los grupos más radicales, siguen teniendo la sartén por el mango.

"La universidad debe ser un lugar de experimentación de modelos democráticos, que estén en manos de las comunidades científicas y académicas", dice Ricardo García, ex rector de la Universidad Distrital, quien cree que el antídoto para el radicalismo y la violencia es más participación. Algo que parece estar experimentando la Universidad de Antioquia, tratando de crear unas normas de convivencia concertadas entre todos los estamentos de la universidad, liderados por la rectoría, después de que un joven fue asesinado en el corredor de una facultad a principios de este año, y la ola de atracos y robos dentro de las mismas instalaciones.

Sin embargo, cada vez hay más voces que plantean que en las universidades la autonomía se está confundiendo con extraterritorialidad. Rafael Awad, ex rector de la Universidad de Antioquia, cree que el problema es que "seguimos pensando en la universidad como un gueto encerrado en un campus, que se ha convertido en república independiente", dice y apuesta sin duda por el derribamiento de las mallas y los muros de las universidades y su integración a la ciudad.

Porque al problema de la intolerancia política e ideológica, tanto de derecha como de izquierda, se ha sumado el que muchas universidades se han convertido en lugares donde el comercio de droga pulula. En las universidades Nacional y de Antioquia, por ejemplo, la venta droga se ha vuelto inmanejable. "Nadie se atreve a 'darse la pela' para atajar la parcelación gradual del espacio universitario y la penetración de redes mafiosas a través de ellos", le dijo a SEMANA un profesor. Un estudio reciente que hizo la Universidad Nacional demostró que gran parte de estos negocios pertenece a personas externas que literalmente montaron un mercado persa de cines pirateado y minutos de celular, y que alquilan los puestos a estudiantes de bajos recursos.

Algo similar ocurría en la Universidad Pedagógica. El rector, Óscar Armando Ibarra, dice que la situación era tan grave, que "hace siete años esta universidad era conocida como la olla de la 72". Sin acudir a fórmulas represivas, esta universidad está tratando de resolver el problema. Se inició un programa de empleo para los estudiantes de bajos recursos que tenían ventas en el campus, los venteros ambulantes externos fueron sacados de la universidad, y adicionalmente se creó un programa de pedagogía y apoyo terapeútico a los consumidores de droga. De hecho, el tráfico de estupefacientes ha bajado, pero los problemas aún no han sido solucionados del todo.

El caso de la Universidad Nacional es más complejo. Pero es claro que si un rector no puede caminar por su universidad, hay un problema. Y grave. Muchos piensan que parte de la solución es derribar los muros. Que la ciudad universitaria se integre a la vida social y política, como pasa en todos los países del mundo, incluidos los latinoamericanos. El mismo Wasserman era un convencido de esto. "Yo estudié en una universidad abierta y sin muros: ésta", dice. Por eso estaba de acuerdo con la apertura de las puertas de la 26, para que la universidad no fuera un sitio cerrado. Pero ahora volverá a tender la cerca.

Muchos creen que abrir las puertas incrementa los riesgos de seguridad. Curiosamente, Bogotá tiene un ejemplo que demuestra lo contrario. La Universidad Javeriana tiene un campus abierto, integrado al paisaje urbano, en el centro de Bogotá. Posiblemente una integración mayor a la ciudad lo que haga es civilizar, en el buen sentido de la palabra, la vida pública de la universidad.

Por eso ahora que se abre el debate sobre las finanzas, todo los temas de la gobernabilidad universitaria se deberían poner sobre la mesa.

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