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| 7/15/2006 12:00:00 AM

La venganza de Pastrana

La crisis dejó tres cosas claras: a Samper se le cerraron muchas puertas, Pastrana tiene tentaciones reeleccionistas y Uribe conserva su luna de miel.

Andrés Pastrana tuvo que esperar 12 años para sacarse el clavo de las elecciones de 1994, en las que Ernesto Samper lo derrotó con una campaña financiada con cinco millones de dólares aportados por el cartel de Cali. Su victoria en 1998 sobre Horacio Serpa, candidato que representaba la continuidad samperista, no había sido suficiente para resarcir el precio que había pagado al denunciar los famosos 'narcocasetes' que sacaron a la luz la millonaria donación de los hermanos Rodríguez Orejuela. La opinión pública, en un comienzo, lo tildó de mal perdedor y de hacerle daño a la imagen internacional de Colombia. Estos cuatro años no sólo fueron duros para el presidente que casi se cae. También fueron un infierno para Pastrana.

La pelea entre los dos ex presidentes quedó casada para siempre. No se hablan, omiten alusiones públicas mutuas, y escasamente se saludan en las reuniones de la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores, donde tienen asiento propio. La semana pasada estuvieron a punto de volverse a topar en un escenario de más largo alcance: el servicio exterior. Pastrana, como embajador en Estados Unidos desde hace ocho meses, y Samper como embajador designado en Francia.

Con la jugada de meter a sus dos antecesores a la diplomacia, el presidente Uribe le apuntó a varios objetivos de alta política. Pastrana había pasado de ser un duro crítico de la reelección a ser un eficiente representante personal suyo en Washington. Samper dejaría la presión pública y las gestiones con las familias de los secuestrados para defender ante el gobierno francés la posición de Uribe frente al intercambio. De paso, ambos ex mandatarios influirían entre sus seguidores políticos para apoyar al gobierno en el Congreso. Ante la dura oposición que hará el Polo Democrático, y la crítica moderada del Partido Liberal, alinear a Pastrana y a Samper habría sido una verdadera moñona.

Uribe se equivocó al pensar que los dos ex presidentes podían formar parte de un mismo equipo. Ni los 12.000 kilómetros que separan a Washington de París, ni lo atractivo que resulta tanto para Pastrana como para Samper -los más impopulares mandatarios- formar parte de un gobierno que goza de un 80 por ciento de aceptación, fueron suficientes para hacer viable la convivencia. Pastrana renunció y precipitó la situación de más difícil manejo político que ha tenido que enfrentar Uribe desde cuando llegó a la Presidencia en 2002.

El Presidente cometió varios errores. Interpretó como positiva una reacción vaga de Pastrana ante una consulta que le hizo hace tres semanas sobre el ofrecimiento a Samper, y subestimó el fuerte rechazo que causaría el nombramiento entre algunos sectores de la opinión pública. Pastrana argumentó que no podía permanecer en Washington por razones morales, y por el coletazo que tendría el nombramiento de Samper en la Casa Blanca y el Congreso de Estados Unidos. En especial, sobre congresistas demócratas que respaldaron a Bill Clinton en el retiro de la visa a Samper y que ahora deberán aprobar una segunda fase del Plan Colombia. Es probable que estos argumentos sean exagerados, en la medida en que el caso Samper para los gringos es un tema del pasado y que los congresistas de ese país no siguen en detalle la situación colombiana, como para preocuparse por quién ocupa la embajada en Francia.

El dilema no era fácil para el presidente Uribe. Aceptarle la renuncia a Pastrana y dejar a Samper, para dar una señal de autoridad, le habría significado echarse encima la durísima reacción negativa que causó la noticia del nombramiento de Samper. Es muy probable que hubiera precipitado el fin de su larga luna de miel con la opinión pública, cuando ni siquiera ha comenzado el segundo cuatrienio.

La otra opción, retirarle el ofrecimiento a Samper para mantener a Pastrana en Washington, le habría generado la percepción de debilidad ante un chantaje. De ahí que prescindió de los dos ex presidentes y nombró en los tres cargos afectados a mujeres de excelente reputación: Carolina Barco como embajadora en Estados Unidos, María Consuelo Araújo como canciller, y María Ángela Holguín como embajadora en Francia.

Cambiar a dos ex presidentes desgastados por tres mujeres carismáticas y valiosas habría podido ser una buena solución. La mejor, en medio de las dificultades, por tres razones. En primer lugar, la prontitud. Antes de que se destaparan las presiones y las reacciones que suscitan estos eventos, y de que surgieran las previsibles críticas que genera un hecho tan propio de la vieja política como es echar mano de los ex presidentes, la noticia de los nombramientos de este fotogénico trío femenino apagó cualquier conato de incendio. En segundo lugar, la simetría: la fórmula salomónica de echar abajo las cabezas simultáneas de Pastrana y de Samper, desactivó a los seguidores de ambos. Y en tercer lugar, los rostros refrescantes de las tres mujeres volvían a recordar al Uribe innovador que siempre sorprende con sus nombramientos.

La fórmula, sin embargo, no cuajó totalmente y el balance para Uribe, aunque es muy positivo en la opinión pública (ver encuesta), no es tan positivo como parece. María Ángela Holguín aguó la fiesta al no aceptar su nombramiento en París. Sus relaciones con Uribe se habían deteriorado desde el año pasado cuando rechazó el nombramiento de cuotas políticas en la embajada ante la ONU. Desde el punto de vista personal, además, tenía razones muy firmes para regresar al país. Y para rematar, el vicepresidente Francisco Santos le dejó un mensaje en su celular que daba por hecho su aceptación. En realidad, Holguín era la candidata perfecta para ser canciller y tiene mucho más experiencia en al campo internacional que María Consuelo Araújo, quien iba a ser su nueva jefe. Ha sido secretaria general y viceministra de Relaciones Exteriores, y ha desempeñado con habilidad las difíciles embajadas ante la ONU y Venezuela. Lo cierto es que la actitud de Holguín descompletó el rompecabezas armado con agilidad por Uribe.

La crisis y su desenlace también afectaron las relaciones del Presidente con Pastrana y Samper. Si el comienzo del enredo tiene que ver con dos nombramientos que buscaban paz política y márgenes de gobernabilidad para los próximos cuatro años, en el epílogo quedan dos ex presidentes por fuera de las riendas del gobierno y con ánimos de reivindicación (Samper) o de ambición política (Pastrana). Dos aliados incondicionales se convirtieron en aliados condicionales.

Tanto Pastrana como Samper afirman que sus respectivas relaciones con el presidente Uribe quedaron intactas. Pero esta es una verdad oficial que pretende evitar el costo que implica distanciarse de un Presidente tan poderoso, en la cresta de la ola después de la reelección. La verdad es que Pastrana considera que Uribe lo perjudicó con el ofrecimiento a Samper, que lo ponía en igualdad de condiciones con quien considera un político inferior en términos morales. Y Samper habría aspirado a que Uribe le aceptara la renuncia a Pastrana y se hubiera mantenido en su intención de enviarlo a París.

Por su parte, Uribe no querrá saber nada sobre estos dos antecesores. No esperaba la pataleta de Pastrana, sobre todo después de que hace tres semanas, durante su viaje a Washington para entrevistarse con George W. Bush, le había comentado su intención de nombrar a Samper y sólo había recibido una sensación de disgusto que para nada significaba una renuncia capaz de generar toda una crisis política. Frente a Samper, se hizo evidente que el rechazo público en algunos sectores permanece y que no es un aliado rentable para su imagen pública.

¿Qué tanto daño pueden hacer Pastrana y Samper? De momento, ninguno de los dos tiene el control de sus respectivos partidos, que más bien están en manos de contradictores: Carlos Holguín, en el conservador, y César Gaviria, en el liberal. Los ex mandatarios tienen alguna influencia en el Congreso. Y su apoyo podría ser valioso en asuntos impopulares como los que tiene que sacar el gobierno en la próxima legislatura, sobre todo en el campo económico (ver artículo): reforma tributaria con ampliación del IVA, TLC, reducción de las transferencias a los departamentos y municipios. En un escenario legislativo con una oposición fuerte y en el que los partidos uribistas jalan cada cual para su lado, para el gobierno habría sido mejor tener a los ex presidentes adentro y disciplinados, en lugar de afuera e inquietos.

Hay otro daño causado, y para nada despreciable. El de la reiteración de que el gobierno Uribe maneja los asuntos diplomáticos a la ligera. Sus objetivos de política doméstica pesan más que los de política exterior. Las formas se apartan de las costumbres diplomáticas y caen con frecuencia en un tropicalismo que no le conviene a un país con los problemas de Colombia. En la crisis de la semana pasada, el gobierno incurrió en costos diplomáticos con varios países. En Francia, el nombramiento de Samper se filtró a los medios antes de que la Cancillería solicitara el beneplácito. Luego se hizo la solicitud formal a las carreras, y en cuestión de horas el propio gobierno anunció que ya no iba Samper, sino María Ángela Holguín. Al final, para colmo de males, se supo que ella no aceptaba el nombramiento. En Estados Unidos no se entiende que el país aliado por excelencia mande un embajador por sólo ocho meses y pretenda reivindicar a Samper. En México ya esperaban a María Consuelo Araújo, a quien le habían concedido el beneplácito, y ahora saben, por los periódicos, que le cambiaron el destino.

El escenario con el que arranca la nueva canciller no es fácil. También se han cometido errores con países tan importantes como Venezuela. El peor crítico personal de Chávez es el nuevo ministro de Defensa. Y el anunciado nombramiento de Luis Alfredo Ramos está en veremos porque los voceros de su movimiento lo consideraron poco importante.

Lo cierto es que las consecuencias de la ardua batalla se van a sentir por mucho tiempo, tanto en la diplomacia como en la política interna. Andrés Pastrana perdió una embajada que le significaba un escenario inmejorable. Pero ganó puntos entre los sectores de la opinión sensibles frente a las consideraciones sobre la moral en el servicio público y quedó activado políticamente. Ya se habla de una posible jefatura suya del Partido Conservador y hasta de una candidatura presidencial en 2010. Versiones prematuras y un poco ilusas, pero que nadie habría pensado antes de su ingreso al gobierno Uribe. El balance de su fugaz paso por Washington le dejó réditos.

Samper salió mal librado, a pesar de que la encuesta de Invamer lo castiga menos que a Pastrana. Se frustró su gran intento de reivindicación, y se despertaron todos los fantasmas del proceso 8.000. La conclusión de los eventos de la semana pasada es que el elefante todavía lo acompaña y que, en consecuencia, las puertas de la política a nivel de gobierno le están cerradas. Le queda como campo de acción su ascendiente sobre el Congreso, donde es juzgado con menos severidad que por la opinión pública. Y eso que el desenlace pudo haber sido peor, en la hipótesis de que se mantuviera el nombramiento pero que las reacciones en Colombia y en Francia hubieran llevado a un eventual rechazo de su beneplácito.

Finalmente, el balance para el presidente Uribe es agridulce. Conjuró la crisis en forma rápida y evitó que la bola de nieve se creciera. Su favorabilidad se mantiene. Pero recibió un sonoro campanazo. Por primera vez hubo señales de que su luna de miel no es eterna y de que hay decisiones en las que sus seguidores no lo van a acompañar. Las heridas abiertas con Pastrana y Samper, y los daños causados en algunas relaciones diplomáticas, son a su vez indicios de que en el segundo cuatrienio va a encontrar menos tolerancia que en el primero. Un país que votó masivamente por la reelección porque quería mantener el mismo camino que llevaba, se sacudió con la imagen de que en los próximos cuatro años ni Uribe va a ser el mismo, ni las reacciones a sus actos van a ser tan benévolas.
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