Viernes, 31 de octubre de 2014

| 1995/07/31 00:00

LA VIDA NO VALE NADA

El absurdo asesinato de Antonio Izquierdo Dávila ilustra una vez más el grado de inseguridad al que se exponen los colombianos en la vida diaria.

LA VIDA NO VALE NADA

LA VIDA NO VALE NADA REza una ranchera mexicana, y esa frase parece confirmarse cada día en la Colombia de hoy. El último caso es el del conocido político, diplomático y hombre de negocios Antonio Izquierdo Dávila, quien fue vilmente asesinado hace pocos días.
Toda esta absurda historia comenzó en diciembre del año pasado en un pleito por la propiedad de unos lotes en la urbanización Cantalejo al norte de Bogotá. Antonio Izquierdo, quien era propietario y arrendatario de esas tierras, recibió el pasado diciembre una demanda interpuesta por Angel Español, un humilde muchacho de 24 años con quien antes había tenido un contrato de asociación para cultivar papa en esos terrenos. El contrato terminó en septiembre de 1994, pero Español decidió permanecer y construir allí un cambuche para así poder demandar por la vía de las mejoras y permanencia el derecho de propiedad.
La demanda salió a favor del dueño original del terreno, es decir de Antonio Izquierdo, y desde ese momento sus abogados comenzaron los papeleos para que se iniciara la diligencia de desalojo. Por esa misma época los problemas en torno a la propiedad de dichos lotes aumentaron. Por un lado estaba la demanda de Español, y por el otro había aparecido un grupo de personas que, con base en escrituras falsas, decían ser los propietarios de esas tierras. A partir del momento en que se inició el proceso de desalojo no eran extrañas las llamadas telefónicas amenazantes que recibían Izquierdo y su familia.
Finalmente la inspectora de Policía de Suba ordenó el desalojo para el viernes 23 de junio. Hasta los terrenos llegaron Izquierdo, su esposa Carmen, su hijo Santiago y el abogado Víctor Eugenio Cañón. La diligencia, que demoró casi todo el día, se hizo en los mejores términos, tanto que Izquierdo le comentó a su esposa: "Te das cuenta, cuando las cosas se hacen por medio de la ley no hay ningún problema". Después de esto Antonio Izquierdo, en compañía de su abogado, montó en su auto y hacia las cinco de la tarde, en la paralela de la autopista norte con calle 138, fue interceptado por una camioneta. Del vehículo bajaron dos hombres que rápidamente se desplazaron hasta la ventana y a sangre fría descargaron sus pistolas contra Antonio Izquierdo, quien murió de inmediato.
Hasta el momento la teoría que manejan las autoridades como móvil del asesinato es que, al parecer, un grupo de urbanizadores piratas que estaba detrás de conseguir ilícitamente las tierras lo mandó matar. El mismo día del crimen fue capturado por la Policía Omar Libardo Alonso Sánchez, de 23 años, a quien se le decomisó una pistola nueve milímetros sin salvoconducto. El sindicado se declaró inocente pero después acusó como coautores a Jairo Cubides y Yesid Suárez, los dos hombres que viajaban con él en la camioneta, y quienes según fuentes oficiales recibieron un millón de pesos por el crimen.
En todo caso los balazos de estos sicarios acabaron con la vida de un hombre que en sus 67 años había logrado hacer muchas cosas. Nacido en una distinguida familia, Antonio Izquierdo fue desde el primer corredor de carros que participó en un rallye en Europa, hasta embajador de Colombia en la India, y pasó por innumerables puestos importantes tanto en el campo privado como estatal. Entre otras cosas fue dos veces representante a la Cámara, presidente de Braniff y terminó su vida como presidente de la firma comisionista Corregan. En todas estas etapas de su vida dejó la huella de un gran caballero y de un hombre privilegiado que siempre demostró gran sensibilidad social.
El brutal asesinato de Antonio Izquierdo no es más que uno más dentro de la espiral de violencia que Colombia vive en la actualidad. Pero las circunstancias absurdas en que se originó el atentado han hecho recordar a los colombianos que no sólo la vida no vale nada, sino que un sicario vale un millón de pesos.

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