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| 6/11/2011 12:00:00 AM

La 'voltereta' de Rockefeller

SEMANA publica la carta en la que el millonario que promovió la prohibición del alcohol en Estados Unidos terminó, 12 años después, pidiendo legalizarlo.

Después de dedicar su vida a promover -y conseguir, en 1920- la prohibición constitucional del consumo de alcohol en Estados Unidos, John D. Rockefeller Jr., hijo del magnate petrolero, se 'volteó', en una rara muestra de pragmatismo y honestidad intelectual que buena falta hacen a los políticos que, hoy en el mundo, defienden la prohibición y la guerra contra las drogas, tan fracasadas y costosas, en dinero y vidas humanas, como su finada antecesora, la templanza antialcohólica.

El 7 de junio de 1932, doce años después de que una campaña en la que él desempeñó un papel clave lograra que la producción, consumo y comercialización del alcohol entrasen en la Constitución de Estados Unidos bajo la célebre Decimoctava Enmienda, el multimillonario Rockefeller, emblema del conservatismo y cuya opinión tenía un inmenso peso en su país, anunció, en una carta publicada en The New York Times, que había que reconocer que la prohibición era un fracaso y que la enmienda debía ser derogada.

"Mi posición puede sorprenderlo -escribió en su carta, dirigida al rector de la Universidad de Columbia, Nicholas M. Buttler-. Nací como abstemio; toda mi vida he sido abstemio por principio. Ni mi padre ni su padre probaron jamás una gota de licor embriagante, ni lo hice yo. Mi madre y su madre estuvieron entre las intrépidas mujeres de su día que, odiando los horrores de la embriaguez, podían encontrarse a menudo con grupos de mujeres de igual parecer, orando de rodillas en los bares en su ardiente deseo de salvar a los hombres de los males que tan comúnmente provienen de esas fuentes de iniquidad (…) Con mi padre, por años apoyé la Liga Antitabernas (el movimiento punta de lanza de la abstinencia alcohólica)".

"Cuando la Decimoctava Enmienda se aprobó, yo seriamente esperaba que (…) se acercara el día en que se entendería el valor para la sociedad de hombres con mentes y cuerpos libres de los efectos quebrantantes del alcohol. Que ese no ha sido el resultado, sino que la bebida ha aumentado; que el 'speakeasy' (bares clandestinos que florecieron durante la prohibición) ha reemplazado al 'saloon' (taberna), no solo uno a uno, sino en proporción de dos o tres a uno; que un ejército de transgresores de la ley ha sido reclutado y financiado a escala colosal; que muchos de nuestros mejores ciudadanos, picados con lo que veían como una intromisión en sus derechos privados, han desconocido abierta y desvergonzadamente la Decimoctava Enmienda; que, como un resultado inevitable, el respeto por toda ley ha disminuido grandemente; que el crimen ha crecido hasta un nivel sin precedentes -esto es lo que, lentamente y a regañadientes, he llegado a creer".

Semejantes afirmaciones -de quien, según sus propias cuentas, contribuyó junto con su padre con 350.000 dólares por treinta años a la Liga Antitabernas- cayeron como una bomba y marcaron el comienzo del fin de la prohibición, derogada un año y medio después. Y no solo eso. A 79 años de su carta, sus argumentos suenan increíblemente actuales.

Quienes hoy hablan del fracaso de la guerra contra los estupefacientes, del costo en vidas humanas y del dinero tirado literalmente a la basura en el vano intento de acabar con la inclinación humana por los "paraísos artificiales" repiten, sin saberlo, frases como esta: "Esos beneficios, importantes y de largo alcance -escribió Rockefeller refiriéndose a algunos efectos de la prohibición-, son más que sobrepasados por los males que se han desarrollado y florecido desde su adopción, males que, de no ser prontamente controlados llevarán probablemente a condiciones indeciblemente peores que las que prevalecían antes".

Hace años sobra evidencia de que la guerra contra las drogas no solo no ha cumplido su objetivo imposible -acabar con ellas, su consumo y su tráfico- sino que ha producido "condiciones indeciblemente peores": la creación del mercado ilícito más rentable del mundo, cárceles llenas de 'chichipatos' y consumidores pobres que tienen en quiebra los presupuestos estatales, mercados nuevos, adictos más jóvenes y criminales cada día más sofisticados. En 1925, un periodista escribió: "Cinco años de prohibición han tenido, al menos, este efecto benigno: han destruido completamente los argumentos favoritos de los prohibicionistas". Cuarenta años de guerra contra las drogas deberían haber tenido ocho veces ese efecto. A Rockefeller le tomó siete años más, hasta 1932, aceptar públicamente que estaba equivocado y llamar a corregir el error. ¿Cuánto tomará a los políticos de hoy aceptar que, si no la honestidad intelectual, al menos el más elemental pragmatismo indica que es tiempo de una voltereta similar?
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