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| 2/6/2005 12:00:00 AM

Largada anticipada

Cuáles son las grandes listas de candidatos que ya se perfilan para las elecciones de Congreso.

El ambiente en el Congre-so por estos días está agitado. Por el innegable nerviosismo, la intensidad de las reuniones y las innumerables versiones sobre cómo se están moviendo las fichas para elaborar las listas de candidatos y para consolidar alianzas, parecería que las elecciones de marzo de 2006 estuvieran a la vuelta de la esquina.

El apuro se debe a que esta vez las reglas de juego son diferentes. La reforma política, promulgada en 2003, establece que los partidos y movimientos sólo podrán presentar una lista nacional al Senado y una a la Cámara por cada departamento.

Además, sólo podrán participar en la distribución de curules las listas que obtengan mínimo el 2 por ciento de los votos recibidos en los últimos comicios al Senado o la mitad del cuociente electoral de cada departamento, en el caso de las elecciones a Cámara. En plata blanca, las que lleguen a 220.000 votos, una meta exigente y difícil en un país donde sólo votan alrededor de 10 millones de ciudadanos.

Los aspirantes al Congreso que se elegirán en poco más de un año han tenido que hacerse todo un lavado de cerebro. El juego cambió, y con las nuevas reglas algunas de las tácticas más exitosas de los últimos años ahora son un comprobado camino al fracaso. Tal es el caso de las operaciones avispa, las microempresas electorales y los partidos de garaje. O los partidos y movimientos con nombres pomposos que en la práctica sólo servían para asegurar la elección de la cabeza de la lista.

Ahora lo rentable es agrupar y construir opciones colectivas sólidas. Si algo queda claro del agite que hoy se vive en el Congreso es que el espejismo de las candidaturas individuales e independientes les está abriendo el paso, otra vez, a las listas de los grandes partidos. Incluso han subido las acciones de las desgastadas maquinarias electorales, y hasta los criticados varones locales, como uno de los elementos clave para conformar listas competitivas.

En este escenario, y a pesar de que para la inscripción de candidatos sólo se exige que su movimiento tenga personería jurídica vigente, los expertos consideran que solo habrá espacio para siete listas con posibilidades realistas de llegar al Congreso. Y ya se están armando.

En el campo uribista, donde el jefe natural -el presidente Uribe- no ha sido partidario de agruparlos a todos bajo una sola tolda, hay indicios de proliferación, y hasta de guerra fría entre algunos de los principales lugartenientes. El senador Luis Guillermo Vélez picó en punta. Hace dos semanas reunió en su casa a 25 barones electorales escogidos con el estratégico criterio de tener un denominador común: provienen del liberalismo y apoyan la reelección. Tanto, que incluso ese factor ha permitido juntar líderes con intereses regionales que hace un tiempo habrían sido irreconciliables: José Name y Fuad Char, de la bancada costeña; Mario Uribe, José Ignacio Mesa y Luis Guillermo Vélez, de Antioquia y por caudillos de otras regiones como Mauricio Pimiento, Carlos García Orjuela, Víctor Renán Barco, Flor Gnecco y Piedad Zuccardi. "Tenemos tres comités que articularán el trabajo político de la lista, que esperamos sea la más fuerte. Teniendo en cuenta la elección pasada, podemos lograr los dos millones de votos y 35 curules", asegura Vélez.

La otra opción visible del uribismo, la de Cambio Radical, el partido que lidera el senador Germán Vargas, también se está preparando para la contienda futura, aunque por el momento no tiene un conjunto de ases como el de Luis Guillermo Vélez. María Isabel Mejía y José Renán Trujillo son por ahora los nombres más sonoros, aunque hay que tener en cuenta que Vargas Lleras ha hecho en los últimos dos años un exitoso trabajo en las regiones, de donde podrían salir aspirantes con efectivas organizaciones locales.

Lo que resulta toda una paradoja es que los partidos tradicionales, sobre todo el Liberal -una especie de símbolo del caciquismo hasta los años 80, están acudiendo a figuras más jóvenes o que llevan menos tiempo en el Congreso, por la desbandada hacia el uribismo de algunos de sus más reconocidos barones. Camilo Sánchez, Luis Fernando Velasco, Óscar Julio González y Joaquín José Vives son algunos de los nombres de esta nueva generación.

Inclusive resulta llamativo que algunas opciones jóvenes del uribismo se han visto en la necesidad de regresar al oficialismo. Es el caso del nada despreciable grupo que lidera Zulema Jattin, y que prácticamente ya ha tomado la decisión de asistir al Congreso nacional de mayo. O del propio senador Rafael Pardo, quien ante la evidencia de que en el uribismo -y el suyo además es tibio- no hay campo para tanta gente, ha tenido acercamientos con la DNL. Contactos que se producen con facilidad y fluidez frente a las elecciones parlamentarias pero que tienen serios obstáculos a la hora de discutir el apoyo a la reelección del presidente Uribe.

Los conservadores también tendrán serios competidores que provienen de sus filas. El ala oficialista, liderada por Carlos Holguín, peleará curules con el Equipo Colombia, el movimiento que dirige Luis Alfredo Ramos. Y esta tarea no será fácil. Ramos, quien ha resistido fuertes presiones para volver a su antigua casa azul, obtuvo la principal votación en las últimas elecciones parlamentarias. Hoy se considera el gran elector de Antioquia. Es decir, del principal bastión uribista.

El otro gran desafío para el Partido Conservador será la Nueva Fuerza Democrática (NFD). Las relaciones entre su líder, el ex presidente Andrés Pastrana, y el presidente del Directorio, Carlos Holguín, no podían estar más tensas. Y la NFD está dispuesta a apostarle -como lo hizo con éxito en 1990- a llegarle al electorado de opinión con una lista de nombres de lujo como Juan Camilo Restrepo, el ex comisionado de Paz Camilo Gómez y el director de El Nuevo Siglo, Juan Gabriel Uribe, entre otros.

La otra gran pregunta es cómo enfrentará la izquierda este nuevo escenario. Las elecciones de octubre de 2003 dejaron la sensación de que el Polo Democrático Independiente es un fenómeno exitoso y ascendente, a raíz de sus valiosas victorias en la Alcaldía de Bogotá y en la Gobernación del Valle. Pero lo cierto es que el PDI está lejos de haber construido una organización política nacional. Y tampoco son propiamente evidentes los cuadros con los que podría conformar una lista competitiva que apoye a Antonio Navarro y Gustavo Petro. Sobre todo cuando los muy populares Garzón, Angelino y Lucho -gobernador del Valle del Cauca y alcalde de Bogotá, respectivamente-, no podrán participar en la elección.

Habría que ver además si el Polo logra reunir a toda la izquierda y concretar una alianza con Alternativa Democrática, de la que hacen parte figuras con imagen pero con pocos votos como Carlos Gaviria y Jorge Robledo. Y hasta dónde podría incluso acercar a aspirantes como María Emma Mejía, hoy muy cercana al alcalde Lucho Garzón y quien considera, como una posible opción, presentar una candidatura al Senado. Los criterios del PDI para conformar las listas serán decididos en una convención nacional en abril.

Además de estos cinco bloques -los de Luis Guillermo Vélez, Germán Vargas, los partidos Liberal y Conservador, y la izquierda-, otras organizaciones que han sido protagonistas en los últimos años tendrán que agruparse, o unirse, para aspirar al Congreso. Es el caso del Nuevo Partido, de movimientos cívicos y comunales, y de algunos congresistas que llegaron como independientes o con grupos cristianos y que solos difícilmente alcanzarán el umbral, pero que al mismo tiempo tienen orígenes y orientaciones demasiado diversas para agruparse.

Lo cierto es que las próximas elecciones serán distintas, por una reforma política que se aprobó hace dos años con escepticismo y que todavía carece de leyes reglamentarias -como la de bancadas- que serán claves para saber hasta dónde los cambios en las conductas políticas serán para bien. Por lo pronto no sería prematuro afirmar que entre los ganadores figurarán los que mejor entiendan el nuevo juego. Por eso no es de extrañar que haya nerviosismo en el Congreso, cuando todavía falta más de un año para las elecciones.
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