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| 9/15/2012 12:00:00 AM

Las altas consejerías: los alfiles de Palacio

Con la llegada de Lucho Garzón y Gina Parody, Santos refuerza su equipo en la Casa de Nariño. Sin embargo, surgen interrogantes sobre el número, el costo y el rol de las altas consejerías.

Cuando el presidente Santos anunció que Lucho Garzón entraría al equipo del palacio presidencial como ministro consejero para el Dialogo Social, la pregunta más urgente que se hacían sus asesores era ¿y dónde lo vamos a poner? Lo mismo pasó con el nombramiento de Gina Parody como consejera para Bogotá. El segundo piso de la Casa de Nariño está a reventar, entre secretarios, altos consejeros y funcionarios, por lo que no fue fácil abrirles espacio a los nuevos inquilinos.

Desde que llegó en 2010, Santos le apostó a una presidencia fuerte y arrancó con consejeros en temas tan diversos como la prosperidad, el medio ambiente y los asuntos políticos. Actualmente, tras la reforma al Estado y los últimos nombramientos, Santos cuenta con un ministro consejero, Lucho Garzón, y nueve consejeros. Gina Parody tiene la tarea de manejar la relación con el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro (ver siguiente artículo) mientras que Aurelio Iragorri se encarga de otros temas políticos, en especial la relación con los parlamentarios. María Lorena Gutiérrez, es la que pone a los ministros contra el tablero, maneja los semáforos de ejecución y está encargada del buen gobierno, por lo cual trabaja en llave con Catalina Crane, que tiene como misión lograr la entrada de Colombia a la Oecd y manejar las relaciones con los gremios.

Mientras Juan Felipe Muñoz maneja la nueva estrategia de comunicaciones, Cristina Plazas lidera y coordina la política de equidad con las mujeres. El exalcalde de Barranquilla Alex Char reemplazó a Miguel Peñaloza en la Consejería de Regiones y se la pasa montado en un avión, muchas veces acompañado por Francisco José Lloreda, que está implementando un plan piloto en 20 ciudades para la seguridad ciudadana. La lista termina con María Cristina Trujillo, que trabaja con la primera dama en programas especiales. Además de los consejeros, Santos cuenta con un secretario de Transparencia, Carlos Fernando Galán y un alto comisionado para la Paz, Sergio Jaramillo. Todos ellos trabajan bajo el timón del secretario general de Presidencia Juan Mesa, quien debe supervisar que la estructura funcione con armonía y evitar que se pisen las mangueras entre ellos y con los ministros.

Además del problema logístico de encontrar oficina para tanta gente, los últimos nombramientos de Santos, Lucho y Gina, volvieron a traer a colación el debate sobre la función de las consejerías. Yamid Amat, en su entrevista a Parody le preguntó "¿Qué significa ser alta consejera para Bogotá?" Y esa misma noche en Hora 20, el representante conservador David Barguil opinó sobre el tema del día y dijo que "esas consejerías no sirven para mucho".

En plata blanca, las consejerías no tienen presupuesto, burocracia, ni poder de decisión. Son una especie de hombres de confianza que le hablan al oído al presidente y cuya función es coordinar temas transversales como el buen gobierno, la política para mujeres o la presencia del gobierno en las regiones. Para los habitantes de Palacio, el alto número de consejerías es coherente con el estilo de gobierno del presidente, pues es un mandatario que delega, da margen de maniobra y luego exige resultados. "Cuando las funciones están definidas y las personas en los cargos tienen trayectoria en su tema, el esquema fluye", dice un alto asesor de Palacio que agrega que el presupuesto que exigen las consejerías no es una suma cuantiosa y que lo importante es que "haya gente que empuje los grandes temas y haga seguimiento".

No obstante, cuando las funciones no están claras, como en el caso de Lucho, no es un buen síntoma. Según los encargados en Palacio, Lucho será la voz del gobierno, el encargado de defender al presidente, expresar las posiciones del gobierno y tender puentes con varios sectores sociales, pero no se sabe a ciencia cierta cómo será su articulación con el vicepresidente y otras entidades gubernamentales. Tampoco se ha explicado todavía qué debe coordinar Gina o de qué tema transversal se encargará. En este sentido las consejerías no están exentas de debilidades. Por ejemplo, para la directora del Instituto de Ciencia Política Marcela Prieto, es evidente que el presidente necesita personas de confianza que monitoreen el avance de su plan de gobierno, pero estas oficinas "obstruyen el buen funcionamiento de la estructura del ejecutivo, pues crean cargos paralelos a los ministerios y generan ruido".

En pocas palabras, el modelo va en contra del talante estadista que anhela transmitir Santos, pues al fin y al cabo, desinstitucionaliza al Ejecutivo. Dado que cada presidente arma su equipo a su forma y figura, no es clara la permanencia, ni la continuidad o estabilidad de los cargos y por lo tanto, de sus políticas.

También existen interrogantes como cuál es la responsabilidad política de los consejeros y a quién deben rendir cuentas. En esto aporta Mónica Pachón, directora de Congreso Visible y experta en diseño institucional, quien considera una paradoja que los consejeros son responsables solo ante el presidente mientras que los ministros deben rendir cuentas al Congreso. "No tienen ataduras, no representan a nadie y no tienen responsabilidad política, valdría la pena pensar en eso", dice.

Si bien la figura de las altas consejerías puede arrojar resultados, y se ha aplicado en países como Chile y Estados Unidos, las dudas sobre este modelo de organización de la Presidencia son válidas. Otra gran pregunta es cómo se evalúa el desempeño de las consejerías y qué indicadores han diseñado en Palacio para hacerlo. Tal vez esa es la única forma de saber si las altas consejerías son necesarias y útiles. En otras palabras, si son más que corbatas palaciegas.
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