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| 4/3/2000 12:00:00 AM

Las caras de Castaño

El éxito que tuvo el destape de hora y media en la televisión del legendario jefe de las autodefensas entrevistado por Darío Arizmendi se debió a eso: a que Carlos Castaño dio la cara, en un país donde nadie la da.

Castaño da la cara”, se anunciaba el programa. Y el éxito que tuvo el destape de hora y media en la televisión del legendario jefe de las autodefensas entrevistado por Darío Arizmendi se debió a eso: a que Carlos Castaño dio la cara, en un país donde nadie la da. En un país en donde todos mienten, en donde todos ponen cara de no haber roto nunca un plato, en donde los presidentes aseguran, poniendo cara de bobos, que las cosas sucedieron “a sus espaldas” y los guerrilleros afirman, poniendo cara de avispados, que el secuestro extorsivo para financiar la guerra es una “contribución a la paz”; en un país hipócrita pero a la vez hastiado de su propia hipocresía, que alguien salga a dar la cara sin ningún maquillaje de eufemismos resulta refrescante. A veces demasiado refrescante, hasta el escalofrío. Como cuando dijo Castaño, veraz pero atrozmente (o al revés): —Nuestros métodos producen excelentes resultados.

Y acababa de reconocer con franqueza el horror de sus métodos: “Aquí quien viola los derechos humanos somos las guerrillas y las autodefensas”. “El conflicto se ha degradado: es una guerra rastrera, realmente”. “Acepto que caen inocentes en la guerra: es inevitable”. “Cuando se trata de mandar, de ejercer la autoridad, es muy difícil regirse por normas morales”. “Las guerras son para ganarlas, y punto”.

De ahí su éxito: sus “excelentes resultados”. Exito no solamente de rating del programa, sino —sin duda— de sus consecuencias medidas en aumento de contribuciones económicas a Castaño y en propuestas de voluntarios a unirse a las filas de sus implacables (y exitosos) paramilitares. Ahí hay un jefe: “Un guerrero”, o “un varón”, como se decía del narcotraficante Pablo Escobar. Un éxito, digamos, de índole moral: pues tan moral es lo inmoral como lo moralizante. Y también, por otra parte, un éxito basado en la amoralidad frívola del inconsciente colectivo de los colombianos, que por novelería se precipitaron unánimes a ver la entrevista de Arizmendi con el único personajote todavía incógnito que quedaba en este país, como se precipitan a ver los últimos desnudos de Amparo Grisales o las primeras confesiones de Garavito, el asesino de niños de Pereira. ¿Quién queda faltando? Para un bombazo semejante al de Castaño en Caracol, solamente se me ocurre la posibilidad de un strip-tease de Julio Mario Santo Domingo en el programa de RCN Yo José Gabriel. Pero no lo creo probable: es la competencia.

Ahora bien: ¿qué cara dio Carlos Castaño? Varias, muchas, sucesivas y cambiantes y en ocasiones bastante contradictorias. En lo físico: la cara de un loco iluminado, la de un hombre inteligente y sensato, la de un paisa francote y desabrochado, la cara de un niño sensitivo con los ojos anegados de lágrimas (lágrimas de verdad: no como aquellas de rimmel que le copió el ex ministro Fernando Botero a Lady Di en otro programa célebre de la televisión colombiana), la cara de un fanático sin entrañas. A veces tenso, a veces exaltado, a veces relajado (casi nunca). Los brazos rígidos, los hombros encogidos y a la defensiva, las manos siempre manoteantes. Ni una sonrisa verdadera: de cuando en cuando, algún rictus en la comisura, siempre movediza y a veces tironeada por un tic nervioso. Un permanente control del lenguaje, rico y apropiado, y sin más errores que los habituales “de que” y “habían”, que en la locutorizada, politiquerizada, narcotraficantizada, antioqueñizada y vallecaucanizada Colombia de hoy ya sólo escandalizan a unos pocos irredentos cachacos cazadores de gazapos. Un dominio absoluto del tono, siempre convincente, salvo en algunas mentiras demasiado gordas para no ser visibles en la tensión de la glotis. Una impecable coherencia expositiva. Un solo lapsus: cuando le preguntó el periodista “¿Acepta errores?” y él contrapreguntó sobresaltado: “¿Que si hago terror”?

Y la cuidada imagen, para las cámaras de la televisión, de hombre educado y civil. Pelo corto y pegado al cráneo, pero no al rape: más de niño de colegio que de comandante paramilitar. Corbata ancha, sin excesos, sobre el cerrado cuello de picos. Camisa abotonada en los puños, uñas recortadas y limpias, y la pierna cruzada con negligencia en la pesada silla de enea de madera tallada: a punto estuvo de haber sido una plácida mecedora de patriarca, pero no hubiera hecho juego con el vigor juvenil. La casa, ocre y roja con sólidas ventanas de madera, un espacioso y ventilado corredor abierto, y un limpio sol mañanero de tierra caliente, sin sudor ni mosquitos: una casa de hacendado pacífico en su casa, y no un cuartel de jefe de soldados en guerra. Ni fusil, ni botas pantaneras, ni boina de comando: ni siquiera sombrero alón. Y mucho menos gafas negras. Todo estaba estudiado hasta el último detalle, como en una película de Visconti o en un reportaje fotográfico de Maisons et Jardins. ¿Faltaba quizás un perro? ¿Un viejo mastín que dormitara a los pies de su dueño y se dejara rascar de cuando en cuando el entrecejo o las orejas? No: un perro hubiera resultado excesivo. A veces a Castaño se le escapaban los ojos, hacia los lados o hacia adentro.

Si el rostro era cambiante, de cuerdo a loco, de cruel a comprensivo, de infantil a viejo, también los personajes que interpretó Castaño en la hora y media de su one man show fueron varios. Jefe de guerra: “Si a un enemigo hay que matarlo yo digo: hay que matarlo”; o “se puede fusilar, sí: la guerrilla es objetivo militar”; o “yo sé que esto es violatorio del Derecho Humanitario, pero la violación del DIH es inherente a la guerra de guerrillas”. Y a la vez hombre de paz: “Me estremece tener que recurrir a métodos tan drásticos”; o “soy un hombre excesivamente tolerante”; o “son colombianos, son seres humanos también, independientemente de que sean subversivos”. Y también víctima inocente de la guerra, arrastrada por la vida en su avalancha: huérfano de un padre secuestrado y asesinado por las Farc (“ni en devolvernos su cadáver nos cumplieron”); sobreviviente de una familia exterminada (cuatro hermanos muertos en combate con la guerrilla, “en su ley”, y una hermana asesinada en una tentativa de secuestro); y obligado por las circunstancias a defender su propia vida: “El niño del hogar hace lo que les correspondería a los jerarcas, a las Fuerzas Armadas...”. Pero igualmente cabeza de familia, sensible y responsable: “No quiero que mis hijos tengan que hacer esto: es muy difícil y muy duro”; y “(con esta entrevista) quiero que el país conozca a Carlos Castaño, y mis hijos a su padre”. Y asimismo ciudadano honrado: “Soy un patriota, no un bandido”. Y al mismo tiempo criminal sin arrepentimiento: “Yo también soy extorsionista, como la guerrilla, sólo que con más cariño”; y “en un conflicto tan degradado, nadie en Colombia está exento de comparecer ante un tribunal de esa índole (los que juzgan crímenes contra la humanidad); yo voy, si van mis enemigos históricos de las Farc y el ELN”.

Y también, y simultáneamente, hombre que dice la verdad (que da la cara) y hombre que miente (que la disfraza). El primero reconoció sin ambages los vínculos del paramilitarismo con los narcotraficantes: “No me pagan porque sean narcotraficantes, sino porque tienen fincas”. El segundo negó en redondo los vínculos del paramilitarismo con el Ejército: “Sólo he conocido subtenientes”. Y un tercer hombre, navegando entre la verdad y la mentira, dijo ambiguamente:

—Uno ha hecho cosas que tampoco puede decir...

De todos los personajes que representó Castaño, o quizás que Castaño es sucesivamente, alternadamente, al entrevistador Darío Arizmendi le interesó en particular el de politiquero en campaña electoral; pues intuyó que en su corazón había, como en el de todo colombiano, un candidato dormido. Lo tentó con el premio mayor: ¿Presidente de la República? ¡Nooooo..! se ofuscó el rudo jefe paramilitar, dejando escapar involuntariamente el reflejo de todo candidato in péctore: non sum dignus. El periodista insistió: ¿Entonces senador? ¿Gobernador? ¿Alcalde? Y Carlos Castaño terminó ablandándose: también él estaría dispuesto, como todo el mundo, a sacrificarse por el país si el electorado... etc., etc. Alcalde: lo que fuera.

Pero más que la revelación de las aspiraciones electorales del jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia, que son las de cualquiera, resultan interesantes sus análisis de la realidad política, que son mucho más sagaces —o más veraces— que lo habitual entre los politiqueros. No tanto sus definiciones de personas (Serpa “en declive”, Alvaro Uribe “con talla de estadista”, Noemí “una gran colombiana”) cuanto sus opiniones sobre las fuerzas sociales, políticas y militares en conflicto. Así fue diciendo Castaño, al hilo de la entrevista, cosas como estas:

—Pretender ignorar que el conflicto colombiano y el narcotráfico se retroalimentan sería una falacia.

—Hay una situación de guerra, y no hay una legislación de guerra. Por eso el Ejército no avanza contra la guerrilla. Si utilizara los métodos de las autodefensas, estaría en la cárcel casi todo el Ejército.

—Las autodefensas no defienden a la oligarquía. La oligarquía tiene sus propias autodefensas, que son el Ejército y la Policía. (Lo nuestro) es para la clase media, que no tiene quien la defienda.

—(Sólo una cosa) mantiene unidas a las autodefensas: la existencia de la guerrilla.

—Que no haya reconocimiento de estatus de autodefensas, porque al día siguiente serían innumerables.

—(Sobre el perdón a sus enemigos): digámoslo en antioqueño: habrá que echarle tierra a eso.

—(Sobre el futuro de los distintos agentes del conflicto): Inevitablemente terminaremos todos en una sola mesa.

Así, pues, Carlos Castaño dio la cara: mostró las caras que tiene. Lo que pasa es que, por darla —por reconocer sin tergiversaciones retóricas (fuera de su “patriotismo”) qué hace y quién es, cuáles son sus métodos y cuáles son sus resultados—, no lo quieren reconocer a él. Es decir: no quieren aceptarlo como la fuerza política, militar, económica y social que es, sino que lo reducen a su aspecto, innegable pero sólo parcial, de criminal común, de jefe de una banda de delincuentes. Y se alzan voces tremolantes de indignación moral estigmatizando al periodista Darío Arizmendi por haber entrevistado a un pandillero, condenando al canal Caracol de televisión por haberle dado pantalla a un asesino.

Se esgrimen nobles razones de principio. Pero en este caso, como en tantos de la historia reciente de Colombia, el moralismo idealista acaba convirtiéndose en alcahuete de la inmoralidad real. Porque fortalece esa vieja y grande y acendrada hipocresía nacional que nos hace fingir que los problemas no existen, y al negarlos los envenena y exacerba. Las heridas no desaparecen porque el herido no quiera reconocerlas y las tape con una pulcra curita de esparadrapo: sino que se vuelven llagas. “No queremos ver al tal Carlos Castaño”, dicen ahora con el mismo tono de dignidad herida con que durante 40 años se empeñaron en no ver a Manuel Marulanda, argumentando que era un bandolero: los mismos 40 años que les tomó a las Farc transformarse de un pequeño grupo de autodefensa campesina (irónicamente, se llamaban también así: autodefensas) en una organización poderosa y ramificada por el país entero en más de un centenar de frentes mejor armados que los batallones del Ejército. “Yo no voy a esas lejanías”, decía con desdén hace unos años un político al que invitaban a conocer la realidad política y militar de las Farc. Por no haber ido a verlas, esas lejanías se han acercado hasta aquí. Y ahora, claro, todo el establecimiento acude en procesión de flagelantes a visitar a don Manuel Marulanda. Pero subsiste la vieja hipocresía: a ese beligerante de toda una vida no le reconocen su beligerancia. E incluso la hipocresía se expande. Hoy es el propio curtido guerrillero Marulanda —¡ese trueno!— el que se ofende de que Castaño quiera entrevistarse con él, y exclama con remilgos de señorita ofendida en su virtud:

—¡No faltaría más sino eso!

Un representante a la Cámara protesta:

—Hay un sector de la sociedad interesado en hacer pasar a un jefe paramilitar, con graves problemas de delitos contra la humanidad, como un líder político.

Pero ¿qué es, sino eso, un líder político? Alguien a quien un sector de la sociedad está interesado en tomar como tal, aunque a la vez sea un bandido. (Y, de pasada, un líder militar que tiene bajo su mando la nada desdeñable fuerza de 11.200 hombres armados. Digamos que 5.600: “de riqueza y santidad, la mitad de la mitad”).

Claro está que Carlos Castaño es un criminal. El mismo lo reconoce, cuando señala que nadie en Colombia está exento... etc. Pero es la realidad, que también él mismo describe: “Esta es una nación en formación, en construcción. Yo soy necesario: u otro como yo”. Lo grave no es que Castaño sea un criminal, sino que el conflicto social y político de Colombia haya sido tratado de tal manera —justamente por haberlo negado— que ha acabado siendo manejado por criminales: “El Estado se deslegitima él por sí mismo cuando tienen que surgir organizaciones como la nuestra y tienen aceptación social y pública”, dice, de nuevo, el propio Castaño. Pues lo sabemos todos, aunque insistamos en negarlo: detrás de las caras de Castaño hay muchas otras caras más. El Departamento de Estado de los Estados Unidos —y sólo a él le creemos, aunque también él mienta— afirma en su más reciente informe sobre Derechos Humanos que las autodefensas están respaldadas económicamente por “poderes locales”. ¿Y es que no lo sabíamos? Las caras de Castaño, como del otro lado las caras de las Farc, o las del ELN, son sólo un síntoma de lo que hay detrás: las olas superficiales de un vasto mar de fondo. Pues esta guerra no es solamente una empresa criminal, aunque esté hecha por criminales y con métodos criminales (como todas las guerras). Es además una guerra: con causas sociales, económicas y políticas.

—Pero ¿y la Constitución?— se sobresalta Darío Arizmendi, muy a la colombiana. Y Castaño le responde con la realidad en la mano que el ciudadano tiene derecho a defenderse cuando el Estado no lo hace:

—Es la Constitución Universal, por encima de cualquier ordenamiento de papel.

Como hubiera dicho el viejo dirigente comunista Gilberto Vieira, que acaba de morir en el olvido (olvidado justamente porque en Colombia han sido exacerbados los conflictos sociales hasta volverlos guerras con tal de no reconocer que existen), lo de Carlos Castaño (y lo de Arizmendi y Caracol) “es un buen aporte”. Un aporte al conocimiento de la realidad, sin el cual no es posible cambiarla.
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