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| 6/23/2012 12:00:00 AM

Las curiosidades del médico que le salvó la vida a Petro

Enrique Jiménez Hakim es uno de los neurocirujanos más reconocidos del país y esta semana fue noticia por haber operado al alcalde de Bogotá. Lo que pocos saben es que su consultorio es un museo repleto de tesoros y objetos raros.

Ir a una cita médica puede llegar a ser aterrador. Empieza con la espera en una fría sala y usualmente termina en un cuarto de paredes blancas llenas de diplomas. Esa experiencia, sin embargo, es muy diferente en el consultorio 8-22 de la Fundación Santa Fe. Desde antes de entrar, los pacientes se entretienen con los cuadros de rompecabezas de 2.000 piezas y curiosos relojes en forma de gato que adornan el corredor. Y ese es solo el comienzo.

Al abrir la puerta descubren un espacio lleno de objetos y toda clase de chécheres. Porcelanas, botellas, lapiceros, llaveros, mochilas, peluches, baúles, tapetes de colores, almanaques, matas, artesanías, portarretratos, souvenirs de viajes y placas de carro hacen parte del paisaje.

Algunos dicen que les recuerda el popular restaurante Andrés Carne de Res. Otros lo comparan con el mercado de las pulgas. Pero en lo que todos coinciden es en que nunca habían entrado a un consultorio semejante.

Y es que es sorprendente ver en medio de esa escena a uno de los neurocirujanos más respetados del país: el doctor Enrique Jiménez Hakim, quien acaba de ser noticia por haber operado al alcalde Gustavo Petro de un coágulo que tenía alojado entre el cráneo y el cerebro.

Jiménez es toda una leyenda entre los médicos colombianos. Es el jefe de neurocirugía de la Santa Fe y proviene de una de las familias con mayor tradición en el gremio, pues su tío Salomón Hakim es el creador de la válvula que lleva su apellido.

En sus 25 años de carrera en esta especialidad ha realizado más de 3.500 operaciones y cada semana hace en promedio cuatro intervenciones quirúrgicas como la que practicó a Petro. Por eso, cuando le diagnosticaron un hematoma subdural al alcalde, nadie dudó que el indicado para tratarlo era él.

“Lo que empieza con un golpe leve en la cabeza, de esos a los que uno a veces no les para bolas, sigue con un coágulo que crece y le va quitando espacio al cerebro. Si se detecta a tiempo, es curable, pero en casos extremos la persona puede llegar a morir”, le explicó a Semana.com.

Petro pasó por el quirófano el pasado fin de semana y hoy se está recuperando satisfactoriamente en su casa, con varios días de incapacidad. Es muy probable que la próxima vez que vuelva al consultorio de Jiménez para uno de los controles posquirúrgicos le lleve un detalle para su inmensa colección de curiosidades que inauguró hace ocho años.

“En las primeras citas los pacientes llegan angustiados pensando en una cirugía delicada. Al ver la oficina se sorprenden, se interesan por algún objeto y así rompemos el hielo. Ya en las siguientes, a muchos les nace regalarme algo a modo de agradecimiento y en los controles anuales casi todos me preguntan dónde puse su obsequio”, dice.

Por eso no se los lleva a su casa, pues no quiere decepcionar a sus pacientes cuando regresan. De hecho, su hogar es sencillo al igual que él. “Aunque mi consultorio es excéntrico, yo soy una persona común y corriente y no me gustan los lujos”. Prueba de ello es que usa el mismo reloj Casio desde hace años y cada vez que se le daña, va y compra el mismo por 30.000 pesos.

Disfruta más coleccionando rarezas y recuerdos. Las figuras de gatos y los tarros de ají son sus favoritos. También tiene algunos tesoros, como un radio de tubos que le dio un paciente de 92 años, un poporo kogui que le trajeron desde la Sierra Nevada de Santa Marta y una estatuilla del Divino Niño Jesús que le regaló su amigo el restaurantero Andrés Jaramillo.

Aunque su oficina cada vez está más atiborrada y caótica, Jiménez siempre procura buscar un espacio para los objetos nuevos y se niega a deshacerse de los más antiguos, pues le recuerdan a cada paciente que ha atendido.

Y, por si la memoria le falla, acostumbra marcarlos con el nombre, la fecha y el motivo de la consulta. No sabe exactamente cuántos tiene, pero si se le llega a perder alguno, lo extraña de inmediato.

La solución que ha encontrado ante la falta de espacio es poner otras repisas y donar algunos libros que ya no usa –por fortuna ya se los leyó todos– para ubicar los presentes que lleguen. Otra de sus estrategias para aprovechar el poco campo que le queda en el escritorio es usar un teclado inalámbrico y un mouse táctil. “A este paso, me va a tocar comprar el consultorio de al lado”, bromea.
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